Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 49 de 82

Páginas del PDF

Solo en Berlín

Capítulo 49

LA DETENCIÓN DE ANNA QUANGEL

 

Después de la marcha de Otto Quangel, Anna cayó en un estado de cavilación y estupor del que salió de pronto, sobresaltada. Tanteó la colcha de la cama buscando las dos postales, pero no las encontró. Reflexionaba, pero no acertaba a recordar si Otto se las había llevado. No, al contrario, ahora volvía a recordar con exactitud que ella misma pensaba llevárselas mañana o pasado… así lo habían acordado.

Por tanto ¡las postales tenían que estar en casa! Comienza, pues, la búsqueda, helada o abrasada por la fiebre. Pone la casa patas arriba, rebusca entre la ropa, se mete debajo de la cama. Respira con esfuerzo, a veces se sienta en el borde de la cama, incapaz de continuar. Se envuelve en la colcha y se queda mirando absorta, en ese momento ha olvidado por completo las postales. Pero enseguida vuelve a despabilarse sobresaltada y reanuda la búsqueda.

Así transcurren las horas hasta que suena el timbre. Se sorprende. ¿Ha sonado el timbre? ¿Quién puede haber llamado? ¿Quién desea algo de ella?

Y cae en un nuevo letargo febril del que la arranca bruscamente el segundo timbrazo. Esta vez el timbre repiquetea mucho tiempo, su estridencia reclama su atención. Luego golpean la puerta con los puños. Oye gritos:

—¡Abran la puerta! ¡Policía! ¡Abran inmediatamente!

Anna Quangel sonríe y se tumba de nuevo en la cama, apretando con fuerza la colcha en torno a su cuerpo. ¡Que llamen al timbre y griten hasta quedarse roncos! Está enferma y no está obligada a abrir. Que vuelvan en otro momento o cuando esté Otto. Ella no abrirá.

Más timbrazos, gritos, porrazos…

¡Menudos idiotas! ¡Como si fuera a abrir por eso! ¡Anda y que los zurzan!

En el estado febril en que se encuentra no piensa ni en la falta de las postales ni en el peligro que entraña esa visita policial. Solo se alegra de estar enferma y de no verse obligada a abrir.

Pero después, como es natural, aparecen en la habitación: son cinco o seis hombres… habrán mandado llamar a un cerrajero o habrán abierto la puerta con una ganzúa. No tenía puesta la cadena, al estar enferma no la echó tras la marcha de Otto. Precisamente ese día… porque la cadena siempre estaba puesta.

—¿Se llama usted Anna Quangel? ¿Es usted la mujer del jefe de taller Otto Quangel?

—Sí, señor. Veintiocho años ya.

—¿Por qué no ha abierto al oír nuestros timbrazos y llamadas?

—Porque estoy enferma, señor. Tengo gripe.

—¡Deje ya de hacer teatro! —interrumpe a voces un gordo vestido con un uniforme negro—. ¡Usted está tan enferma como mi culo, no hace más que fingir!

El comisario Escherich hace a su superior una seña apaciguadora. Hasta un niño sería capaz de ver que esa mujer está realmente enferma. Y a lo mejor es bueno que lo esté: mucha gente se va de la lengua durante la fiebre. Mientras sus hombres comienzan a registrar la vivienda, el comisario se dirige a la mujer. Toma su mano caliente y dice compasivo:

—Señora Quangel, lamento traerle una mala noticia…

Se interrumpe.

—¿Cuál? —pregunta la mujer, en absoluto asustada.

—He tenido que detener a su marido.

La mujer sonríe. Anna Quangel se limita a sonreír y, sin perder la sonrisa, sacude la cabeza y dice:

—Nooo, señor, no me venga con esas. A Otto no lo detiene nadie, es un hombre decente. —E inclinándose hacia el comisario, susurra—: ¿Sabe lo que pienso, querido señor? Que todo esto es un sueño. Porque tengo fiebre. Gripe, ha dicho el doctor, y con fiebre se sueñan estas cosas. Estoy soñando todo esto: usted y ese gordo vestido de negro y ese caballero que está ahí junto a la cómoda rebuscando entre mi ropa. Nooo, querido señor, usted no ha detenido a Otto, lo estoy soñando.

El comisario Escherich dice también en susurros:

—Señora Quangel, ahora también está soñando con las postales. Porque usted sabe lo de las postales escritas por su marido, ¿verdad?

La fiebre no ha confundido tanto los sentidos de Anna Quangel como para no prestar atención a la palabra «postales». Se estremece. Durante un instante sus ojos, dirigidos hacia el comisario, vuelven a estar muy claros y despiertos. Pero después, sacudiendo la cabeza, dice con otra sonrisa:

—¿Qué postales? ¡Mi marido no escribe postales! Cuando aquí se escribe algo soy yo quien lo hace. Pero hace ya mucho tiempo que no escribimos a nadie. Desde que mi hijo cayó no hemos vuelto a escribir. ¡Querido señor, usted sueña al afirmar que mi Otto ha escrito postales!

El comisario se ha percatado de su estremecimiento, pero este no constituye todavía una prueba. Así que dice:

—¿Lo ve usted? Y desde que su hijo cayó, escriben las postales, ustedes dos. ¿Es que ya no recuerda la primera? —Y repite con cierta solemnidad—: «Madre: el Führer ha matado a mi hijo. El Führer también asesinará a tus hijos, no se detendrá ni siquiera cuando haya llevado el luto a todos los hogares del mundo…».

Ella escucha. Sonríe.

—Eso lo ha escrito una madre —afirma—. ¡Eso no lo ha escrito mi Otto, usted sueña!

El comisario insiste.

—Eso lo ha escrito Otto, y tú se lo has dictado. ¡Reconócelo!

—No, señor —niega sacudiendo la cabeza—. Yo no puedo dictar algo así, no me da la cabeza para ello…

El comisario se levanta y sale del dormitorio. En el cuarto de estar comienza a buscar con sus hombres útiles de escritura. Encuentra un frasquito de tinta, pluma y plumín, que contempla con atención, y una postal. Regresa con todo junto a Anna Quangel.

Entretanto el Obergruppenführer Prall la ha interrogado, a su manera. Prall está firmemente convencido de que todos esos aspavientos de gripe y fiebre no son más que paparruchas, que la mujer finge. Pero aunque estuviera enferma de verdad, sus métodos de interrogatorio no cambiarían un ápice. Agarra por los hombros a Anna Quangel, haciéndole daño de verdad, y comienza a sacudirla. Su cabeza choca contra el cabecero de madera de la cama. Mientras la levanta veinte o treinta veces, apretándola luego contra la almohada, le grita iracundo:

—¿Quieres seguir mintiendo, vieja cerda comunista? ¡Te-digo-que-no-mientas! ¡No-mientas!

—¡No! —balbucea la mujer—. ¡Deténgase!

—¡Di que has escrito las postales! ¡Dilo-ahora-mismo! ¡O-te-aplastaré-los-sesos, cerda roja!

Y a cada palabra estrella su cabeza contra el cabecero de la cama.

El comisario Escherich, con los útiles de escritura en la mano, observa desde la puerta sonriendo. ¡De modo que así son los interrogatorios del Obergruppenführer! Como siga cinco minutos más, la mujer será incapaz de prestar declaración durante cinco días por lo menos. Entonces ninguna tortura, por refinada que sea, le devolverá la conciencia.

Pero durante unos momentos quizá tampoco sea tan malo. Que se asuste un poco, que sienta dolores, y tanto más deprisa se aferrará a él, el hombre educado.

Cuando Prall ve aparecer al comisario junto a la cama, interrumpe sus sacudidas y dice con un tono a medio camino entre la disculpa y el reproche:

—Es usted demasiado blando con las mujeres, Escherich. ¡A estas hay que zurrarlas hasta que canten!

—Por supuesto, mi Obergruppenführer, claro que sí. Pero ¿me permite que muestre algo a la mujer?

Se dirige a la enferma, que ahora yace en la cama jadeando con esfuerzo y con los ojos cerrados.

—Señora Quangel, preste atención.

Ella parece sorda.

El comisario la agarra y la incorpora con sumo cuidado.

—Así —dice, hablándole con suavidad—. Y ahora, abra los ojos.

Anna obedece. Escherich ha calculado muy bien: tras las sacudidas y las amenazas, la voz amable y educada le suena agradable.

—Acaba de decirme que en su domicilio nadie ha escrito nada desde hace mucho tiempo. Pero fíjese en esta pluma. Acaban de escribir con ella, acaso hoy o ayer, la tinta adherida está todavía muy fresca. ¡Vea, puedo rascarla con la uña!

—Yo no entiendo nada de eso —rechaza la señora Quangel—. Tendrá usted que preguntar a mi marido, yo no entiendo nada de eso.

El comisario Escherich la mira de hito en hito.

—¡Entiende usted muy bien, señora Quangel! —dice endureciendo el tono—. ¡Solo que no quiere entender, porque sabe que ya se ha delatado!

—Aquí no escribimos ninguno de los dos —repite, obstinada, la mujer.

—Y a su marido no necesito preguntarle nada —prosigue el comisario—, porque ya lo ha confesado todo. Él escribió las postales y usted se las dictó…

—Bueno, pues si Otto lo ha confesado, no hay más que hablar —replica Anna.

—¡Sacúdele un buen sopapo en los morros a esta carroña desvergonzada, Escherich! —interrumpe de pronto a voz en grito el Obergruppenführer—. ¡Qué descaro, engañarnos así!

Pero el comisario, en lugar de propinar un sopapo en los morros a la carroña desvergonzada, informa:

—Hemos pillado a su marido con dos postales en el bolsillo. ¡No ha podido negarlo!

Cuando la señora Quangel oye lo de las dos postales, que ha buscado durante tanto tiempo en medio de la fiebre, vuelve a estremecerse. Así que se las ha llevado él, y eso que habían acordado que ella las repartiría mañana o pasado. Eso no ha estado bien por parte de Otto.

Ha tenido que pasar algo con las postales, piensa con esfuerzo. Pero Otto no ha confesado nada, o no estarían aquí interrogándome y rebuscando por todas partes. Sino que…

—¿Por qué no traen aquí a Otto? —pregunta en voz alta—. Yo no sé qué es eso de las postales. ¿Por qué iba a escribir él postales?

Y se recuesta del todo, la boca y los ojos cerrados, firmemente decidida a no pronunciar ni una palabra más.

El comisario Escherich baja la vista hacia la mujer, meditabundo. Se da cuenta de que está exhausta. De momento no hay nada que hacer con ella. Se gira un momento, llama a dos de sus hombres y ordena:

—Acuesten a la mujer en esa otra cama de enfrente y después registren con todo cuidado esta. Por favor, mi Obergruppenführer, sígame.

Quiere tener fuera de la habitación a su superior, no quiere presenciar otro interrogatorio al estilo de Prall. Es muy posible que en los próximos días necesite a toda costa a esa mujer, entonces deberá tener algo de fuerza y la mente despejada. Además, parece pertenecer a esas personas no precisamente numerosas cuyo empecinamiento aumenta con las amenazas físicas. Seguro que de ella no se saca nada a base de golpes.

Al Obergruppenführer no le gusta alejarse de esa mujer. Le habría encantado enseñarle a esa vieja puta lo que pensaba de ella. Habría preferido descargar sobre ella toda su furia por esa historia equivocada del Duende. Pero estando ya en la habitación esos dos fisgones… Además, esa misma noche la vieja bruja ingresará en los sótanos de la calle Prinz-Albrecht, entonces podrá hacer con ella lo que se le antoje.

—Pero detendrá a esa vieja, ¿verdad, Escherich? —preguntó en el cuarto de estar.

—Por supuesto —contestó el comisario mirando, distraído, a sus hombres, que desdoblaban y volvían a doblar con pedante minuciosidad cada prenda de ropa, atravesaban con largas agujas los cojines del sofá y golpeaban las paredes; luego añadió—: Pero primero he de procurar prepararla para el interrogatorio. Con tanta fiebre solo comprende las cosas a medias. Antes debe comprender que está en peligro de muerte. Entonces le entrará miedo…

—¡Ya le enseñaré yo lo que es el miedo! —gruñó el Obergruppenführer.

—No de ese modo… en cualquier caso primero hace falta que desaparezca la fiebre —opinó Escherich, para interrumpirse después—: Pero ¿qué tenemos aquí?

Uno de sus hombres estaba ocupado con los escasos libros alineados en un pequeño estante. Al sacudir uno, algo blanco cayó revoloteando hasta el suelo.

El comisario fue el más rápido. Recogió el trozo de papel.

—¡Una postal! —exclamó—. ¡Una postal comenzada y a medio escribir! —Y leyó en voz alta—: «¡Führer, ordena, nosotros te seguiremos! Sí, nos hemos convertido en un rebaño de ovejas que nuestro Führer puede conducir hasta el matadero. Hemos renunciado a pensar…».

Bajó la postal y miró a su alrededor.

Todos lo miraban.

—¡Ya tengo la prueba! —gritó el comisario Escherich con un punto de orgullo—. Tenemos al autor. Su culpabilidad ha quedado probada de manera fehaciente, no ha sido una confesión obtenida por la fuerza, no, es una clara prueba de investigación. ¡Ha valido la pena esperar tanto tiempo!

Miró a su alrededor. Sus ojos pálidos brillaban. Su momento, el momento esperado durante tanto tiempo, había llegado. Recordó entonces el largo camino que había recorrido hasta llegar allí. Desde la primera postal que había recibido con risueña indiferencia, hasta esta que sostenía en su mano. Pensó en la creciente marea de postales, en las banderitas rojas que proliferaban de día en día, recordó también al pequeño Enno Kluge.

Volvió a estar con él en la celda de la comisaría, sentado a su lado junto a las aguas oscuras del lago Schlachtensee. Después sonó un tiro, y se creyó totalmente a cubierto. Se vio a sí mismo, dos hombres de las SS lo tiraban escaleras abajo, sangrando, aniquilado, mientras un pequeño carterista se arrastraba de rodillas invocando a la santísima Virgen. Muy vagamente recordó también al comisario Zott… pobre hombre, su teoría de las estaciones del tranvía había resultado errónea.

Fue el momento del orgullo para el comisario Escherich. Consideró que había merecido la pena ser paciente y soportar tantas cosas. Lo tenía, tenía a su Duende, como lo había llamado en broma al principio, aunque llegó a convertirse en un Duende de verdad: casi hace zozobrar la nave de la existencia de Escherich. Pero ahora lo había apresado, la caza había terminado, el juego había concluido.

El comisario Escherich alzó la vista como si acabase de despertar. Dijo con voz imperiosa:

—La mujer será trasladada en una ambulancia. Que la acompañen dos hombres, usted responde de ella ante mí, Kemmel, nada de interrogatorios, prohibición absoluta de hablar con nadie. Avise de inmediato a un médico. La fiebre tiene que haber desaparecido en tres días, dígaselo, Kemmel.

—A sus órdenes, comisario.

—Los demás volverán a ordenar la vivienda, debe quedar impecable. ¿En qué libro estaba esta postal? ¿Un libro de fabricación y reparación de aparatos de radio? Bien, pues coloque dentro la postal justo donde estaba. Dentro de una hora tiene que estar todo ordenado, porque entonces regresaré con el autor. Ninguno de ustedes permanecerá aquí. ¡Nada de guardias! ¿Entendido?

—A sus órdenes, comisario.

—¿Nos vamos ya, mi Obergruppenführer?

—¿No quiere enseñarle a la mujer la postal que ha encontrado, Escherich?

—¿Para qué? Ahora, con la fiebre, no reaccionaría bien, y a mí solo me interesa el marido. Wrede, ¿ha visto en algún sitio las llaves de la puerta de entrada?

—Sí, en el bolso de la mujer.

—Traiga… gracias. Bien, entonces vámonos, mi Obergruppenführer.

Abajo, junto a su ventana, el juez del Tribunal Cameral Fromm seguía con la vista a los que se marchaban en coche mientras meneaba la cabeza de un lado a otro. Más tarde vio cómo introducían la camilla con la señora Quangel en una ambulancia; pero por la pinta de los acompañantes comprendió que el vehículo no se dirigía a un hospital corriente.

—Uno detrás de otro —dijo en voz baja el consejero jubilado Fromm—. Uno detrás de otro. El edificio se vacía. Los Rosenthal, los Persicke, Barkhausen, Quangel… casi me he quedado solo aquí. La mitad del país encierra a la otra mitad, esto ya no puede durar mucho. Bueno, yo al menos continuaré viviendo aquí, a mí no me encerrarán…

Sonríe y asiente con la cabeza.

—Cuanto peor, mejor. ¡Antes acabará esto!