Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 19 de 82

Páginas del PDF

Solo en Berlín

Capítulo 19

SE DEPOSITA LA PRIMERA POSTAL

 

Otto se mantuvo tan silencioso esa mañana, que ella no se atrevió a hablar del asunto hasta estar en la calle.

—¿Dónde piensas dejar la postal, Otto?

—No hables ahora de eso —responde malhumorado—. Aquí, en la calle, no.

Luego añade a regañadientes:

—He escogido un edificio de la calle Greifswalder.

—No —replica muy decidida—. No, Otto, no hagas eso. ¡Es un tremendo error!

—¡Vamos! —suelta furioso porque ella se ha parado—. ¡Ya te he dicho que aquí, en la calle, no!

El hombre reanuda la marcha y su esposa lo sigue, insistiendo en su derecho a opinar.

—Tan cerca de nuestra casa no —subraya ella—. Si esa cosa cae en sus manos, sospecharán al instante en la gente de los alrededores. Bajemos hasta la plaza Alexander…

Él reflexiona. Quizá, no, seguro que su mujer tiene razón. Hay que tener en cuenta todo. Sin embargo, ese repentino cambio de planes no le gusta. Si ahora caminan hasta la plaza Alexander, irán muy justos de tiempo y tiene que llegar puntual a su trabajo. Tampoco conoce ningún edificio adecuado en la plaza Alexander. Sin duda habrá muchos, pero primero hay que buscar el más apropiado, y eso prefiere hacerlo solo antes que con su mujer, que le molesta.

Entonces, súbitamente, se decide.

—De acuerdo —asiente—. Tienes razón, Anna. Vamos a la plaza Alexander.

Ella lo mira de soslayo, agradecida. Se siente feliz porque ha aceptado un consejo suyo al menos una vez. Y como acaba de hacerla tan feliz, ya no le apetece pedirle que le permita entrar con él en el edificio. Vale, que vaya solo. Se sentirá algo atemorizada mientras espera su regreso, pero en realidad ¿por qué? No duda ni un instante de que regresará. Es tan tranquilo, tan frío, que no lo pillarán desprevenido. Incluso estando en manos de ellos no se delataría y lucharía por su libertad.

Mientras camina en compañía del hombre silencioso sumida en estas reflexiones, se adentran en la calle König por Greifswalder. Ella va tan enfrascada en sus pensamientos que no se ha fijado en cómo los ojos de Otto Quangel examinan los edificios. De pronto se detiene —aún les queda un buen trecho hasta la plaza Alexander— y dice:

—Anda, ve a mirar ese escaparate, vuelvo enseguida.

Y cruza la calle hacia un edificio de oficinas grande y luminoso.

El corazón de Anna empieza a latir con fuerza. Le gustaría llamarlo para que volviera: «¡No, no, quedamos en que sería en la plaza Alexander! Permanezcamos juntos hasta entonces». «Por lo menos dime adiós». Pero la puerta ya se ha cerrado tras él.

Con un hondo suspiro se vuelve hacia el escaparate. Pero no ve nada de lo que se expone. Apoya la frente contra el frío cristal, se le nubla la vista. Su corazón late con tal fuerza que casi le impide respirar, toda la sangre parece subírsele a la cabeza.

Así que tengo miedo, piensa. ¡Dios mío, jamás debe notar que tengo miedo! O nunca más me traerá con él. Pero tampoco siento verdadero temor, sigue pensando. No temo por mí, sino por él. ¡Mira que si no vuelve!

No puede evitar volverse hacia el edificio de oficinas. La puerta se abre de golpe, entran y salen personas. ¿Por qué no viene Quangel? Debe de haberse ido hace cinco, no, diez minutos. ¿Por qué corre de ese modo el hombre que acaba de salir del edificio? ¿Irá a llamar a la policía? ¿Habrán cogido a Quangel a la primera?

¡Oh, no lo aguanto más! ¿Qué es lo que se propone? ¡Y yo que pensaba que era una minucia! Todas las semanas una vez, y cuando escriba dos postales, dos veces por semana en peligro de muerte. ¡Y no querrá que lo acompañe! Ya lo he notado esta mañana, no le ha gustado nada que vaya con él. Irá solo, llevará las postales y desde allí se marchará a la fábrica (¡o no volverá jamás!), y yo estaré en casa esperándolo muerta de miedo. Siento que ese miedo no cesará jamás, nunca me acostumbraré a él. ¡Ahí viene Otto! ¡Al fin! No, no es él. ¡Y ese otro tampoco! ¡Voy a buscarlo, que se enfade todo lo que quiera! Seguro que ha sucedido algo, seguro que se ha ido hace ya un cuarto de hora, es imposible que le cueste tanto. ¡Voy a buscarlo ahora mismo!

Da tres pasos en dirección al edificio… y se da la vuelta. Se sitúa ante el escaparate. Clava los ojos en él.

No, no lo seguiré, no iré a buscarlo. No puedo fracasar a las primeras de cambio. Solo me imagino que ha sucedido algo; la gente entra y sale del edificio como de costumbre. Seguro que Otto todavía no lleva un cuarto de hora ausente. Ahora voy a mirar lo que hay en este escaparate: sostenes, cinturones…

Mientras tanto, Quangel ha entrado en el edificio. Se ha decidido tan rápido porque tenía a su mujer a su lado. Le ponía nervioso, a cada momento podía volver a empezar a hablar de «eso». No quería pasarse mucho rato buscando en su presencia. Seguro que empezaría otra vez a hablar del asunto, a proponer ese edificio, a rechazar aquel. ¡No, se acabó! Para eso prefería entrar en el primero, aunque fuese el peor.

Y lo fue. Era un edificio de oficinas luminoso y moderno, con muchas empresas, sí, pero también con un portero de uniforme gris. Quangel pasa a su lado mirándolo con indiferencia. Ha previsto que le pregunten adónde va, se ha fijado en que el abogado Toll tiene su despacho en el cuarto piso. Pero el portero no le pregunta nada, está hablando con un caballero. Se limita a dirigir una mirada fugaz e indiferente al hombre que pasa a su lado. Quangel se dirige a la izquierda, se dispone a subir por la escalera, cuando oye el zumbido de un ascensor. Vaya, hombre, no contaba con que un edificio tan moderno como ese tuviera ascensores, por lo que las escaleras apenas se utilizaban.

No obstante, Quangel prosigue la ascensión. El ascensorista pensará: Es un hombre viejo, desconfía de los ascensores. O creerá que solo quiere ir al primer piso. O no pensará nada. Sea como fuere, las escaleras apenas se utilizan. Ya está en la segunda y hasta ahora no se ha cruzado más que con un botones de oficina, que baja presuroso con un fajo de cartas en la mano. Ni siquiera se ha fijado en Quangel. Este podría depositar en cualquier parte su postal, pero no olvida ni un instante la presencia del ascensor, a través de cuyos cristales relucientes pueden observarlo en todo momento. Tiene que subir más arriba, y el ascensor debe estar abajo del todo, entonces lo hará.

Se detiene junto a una de las altas ventanas situadas entre dos pisos y echa un vistazo a la calle. Mientras tanto, bien oculto a las miradas, saca uno de los guantes del bolsillo y se lo pone en la mano derecha. Vuelve a introducir en el bolsillo la diestra, que se desliza cuidadosa junto a la postal preparada, con tiento, para no arrugarla. La coge con dos dedos…

Mientras Otto Quangel hace todo esto, se ha percatado de que Anna no está en su puesto junto al escaparate, sino junto al bordillo de la acera observando con la cara muy pálida el edificio de oficinas. Su mujer no alza los ojos hasta donde él está, con toda seguridad fija la vista en las puertas de la planta baja. Sacude la cabeza disgustado, firmemente decidido a no llevar jamás a su mujer en semejante trance. Teme por él, claro. Pero ¿por qué? Debería temer por sí misma, tan equivocado es su comportamiento. ¡Es ella la que pone a ambos en peligro!

Vuelve a subir escalera arriba. Cuando pasa junto a la ventana siguiente, echa una ojeada a la calle: Anna mira de nuevo el escaparate. Bien, muy bien, ha controlado su miedo. Es una mujer valiente. No le dirá nada. Y de repente, Quangel coge la postal, la coloca con mucho cuidado sobre el antepecho de la ventana, se quita, ya andando, el guante de la mano y se lo mete en el bolsillo.

Mientras baja los primeros peldaños lanza la vista atrás. Allí está a la clara luz del día, desde allí todavía distingue cómo unas letras grandes y nítidas cubren su primera postal. ¡Todos podrán leerla! ¡Y entenderla! Quangel sonríe con rabia.

Pero al mismo tiempo oye abrirse una puerta en el piso superior. El ascensor ha bajado hace un minuto. Si al de ahí arriba, que acaba de salir de una oficina, le resulta demasiado aburrido esperar el retorno del ascensor, si baja por la escalera, encontrará la postal. Quangel apenas está un tramo de escalera más abajo. Si el hombre corre, aún puede pillar a Quangel, a lo mejor abajo del todo, pero podría alcanzarlo, porque Quangel no puede correr. Un hombre viejo bajando las escaleras como si fuera un escolar… no, eso llamaría la atención. Y no debe llamar la atención, nadie debe recordar haber visto siquiera en ese edificio a un hombre de tal y cual aspecto…

Con todo, desciende con bastante rapidez los peldaños de piedra, y en medio del ruido que producen sus propios pasos, aguza el oído para comprobar si el hombre ha utilizado la escalera. En ese caso habrá visto la postal, es imposible pasarla por alto. Pero Quangel no está seguro. En una ocasión cree oír pasos. Pero ahora ya no oye nada. Está demasiado abajo para poder oír algo. El ascensor pasa a su lado, resplandeciente, dirigiéndose hacia arriba.

Quangel se encamina hacia la salida. Justo en ese momento viene del patio un gran grupo de personas, trabajadores de alguna fábrica y Quangel se mezcla con ellos. Esta vez está completamente seguro de que el portero ni lo ha mirado.

Cruza la calle y se sitúa al lado de Anna.

—¡Hecho! —exclama.

Y al ver el brillo de sus ojos, el temblor de sus labios, añade:

—No me ha visto nadie. —Y agrega—: Anda, vámonos. Tengo el tiempo justo para llegar andando a la fábrica.

Se marchan. Pero mientras caminan, dirigen una mirada a ese edificio de oficinas en el que la primera postal de Quangel acaba de emprender su camino hacia el mundo. Inclinan la cabeza hacia el inmueble, en cierto modo como si se despidieran. Es un buen edificio, y por muchos edificios que visiten en los próximos meses y años con idéntico propósito… nunca se olvidarán de este.

A Anna Quangel le gustaría acariciar fugazmente la mano de su marido, pero no se atreve. Se limita a rozarla como por casualidad y dice asustada:

—¡Disculpa, Otto!

Él la mira de reojo, asombrado, pero calla.

Siguen andando.