Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 44 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 44

INTERLUDIO: UN IDILIO CAMPESTRE

 

La excartera Eva Kluge trabaja en el sembrado de patatas, como soñó en cierta ocasión. Es un hermoso día de principios de verano, bastante caluroso para el trabajo, el cielo es de un azul radiante y allí, en el rincón resguardado cerca del bosque, casi no corre aire. Mientras cava, Eva se ha quitado una pieza de ropa después de otra; ahora solo lleva blusa y falda. Sus fuertes piernas desnudas, igual que su rostro y sus brazos, han adquirido un tono moreno dorado.

Su azada golpea armuelles, rabanillos, cardos, agropiros… avanza muy lentamente, el sembrado está invadido por las malas hierbas. A menudo su azada golpea una piedra, que produce un sonido argentino… grato al oído.

Ahora, cerca del lindero del bosque, Eva topa con un cúmulo de salicarias, esa hondonada es húmeda, las patatas no consiguen desarrollarse, pero la salicaria triunfa. En realidad ahora le apetecería desayunar, y a juzgar por la posición del sol es el momento apropiado, pero, antes de hacer una pausa, prefiere exterminar esa peste de salicarias. Cava con esfuerzo, los labios cerrados con fuerza. Allí, en el campo, ha aprendido a despreciar las malas hierbas, esas sabandijas, de manera que empieza a arrancarlas sin piedad.

Pero aunque la boca de Eva está firmemente cerrada, su mirada es clara y serena. Sus ojos ya no muestran la severidad y sempiterna preocupación de hace dos años en su época berlinesa. La mujer se ha tranquilizado, ha vencido. Sabe que el pequeño Enno está muerto, la señora Gesch le escribió desde Berlín. Sabe que ha perdido a sus dos hijos: Max cayó en Rusia, y Karl está perdido para ella. No ha cumplido aún los cuarenta y cinco años, le queda un buen trecho de vida por delante, no se desespera, trabaja. No quiere limitarse a esperar los años que le queden, quiere crear algo.

También tiene algo por lo que alegrarse todos los días: la reunión vespertina diaria con el maestro suplente del pueblo. Schwoch, el «auténtico» maestro, un furibundo miembro del Partido, un pequeño y cobarde vocinglero y delator que ha asegurado cien veces con lágrimas en los ojos lo que lamenta no poder ir al frente, pues se ha visto obligado por orden del Führer a quedarse en su puesto rural… Schwoch, el «auténtico» maestro, fue llamado a filas a pesar de todos los certificados médicos. De eso hace casi medio año. Pero el camino al frente debe de ser difícil para este entusiasta de la lucha: de momento el maestro Schwoch continúa ejerciendo de secretario en una pagaduría. En sus viajes para ver a su marido, la señora Schwoch lleva a menudo tocino y jamón, pero el marido no ha debido de comerse solo estas grasas deliciosas: la táctica ha dado resultado, ahora su buen Walter será suboficial, anunció la señora Schwoch después de su último viaje grasiento. Suboficial… cuando según una orden del Führer los ascensos solo podían concederse a la tropa de combate. Pero, como es natural, esas órdenes del Führer no se aplican a ardientes camaradas del Partido que disponen de jamón y tocino.

Bueno, a Eva Kluge eso le da igual. Ahora sabe exactamente cómo es todo eso, desde que abandonó el Partido. Sí, estuvo en Berlín; cuando recuperó la paz interior necesaria, viajó a Berlín y se presentó ante el tribunal del Partido y en la oficina de Correos. No fueron días gratos, qué va, le gritaron, la amenazaron y durante los cinco días de detención hasta la golpearon en una ocasión… pero al final la dejaron en libertad. Enemiga del Estado… algún día se enteraría de lo que suponía eso.

Eva Kluge liquidó su hogar. Tuvo que vender muchas cosas, porque en el pueblo solo disponía de una habitación, pero ahora vivía para ella sola. Tampoco trabajaba en exclusiva para su cuñado, que habría preferido pagarle con la manutención en lugar de con dinero, ella ayudaba a cualquier campesino. Además de realizar trabajos en el campo y en la granja, hacía de enfermera, costurera, jardinera, esquiladora de ovejas. Tenía manos hábiles, en realidad no fue como si aprendiese algo nuevo, sino como si recordase un trabajo no ejercido durante largo tiempo. Llevaba las labores agrícolas en la sangre.

Pero esta vida sencilla y apacible que se había creado en medio de todo ese cataclismo, adquirió su verdadera luz y alegría gracias al maestro suplente Kienschäper. Era este un hombre alto que caminaba siempre ligeramente inclinado hacia delante, a finales de la cincuentena, de blancos cabellos ondeantes y rostro muy moreno en el que sonreían unos juveniles ojos azules. Kienschäper, que amansaba a los niños del pequeño pueblo con sus ojos risueños y los conducía desde la educación enérgica de su predecesor hasta ámbitos más humanos; que, armado con una podadera, recorría los huertos de los campesinos y liberaba los frutales silvestres de chupones y ramas secas, cortaba las heridas del chancro de los frutales y las untaba con carbolíneo… también había curado las heridas de Eva, disolviendo la amargura y trayendo la paz.

No es que hubiera hablado mucho sobre eso, Kienschäper no era un gran orador. Pero cuando estaba con ella en su colmenar y le hablaba de la vida de las abejas, a las que amaba con pasión; cuando recorría con ella los campos al atardecer y le enseñaba lo chapuceramente cultivado que estaba un campo y con qué poco trabajo podría volverse más productivo; cuando Kienschäper ayudaba a parir a una vaca; levantaba de nuevo, sin que se lo hubieran pedido, una valla caída; cuando se sentaba al órgano y tocaba suavemente solo para ellos dos; cuando todo aparecía ordenado y tranquilo detrás de sus pasos… eso satisfacía a Eva más que todas las palabras de consuelo. Una vida que declinaba en una época rebosante de odio, lágrimas y sangre, pero apacible, en la que se respiraba paz.

La mujer del maestro Schwoch, que apostaba por el nacionalsocialismo más que su marido por la guerra, odió en el acto, como es natural, a Kienschäper y ponía en práctica todas las ocurrencias de su mente hostil para fastidiarlo. Tenía que dar alojamiento y comida al sustituto de su marido, pero lo hacía con tan escrupulosa codicia que Kienschäper nunca podía desayunar antes del comienzo de las clases, pues su comida siempre estaba quemada y su habitación sucia.

Sin embargo, ella era impotente contra su alegre sosiego. Podía acalorarse, enfurecerse, echar espumarajos, decir pestes de él, escuchar a la puerta de la clase y después presentar denuncias al inspector de primera enseñanza… que él siempre la trataba como una niña maleducada que algún día comprendería por sí sola sus malos modales. Finalmente, Kienschäper se hospedó con Eva Kluge, se mudó al pueblo, y la gorda e iracunda Schwoch ya solo pudo librar su guerra contra él desde la distancia.

Ni Eva Kluge ni el canoso maestro Kienschäper recordaban ya cuándo hablaron por primera vez de la posibilidad de casarse. A lo mejor nunca discutieron del asunto y ocurrió de forma completamente espontánea. Tampoco tenían prisa… algún día, a cualquier hora, llegaría el momento. Dos personas que encaraban la vejez y no deseaban terminar solos la jornada. No, ya no vendrían más hijos, nunca… (Eva se estremecía al pensarlo), pero sí camaradería, amor, comprensión y sobre todo confianza. Ella, que a lo largo de su primer matrimonio jamás había confiado, ella, que siempre había tenido que ser la guía, ahora desea dejarse guiar llena de confianza durante el último trecho de la vida. Cuando estaba muy oscuro y ella completamente desalentada, el sol reapareció entre las nubes.

Las salicarias están cortadas en el suelo, por el momento han sido exterminadas. Seguro que volverán a crecer, es una mala hierba, al arar hay que recogerla de la tierra floja, cualquier trocito de raíz subterránea rebrota. Pero ahora Eva conoce ese lugar, y no lo olvidará, volverá hasta haber exterminado de raíz las salicarias.

En realidad ahora podría desayunar, es la hora, su estómago lo atestigua. Pero cuando mira hacia sus bocadillos y su botella de café colocados a la sombra del lindero del bosque, ve que no desayunará, ese día no, su estómago debe enmudecer. Porque allí alguien ha comenzado su labor, un chico de unos catorce años, increíblemente desharrapado y sucio, se está zampando sus bocadillos como si estuviera a punto de morir de hambre.

Tan ocupado está el chico saciándose que no se fija en que la azada se ha detenido en el campo de mala hierba. Solo se sobresalta cuando la mujer se planta justo delante de él. Entonces la mira fijamente con sus grandes ojos azules bajo su pelambrera enmarañada de cabellos rubios. A pesar de haber sido sorprendido robando y de que la huida es imposible, el golfillo no mira atemorizado o consciente de su culpabilidad, sino con ojos más bien desafiantes.

En los últimos meses el pueblo y la señora Kluge han aprendido a acostumbrarse a esos niños: los bombardeos de Berlín son cada vez más frecuentes, por lo que han exhortado a la población a enviar a sus hijos al campo. La provincia está inundada de niños berlineses. Pero, cosa curiosa, algunos de ellos no han logrado acostumbrarse a la tranquila vida campesina. Allí tienen calma, mejor comida, sueño nocturno sin sobresaltos, pero no lo soportan, ansían regresar a la gran ciudad. Y se ponen en camino; descalzos, mendigando un poco de comida, sin dinero, amenazados por los guardias rurales, buscan imperturbables su camino de vuelta hacia una urbe que arde casi todas las noches. Capturados, enviados de retorno a su comunidad rural, esperan apenas a que los alimenten un poco para escapar de nuevo.

Ese de ahí de la mirada desafiante que se estaba comiendo el pan del desayuno de la señora Eva Kluge debía de llevar mucho tiempo caminando. La mujer no recordaba haber visto nunca una figura tan sucia y harapienta. Llevaba pajas pegadas al pelo y en sus orejas se habrían podido sembrar zanahorias.

—¿Qué, está rico? —preguntó la señora Kluge.

—¡Claro! —contestó, y esta simple palabra reveló su origen berlinés.

El rapaz la miró.

—¿Vas a sacudirme? —preguntó.

—No. Sigue comiendo. A veces también puedo pasar sin el desayuno, y tú tienes hambre.

—¡Claro! —repitió. Y luego añadió—: ¿Después me dejarás largarme?

—Tal vez —contestó la mujer—. Pero a lo mejor estás de acuerdo en que antes te lave y arregle un poco tus ropas. Quizá encuentre también unos pantalones en buen estado que te estén bien.

—De eso, ná —rechazó—. Los venderé por cuatro perras en cuanto tenga hambre. Ni te imaginas tó lo que he malvendío ya en el año que llevo corriendo mundo. ¡Lo menos quince pantalones! ¡Y diez pares de zapatos! —Le dirigió una mirada triunfal.

—¿Y por qué me lo cuentas? —inquirió—. Para ti habría sido más ventajoso coger el pantalón sin decirme nada.

—Y yo qué sé —respondió con tono esquivo el chico—. Igual por no haberme sermoneao por birlarte el desayuno. No me gustan los sermones.

—¿Así que llevas ya un año de camino?

—Bueno, eso es algo esagerao. Durante el invierno me refugié con un tabernero en un pueblucho. Echaba de comer a los cerdos y lavaba jarras de cerveza, to eso hacía. Fue una buena época. —Reconoció meditabundo—. El tabernero era un tipo muy chusco. Siempre trompa, pero conmigo hablaba como si yo fuá igual que él, igual de mayor y tal. Allí aprendí a darle al aguardiente y a fumar. ¿Te gusta el aguardiente?

La señora Kluge aplazó para más tarde el debate sobre si beber aguardiente era lo más aconsejable para chicos de catorce años.

—Pero después te largaste de allí. ¿Quieres regresar a Berlín?

—Nooo —contestó el chico—. No pienso volver con mi gente. Me paicen muy ordinarios.

—Pero tus padres estarán preocupados por ti; ¡no tienen ni idea de dónde estás!

—¿Preocupaos, esos? ¡Alegres estarán por haberse librao de mí!

—¿Qué es tu padre?

—¿Ese? Un poco de to: chulo y soplón, y ladrón… si encuentra qué robar. Solo que es tonto, nunca encuentra ná bueno.

—Vaya —dijo la señora Kluge; tras esas confidencias su voz se endureció un poco—. ¿Y qué dice tu madre?

—¿Mi madre? ¿Qué va a decir? ¡Si no es más que una puta!

¡Plas! Ahora, pese a su promesa, la mujer le soltó un tortazo.

—¿No te da vergüenza hablar así de tu madre? ¡Qué asco!

El golfillo, sin torcer el gesto, se frotó la mejilla.

—¡Buen sopapo! —constató—. No quisiera más de esa clase.

—¡No debes hablar así de tu madre! ¿Lo entiendes? —replicó, enfurecida.

—¿Por qué no? —preguntó, recostándose. Parpadeó complacido, ahora completamente saciado, mientras observaba a su anfitriona—. ¡Y por qué no! Si es una puta. Ella misma lo dice. «Si no hiciera la calle, solía decir, os moriríais de hambre tos vosotros». Porque somos cinco hermanos, pero tos de padres distintos. Me paice que el mío tenía muchas tierras en Pomerania. En realidad quería ir a buscarlo y echarle un vistazo. Tie que ser un tío raro, se llama Kuno-Dieter. No pue haber muchos con ese nombre tan ridículo, en realidad tendría que encontrarlo…

—¿Kuno-Dieter? —preguntó la señora Kluge—. ¿Así que tú también te llamas Kuno-Dieter?

—Prefiero que me llames Kuno, el Dieter pués metértelo ‘onde te quepa.

—Bueno, Kuno, ahora dime, ¿a qué comunidad te evacuaron? ¿Cómo se llama el pueblo al que viajaste en tren?

—A mí no m’han evacuao jamás. ¡Yo m’he escapao de mis viejos!

Ahora yacía de lado, la mejilla sucia descansaba sobre el antebrazo igual de sucio. Le dirigió una mirada indolente con los ojos entrecerrados, completamente dispuesto a un pequeño chismorreo.

—Voy a contarte tó lo qu’ ha pasao. Hace ya más de un año, mi llamado padre me tangó cincuenta pavos, y encima me zurró la badana. Así que me fui a buscar a unos amigos, bueno, amigos, lo que se dice amigos, no eran, unos camorristas, ya sabes, y entonces nos abalanzamos sobre mi viejo y lo atizamos. Esto le vino al pelo, así aprendió que las cosas no son siempre los mayores encima de los pequeños. Después le robamos la pasta que llevaba en el bolsillo. No sé cuánto fue, la repartieron los mayores. A mí solo me tocaron veinte marcos, y luego me dijeron: Lárgate a toda prisa o tu viejo te matará a palos o te entregará a la beneficencia. Lárgate al campo con los labriegos. Así que me piré al campo, con los campesinos. Y te aseguro que desde entonces me he pegado la gran vida.

El chico calló y volvió a mirarla.

Ella lo contemplaba en silencio desde arriba, pensaba en su hijo Karl. Solo tres años después ese chico sería también un Karl, sin amor, sin fe, sin aspiraciones, pensaría exclusivamente en sí mismo.

—¿Y qué piensas ser, Kuno? —preguntó, y añadió—: ¿Querrás ingresar en las SA o en las SS?

—¿Con esos fulanos? —contestó arrastrando las palabras—. ¡Ni borracho! Esos son toavía peores que mi viejo. Siempre regañando y dando órdenes. Nooo, gracias, eso no es pa mí.

—Pero a lo mejor te gustaría dar órdenes a otros, ¿no?

—¿Y eso por qué? Noo, eso no me gusta. Sabes… por cierto, ¿cómo te llamas?

—Eva, Eva Kluge.

—Sabes, Eva, lo que de verdad me gustaría, serían los coches. Me gustaría saber to de los coches, el funcionamiento del motor, cómo va lo del carburador y el encendido… bueno, no cómo es, que eso ya casi me lo sé, pero sí por qué es así… Eso sí que me gustaría saberlo, pero soy muy corto pa to’ eso. De crío me sacudieron muchos coscorrones en el coco y se me reblandecieron los sesos. Ni siquiera he aprendido a escribir bien.

—Pues no pareces tan tonto, te lo aseguro. Estoy segura de que aprenderías a escribir y más tarde también lo de los motores.

—¿Aprender? ¿Ir otra vez a la escuela? Ni hablar del peluquín, ya soy mu’ viejo pa eso. ¡Que ya he tenido dos amantes!

Durante un instante la mujer se estremeció. Pero después dijo animosa:

—¿Y te has creído que esos ingenieros o técnicos terminan de aprender alguna vez? Esos tienen que seguir estudiando siempre, ya sea en la universidad o en cursos nocturnos.

—Ya lo sé. ¡Yo lo sé to’! Lo pone en las columnas publicitarias. Cursos nocturnos de electrotécnica avanzada. —De pronto hablaba un alemán completamente correcto y sin errores—. Las bases de la electrotécnica.

—¿Lo ves? —exclamó Eva—. ¡Y tú pensando que eres demasiado mayor para eso! ¿No quieres estudiar? ¿Quieres seguir siendo toda tu vida un vagabundo que se pasa el invierno fregando vasos y cortando leña? ¡Qué vida tan agradable, no creo que te guste mucho!

El chico volvió a abrir los ojos como platos: era una mirada inquisitiva, pero también desconfiada.

—Tú lo que quiés es que vuelva con mi gente y vaya a la escuela en Berlín, ¿verdad?

—Ni una cosa ni otra. Quiero averiguar si puedes quedarte conmigo. Entonces yo te daría clase, y también un amigo mío.

Su desconfianza no desaparecía.

—¿Y tú qué ganas con ese negocio? Porque yo te costaría una pasta, con la comida, la ropa, los libros y to eso.

—No sé si lo vas a entender, Kuno. Yo tuve un marido y dos hijos, y los he perdido. Ahora me encuentro completamente sola, ya solo me queda ese único amigo.

—¡Entonces toavía pues tener un crío!

Se puso colorada; ella, una mujer madura, se ruborizó bajo la mirada del chico de catorce años.

—No, ya no puedo tener hijos —respondió mirándolo fijamente—. Pero me alegraría que tú pudieras llegar a ser algo, un ingeniero de automóviles o un diseñador de aviones. Me alegraría haber hecho algo de un chico como tú.

—¿Porque piensas que no valgo pa ná?

—Tú mismo sabes de sobra que ahora no sirves para gran cosa, Kuno.

—Tiés razón. Es una verdá como un templo.

—¿Y no te apetece cambiar?

—Ganas no me faltan, pero…

—¿Pero qué? ¿No te gustaría venirte conmigo?

—Gustarme sí, pero…

—¿Qué más peros puede haber?

—Pues que pienso que te hartarás de mí, y a mí no me gusta que me echen, pa eso prefiero irme por mi cuenta.

—Podrás marcharte cuando quieras, yo nunca te detendré.

—¿Me das tu palabra?

—Te la doy, Kuno, te lo prometo. Conmigo serás completamente libre.

—Pero si vivo en tu casa, tendrás que notificarlo como es debido, y entonces mis viejos también sabrán dónde estoy. No me permitirán quedarme contigo ni un día.

—Si la situación en vuestra casa es tal como me has contado, nadie te obligará a regresar. A lo mejor me transfieren los derechos y serás por completo mi chico.

Se miraron un instante. Ella creyó descubrir un brillo lejano en esa mirada azul. Pero después, apoyando la cabeza en el brazo y cerrando los ojos, el muchacho dijo:

—Vaya, pues muy bien. Ahora voy a echar una cabezadita. Y tú vuelve con tus patatas.

—¡Pero Kuno, al menos tienes que responder a mi pregunta! —exclamó la mujer.

—¿Tengo? —preguntó, muy somnoliento—. Ninguna persona tie que tener.

Durante un momento, ella lo miró desde arriba dubitativa. Después reanudó su trabajo con una leve sonrisa.

Cavaba, pero ahora distraída. Dos veces se sorprendió a sí misma tumbando una planta de patata. ¡Presta atención, Eva!, se dijo irritada.

Mas no por eso se concentró en la labor. Pensó que quizá fuera mejor no llegar a ninguna componenda entre ese chico descarriado y ella. Cuánto amor y cuánto trabajo había dedicado a Karl, que había sido un niño inocente… ¿y en qué se habían convertido ese trabajo y ese amor? ¿Y pretendía cambiar completamente a un golfo de catorce años que despreciaba la vida y al mundo entero? ¿Qué se figuraba? Además Kienschäper jamás estaría de acuerdo…

Se volvió a mirar al durmiente. Pero ya no estaba allí, solo vio sus cosas a la sombra, en el lindero del bosque.

¡Pues qué bien!, se dijo. Acaba de evitarme cualquier decisión. ¡Se ha largado! ¡Tanto mejor!

Y empezó a cavar muy enfadada.

Sin embargo, un instante después descubrió a Kuno-Dieter al otro extremo del campo de patatas, arracando laboriosamente malas hierbas y apilando los haces al borde del sembrado. Ella se le acercó caminando por encima de los surcos.

—¿Ya has dormido a gusto? —le preguntó.

—No he podío pegar ojo —respondió—. M’as atontao con tus palabras. Tengo que pensar.

—Pues hazlo. Pero no vayas a creer que tienes que trabajar por mí.

—¡Por ti! —El chico concentró en esas dos palabras un desprecio inimaginable —. Estoy arrancando malas hierbas porque así pienso mejor y porque m’apetece. ¡Palabra! ¡Por ti! ¿Quiés decir que lo hago por ese par de bocadillos de cuatro perras?

Eva Kluge regresó a su trabajo con una sonrisa muda. Pues claro que lo hacía por ella, aunque no quisiera reconocerlo ni siquiera ante sí mismo. Ahora ya no tuvo la menor duda de que se iría con ella a mediodía, y ante eso todas las voces de exhortación y advertencia que resonaban en su interior perdieron importancia.

Terminó de trabajar antes de lo habitual. Regresó junto al chico y le dijo:

—Me voy a almorzar, Kuno. Si quieres, puedes acompañarme.

El chaval arrancó unas cuantas malas hierbas y luego miró el trozo limpio.

—He limpiao un buen trozo —constató, satisfecho—. Solo he arrancao las grandes, claro, a las pequeñas tendrás que darles con la azada, pero te cundirá más.

—Por supuesto —replicó ella—. Tú limítate a arrancar las malas hierbas grandes, que de las pequeñas me ocuparé yo.

El chico volvió a mirarla de reojo y ella se dio cuenta de que esos ojos azules también podían mirar con picardía.

—¿Eso ha sío una indirecta? —preguntó.

—Piensa lo que quieras —le contestó—. No tiene por qué serlo.

—Vale.

En el camino de regreso ella se detuvo junto a un arroyuelo que fluía impetuoso.

—No me gustaría llevarte al pueblo con el aspecto que tienes ahora, Kuno —le advirtió.

En el acto una arruga cruzó la frente del chico, que preguntó malhumorado:

—¿Es que te avergüenzas de mí?

—Por mí puedes venir tal como estás —le explicó Eva—. Pero si quieres vivir más tiempo en el pueblo, recuerda que aunque lleves allí cinco años y vayas siempre vestido como es debido, los campesinos no olvidarán nunca cómo llegaste a ellos. Dentro de diez años todavía dirán que llegaste hecho un cerdo. Como un vagabundo.

—Tiés razón —reconoció—. Así son esos fulanos. Entonces ve a por to lo necesario. Entretanto yo me lavaré un poco.

—Traeré jabón y cepillo —le comunicó antes de emprender, presurosa, el camino del pueblo.

Más tarde, mucho más tarde, ya de noche, cuando los tres ya habían cenado: Eva, el canoso Kienschäper y un Kuno-Dieter cambiado hasta resultar casi irreconocible, más tarde, pues, dijo Eva:

—Hoy tendrás que dormir en el pajar, Kuno. A partir de mañana me cederán la habitación pequeña, primero tienen que sacar todos los trastos. Te la dejaré muy bonita. Tengo bastantes muebles.

Kuno se limitó a mirarla.

—Eso quié decir que ahora tengo que pirarme —comentó— porque los señores quieren estar a solas. Vale. Pero no pienso irme toavía a la cama, Eva, que no soy un bebé. Iré a echarle un vistazo al pueblucho este.

—Pero no vuelvas muy tarde, Kuno. ¡Y no fumes en el pajar!

—¡Pues claro que no! Ni que fuera lelo. Yo sería el primero en diñarla. Pues eso, que os divirtáis, jovencitos, como decía mi padre antes de hacerle un hijo a mi madre.

Y el señor Kuno-Dieter se marchó. Un espléndido producto de la educación nacionalsocialista.

Eva Kluge sonrió, un tanto preocupada.

—No estoy segura, Kienschäper —dijo— si he hecho bien en acoger en nuestra pequeña familia a esta alhaja. ¡Es un auténtico descarado, eso es lo que es!

—Pero Evi. —Kienschäper rio—, tú misma tienes que darte cuenta de que el chico está fanfarroneando. Solo pretende dárselas de mayor. Aunque sea soltando atrocidades. Y precisamente porque se da cuenta de que eres un poco melindrosa…

—¡Que voy a ser melindrosa! —protestó—. Pero si un chico de catorce años me cuenta que ya ha tenido dos amantes…

—… es que sí que eres melindrosa, Evi. Y además, ¿qué significan dos amantes, que seguro que no ha tenido, sino que, en el peor de los casos, lo han tenido a él? ¡No significa nada! Les ahorraré a tus oídos, Evi, la narración de todo lo que se traen entre manos los niños de este pueblo sencillo y piadoso cuando se reúnen. ¡Comparado con ellos, tu Kuno-Dieter es oro puro!

—¡Pero los niños no hablan de eso!

—Porque tienen mala conciencia. Pero él no, porque lo ve completamente natural, pues nunca ha visto ni oído otra cosa. Todo eso pasará con el tiempo. El chico es de buena pasta; dentro de medio año se pondrá colorado como un tomate cuando piense en todo lo que te dijo los primeros días. Y lo olvidará igual que su habla vulgar. ¿Te has dado cuenta de que es capaz de hablar con absoluta corrección? Solo que no quiere.

—Yo tengo mala conciencia, sobre todo contigo, Kienschäper.

—Pues no tienes por qué, Evi. El chico me cae bien, y ten la seguridad de que será como él desee: jamás se convertirá en un hitleriano adocenado. Acaso sea un tipo raro, pero nunca un hombre del Partido, sino siempre un solitario.

—¡Ojalá! —deseó Eva—. Me conformo con eso.

Y tuvo la confusa sensación de que con la salvación de Kuno-Dieter volvía a compensar un poco las vilezas cometidas por Karl.