Solo en Berlín
Capítulo 54
LA PESADA CARGA DE OTTO QUANGEL
Durante los diecinueve días que Otto Quangel pasó en el búnker de la Gestapo antes de ser entregado al juez de instrucción del Tribunal del Pueblo, lo que peor soportó no fueron los interrogatorios del comisario Laub, a pesar de que ese hombre dedicaba sus no escasas fuerzas a quebrar la resistencia de Quangel, como él lo llamaba. Dicho de otra manera: dedicaba toda su perversa energía a convertir al detenido en una nulidad asustada y vociferante.
Tampoco era la preocupación creciente y muy torturadora por su mujer lo que desmoralizaba a Otto Quangel. No veía a Anna, no sabía nada de ella. Pero cuando Laub mencionó durante los interrogatorios el nombre de Trudel Baumann, ahora Trudel Hergesell, supo que su mujer se había asustado, que había sido engañada, que se le había escapado un nombre que jamás habría debido mencionar.
Más tarde, cuando se convenció de que también habían detenido a Trudel Baumann y a su marido, que habían declarado que también ellos estaban implicados en esa vorágine, en su imaginación se peleó muchas horas con su mujer. Durante toda su vida siempre se había sentido orgulloso de ser un solitario, de no necesitar a los demás, de no importunarlos, y ahora por su culpa (porque él se sentía responsable de Anna) había enredado en sus asuntos a dos jóvenes.
La pelea, sin embargo, no duraba mucho, pues el dolor y la preocupación por su esposa se sobreponían. A solas consigo mismo, apretaba con frecuencia las uñas contra las palmas de la mano, cerraba los ojos, hacía acopio de todas sus fuerzas… y entonces pensaba en Anna, intentaba imaginarla en su celda, y le enviaba torrentes de fuerza para infundirle nuevos ánimos, para que por nada del mundo olvidase su dignidad, para que no se humillase ante ese miserable que apenas tenía ya un vestigio de humanidad.
La preocupación por Anna era difícil de soportar, pero no era ni con mucho lo peor.
Lo peor no eran tampoco las irrupciones casi diarias en su celda de miembros de las SS borrachos y sus dirigentes, que descargaban su furia y sus sevicias sobre el hombre indefenso. Casi todos los días abrían de golpe la puerta de la celda, irrumpían dentro, embrutecidos por el alcohol, poseídos por la avidez de ver correr la sangre, de ver a personas convulsas, medio muertas, ansiosos por solazarse con la debilidad de la carne. También esto era muy difícil de soportar, pero todavía no era lo peor.
Lo peor era que no estaba solo en su celda, que tenía un compañero, un compañero de fatigas por lo visto igual de culpable, un semejante. Porque era una persona que horrorizaba a Quangel, un animal salvaje, sucio, cobarde y sin corazón, tembloroso y brutal, una persona a la que Quangel no podía mirar sin sentir profundo asco, y con la que, sin embargo, debía ser complaciente, porque ese hombre era mucho más fuerte que el viejo jefe de taller.
Karl Ziemke, al que los guardias llamaban Karlitos, era un hombre de unos treinta años de constitución hercúlea, cabeza redonda similar a la de un bulldog, ojos muy pequeños, largos brazos y manos cubiertos de vello. Su frente baja, abombada, en la que siempre colgaba un estropajo de pelos mugrientos, estaba surcada por numerosas arrugas longitudinales. Apenas hablaba, y lo poco que decía eran gritos bestiales. Como Quangel averiguó pronto por las conversaciones de los guardianes, Karlitos Ziemke había sido un miembro destacado de las SS, había desempeñado una extraordinaria misión como ejecutor, y nunca se sabría a cuántas personas habían asesinado esas zarpas velludas, porque hasta el propio Karlitos lo ignoraba.
Pero, ni siquiera en esos tiempos tan sanguinarios el asesino profesional Karlitos Ziemke disponía de víctimas suficientes, por lo que en épocas sin ocupación empezó a cometer asesinatos que no le habían ordenado sus superiores. Si bien en ellos no desdeñaba despojar a sus víctimas de dinero y objetos de valor, la causa de sus desmanes nunca fue el robo, sino únicamente el puro placer de matar. Al final lo descubrieron, y como había sido tan torpe como para no limitarse a matar a judíos, enemigos del pueblo y presas similares, sino también a arios irreprochables entre los que figuraba incluso un compañero de Partido, de momento estaba allí, en el búnker, y su futuro era incierto.
Karlitos Ziemke, que había mandado a tantos a la muerte sin que le temblara el pulso, temía por su valiosa existencia y en su mente, que no albergaba muchos más pensamientos que un niño de cinco años aunque sí mucho más crueles, había surgido la idea de que podía salvarse de las consecuencias de sus actos haciéndose el loco. Para ello se había inventado el papel de un perro. O quizá se lo había aconsejado algún camarada, hipótesis más probable, y él desempeñaba ese papel a conciencia.
Solía recorrer la celda a cuatro patas completamente desnudo, ladraba como un perro, comía de su plato como un perro y se empecinaba continuamente en morder a Quangel en las piernas. O exigía del viejo jefe de taller que se pasara horas tirándole un cepillo que luego Karlitos le traía, por lo que ansiaba ser acariciado y alabado. O Quangel tenía que balancear los pantalones de Karlitos como si fueran una comba que luego Karlitos saltaba sin parar.
Si el jefe de taller no se mostraba lo bastante solícito, el «perro» lo atacaba, lo tiraba al suelo y le agarraba la garganta con los dientes igual que un can, y nunca tenía la seguridad de que el juego no se tornara más serio. Los guardianes se lo pasaban en grande con las diversiones de Karlitos. A menudo permanecían mucho rato en la puerta de la celda e incitaban al perro, lo azuzaban, y Quangel tenía que aguantarlo todo. Pero si venían beodos para descargar su furia sobre el prisionero, tiraban a Karlitos al suelo, este abría sus brazos y les imploraba que le sacaran a patadas las tripas de su cuerpo desnudo.
Quangel estaba condenado a convivir con ese hombre día tras día, hora tras hora, minuto a minuto. Él, que siempre había vivido solo, ahora ya no podía disfrutar ni un cuarto de hora de soledad. Ni siquiera de noche, cuando buscaba el sueño consolador, estaba seguro ante su martirizador. De pronto este se acurrucaba junto a su cama, colocaba la zarpa sobre el pecho de Quangel y pedía agua o un sitio en el lecho de Quangel. Este tenía que apartarse, estremeciéndose de asco ante ese cuerpo que no se lavaba jamás, peludo como el de un animal, pero que carecía por completo de la pureza e inocencia de los animales. Y entonces Karlitos ladraba en voz baja y empezaba a lamer la cara de Otto Quangel, y a continuación todo su cuerpo.
Sí, eso era difícil de soportar, y Otto Quangel se preguntaba muchas veces por qué lo aguantaba, dado que el final, ya próximo, era seguro. Pero había en él un rechazo a extinguirse, a abandonar a Anna, a la que por cierto no veía. En su fuero interno se negaba a facilitarles las cosas, a anticipar la sentencia. Que le quitaran ellos la vida, con la soga o la guillotina, lo mismo daba. Que no pensaran que se sentía culpable. No, él no quería ahorrarles nada, y por eso tampoco se lo ahorraba a Karlitos Ziemke.
Y era extraño: a medida que transcurrían esos diecinueve días, más adicto a él parecía volverse el «perro». Ya no lo mordía, ni lo tiraba, ni lo cogía por la garganta. Si sus camaradas de las SS le daban alguna vez un bocado mejor, tenía que ser repartido, y muchas veces el perro yacía horas con su gigantesco cráneo redondo en el regazo del viejo, los ojos cerrados, emitiendo suaves gañidos, mientras los dedos de Otto Quangel le acariciaban el pelo.
Entonces el jefe de taller solía preguntarse si ese animal no habría enloquecido de verdad simulando la locura. Pero si lo estaba, también lo estaban sus camaradas «libres» en los pasillos del búnker. Eso no cambiaba nada, en ese caso ellos —junto con su Führer demente y su Himmler que no paraba de reír como un idiota— eran una casta que había que erradicar de la faz de la tierra para que pudieran vivir los sensatos.
Cuando luego se dijo que Otto Quangel sería trasladado, Karlitos se sintió muy desgraciado. Gemía y lloriqueaba, obligaba a Quangel a comerse su pan, y cuando el jefe de taller tuvo que salir al pasillo y apretar la cara contra la pared con los brazos en alto, el hombre desnudo salió a cuatro patas de la celda, se acurrucó a su lado y gimió en voz baja y lastimosa. Lo bueno de esto fue que los bárbaros miembros de las SS no trataron a Quangel con tanta brutalidad como a los demás prisioneros que iban a ser trasladados; un hombre que se había ganado la devoción de ese perro, el hombre de la fría y enfadada cara de pájaro, impresionó incluso a los verdugos.
Y cuando le ordenaron partir, cuando el perro Karlitos fue obligado a regresar a su celda, Quangel se mostró frío y enfadado, pero además sintió en su corazón una leve opresión, una especie de pena. El hombre cuyo corazón únicamente había amado durante toda su vida a una persona, su mujer, vio a disgusto salir de su vida a ese asesino múltiple, a esa persona convertida en bestia.