Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 29 de 82

Páginas del PDF

Solo en Berlín

Capítulo 29

UN BONITO CHANTAJE

 

Ya hemos dicho que la señora Hete Häberle y Enno Kluge desayunaron aquella mañana casi sin cruzar palabra y trabajaron en la tienda, pálidos ambos por una noche pasada casi en vela y muy enfrascados en sus pensamientos. La señora Häberle pensaba que Enno tenía que abandonar a todo trance su casa al día siguiente; Enno, que por nada del mundo permitiría que lo echase.

En ese silencio entró el primer cliente, un hombre alto que dijo a la señora Häberle:

—Perdone, tiene usted unos periquitos en el escaparate. ¿Cuánto costaría una pareja? Pero tiene que ser una parejita, a mí siempre me han gustado las parejitas… —Y Barkhausen giró la cabeza, y con fingido asombro, con asombro deliberadamente mal fingido, llamó a Kluge que en ese momento pretendía desaparecer a la chita callando en la trastienda—. ¡Pero si eres tú, Enno! ¡Demonios! ¡Hombre, hablo, miro, pienso, ese no puede ser Enno! ¿Qué va a hacer Enno en un zoo tan pequeño como este? ¡Y resulta que eres tú, compañero! ¿Cómo va esa vida, colega?

Enno, con el picaporte en la mano, se ha quedado petrificado en el sitio, incapaz de escapar y de responder.

Hete, sin embargo, mira con los ojos como platos a ese hombre alto que habla a Enno con tanta amabilidad, sus labios empiezan a temblar y se le aflojan las rodillas. Así que ese era el peligro, así que no todo lo que había contado Enno sobre el acoso al que lo sometía la Gestapo era mentira. Porque no duda ni un segundo que ese hombre de rostro tan cobarde como brutal es un espía de la Gestapo.

Pero ahora que ese peligro se ha materializado, solo tiembla el cuerpo de Hete. Su mente serena le dice: Ahora, en este peligro, no puedes de ningún modo dejar a Enno en la estacada, sea él como sea.

Y a ese hombre de mirada penetrante que vaga por todas partes, que parece un auténtico soplón, Hete le pregunta:

—¿Desea tomar una taza de café con nosotros, señor… cuál es su nombre?

—Barkhausen. Emil Barkhausen —se presentó el espía—. Soy un viejo amigo de Enno, un amigo del deporte. Señora Häberle, ¿qué me dice del magnífico golpe que dio Enno ayer con Adebar? Nos vimos en la taberna… ¿acaso no se lo dijo?

Hete lanzó una mirada fugaz a Enno. Allí seguía, con la mano encima del picaporte, igual que cuando lo había sorprendido la familiar perorata de Barkhausen. Un hombre desvalido, atemorizado. No, no le había contado nada del encuentro con ese viejo conocido, había comentado incluso que no había visto a ningún conocido. Así que le había mentido nuevamente… y lo había hecho en su propio perjuicio, porque ahora estaba claro que ese espía había encontrado el refugio que tenía en su casa. Si anoche le hubiera hablado de ese conocido, aún habría podido sacarlo de allí…

Pero no era el momento adecuado para reñir con Enno Kluge o reprocharle sus mentiras. Era el momento de actuar. Así que insistió:

—Vamos, tomemos una taza de café, señor Barkhausen. Ahora no acude mucha clientela. Enno, tú vigila la tienda. Primero deseo hablar un rato con tu amigo…

La señora Hete había superado ya el temblor de su cuerpo. Solamente pensaba en lo que le había sucedido en su día a su Walter, y esos recuerdos le daban fuerza. Sabía que frente a esas personas los temblores, los lamentos, las peticiones de compasión eran inútiles, esos verdugos de la horca de Hitler y Himmler no tenían corazón. Lo que servía era el valor, no demostrar nunca cobardía, ni temor. Esos creían que todos los alemanes eran tan cobardes como Enno; pero ella, Hete, la viuda Häberle, no lo era.

Con su aire tranquilo, consiguió que los dos hombres se aviniesen sin rechistar. Al dirigirse a la habitación añadió:

—¡Y nada de tonterías, Enno! ¡Nada de huidas absurdas! Piensa que tu abrigo está colgado en la habitación y que apenas llevas dinero en el bolsillo.

—Es usted una mujer inteligente —dijo Barkhausen sentándose a la mesa y mirándola mientras servía el café—. Y también enérgica, no se me habría ocurrido pensarlo cuando la vi anoche.

Sus miradas se encontraron.

—Bueno —añadió entonces deprisa Barkhausen—, en realidad también fue usted enérgica anoche, cuando él se arrastraba de rodillas y usted le dio con la puerta en las narices. Supongo que no volvería a abrir durante la noche… ¿o sí?

Ante esta alusión desvergonzada, el rubor retornó a las mejillas de la señora Hete, así que la vergonzosa, la repugnante escena de la noche anterior había tenido un testigo, ¡y encima asqueroso! Pero ella se sobrepuso enseguida.

—Supongo que usted será un hombre inteligente, señor Barkhausen, pues ahora no vamos a hablar de fruslerías, sino de negocios. Porque supongo que podremos hacer negocios, ¿eh?

—Quizá, quizá, seguro… —se apresuró a afirmar Barkhausen, intimidado a su pesar por el ritmo que le marcaba esa mujer.

—Así que desea comprar una pareja de periquitos —prosiguió Hete—. Supongo que para echarlos a volar después. Porque, si continúan en la jaula, los periquitos no obtendrán beneficio alguno…

Barkhausen se rascó la cabeza.

—Señora Häberle, esto es muy complicado para mí. Yo soy solo un hombre sencillo, sin duda usted es más lista que yo. Espero que no me engañe.

—¡Ni usted a mí!

—¡Ni se me pasa por la cabeza! Le hablaré con absoluta franqueza, nada de periquitos y tal. Le contaré las cosas como son, la pura verdad. La Gestapo, el comisario Escherich, por si usted lo conoce. —Hete negó con la cabeza—, me ha encargado averiguar el paradero de Enno. Nada más. No tengo ni idea de por qué ni para qué. Deseo decirle una cosa, señora Häberle, yo soy un hombre muy sencillo y sincero…

Se inclinó hacia Hete y esta lo miró a los ojos, que eran penetrantes. Él apartó la mirada, una mirada de persona sencilla, sincera.

—Lo cierto es que el encargo me asombró, señora Häberle, se lo digo de verdad. Porque ambos sabemos qué tipo de persona es Enno, concretamente un don nadie que solo lleva en la cabeza apuestas y líos con mujeres. Y ahora la Gestapo va detrás de él, es más, lo persigue el mismísimo Departamento Político, donde todo se convierte en alta traición y cabezas cortadas. No lo comprendo… ¿y usted? —La miró esperanzado. Sus ojos se encontraron de nuevo y sucedió lo de antes: él no pudo mantener la mirada.

—Continúe, señor Barkhausen —lo animó ella—. Lo escucho…

—¡Una mujer inteligente! —afirmó Barkhausen con una inclinación de cabeza—. Una mujer tremendamente inteligente y enérgica. Ese arrastrarse de rodillas de anoche…

—Solo queremos hablar de negocios, señor Barkhausen…

—¡Por supuesto! Dado que soy un buen alemán, sincero de verdad, es posible que a usted le asombre que pertenezca a la Gestapo. Quizá lo piense. Pues no, señora Häberle, no estoy en la Gestapo, solo trabajo a veces para ella. Hay que vivir, ¿no le parece?, y yo tengo en casa cinco criaturas, el mayor de trece años recién cumplidos. Tengo que alimentarlos a todos…

—¡Al grano, señor Barkhausen!

—Noo, señora Häberle, no estoy en la Gestapo, soy un hombre honrado. Y cuando oí que esos buscaban a mi amigo Enno e incluso fijaban elevadas recompensas por él, y conociendo yo de antes a Enno y siendo su verdadero amigo… pues pensé, señora Häberle: Mira tú, están buscando a Enno. A ese pequeño inútil. Si lo encontrara yo, pensé, ¿me entiende usted, señora Häberle?, se me ocurrió que podría advertirle para que se largara mientras esté a tiempo. Y le dije al comisario Escherich: «No se preocupe por Enno, yo se lo entregaré, porque es un viejo amigo mío». Y entonces recibí el encargo y mi dinero para gastos, y ahora estoy aquí sentado con usted, señora Häberle, y Enno se encarga de atender la tienda, y la verdad es que todo marcha a las mil maravillas…

Se quedaron callaron un instante, Barkhausen esperando, la señora Häberle pensando.

Luego la mujer dijo:

—¿Así que la Gestapo todavía no ha recibido noticias suyas?

—¡Y un cuerno! Con esos no tengo ninguna prisa, no vaya a ser que me echen a perder el negocio. Primero deseaba avisar a mi viejo amigo Enno… —se corrigió.

Callaron de nuevo. Y la señora Hete preguntó al fin:

—¿Y qué recompensa le ha prometido la Gestapo?

—¡Mil marcos! Es un dineral por semejante don nadie, señora Häberle. Yo mismo me quedé completamente sorprendido. Pero el comisario Escherich me dijo: «Tráigame a Kluge y le pagaré mil marcos». Eso me dijo Escherich. Y me entregó cien marcos para gastos, que ya he recibido, además de los mil marcos de la recompensa.

Se quedaron largo rato sentados y meditabundos.

Entonces Hete comenzó a hablar de nuevo.

—Eso de antes, lo de los periquitos, fue intencionado, señor Barkhausen. Porque si le pago ahora mil marcos…

—Dos mil, señora Häberle. Entre amigos siempre dos mil marcos. A los que habría que añadir otros cien para gastos…

—Bueno, aunque le pagase esa cantidad, y usted sabe de sobra que el señor Kluge no tiene dinero, y que a mí nada me ata a él…

—Vamos, vamos, señora Häberle. ¡Usted, una señora tan decente! ¿No pensará entregar a la Gestapo a su amigo, que se ha arrastrado de rodillas ante usted, por un poco de dinero? ¿Habiéndole dicho, por añadidura, que allí pasa de todo, denuncias de alta traición y guillotina? ¡Usted no hará eso, señora Häberle!

Esta habría podido argumentar que él, el alemán sencillo y honrado, estaba haciendo justo lo que ella no debía hacer por nada del mundo al ser una mujer muy decente, que era vender a un amigo. Pero sabía que ese tipo de comentarios carecían de sentido, a esos tipos no les interesaba algo así.

Así que dijo:

—Bien, entonces si yo misma pagase los dos mil cien, ¿quién me garantiza que los periquitos no se quedarán en la jaula? —Y al ver que volvía a rascarse la cabeza aturullado, optó por mostrar un completo descaro—: Bueno, ¿quién me garantiza que usted no cogerá mis dos mil cien y luego acudirá a Escherich a reclamar sus otros mil?

—¡Se lo garantizo, señora Häberle! Le doy mi palabra; soy una persona sencilla, sincera, y cuando prometo algo, lo cumplo. Ya ha visto que me he apresurado a ver a Enno y avisarlo, corriendo el peligro de que se largue de la tienda con viento fresco. Entonces se habría echado a perder todo el negocio.

La señora Häberle lo miró con una leve sonrisa.

—Todo eso está muy bien, señor Barkhausen. Pero precisamente por ser usted tan buen amigo de Enno, comprenderá que necesito tener la absoluta seguridad. Suponiendo que pueda reunir el dinero.

Barkhausen hizo un gesto tranquilizador que quería indicar que eso era fácil para una mujer como ella.

—No, señor Barkhausen —agregó Hete al comprender que no era sensible a la ironía, que tenía que hablarle con total franqueza—, ¿quién me garantiza que usted no coge ahora mi dinero…

Barkhausen se alteró muchísimo al pensar que pudiera obtener a continuación la enorme e inédita suma de dos mil marcos…

—… y aparece luego delante de la puerta un agente de la Gestapo y detiene a Enno? ¡Necesito más garantías!

—¡Le juro, señora Häberle, que no hay nadie delante de la puerta! ¡Soy un hombre honrado! ¿Para qué iba a mentirle? He venido directamente desde mi casa, puede preguntárselo también a mi Otti.

Ella interrumpió al excitado caballero.

—Piense qué garantía puede ofrecerme aparte de su palabra.

—¡Pues ninguna! Este es un negocio basado únicamente en la confianza. ¿Confiará usted en mí, señora Häberle, después de haberle hablado con tanta franqueza?

—Ay, la confianza… —contestó la señora Häberle distraída, y después se sumieron ambos en un prolongado silencio, él esperando su decisión, ella rompiéndose la cabeza para conseguir al menos un mínimo de seguridad.

Entretanto, Enno Kluge atendía la tienda. Servía a la clientela, ahora más nutrida, con rapidez y soltura, incluso se atrevía a hacer pequeños chistes. El susto inicial provocado por la visión de Barkhausen se había disipado. Hete estaba en la habitación hablando con Barkhausen, ella se encargaría de arreglar el asunto. Pero eso demostraba que la amenaza de echarlo de casa no iba en serio. Así que ahora se sentía aliviado, y por eso contaba chistes.

Al fondo, en la habitación, la señora Häberle interrumpió el largo silencio.

—Veamos, señor Barkhausen —dijo decidida—, he pensado lo siguiente. Haré el negocio con usted con las siguientes condiciones…

—¿Sí? ¡Vamos, suéltelo! —la apremió Barkhausen, ávido. Ya veía próxima su recompensa.

—Le daré dos mil marcos, pero no aquí, sino en Múnich.

—¿En Múnich? —La miró alucinado—. ¡Si yo nunca voy a Múnich! ¿Qué demonios voy a hacer en Múnich?

—Ahora iremos juntos a Correos —continuó—, y le enviaré a Múnich un giro postal de dos mil marcos. Luego lo llevaré a la estación, usted tomará el próximo tren a Múnich, donde cobrará el dinero. En el andén de la estación le entregaré otros doscientos marcos para el viaje además del billete…

—¡Nooo! —exclamó Barkhausen exasperado—. ¡De eso, ni hablar! ¡Eso es inaceptable! Si viajo a Múnich, usted irá a Correos a buscar su giro.

—En el andén le entregaré el resguardo, sin él me será imposible reclamarlo.

—¿Múnich? —inquirió él—. ¿Por qué Múnich? ¡Somos personas honradas! ¿Por qué no aquí y ahora, en la tienda, y asunto resuelto? Ir a Múnich y volver requerirá al menos dos días y una noche, y entretanto Enno, lógicamente, se habrá largado.

—¡Pero, señor Barkhausen, eso es lo que hemos acordado, por eso le doy el dinero! El periquito no debe quedarse en su jaula. Quiero decir que hay que dar a Enno la posibilidad de esconderse, por eso le pago los dos mil marcos.

Barkhausen, que no supo replicar nada acertado, dijo refunfuñando:

—¡Y me dará otros cien marcos para gastos!

—Los tendrá. En metálico. En el andén.

Pero tampoco esa promesa mejoró el humor de Barkhausen. Seguía enfurruñado.

—¡Múnich, en mi vida he oído semejante tontería! Habría sido todo facilísimo, y ahora… a Múnich. ¡Precisamente a Múnich! ¿Por qué no ha dicho Londres…? ¡Después de la guerra puedo viajar hasta allí! ¡Y todo echado a perder! ¡Podría ser tan sencillo, pero nooo, hay que complicarlo! ¿Y por qué? Porque no tiene confianza en su prójimo, porque usted, señora Häberle, es una desconfiada. Con lo honesto que he sido con usted…

—¡Y yo con usted! ¡Este negocio se hará así y punto!

—¡Vale! —repuso—. Entonces me marcho. —Se levantó y cogió su gorra de visera, pero no se fue—. Múnich queda completamente descartado…

—Será un viaje muy interesante para usted —trató de persuadirlo la señora Häberle—. El trayecto es precioso, y en Múnich dicen que se come y se bebe de maravilla. Y la cerveza es mucho más fuerte que la nuestra.

—A mí no me interesa la bebida —insistió, ya menos enfurruñado y pensativo.

Hete se daba cuenta de que se estaba rompiendo la cabeza pensando en una salida para coger el dinero y denunciar a Enno a pesar de todo. Ella volvió a analizar su propuesta. Le pareció buena. Quitaba de en medio a Barkhausen al menos durante dos días, y si la casa no estaba vigilada (no tardaría en cerciorarse de eso), dispondrían de tiempo suficiente para llevar mientras tanto a Enno a otro lugar.

—Bien —dijo al fin Barkhausen mirándola—. ¿No cambiará de idea, señora Häberle?

—No —contestó Hete—. Estas son mis condiciones, y me atendré a ellas.

—Entonces tendré que aceptarlas —repuso Barkhausen—. No puedo despreciar por las buenas dos mil del ala.

Esto lo dijo más para sus adentros, para justificarse ante sí mismo.

—Viajaré a Múnich. Y usted me acompañará ahora mismo a Correos.

—Enseguida —repuso, pensativa, la señora Häberle.

Ahora que había aceptado, seguía sin sentirse satisfecha. Estaba completamente convencida de que maquinaba jugarle una mala pasada. Tenía que averiguar cuál…

—Sí, enseguida —repitió ella—. Es decir: primero tengo que arreglarme un poco y cerrar la tienda.

Él adujo a renglón seguido:

—¿Para qué cerrar la tienda? Si se queda Enno…

—Enno vendrá con nosotros —replicó la mujer.

—¿Y eso por qué? ¡Enno no tiene nada que ver con este asunto!

—Porque yo lo quiero así. Pues de lo contrario podría ocurrir —añadió— que detengan a Enno mientras yo estoy ingresando el dinero para usted. Esos descuidos son posibles, señor Barkhausen.

—¿Y quién va a detenerlo, eh?

—Pues por ejemplo el espía que está delante de la puerta…

—¡Pero si no hay ningún espía delante de la puerta! —Ella sonrió—. Convénzase, señora Häberle. Dé una vuelta, observe a todo el mundo. ¡No hay ningún espía delante de la puerta! Soy una persona honrada…

Hete insistió, obstinada:

—Quiero que Enno me acompañe. Es más seguro.

—¡Es usted más tozuda que una mula vieja! —gritó, iracundo—. Bien, vale, que nos acompañe también Enno. ¡Pero ahora dese prisa!

—No tenemos tanta prisa —repuso ella—. El tren de Múnich no sale hasta cerca de las doce. Tenemos todo el tiempo del mundo. Y ahora discúlpeme un cuarto de hora, quisiera arreglarme un poco. —Lo miró inquisitiva, sentado a la mesa, con el ojo siempre atento dirigido al cristal que permitía observar la tienda—. Y un ruego más, señor Barkhausen. No hable ahora con Enno, bastante quehacer tiene en la tienda, además…

—¡Qué voy a hablar yo con ese idiota! —replicó furioso Barkhausen—. ¡A semejante cretino no le dirijo la palabra!

Pero, obediente, se sentó de otra manera: ahora tenía ante sus ojos la puerta de su alcoba y la ventana del patio.