Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 53 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 53

LOS AFLIGIDOS HERGESELL

 

Los Hergesell daban su primer paseo después del aborto de Trudel. Tomaron la calle que salía hacia Grünheide, pero al rato torcieron a la izquierda adentrándose en Frankenweg y pasearon por la orilla del lago Flakensee hacia la esclusa de Woltersdorf.

Caminaban muy despacio y de vez en cuando Karl lanzaba una rápida ojeada a Trudel, que caminaba a su lado con la vista baja.

—Qué bonito está el bosque —dijo él.

—Sí, muy bonito —contestó la joven.

—¡Mira esos cisnes en el lago! —exclamó él un poco después.

—Sí. Cisnes… —Y enmudeció.

—Trudel, ¿por qué no hablas? —preguntó, preocupado—. ¿Por qué has perdido la alegría?

—No puedo evitar pensar siempre en mi hijo muerto —musitó su esposa.

—Ay, Trudel. Todavía tendremos muchos hijos.

Ella negó con la cabeza.

—Nunca volveré a tener un hijo.

—¿Te lo ha dicho el médico? —preguntó, temeroso.

—No, el médico no. Pero lo noto.

—No. No debes pensar así, Trudel. Somos jóvenes, aún podemos tener muchos hijos.

Ella negó nuevamente con la cabeza.

—A veces pienso que ha sido un castigo.

—¡Un castigo! ¿Por qué, Trudel? ¿Qué delito hemos cometido para ser castigados así? ¡No, ha sido una casualidad, una casualidad ciega e infame!

—No ha sido una casualidad, ha sido un castigo —insistió, testaruda—. No debemos tener ningún hijo. No dejo de pensar qué habría sido Klaus cuando hubiera crecido. ¿Miembro de las Juventudes Hitlerianas, de las SA, de las SS…?

—¡Pero Trudel! —exclamó el hombre completamente estupefacto por los sombríos pensamientos que atormentaban a su mujer—. ¡Para cuando Klaus hubiera crecido, el nazismo ya se habría acabado hace mucho! ¡Eso ya no durará mucho, confía en ello!

—Sí —replicó Trudel—, ¿y qué hemos hecho nosotros para que el futuro sea mejor? ¡Nada en absoluto! Menos que nada: abandonamos una buena causa. Ahora pienso tanto en Grigoleit y Bebé… por eso hemos sido castigados…

—¡Ese miserable Grigoleit! —replicó él enfadado.

Estaba muy furioso con Grigoleit porque aún no había acudido a recoger su maleta.

Hergesell había tenido que renovar el resguardo un par de veces.

—Creo —añadió— que Grigoleit lleva mucho en la cárcel. De lo contrario habríamos vuelto a tener noticias suyas.

—Si está en la cárcel —insistió ella— también es por nuestra culpa. Lo dejamos en la estacada.

—¡Trudel! ¡Te prohíbo pensar siquiera semejante disparate! Nosotros no tenemos madera de conspiradores. Para nosotros lo único correcto fue lo que hicimos: dejarlo.

—Sí —contestó ella con amargura—, pero tenemos madera de escaqueadores, de cobardes. Dices que Klaus no habría tenido que ingresar en las Juventudes Hitlerianas. Pero si no lo hubiera hecho, si hubiera podido respetar y amar a sus padres… ¿qué hemos hecho nosotros para eso? ¿Qué hemos hecho por un futuro mejor? ¡Nada!

—No todo el mundo puede jugar a conspirador, Trudel.

—No. Pero podríamos haber hecho algo. Si hasta un hombre como mi antiguo suegro, Otto Quangel… —Se interrumpió.

—Bueno, ¿qué pasa con Quangel? ¿Qué sabes de él?

—No, prefiero no decírtelo. Además se lo prometí. Pero si hasta un hombre viejo como Otto Quangel lucha contra este Estado, me parece vergonzoso que nosotros nos quedemos cruzados de brazos.

—¿Pero qué podemos hacer, Trudel? ¡Nada! Piensa en todo el poder que tiene Hitler, y nosotros dos no somos nada. ¡No podemos hacer nada!

—Si todos pensaran como tú, Hitler mantendría el poder durante toda la eternidad. Hay que empezar a luchar contra él.

—¿Pero qué podemos hacer?

—¿Qué? ¡Cualquier cosa! Podríamos escribir proclamas y colgarlas en los árboles. Tú trabajas en una fábrica química y por tu condición de electricista entras en todas las zonas de la factoría. Te bastaría cambiar la posición de una llave, aflojar el tornillo de una máquina, para arruinar el resultado de muchas jornadas de trabajo. Si hicieras algo así, y te secundaran un par de cientos más, Hitler podría esperar sentado el material bélico.

—Sí, y a la segunda vez me atraparían y me ejecutarían.

—Es lo que siempre digo: somos cobardes. Solo pensamos qué será de nosotros, nunca en lo que les sucede a los demás. Mira, Karli, a ti te han eximido del Ejército. Pero si tuvieras que ser soldado estarías a diario en peligro de muerte e incluso te parecería natural.

—¡Bah, con los militares también conseguiría alguna prebenda!

—¡Y dejarías a otros morir por ti! Es lo que yo digo: somos unos cobardes, no valemos para nada.

—¡Maldita escalera! —explotó él—. Si no hubiera ocurrido lo de tu aborto habríamos continuado viviendo tan felices.

—No, no habría sido felicidad, al menos auténtica felicidad, Karli. Desde que me quedé embarazada de Klaus, no podía dejar de pensar en lo que sería de ese niño. No habría soportado verlo estirar el brazo derecho para decir Heil Hitler, no habría querido verlo con camisa parda. Si se volviera a celebrar otra victoria, él habría visto a sus padres enarbolando muy buenecitos la bandera de la cruz gamada y habría sabido que somos unos mentirosos. Bueno, al menos eso nos lo hemos ahorrado. ¡No deberíamos haber ido a por Klaus, Karli!

Él caminó un rato asustado sumido en un silencio sombrío. Iban ya de regreso, pero no veían ni el lago ni el bosque.

Al final preguntó:

—¿Así que piensas de veras que deberíamos hacer algo? ¿Yo debo hacer algo en la fábrica?

—Sin duda —contestó ella—. Tenemos que hacer algo, Karli, para no tener que avergonzarnos tanto.

Él meditó unos instantes.

—No puedo evitarlo, Trudel —dijo—, pero imaginar que me deslizo por la fábrica estropeando máquinas es algo que no me pega.

—¡Pues piensa en algo que te pegue! Ya se te ocurrirá. No tiene que ser ahora mismo.

—Y tú ¿has pensado ya en lo quieres hacer?

—Sí —contestó la joven—. Conozco a una judía que está escondida. Ya tendrían que habérsela llevado. Pero vive con gente mala y cada día teme una traición. La traeré a nuestra casa.

—¡No! —exclamó él—. No. No hagas eso, Trudel. Con la vigilancia a la que nos someten, se notaría enseguida. Además ¡piensa en las cartillas de racionamiento! Seguro que ella no tiene. No podemos alimentar a una persona más con las nuestras.

—¿Que no? ¿De verdad no podemos pasar un poco de hambre si así salvamos a una persona de la muerte? Ay, Karli, si las cosas son así, Hitler lo tiene muy fácil. Entonces todos nosotros somos basura, y tendremos bien merecido lo que nos suceda.

—Pero es que la verán en nuestra casa. En nuestra pequeña vivienda es imposible esconder a nadie. ¡No, eso no lo toleraré!

—Karli, no creo que necesite tu permiso. La vivienda es tan mía como tuya.

Y se enzarzaron en una discusión muy acalorada, la primera discusión de verdad de su matrimonio. Ella aseguró que mientras él estuviera trabajando, traería a la mujer a casa, y él le repuso que la echaría en el acto.

—¡Entonces haz lo mismo conmigo!

Tan lejos llegaron. Ambos sentían furia, conmoción, disgusto. No solucionaron el asunto, no llegaron a ningún compromiso. Trudel estaba empeñada en luchar contra Hitler, contra la guerra. En principio él también quería hacer algo, pero no podía tratarse de nada arriesgado, no quería correr el menor peligro. Lo de la judía era simple y llanamente una locura. ¡Jamás lo consentiría!

Caminaron en silencio por las calles de Erkner hacia su casa. Iban tan callados que cada vez parecía más difícil romper el mutismo. Ya no se habían cogido del brazo, caminaban uno al lado del otro sin tocarse. Cuando sus manos se rozaban por casualidad, cada uno retiraba deprisa la suya y la distancia entre ambos aumentaba.

No se fijaron en el enorme coche cerrado estacionado delante de su portal. Subieron las escaleras sin darse cuenta de que desde cada puerta los miraban con curiosidad o temor. Karl Hergesell abrió la puerta del piso y franqueó el paso a Trudel. En la entrada no notaron nada. Cuando divisaron en el cuarto de estar al hombre bajo y rechoncho con chaqueta verde, se sobresaltaron.

—Pero ¡bueno! —exclamó Hergesell furioso—. ¿Qué hace usted en mi casa?

—Soy el comisario Laub de la Gestapo de Berlín —se presentó el hombre de la chaqueta verde, que llevaba en la cabeza el sombrerito de caza con el penacho de plumas dentro de la habitación—. ¿El señor Hergesell, verdad? ¿La señora Gertrud Hergesell, de soltera Baumann, llamada Trudel? ¡Muy bien! Me gustaría hablar unas palabras con su mujer, señor Hergesell. ¿Le importaría esperar mientras tanto en la cocina?

Los esposos se miraron asustados y palidecieron. De repente, Trudel sonrió:

—¡Adiós, Karli! —dijo abrazándolo—. ¡Adiós! ¡Qué pelea más tonta! ¡Las cosas siempre suceden de manera distinta a como pensamos!

El comisario Laub carraspeó, apremiándolos. Ellos se besaron. Hergesell salió.

—¿Acaba de despedirse de su marido, señora Hergesell?

—Me he reconciliado con él, habíamos discutido.

—¿Por qué motivo?

—Por la visita de una tía mía. Él se oponía, yo estaba a favor.

—¿Y mi presencia la ha inducido a ceder? Qué raro, no parece tener usted la conciencia muy tranquila. ¡Perdone un momento! ¡Usted quédese aquí!

Lo oyó hablar con Karli en la cocina. Seguramente su marido achacaría la discusión a otra causa, el asunto empezaba mal desde el principio. Ella había pensado inmediatamente en Quangel, pero la verdad es que no parecía propio de Quangel denunciar a nadie…

A su regreso, el comisario, frotándose las manos muy satisfecho, le comunicó:

—Su marido dice que discutieron por si adoptaban un hijo o no. Esta es la primera mentira en que la he sorprendido. No tema, en media hora se habrán sumado un montón de mentiras más y yo las descubriré todas. ¿Ha tenido usted un aborto?

—Sí.

—Con alguna ayudita, ¿verdad? Para que el Führer no reciba más soldados, ¿eh?

—¡Ahora es usted el que miente! Si hubiera querido eso, no habría esperado hasta el quinto mes.

Entró un hombre con un papel en la mano.

—Señor comisario, el señor Hergesell quería quemar esto hace un momento, en la cocina.

—¿Qué es? ¿Un resguardo de la consigna? Señora Hergesell, ¿qué maleta es la que su marido ha depositado en la estación de la plaza Alexander?

—¿Una maleta? No tengo ni idea, mi marido no me ha contado ni una palabra de eso.

—Traiga al marido. Y que un agente vaya inmediatamente en coche a la plaza Alexander a recoger la maleta.

Un tercer hombre hizo pasar a Karl Hergesell. Así que la vivienda estaba llena de policías, habían entrado a ciegas.

—¿Qué maleta ha depositado usted en la plaza Alexander?

—No sé lo que hay dentro, nunca lo comprobé. Pertenece a un conocido. Dijo que contenía ropa interior y trajes.

—¡Es lo más probable! Por eso quiso usted quemar el resguardo al ver que había policía en su casa.

Hergesell vaciló, después, lanzando una rápida ojeada a su mujer, dijo:

—Lo he hecho porque no me fío mucho del conocido. También podría contener otras cosas. La maleta pesa mucho.

—Y en su opinión, ¿que podría contener?

—Impresos, tal vez. Siempre he procurado no pensar en ello.

—¿Qué extraño conocido es ese que no puede depositar él mismo su maleta en consigna? ¿No se llamará por casualidad Karl Hergesell?

—No, se llama Schmidt, Heinrich Schmidt.

—¿Y de qué conoce usted al tal Schmidt?

—Uf, desde hace mucho tiempo, diez años por lo menos.

—¿Y cómo se le ocurrió que podrían ser impresos? ¿A qué se dedicaba el tal Emil Schulz?

—Heinrich Schmidt. Era socialdemócrata o comunista. Por eso se me ocurrió que podría contener impresos.

—¿Dónde nació usted, señor Hergesell?

—¿Yo? Aquí, en Berlín. En el barrio de Moabit.

—¿Cuándo?

—El 10 de abril de 1920.

—Vaya, y afirma conocer por lo menos desde hace diez años a Heinrich Schmidt y estar enterado de su orientación política. ¡Pues por entonces tendría usted once años, señor Hergesell! No me tome por tonto, porque entonces me pondré antipático, y si me pongo antipático no tardará en dolerle algo.

—No he mentido. Le he dicho la pura verdad.

—Nombre: Heinrich Schmidt: primera mentira. Contenido de la maleta nunca visto: segunda mentira. Motivo de su depósito: tercera mentira. Noo, mi querido Hergesell, cada una de las frases que usted ha pronunciado son mentira.

—No, todo es verdad. Heinrich Schmidt pretendía viajar a Königsberg, y como la maleta le pesaba mucho y no la necesitaba para el viaje, me pidió que la guardara en consigna. ¡Esa es toda la historia!

—Y se toma la molestia de viajar hasta Erkner y recoger el resguardo en su casa cuando podría llevarlo encima, en el bolsillo. ¡Muy verosímil toda su historia, señor Hergesell! En fin, de momento dejémosla de lado. Volveremos a hablar más veces de ella, tenga la amabilidad de acompañarme un momento a la Gestapo. Por lo que respecta a su mujer…

—¡Mi mujer no sabe nada de la maleta!

—Es lo que ella afirma. Ya me enteraré de todo lo que sabe o no sabe. Pero ahora, aprovechando que tengo tan juntos a dos tortolitos como vosotros… os conocéis desde que trabajabais en la fábrica de uniformes, ¿verdad?

—Sí… —contestaron.

—¿Y cómo era eso, a qué os dedicabais?

—Yo era electricista…

—Yo cortaba uniformes…

—Muy bien, estupendo, sois personas trabajadoras. Pero cuando no estabais dando tijeretazos a la tela y tendiendo cables… ¿qué hacíais, guapos? ¿No fundaríais por casualidad una pequeña y bonita célula comunista, verdad, vosotros dos, un tal Jensch, llamado Bebé, y un tal Grigoleit?

Ellos palidecieron y lo miraron. ¿Cómo podía saberlo ese hombre? Intercambiaron una mirada de desconcierto.

—¿Qué? —Laub rio, sarcástico—. Os habéis quedado muy desconcertados, ¿eh? Porque allí vosotros cuatro estabais vigilados y si no os hubierais separado tan deprisa os habría conocido un poco antes. Usted, Hergesell, continúa sometido a vigilancia en su fábrica…

Se sentían tan confundidos que ni siquiera pensaron en contradecir a ese hombre.

El comisario los contemplaba meditabundo, y de pronto se le ocurrió una idea.

—¿A quién pertenecía la maleta, señor Hergesell? —preguntó—. ¿A Grigoleit o a Bebé?

—A…, bah, ahora da igual, usted ya lo sabe todo, me la endosó Grigoleit. Pensaba recogerla al cabo de una semana, pero de eso hace ya mucho tiempo…

—¡Habrán trincado a su Grigoleit! Bueno, ya le echaré el guante… si todavía vive, quiero decir.

—Señor comisario, le aseguro que desde que abandonamos la célula mi mujer y yo no hemos desarrollado la menor actividad política. Es más, disolvimos la célula antes de hacer nada. Porque nos dimos cuenta de que no valíamos para esa tarea.

—¡Yo también me he dado cuenta! ¡Yo también! —se burló el comisario.

Pero Karl Hergesell prosiguió, impávido:

—Desde entonces solo hemos pensado en nuestro trabajo, no hemos hecho nada en contra del Estado.

—¡Salvo lo de la maleta, no se olvide de la maleta, Hergesell! ¡Custodia de impresos comunistas, eso es alta traición y le costará el cuello, querido! ¡Vamos, señora Hergesell! Por favor, señora, ¿a qué viene alterarse tanto? Fabian, separe a la joven esposa de su marido, pero con mucha delicadeza, por Dios, no vaya a hacer daño a la palomita. Acaba de tener un aborto, la dulce pequeña, ¡no quiere proporcionar más soldados al Führer!

—Trudel —rogó Hergesell—. ¡No escuches sus palabras! En la maleta no tiene por qué haber impresos, solo es una posibilidad que he imaginado a veces. También puede contener vestidos y ropa blanca, Grigoleit no tiene por qué haberme mentido.

—¡Eso está bien, joven, anime a su joven esposa! —lo alabó el comisario Laub —. ¿Ya nos hemos tranquilizado, corazoncito mío? ¿Podemos proseguir la conversación? Ahora vamos a pasar de la alta traición de Karl Hergesell a la alta traición de Trudel Hergesell, de soltera Baumann…

—¡Mi mujer no sabía nada de todas estas cosas! ¡Mi mujer nunca ha infringido la ley!

—¡No, no, los dos habéis sido buenos nacionalsocialistas! —El comisario Laub se sintió invadido por una súbita ira—. ¿Sabéis lo que sois? ¡Unos cobardes cerdos comunistas, eso es lo que sois! ¡Ratas de alcantarilla que hozáis en la mierda! ¡Pero yo os sacaré a la luz, os conduciré a los dos a la horca! ¡Pienso veros balanceándoos a los dos! A ti, con tu maleta de mentiras. Y a ti, con tu aborto. ¡Saltaste desde esa mesa de ahí hasta conseguirlo! ¿Fue así? ¿Fue así? ¡Contesta!

Había agarrado a Trudel y sacudía a la joven medio desmayada.

—¡Deje en paz a mi mujer! ¡No la toque!

Hergesell agarró al comisario. Un puñetazo de Fabian lo alcanzó. Tres minutos después estaba en la cocina, esposado, vigilado por Fabian y sabiendo —con el corazón rabioso y desesperado— que Trudel estaba en manos del torturador y no podía contar con su apoyo.

Laub siguió atormentando a Trudel a conciencia. La joven, que estaba medio desmayada de miedo por su Karli, tenía que hablar ahora de las postales. ¡No se tragaba lo del encuentro casual, ella había estado siempre en contacto con los Quangel, cobarde hatajo de conspiradores comunistas, y su marido, Karli, lo sabía!

—¿Cuántas postales dejó usted? ¿Qué llevaban escrito? ¿Qué dijo su marido al respecto?

La atormentaba así hora tras hora, mientras Hergesell permanecía desesperado en la cocina, el infierno dentro de su corazón.

Al final llegó el coche, y la maleta, y su apertura.

—¡Abra con maña este chisme, Fabian! —ordenó el comisario Laub.

Karl Hergesell había regresado al cuarto de estar, pero vigilado. Separados por la anchura de la habitación, los Hergesell se miraban pálidos y desesperados.

—¡Para ser ropa blanca y trajes pesa de lo lindo! —comentó el comisario, burlón, mientras Fabian manipulaba la cerradura con un gancho de alambre—. Bueno, enseguida descubriremos el pastel. Me temo que les va a resultar un poco penoso a ambos, ¿qué piensa, Hergesell?

—Mi mujer jamás supo nada de esta maleta, señor comisario —aseguró el aludido una vez más.

—Sí, y usted tampoco sabía que su mujer dejaba en las escaleras de los edificios postales con un contenido de alta traición por encargo del tal Quangel. Cada uno de ustedes ha cometido por su cuenta y riesgo un delito de alta traición. ¡Un matrimonio estupendo, no puedo menos que reconocerlo!

—¡No! —gritó Hergesell—. ¡No! ¡Tú no hiciste eso, Trudel! ¡Di que no es cierto, Trudel!

—Pero lo ha confesado.

—Solo una sola vez, Karli, y fue por pura casualidad…

—¡Les prohíbo terminantemente que hablen! Una sola palabra más y regresará a la cocina, Hergesell. Bueno, ya está abierto ese chisme. ¿Qué tenemos aquí?

Estaba con Fabian delante de la maleta, pero los Hergesell no podían ver el contenido. Los dos agentes de la Brigada de Investigación Criminal cuchicheaban entre ellos. Después Fabian levantó el pesado objeto exponiéndolo a la luz. Una pequeña máquina, tornillos relucientes, muelles, tinta de imprenta brillante…

—¡Una máquina de imprimir! —exclamó el comisario Laub—. Una pequeña y bonita máquina de imprimir… libelos comunistas. Esto liquida su caso, Hergesell. ¡Para siempre!

—Yo no sabía qué había dentro de la maleta —lo contradijo Karl Hergesell, pero estaba tan asustado que su desmentido sonó muy débil.

—¡Como si eso ahora tuviera alguna importancia! Usted estaba obligado a denunciar su encuentro con el tal Grigoleit y entregar la maleta. Bueno, Fabian, aquí hemos terminado. Vuelva a guardar ese chisme. Ya sé más que suficiente. Espose también a la mujer.

—Adiós, Karli —gritó Trudel Hergesell con voz enérgica—. Adiós, amor mío. Me has hecho muy feliz…

—¡Obligue a la mujer a cerrar el pico! —gritó el comisario—. Caramba, Hergesell, ¿qué significa eso?

Karl Hergesell se había liberado de su guardián de un tirón, cuando en la otra pared de la salita un puñetazo brutal cerró la boca de Trudel. A pesar de estar esposado, logró derribar al que había golpeado a Trudel y ambos rodaron por el suelo.

El comisario hizo una seña a Fabian. Este se situó por encima de los contendientes, esperó y a continuación golpeó tres o cuatro veces a Karl Hergesell en la cabeza.

Hergesell gimió, sus miembros se estremecieron de manera convulsa, luego se desplomó y quedó inmóvil a los pies de Trudel. Ella lo miraba petrificada desde arriba: sangraba por la boca.

Durante el largo viaje a la ciudad ella esperó en vano que su marido recobrase la conciencia para volver a mirarlo a los ojos. No pudo ser.

No habían hecho nada. Y sin embargo, estaban perdidos…