Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 21 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 21

MEDIO AÑO DESPUÉS: LOS QUANGEL

 

Medio año después, para los Quangel escribir las postales los domingos se había convertido ya en costumbre, una costumbre sagrada, desde luego, que constituía una parte esencial de su vida cotidiana al igual que el profundo silencio que los rodeaba, o el ahorro férreo hasta el último céntimo. Cuando estaban juntos los domingos, ella en el rincón del sofá, ocupada con alguna labor de remiendo o zurcido, él muy tieso en su silla junto a la mesa, la pluma en su mano grande, trazando despacio las palabras, eran las horas más bonitas de la semana.

Quangel había duplicado su rendimiento inicial de una postal por semana. Es más, en domingos buenos llegaba incluso a confeccionar tres. Pero nunca escribía dos postales con idéntico contenido. Los Quangel descubrieron que cuánto más escribían, más fallos descubrían en el Führer y en su Partido. Cosas que en su momento apenas habían considerado censurables, como la represión de los demás partidos, o que solo habían condenado por ir demasiado lejos y haberse llevado a cabo con excesiva brutalidad, como las persecuciones de judíos (pues, como la mayoría de los alemanes, los Quangel en su fuero interno no eran amigos de los judíos, es decir, que estaban de acuerdo con esas medidas), ahora que se habían convertido en enemigos del Führer esas cosas adquirían un aspecto y una relevancia completamente diferentes. Les demostraban la mendacidad del Partido y de sus dirigentes. Y al igual que los recién conversos, les movía el afán de convertir a otros, de manera que el tono con el que redactaban esas postales nunca era monótono, y los temas no escaseaban precisamente.

Anna Quangel, que había abandonado tiempo atrás su callado puesto de oyente, se sentaba animadamente en el sofá, tomaba parte en la conversación, proponía temas e inventaba frases. Trabajaban en la más perfecta unión, y esa profunda unión interna que no habían conocido hasta entonces después de un matrimonio tan largo, se convirtió para ellos en una enorme dicha que iluminaba toda la semana. Se miraban, sonreían, cada uno sabía que ahora el otro había pensado en la próxima postal o en el efecto que causaban las postales, en el número continuamente creciente de sus seguidores y en el ansia con que esperaba las próximas noticias suyas.

Los Quangel no dudaban ni un instante de que sus postales pasaban a escondidas de mano en mano en las empresas, que Berlín comenzaba a hablar de esos luchadores. Tenían la certidumbre de que parte de las postales caía en manos de la policía, pero suponían que sería a lo sumo una de cada cinco o seis. Habían pensado con tanta frecuencia en ese efecto y hablado de él que la difusión de sus noticias, la atención que despertaban, les parecía algo de lo más natural, un hecho incontrovertible.

Sin embargo, los Quangel no tenían el menor indicio objetivo de eso. Tanto si Anna Quangel estaba haciendo cola delante de una tienda de comestibles, como si el jefe de taller se situaba mudo con sus ojos perspicaces junto a un grupo de charlatanes, provocando el cese de la conversación con su mera presencia…, jamás escucharon ni una palabra del nuevo combatiente contra el Führer, ni de los mensajes que enviaba al mundo. Pero este silencio sobre su actividad no podía disuadirlos de la firme convicción de que se hablaba de las postales, de que surtían efecto. Berlín era una ciudad muy grande y la distribución de las postales abarcaba una zona muy extensa, requería tiempo que el conocimiento se infiltrase por todos los rincones. En suma, a los Quangel les sucedía como a todo el mundo: creían en su esperanza.

De las medidas de seguridad que Quangel había considerado necesarias al inicio de su actividad solo había abandonado los guantes. Concienzudas reflexiones lo habían convencido de que esas prendas molestas que ralentizaban tanto su trabajo no servían para nada. Sus postales, antes de que alguna fuera a parar a la policía, debían de pasar por tantas manos que ni siquiera el funcionario de policía más experimentado acertaría a distinguir cuáles eran las huellas del autor. Como es natural, Quangel siguió observando la mayor de las cautelas. Antes de escribir se lavaba siempre las manos, cogía las postales con suavidad y por el borde, y al escribir siempre colocaba un papel secante debajo de la mano que escribía.

En cuanto a la operación de dejar las postales en los grandes edificios de oficinas, había perdido hacía mucho el atractivo de la novedad. Esta operación, que al principio les había parecido tan peligrosa, se había revelado con el tiempo la parte más sencilla de su labor. Uno entraba en uno de esos edificios tan animados, esperaba el momento propicio y bajaba de nuevo las escaleras, más aliviado, liberado de una presión en la zona del estómago, pensando: «Otra vez ha salido bien», sin especial nerviosismo.

Al principio Quangel había depositado solo esas postales, le había parecido inoportuno que Anna lo acompañase. Pero después también su esposa se convirtió en una colaboradora eficaz. Quangel procuraba escrupulosamente que las postales, tanto si había escrito una, dos o incluso tres, salieran siempre de casa al día siguiente. Sin embargo, a veces le costaba caminar debido a sus piernas martirizadas por dolores reumáticos; por otro lado, la precaución exigía que las postales se distribuyesen en zonas de la ciudad muy distantes entre sí. Esto requería largos viajes en tranvía difíciles de realizar para una persona en una mañana.

Así pues, Anna Quangel comenzó a participar también en este trabajo. Para su sorpresa descubrió que era mucho más emocionante y enervante estar delante de un edificio esperando al marido, que depositar las postales en persona. Entonces era siempre la calma personificada. Apenas se adentraba en uno de esos edificios, se sentía segura en medio del tráfago de los que subían y bajaban por las escaleras y esperaba con paciencia su oportunidad para dejar las postales deprisa. Estaba completamente segura de que nunca la habían visto hacerlo, de que nadie podría recordarla y ofrecer una descripción de su persona. En verdad era mucho menos llamativa que su marido, con su dura cara de pájaro. Era una mujer pequeñoburguesa, que enseguida acudía al médico.

Solo una vez molestaron a los Quangel durante su escritura dominical. Pero tampoco esta perturbación desencadenó la menor agitación ni confusión. Como ya lo habían hablado muchas veces, al oír el timbre Anna Quangel se acercó sigilosa a la puerta de entrada y escudriñó a los visitantes por la mirilla. Mientras tanto, Otto Quangel había retirado los útiles de escribir e introducido en un libro la postal iniciada. En ella figuraban por el momento las palabras: «¡Führer, ordena, nosotros obedecemos! Sí, obedecemos, nos hemos convertido en un rebaño de ovejas que nuestro Führer puede conducir al matadero. Hemos renunciado a pensar…».

Otto Quangel había colocado la postal con esas frases en un libro de fabricación y reparación de aparatos de radio de su hijo caído, y cuando Anna Quangel entró con los dos visitantes, un hombre bajo y jorobado y una mujer morena, alta y fatigada, Otto se dedicaba a tallar el busto del chico, ya muy avanzado, y que, en opinión de Anna, se parecía cada vez más a su marido. Resultó que el jorobado bajito era un hermano de Anna; los hermanos llevaban casi treinta años sin verse. El pequeño jorobado había trabajado siempre en una fábrica de material óptico de Rathenow y hacía poco había sido trasladado a Berlín para trabajar como especialista en una empresa que fabricaba no sé qué aparato para submarinos. La mujer morena y fatigada era su cuñada, a la que Anna nunca había visto. Hasta ese día Otto Quangel no conocía a esos parientes.

Ese domingo ya no escribió nada más, la postal iniciada quedó inconclusa en el libro de fabricación y reparación de aparatos de radio del pequeño Otto. Por muy reacios que fueran los Quangel a las visitas de amigos y parientes, porque deseaban vivir tranquilos, este hermano y su esposa que inopinadamente les habían caído del cielo no les desagradaron. A su modo, los Heffke también eran personas serenas, pertenecientes a alguna secta religiosa que, según dedujeron por una insinuación, era perseguida por los nazis. Pero apenas hablaban de ello, pues en general se evitaba con temor todo lo relacionado con la política.

Quangel, sin embargo, presenció, asombrado, cómo Anna y su hermano Ulrich Heffke intercambiaban recuerdos infantiles. Oyó por primera vez que Anna, en su infancia, había sido una niña de alegría desbordante, traviesa y dada a las bromas. Él había conocido a su mujer siendo una chica mayor; nunca había pensado que en el pasado, antes de su vida de empleada doméstica, de matarse a trabajar sin alegría, que tantas fuerzas y esperanzas le robaba, había sido completamente distinta.

Ahora, mientras los hermanos charlaban entre sí, se imaginaba el pequeño pueblo de la Marca de Brandeburgo; oyó que ella tenía que cuidar de los gansos, que siempre se escondía para eludir el odiado trabajo de recoger patatas y cuántos palos había recibido por ello, y supo que había sido muy apreciada en el pueblo porque, rebelde y valiente, protestaba contra todo lo que le parecía inicuo. Incluso le tiró tres veces seguidas el sombrero de la cabeza a un maestro injusto con una bola de nieve… y nunca descubrieron que había sido ella. Solo ella y Ulrich lo sabían, pero Ulrich jamás se chivó.

No, no fue una visita desagradable, a pesar de que escribieron dos postales menos que de costumbre. Además, los Quangel fueron muy sinceros cuando al despedirse prometieron devolver la visita a los Heffke. Y cumplieron su promesa. Cinco o seis semanas después visitaron a los Heffke en una pequeña vivienda provisional que les habían facilitado en las inmediaciones de la plaza Nollendorf. Los Quangel aprovecharon dicha visita para depositar por fin una postal en el oeste; a pesar de que era domingo y el edificio de oficinas estaba poco concurrido, todo fue bien.

A partir de entonces las visitas mutuas se sucedieron a intervalos de unas seis semanas. No eran muy emocionantes, pero aportaban una bocanada de aire fresco a la vida de los Quangel. Casi siempre Otto y su cuñada se sentaban callados a la mesa para escuchar la tranquila conversación de ambos hermanos, que no se cansaban de charlar sobre su infancia. A Quangel le complacía conocer a esa otra Anna; sin embargo, nunca encontró un puente entre la mujer que vivía a su lado y aquella niña que conocía el trabajo del campo, hacía bromas audaces y a pesar de todo la consideraban la mejor alumna de la pequeña escuela rural.

Supieron que los padres de Anna aún vivían en su pueblo natal, muy ancianos ya, y el cuñado mencionó como de pasada que todos los meses les enviaba diez marcos. Anna Quangel estaba a punto de decirle a su hermano que a partir de entonces ellos harían lo mismo, pero al captar a tiempo una mirada de advertencia de su marido, calló.

Durante el camino de vuelta él dijo:

—No, mejor no, Anna. ¿Para qué malcriar a gente tan mayor? Tienen su jubilación, y además tu hermano manda diez marcos todos los meses, con eso basta.

—¡Pero nosotros tenemos mucho dinero en la cartilla de ahorros! —exclamó Anna—. Nunca lo gastaremos. Antes pensábamos que algún día sería para Otto, pero ahora… ¡Hagámoslo, Otto! ¡Aunque solo sean cinco marcos todos los meses!

Otto Quangel contestó impasible:

—Ahora que estamos metidos en un asunto de tanta envergadura, no sabemos para qué podemos necesitar un día nuestro dinero. Tal vez nos haga falta hasta el último marco, Anna. Los viejos han vivido hasta ahora sin nosotros, ¿por qué no seguir así?

Su esposa calló, un poco ofendida, quizá no tanto por su amor a los padres, pues apenas pensaba en los dos viejos y les escribía una sola carta al año, en Navidad y por sentido del deber. Pero se sintió ridícula y miserable ante su hermano. Este no debía pensar que ellos no podían hacer lo mismo.

Anna insistió tozuda:

—Ulrich pensará que no podemos, Otto. Pensará mal de tu trabajo por cobrar tan poco.

—Y qué más da lo que otros piensen de mí —replicó Quangel—. No pienso sacar dinero de la caja para eso.

Anna se percató de que esa última frase era irrevocable. Calló, cedió como siempre que Otto pronunciaba ese tipo de frases, pero un poco ofendida porque su marido nunca tuviera en consideración sus sentimientos. No obstante, Anna Quangel olvidó pronto esa ofensa al continuar con el trabajo de la gran obra.