Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 64 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 64

EL JUICIO: EL TESTIGO ULRICH HEFFKE

 

El testigo Ulrich Heffke, obrero cualificado, el hermano jorobado de Anna Quangel, ha pasado unos meses muy duros. El eficiente comisario Laub lo había detenido junto con su mujer inmediatamente después de la detención de los Quangel, sin sospechas sólidas, por el mero hecho de ser pariente de los Quangel.

A partir de entonces, Ulrich Heffke había vivido atemorizado. Ese hombre bonachón, de espíritu simple, sencillo, que durante toda su vida había eludido cualquier disputa, había sido detenido, atormentado, gritado, golpeado por el sádico Laub. Lo habían obligado a pasar hambre, lo habían humillado, en suma, torturado con todas las artes infernales.

Por ello el jorobado tenía la mente completamente confusa. Había escuchado con atención y temor lo que sus torturadores querían oír, y después, perdida la cordura, había hecho incluso las confesiones más graves para él, cuyo sinsentido sin embargo le demostraban a renglón seguido.

Lo torturaron de nuevo, con la esperanza de que el pequeño jorobado confesara un nuevo delito hasta entonces desconocido. Porque el comisario Laub actuaba de acuerdo con el axioma de la época: todo el mundo tiene algo que ocultar. Solo había que buscar lo suficiente para encontrarlo.

Laub quería y no quería creer que se había topado con un alemán que no era miembro del Partido y que, pese a todo, nunca había escuchado una emisora extranjera, ni había difundido propaganda clandestina derrotista, ni había infringido una disposición alimentaria. Laub reprochó a Heffke haber dejado las postales en la plaza Nollendorf por su cuñado.

Heffke lo admitía, y al cabo de tres días Laub le demostraba que era imposible que él, Ulrich Heffke, hubiera dejado las postales.

El comisario Laub lo acusó entonces de revelación de secretos industriales en la fábrica de óptica en la que trabajaba. Heffke lo admitió y, tras una semana de laboriosas averiguaciones, Laub comprobó que en esa fábrica no había secreto alguno que revelar; allí nadie sabía a qué arma iban destinadas las piezas sueltas que fabricaban.

Heffke tenía que pagar muy caro cada confesión falsa, pero eso lo volvía más asustadizo, no más listo. Confesaba sin pensar; con el fin exclusivo de disfrutar de cierta tranquilidad, de librarse de otro interrogatorio, firmaba cualquier declaración. Habría firmado su propia sentencia de muerte. Era más blando que la gelatina, y tan miedoso que empezaba a temblar a las primeras de cambio.

El comisario Laub fue lo bastante infame como para trasladar a ese desgraciado junto con los Quangel a prisión preventiva, a pesar de que ni uno solo de los expedientes demostraba la participación de Heffke en los «delitos» de los Quangel. La seguridad ante todo, que el juez de instrucción intentara sacar a Heffke alguna agravante. Como primera medida, Ulrich Heffke utilizó las condiciones un poco más laxas de la prisión para ahorcarse. Lo encontraron en el último instante, frustraron su intento y le devolvieron una vida que se le antojaba completamente insoportable.

Desde ese momento el pequeño jorobado tuvo que vivir en condiciones mucho más duras: en su celda la luz permanecía encendida toda la noche, un guardia especial miraba por la puerta a intervalos de pocos minutos, estaba esposado y lo iban a buscar casi a diario para interrogarlo. Aunque el juez de instrucción tampoco había encontrado en el sumario circunstancias agravantes contra Heffke, estaba firmemente persuadido de que el jorobado ocultaba un delito, pues de lo contrario ¿por qué había intentado suicidarse? ¡Ningún inocente se comportaba así! La estupidez de Heffke, que lo impulsaba a admitir cualquier acusación, provocaba que el juez de instrucción se viera obligado a practicar las averiguaciones y los interrogatorios más tediosos que, más tarde, arrojaban como resultado que Heffke no había hecho nada.

En consecuencia, apenas una semana antes del juicio, Ulrich Heffke salió en libertad de la prisión. Regresó junto a su alta, morena y cansada mujer, que había sido puesta en libertad tiempo atrás. Ella lo recibió en silencio. Heffke estaba demasiado trastornado para acudir al trabajo; a menudo se pasaba horas arrodillado en un rincón de la habitación cantando con agradable y tenue voz de falsete himnos religiosos. Apenas hablaba, y por la noche lloraba mucho. Tenían dinero ahorrado, así que la mujer no hizo nada por impulsar a su marido a acudir al trabajo.

Tres días después de su excarcelación, Ulrich Heffke recibió otra citación para presentarse en el juicio en calidad de testigo. Su débil mente no pudo ya comprender que únicamente lo habían citado para testificar. Su agitación aumentaba de hora en hora, casi no comía y sus cánticos se incrementaban. El miedo a que los tormentos recién superados comenzasen de nuevo lo torturaba sin tregua.

La noche antes del juicio se ahorcó por segunda vez; en esta ocasión fue su mujer morena la que le salvó la vida. En cuanto recuperó el aliento, ella le dio una paliza. Su mujer desaprobaba su estilo de vida. Al día siguiente lo cogió con fuerza del brazo y en la puerta de la sala de los testigos lo entregó al ujier diciendo:

—¡A este le falta un tornillo! ¡Vigílelo bien!

Dado que la sala de los testigos estaba ya abarrotada —sobre todo por los compañeros de trabajo de Quangel, la dirección de la fábrica, las dos mujeres y el secretario de Correos que lo habían visto depositar las postales, las dos señoras de la directiva de la Organización de Mujeres y así sucesivamente—, es decir, dado que estaban ya presentes un montón de testigos cuando Anna Heffke pronunció esas palabras, el ujier y todos los testigos vigilaron con afán al hombrecillo. Algunos intentaron abreviar el tedioso tiempo de espera burlándose del jorobado, pero no llegaron muy lejos: al hombre se le veía demasiado el miedo en los ojos. La gente fue demasiado caritativa y no lo importunó mucho.

Pese a su miedo, el jorobado superó bien el interrogatorio del presidente Feisler, sencillamente porque hablaba en voz tan queda y temblaba tanto que el juez supremo se aburrió pronto de interrogar a semejante cagueta. Después, el jorobado se ocultó, encogido, entre los demás testigos, confiando en que todo hubiera terminado para él.

Más tarde tuvo que presenciar cómo el fiscal pinscher interrogaba a su hermana, cómo la atormentaba, escuchó las preguntas indecentes que le hicieron a Anna. Su corazón se indignó, quería adelantarse, hablar en favor de su queridísima hermana, testificar que ella siempre había llevado una vida decente… y su miedo le hizo volver a agacharse, a ocultarse, a ser cobarde.

Perdida, pues, la cordura entre el miedo, la cobardía y los accesos de valor, siguió el desarrollo de los acontecimientos hasta el momento en que Anna Quangel insultó a la Asociación de Jóvenes Alemanas, a las SA y a las SS. Presenció el tumulto posterior, él mismo colaboró a su modo con su pequeña y ridícula figura subiéndose al banco para ver mejor. Vio cómo dos policías arrastraban a Anna fuera de la sala.

Seguía aún encima del banco cuando el presidente comenzó por fin a restablecer el orden en la sala. Sus vecinos lo habían olvidado y seguían cuchicheando entre ellos.

Entonces la mirada del fiscal pinscher cayó sobre Ulrich Heffke, contempló asombrado su figura digna de lástima y gritó:

—¡Eh, usted! ¡Usted es el hermano de la acusada! ¿Cómo se llama?

—Heffke, Ulrich Heffke —contestó al fiscal su ayudante.

—Testigo Ulrich Heffke, esa era su hermana. Le exijo que nos hable sobre la vida anterior de Anna Quangel. ¿Qué sabe usted al respecto?

Ulrich Heffke abrió la boca, estaba todavía subido al banco, y sus ojos miraron por primera vez sin temor. Abrió la boca y con una agradable voz de falsete, cantó:

Me despido de ti, mundo falso y malvado,

Abomino de tus perversos pecados.

Se vive bien en el cielo: tal es mi deseo.

Allí Dios recompensará a su siervo.

Todos quedaron tan desconcertados que lo dejaron cantar tranquilamente. Algunos incluso juzgaron agradable la sencilla melodía y menearon, embobados, la cabeza de un lado a otro al compás de la canción. Uno de los vocales tenía de nuevo la boca completamente abierta. Los estudiantes aferraban con fuerza la barrera con el rostro expectante. El preocupado abogado gris, con la cabeza ladeada, se hurgaba la nariz, ensimismado. Otto Quangel había girado su rostro afilado hacia su cuñado y sintió por primera vez latir su frío corazón por el pobre hombrecillo. ¿Qué harían con él?

Oculta por misericordia mi alma en tu costado abierto, Condúcela a Tu majestad y apártala del Mal.

Quien aquí ha sido bueno entra en el palacio celestial; sanado ya para siempre lo acogerás en Tu seno.

Mientras cantaba la segunda estrofa en la sala cundía de nuevo la agitación. El presidente había susurrado, el fiscal había enviado una nota al oficial de la policía que estaba de guardia.

Pero el pequeño jorobado no había prestado atención a nada de eso. Con la mirada dirigida al techo de la sala, gritó con voz arrebatada y extasiada:

—¡Ya voy!

Levantó los brazos, se apartó del banco empujándose con los pies, quería volar…

A continuación cayó pesadamente entre los testigos sentados delante de él, que se apartaron a un lado, asustados, y rodó entre los bancos…

—¡Saquen a este hombre de aquí! —vociferó con tono imperioso el presidente en una sala nuevamente alterada—. ¡Que lo reconozca un médico!

Sacaron a Ulrich Heffke de la sala.

—Ha quedado demostrado que se trata de una familia de delincuentes y dementes —afirmó el presidente—. Bien, velaremos por su erradicación.

Y lanzó una mirada amenazadora a Otto Quangel que, sujetándose los pantalones con la mano, seguía mirando hacia la puerta por la que había desaparecido su menudo cuñado.

Se encargaron de erradicar al pequeño jorobado Ulrich Heffke, faltaría más. Ni física ni mentalmente era digno de vivir, y tras una breve estancia en una institución, una inyección se encargó de que se despidiera de verdad de este mundo cruel.