Solo en Berlín
Capítulo 13
BAILE DE LA VICTORIA EN EL ELÍSEO
El Elíseo, el gran salón de baile situado al norte de Berlín, ofrecía esa noche de viernes una imagen que debía de alegrar los ojos de cualquier alemán normal: uniformes y más uniformes. No era tanto la Wehrmacht, cuyo gris o verde proporcionaba el vigoroso fondo a esa imagen de vistoso colorido, sino en mucha mayor medida los uniformes del Partido y sus secciones los que hacían tan llamativo el conjunto con el pardo, marrón claro, pardo dorado, pardo oscuro y negro. Allí, junto a las camisas pardas de las SA, se veían otras mucho más claras de las Juventudes Hitlerianas, la Organización Todt estaba tan representada como el Servicio de Trabajo del Reich, se veían los uniformes más amarillos de los oficiales especialistas, denominados los «faisanes dorados», se veía a líderes políticos del Partido junto a miembros de la defensa antiaérea. Y no solo los hombres iban ataviados de un modo tan alentador, también muchas chicas jóvenes llevaban uniforme; la Asociación de Jóvenes Alemanas, el Servicio de Trabajo, la Organización Todt, todas ellas parecían haber enviado allí a sus jefes, subjefes y afiliados de a pie.
Los escasos paisanos se perdían por completo entre ese gentío, resultaban insignificantes, aburridos entre tantos uniformes, al igual que el pueblo llano de fuera, en las calles y en las fábricas, jamás había tenido importancia frente al Partido. El Partido lo era todo, y el pueblo, nada.
Así que tampoco se prestó casi atención a una mesa situada en el borde de la sala, a la que se sentaban una muchacha y tres hombres jóvenes. Ninguna de esas cuatro personas llevaba uniforme, ni siquiera una insignia del Partido.
Primero había llegado una pareja, la chica joven y uno de los hombres; más tarde otro joven había pedido permiso para sentarse, y por último un cuarto hombre de paisano había solicitado idéntico permiso. La pareja joven había intentado en una ocasión bailar en medio de tanto barullo. Durante ese tiempo los otros dos hombres entablaron conversación, una conversación en la que también participaba ocasionalmente la pareja, que regresó estrujada y acalorada.
Uno de los hombres, de treinta y pocos años, frente despejada y pelo ya algo ralo, había estado un rato observando en silencio el trajín de la pista de baile y de las mesas vecinas reclinado mucho en su silla. En ese momento, sin mirar apenas a los otros, dijo:
—Un lugar de reunión mal elegido. Somos casi la única mesa de la sala ocupada por civiles. Llamamos la atención.
El acompañante de la chica joven sonrió diciéndole a esta, aunque sus palabras iban destinadas al de la frente despejada:
—Al contrario, Grigoleit, no nos dispensan la menor atención, a lo sumo, desprecio. Estos señores solo piensan en que la susodicha victoria sobre Francia les ha proporcionado permiso para bailar durante un par de semanas.
—¡Nada de nombres! ¡Bajo ningún concepto! —reconvino con dureza el hombre de la frente despejada.
Durante un instante todos callaron. La joven dibujaba con el índice algo sobre la mesa, sin levantar la vista aunque se daba cuenta de que atraía todas las miradas.
—En cualquier caso, Trudel —dijo el tercer hombre, que tenía la cara inocente de un bebé crecido—, ahora es el momento adecuado para que nos digas eso tan importante. ¿Qué sucede? Las mesas vecinas están casi todas desocupadas, todo el mundo baila. ¡Habla!
El silencio de los otros dos hombres solo podía significar conformidad. Trudel Baumann soltó atropelladamente, sin alzar la vista:
—Creo que he cometido un desliz. En cualquier caso no he mantenido mi palabra. A mis ojos ciertamente no es un fallo…
—¡Oh, cállate ya! —exclamó el hombre de la frente despejada con tono despectivo—. ¿Es que quieres caer ahora en las costumbres de los gansos? Deja de graznar, cuenta sin rodeos lo sucedido.
La joven alzó la vista. Miró despacio, uno tras otro, a los tres hombres que, se le antojaba, la miraban con cruel frialdad. Tenía dos lágrimas en los ojos. Quería hablar, mas no podía. Buscó su pañuelo…
El de la frente alta se reclinó en la silla. Soltó un silbido atenuado.
—¿Que no grazne? ¡Pues ya lo ha hecho! No hay más que verla.
El caballero al lado de Trudel lo contradijo deprisa:
—¡Imposible! ¡Trudel es legal! Vamos, Trudel, diles que no te has ido de la lengua. —Y le estrechó la mano para darle ánimos.
Bebé, a la expectativa, concentró sus ojos redondos, muy azules, casi inexpresivos, en la joven. El alto de frente despejada sonreía, despectivo. Tras apagar su cigarrillo en el cenicero, dijo sarcástico:
—¿Y bien, señorita?
Trudel, ya más tranquila, susurró valiente:
—Sí, tiene razón. Me he ido de la lengua. Mi suegro me trajo la noticia de la muerte de Otto. Eso, no sé cómo, me trastornó. Le dije que trabajo en una célula comunista.
—¿Mencionaste algún nombre? —Nadie habría supuesto que el inocente Bebé pudiera preguntar con tanta dureza.
—Claro que no. No dije absolutamente nada más. Y mi suegro es un viejo trabajador, jamás contará una palabra.
—Tu suegro es capítulo aparte, pero el primero eres tú. Dices que no mencionaste ningún nombre…
—¡Y tú me creerás, Grigoleit! Yo no miento. He confesado voluntariamente.
—Pues acaba usted de mencionar otro nombre, señorita Baumann.
Bebé dijo:
—¿Pero no comprendéis que da completamente igual que haya mencionado nombres o no? Ha dicho que trabaja en una célula. Se ha ido de la lengua una vez y volverá a hacerlo. Si los caballeros en cuestión le ponen la mano encima, la torturan un poco, hablará, y da igual lo que haya revelado hasta entonces.
—¡Yo nunca les diré nada, aunque me maten! —exclamó Trudel con las mejillas arreboladas.
—¡Oh! —exclamó el de la frente despejada—. Morir es muy fácil, señorita Baumann, pero a veces suceden cosas muy desagradables antes de la muerte.
—Sois despiadados —repuso la joven—. He cometido un error, pero…
—Yo opino lo mismo —comentó el hombre sentado en el sofá al lado de Trudel —. Estudiaremos a su suegro, y si es digno de confianza…
—Si caes en manos de esa gente, no hay confianza que valga —precisó Grigoleit.
—Trudel —dijo Bebé sonriendo con suavidad—, Trudel, acabas de decir que no mencionaste ningún nombre, ¿verdad?
—¡Y no lo hice!
—Y has afirmado que estarías dispuesta a morir antes de hacerlo.
—¡Sí, sí, sí! —exclamó la muchacha con fervor.
—Entonces —añadió Bebé esbozando una sonrisa cautivadora—, entonces, Trudel, ¿qué te parecería morir esta noche, antes de irte más de la lengua? Eso nos proporcionaría cierta seguridad y nos ahorraría un montón de trabajo…
Se hizo un silencio sepulcral entre los cuatro. El rostro de la joven estaba blanco como la cal. Su acompañante dijo «No» y colocó con suavidad su mano sobre la de ella. Pero la retiró al momento.
Entonces los bailarines regresaron a sus mesas, impidiendo de momento proseguir la conversación.
El de la frente despejada encendió otro cigarrillo, Bebé esbozó una sonrisa imperceptible al ver cómo le temblaba la mano al otro. Entonces le dijo al moreno, sentado junto a la joven pálida y silenciosa:
—Dice usted que no. Pero en realidad ¿por qué? Es una solución casi satisfactoria, que, por lo que he entendido, ha sido propuesta personalmente por su acompañante.
—La solución no es satisfactoria —contestó el moreno despacio—. Ya hay demasiados muertos. No estamos aquí para incrementarlos.
—Espero —repuso el de la frente despejada— que recuerde esa frase el día que el Tribunal del Pueblo se encargue de usted, de mí y de estos…
—¡Silencio! —exclamó Bebé—. Salgan un rato a bailar. Parece una pieza muy bonita. Entretanto pueden ustedes deliberar, mientras nosotros lo hacemos aquí…
El moreno se levantó a regañadientes e hizo una ligera reverencia a su dama. Ella colocó su mano sobre el brazo de él y ambos se dirigieron, pálidos, a la pista de baile. Bailaron serios, callados, a él le parecía como si bailase con una muerta. El hombre sentía escalofríos. A su alrededor los uniformes, los brazaletes con la cruz gamada, las banderas rojas como la sangre en las paredes con el odiado emblema, la foto del Führer adornada con hojas verdes, los sonidos rítmicos del swing.
—No lo hagas, Trudel —dijo—. Es una locura exigir algo así. Prométeme…
Bailaban casi sin moverse del sitio entre el gentío cada vez más apretujado. A lo mejor ella no hablaba porque estaban en contacto continuo con otras parejas.
—Trudel —rogó de nuevo—. ¡Prométemelo! Puedes irte a otra fábrica, trabajar allí, para que ellos te pierdan de vista. Prométeme que…
Intentaba que lo mirase, pero los ojos femeninos se perdían, obstinados, por encima de sus hombros.
—Eres la mejor de nosotros —soltó él de repente—. Eres humana. Él solo es dogmático. ¡Tienes que seguir viva, no accedas a su deseo!
La joven sacudió la cabeza, gesto que podía significar tanto sí como no.
—Me gustaría regresar a la mesa —comentó—. Ya no me apetece bailar.
—Trudel —dijo deprisa Karl Hergesell cuando se separaron de los bailarines—, Otto ha muerto, recibiste la noticia ayer. Es demasiado pronto. Pero sabes que siempre te he querido. Nunca he esperado nada de ti, pero ahora confío al menos en que vivas. ¡No para mí, eso no, pero sí que vivas!
La muchacha se limitó a mover la cabeza, de nuevo quedó en el aire lo que ella opinaba sobre su amor, sobre su deseo de verla con vida. Habían llegado a la mesa.
—¿Qué? —preguntó Grigoleit, el de la frente despejada—. ¿Qué tal el baile? Está un poco abarrotado, ¿verdad?
La joven no había vuelto a sentarse.
—Me voy —se despidió—. Que os vaya bien. Me habría gustado trabajar con vosotros…
Se dio la vuelta para irse.
Pero ahora el gordo e inofensivo Bebé fue el primero en ir tras ella y la agarró por la muñeca.
—¡Un momento, por favor! —habló con cortesía exquisita, pero su mirada era amenazadora.
Regresaron a la mesa. Se sentaron de nuevo.
—Trudel, ¿he entendido bien el significado de tu despedida? —preguntó Bebé.
—Lo has entendido perfectamente —respondió la joven mirándolo con dureza.
—Entonces te ruego que me permitas acompañarte durante el resto de la noche.
Ella hizo un movimiento de rechazo horrorizado.
El hombre añadió muy cortés:
—No quiero resultar insistente, pero he de mencionar que en la ejecución de semejante propósito podría incurrirse en nuevas equivocaciones. —Y añadió en un susurro amenazador—: No tengo el menor interés en que algún idiota te rescate del agua o en que mañana yazgas en un hospital después de haberte salvado la vida tras intentar suicidarte con veneno. ¡Quiero estar presente!
—¡Cierto! —exclamó el de la frente despejada—. Estoy de acuerdo. Es la única garantía de que…
—Me propongo quedarme a su lado hoy y mañana, y todos los días sucesivos — anunció el moreno—. Pienso hacer todo lo posible para impedir este propósito. ¡Si me obligáis, pediré ayuda incluso a la policía si hace falta!
El de la frente despejada soltó otro silbido largo, dilatado, quedo y furioso.
Bebé dijo:
—¡Ajá, ya tenemos al segundo deslenguado de la mesa. Enamorado, ¿eh? Siempre me lo imaginé. Vámonos, Grigoleit, la célula está disuelta. Ya no existe! ¡Y a esto llamáis disciplina, sois unos blandengues!
—¡No, no! —negó la chica—. ¡No le hagas caso! Es verdad, él me quiere. Pero yo no. Me iré con vosotros esta noche y…
—¡No! —replicó Bebé, ahora furioso de veras—. Es que no veis que ya no podéis hacer nada, que él… —Hizo un movimiento de cabeza hacia el moreno—. ¡Bah! ¡Se acabó! —concluyó luego—. Vamos, Grigoleit.
El de la frente despejada ya se había levantado. Se dirigieron juntos hacia la salida. Pero de repente, una mano se posó en el brazo de Bebé. Este se encontró delante la cara lisa, redonda, de un hombre que vestía el uniforme pardo.
—Un momento, por favor. ¿Qué es lo que decía hace un momento sobre una célula disuelta? Me interesaría mucho…
Bebé liberó su brazo con brutalidad.
—¡Déjeme en paz! —exclamó a gritos—. ¡Si quiere saber lo que hemos hablado, pregunte a esa chica de ahí! Su novio cayó ayer mismo, y hoy ya tiene a otro en el bote… ¡Malditas mujeres!
Se había ido abriendo paso hacia la salida, que Grigoleit ya había alcanzado. Él también salió. El gordo lo siguió un momento con la vista. Después se volvió hacia la mesa a la que todavía se sentaban, muy pálidos, la chica y el hombre moreno. Eso lo tranquilizó. A lo mejor no he cometido ninguna falta al dejarle marchar. Me ha cogido por sorpresa. Pero…
—¿Me permiten tomar asiento un momento con ustedes y hacerles unas preguntas? —inquirió con tono cortés.
Trudel Baumann contestó:
—No puedo decirle más que lo que acaba de contar ese caballero. Ayer recibí la noticia de la muerte de mi prometido, y hoy este caballero pretende salir conmigo.
Su voz sonó firme y segura. Ahora que el peligro se sentaba a su mesa, el miedo y el desasosiego se habían desvanecido.
—¿Le importaría decirme el nombre de su novio caído? ¿Y su unidad?
Ella lo hizo.
—¿Y ahora su propio nombre? ¿Su dirección? ¿Su puesto de trabajo? ¿Lleva encima documentación? Muchas gracias. Y ahora, usted, caballero.
—Trabajo en la misma empresa. Me llamo Karl Hergesell. Aquí tiene mi cartilla de trabajo.
—¿Y los otros dos señores?
—No los conocemos de nada. Se han sentado a nuestra mesa y de repente se han entrometido en nuestra discusión.
—¿Y por qué discutían?
—Yo no lo quiero.
—¿Y por qué estaba ese hombre tan enfadado con usted, si no lo quiere?
—¿Qué sé yo? A lo mejor no ha creído en mis palabras. También le ha cabreado que bailase con él.
—Está bien —repuso el gordo, cerrando su libro de notas y mirando a ambos.
La verdad es que parecían más unos enamorados enfadados que unos delincuentes pillados con las manos en la masa. Ya el temor con que evitaban mirarse… Sin embargo, sus manos reposaban sobre la mesa, a punto de tocarse.
—Está bien. Comprobaremos sus datos, faltaría más, pero creo que… Esta velada puede tener una continuación mejor…
—¡Yo no! —exclamó la joven—. ¡Yo no! —Se levantó al mismo tiempo que ellos —. Me voy a casa.
—Te acompaño.
—No, gracias, prefiero ir sola.
—¡Trudel! ¡Déjame hablar contigo! —rogó.
El uniformado, sonriendo, los miraba alternativamente. Unos auténticos enamorados. Una comprobación superficial de los datos bastaría.
De pronto, ella se decidió.
—De acuerdo, pero solo dos minutos.
Se marcharon. Al fin habían abandonado esa sala espantosa, ese ambiente de discrepancia y odio. Miraron a su alrededor.
—Se han ido.
—No volveremos a verlos.
—Y tú podrás vivir. ¡No, ahora tienes que vivir, Trudel! Un paso irreflexivo por tu parte pondría en peligro a los demás, a otros muchos… ¡recuérdalo siempre, Trudel!
—Sí —contestó—, ahora tengo que vivir. —Y con rápida decisión—: Adiós, Karl.
Se apoyó un instante en su pecho, su boca rozó la de él. Antes de que el hombre se decidiera, la joven cruzaba la calle hacia un tranvía que acababa de detenerse. El vehículo se puso en marcha.
Él intentó seguirla. Pero cambió de parecer.
La veré en la fábrica de vez en cuando, pensó. Tenemos toda la vida por delante. Tengo tiempo. Ahora sé que me quiere.