Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 67 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 67

LA CASA DE LOS MUERTOS

 

La casa de los muertos de la prisión de Plötzensee alberga ahora a Otto Quangel. La celda individual de la casa de los muertos es ahora su última patria en este mundo.

Sí, ahora está recluido en una celda individual: para los condenados a muerte ya no hay compañeros, ni un maestro Reichhardt, ni siquiera un «perro». Los condenados a muerte solo tienen una compañera: la muerte, así lo quiere la ley.

Es un edificio entero en el que viven estos condenados, docenas, acaso centenares, una celda junto a otra. Los centinelas siempre recorren el corredor, siempre se oyen tintineos, y los perros ladran en los patios durante toda la noche.

Pero en las celdas los fantasmas están callados, en las celdas reina el silencio, no se oye sonido alguno. ¡Son tan taciturnos esos candidatos a la muerte! Proceden de todas partes de Europa, hay hombres, jóvenes, casi niños todavía, alemanes, franceses, holandeses, belgas, noruegos, buenas personas, personas débiles, malas personas, todos los temperamentos, desde el sanguíneo y el colérico hasta el melancólico. Pero en esa casa se difuminan las diferencias, todos se han callado, ya solo son fantasmas de sí mismos. Casi nunca escucha Quangel un llanto por la noche, y de nuevo silencio, silencio… silencio…

A él siempre le ha gustado el silencio. Durante esos últimos meses ha tenido que llevar una vida opuesta a su forma de ser: nunca a solas consigo, forzado con frecuencia a hablar, él que odia cualquier conversación. Ahora ha vuelto por última vez a su forma de vida, al silencio, a la paciencia. El maestro Reichhardt era bueno, le enseñó muchas cosas, pero ahora, tan cerca de la muerte, es mejor todavía vivir sin él.

De Reichhardt ha copiado la vida metódica dentro de la celda. Todo tiene su tiempo: el aseo muy cuidadoso, unos cuantos ejercicios físicos que aprendió viéndoselos hacer a su compañero de celda, una hora de paseo por la mañana y otra por la tarde, la limpieza a fondo de la celda, las comidas, el sueño. Aquí también dispone de libros para leer, cada semana le llevan seis a la celda; pero en eso no ha cambiado, no los mira. No va a empezar a leer en la vejez.

Sin embargo, hay otra cosa más que ha copiado al maestro Reichhardt. Durante sus paseos tararea entre dientes. Recuerda antiguas canciones infantiles y populares de su etapa escolar. Surgen en él desde su más temprana juventud, un verso sucede a otro… ¡qué cabeza tiene, si todavía las recuerda después de más de cuarenta años! Y después los poemas: El anillo de Polícrates, El aval, Oda a la alegría, El rey de los elfos. Pero no consigue recordar entero El canto de la campana. A lo mejor nunca se supo todos los versos, de eso ya no se acuerda…

Una vida tranquila, pero el contenido principal del día lo constituye el trabajo. Sí, aquí tiene que trabajar, debe limpiar una determinada cantidad de guisantes, apartar aquellos con gusanos, eliminar los partidos o rotos al igual que las semillas de mala hierba y las bolas negro grisáceas de las algarrobas. Le gusta hacer ese trabajo, sus dedos limpian, laboriosos, hora tras hora.

Y es bueno que le hayan encargado precisamente ese trabajo, lo sacia. Porque ahora han transcurrido definitivamente los buenos tiempos en que podía compartir las viandas del maestro Reichhardt. Lo que le llevan a la celda está mal cocinado, es una bazofia aguada, pan húmedo, pegajoso, con patata añadida, que le cae como una pesa indigerible en el estómago.

Pero los guisantes le sirven de ayuda. No puede afanar muchos, porque los pesan, pero sí los suficientes para saciarse hasta cierto punto. Los ablanda en agua, y cuando están hinchados los añade a su sopa para que se calienten un poco y después los mastica. Así mejora su comida, a la que puede aplicarse el dicho: muy poco para vivir, demasiado para morir.

Quangel casi sospecha que los vigilantes, los inspectores del trabajo saben lo que hace, que roba guisantes, pero se callan. Y no dicen nada no porque deseen ser indulgentes con el condenado a muerte, sino porque les trae sin cuidado, porque se han embrutecido en esa casa en la que presencian tanta aflicción todos los días.

No hablan simplemente para que no hable el otro. No quieren escuchar quejas pues no pueden cambiar ni mejorar nada, aquí todo sigue su camino inmutable. Ellos no son más que ruedecitas de una máquina, ruedecitas de hierro, de acero. Si el hierro se reblandeciera habría que sustituir la ruedecita, ellos no quieren ser sustituidos, quieren seguir siendo ruedecitas.

Por eso tampoco pueden ofrecer consuelo, no quieren hacerlo, son como son: indiferentes, fríos, sin sombra de compasión.

Al principio, cuando Otto Quangel subió a esta celda desde la celda de castigo que le había impuesto el presidente Feisler, pensó que sería para uno o dos días, que estarían ansiosos por ejecutarlo enseguida, le habría parecido bien.

Pero luego se va enterando poco a poco de que la ejecución de la sentencia puede durar semanas enteras, meses, incluso un año. Sí, hay condenados a muerte que llevan un año esperando la muerte, que se echan a dormir todas las tardes sin saber si esa noche los despertarán de su sueño los ayudantes del verdugo; cada noche, cada hora, a cada bocado que se llevan a la boca, al desvainar guisantes, sentados en la cubeta donde hacen sus necesidades, siempre puede abrirse la puerta, una mano hacer una seña y una voz decir:

—¡Vamos! ¡Ha llegado la hora!

Es una crueldad infinita la que existe en ese miedo a morir prolongado a lo largo de días, semanas, meses, y no son solo formalidades jurídicas, ni los recursos de gracia interpuestos cuya resolución es preciso esperar, los que provocan ese retraso. Algunos afirman que el verdugo está desbordado de trabajo, que ya no da abasto. Pero el verdugo trabaja solo los lunes y jueves, los demás días no. Recorre el país, efectuando ejecuciones en toda Alemania, el verdugo también trabaja en otras poblaciones. Pero ¿cómo es posible entonces que un condenado sea ejecutado siete meses antes que otro que fue condenado con él en la misma causa? No, aquí actúa de nuevo la crueldad, el sadismo; en esta casa no se golpea brutalmente, ni se tortura físicamente, aquí el veneno se filtra sin darse cuenta en las celdas, ellos no quieren liberar ni un minuto de la garra de la muerte a las almas que están aquí.

Todos los lunes y los jueves la casa de los muertos se inquieta. Siendo aún de noche los fantasmas se agitan, se acurrucan junto a las puertas, sus miembros tiemblan, aguzan los oídos hacia los corredores. Todavía resuenan los pasos de los centinelas, solo son las dos de la mañana. Pero pronto… Quizá incluso hoy mismo. Y ruegan, rezan: Solamente estos tres días, solo estos cuatro días hasta el próximo día de ejecución, entonces me resignaré de buen grado, ¡pero hoy no, por favor! Y piden, rezan, mendigan.

Un reloj da las cuatro. Pasos, tintineo de llaves, murmullos. Los pasos se aproximan. El corazón comienza a latir, brota sudor por todo el cuerpo. De repente una llave chasquea en la cerradura. ¡Tranquilo, tranquilo, han abierto la celda contigua, no, una más allá! Todavía no ha llegado tu turno. Gritos rápidamente sofocados.

—¡No, no! ¡Socorro!

Ruido de pies. Silencio. El paso regular del centinela. Silencio. Espera. Espera aterrada. No soporto esto…

Y al cabo de un plazo interminable, tras un abismo lleno de miedo, tras una espera insoportable que sin embargo hay que soportar, vuelven a acercarse los murmullos, el sonido de muchos pies, el tintineo de llaves… Se aproxima, cerca, cerca. ¡Ay, Dios mío, hoy todavía no, solo tres días más! ¡Y en un santiamén, la llave en la cerradura! ¿Es en mi celda? ¡Oh, en la tuya! No, es la celda vecina, unas palabras musitadas, así que se llevan al vecino. Se lo llevan, los pasos se alejan…

El tiempo transcurre lentamente, el escaso tiempo se desmenuza despacio en infinitos trozos pequeños. Esperar. Solo esperar. Y el paso de los centinelas en el corredor. ¡Ay, Dios, hoy se llevan a los ocupantes de celdas contiguas, el próximo eres tú! Dentro de tres horas serás un cadáver, este cuerpo estará muerto, estas piernas que todavía te sostienen serán estacas yertas, esta mano que ha trabajado, acariciado, mimado y pecado ya no será más que un trozo de carne corrompida. ¡Es imposible, y sin embargo es cierto!

¡Esperar… esperar… esperar! Y de repente el que espera ve alborear el día por su ventana, oye una campana que llama a levantarse. Ha llegado el día, un nuevo día de trabajo… y se ha librado una vez más. Tiene otros tres días de plazo, cuatro días si es jueves. ¡La suerte le ha sonreído! Respira más aliviado, al fin puede hacerlo, a lo mejor se libra del todo. A lo mejor sucede una gran victoria y con ella una amnistía, a lo mejor lo indultan condenándolo a cadena perpetua.

¡Una hora más de respirar aliviado!

Y vuelve a instalarse el miedo, que envenena esos tres o cuatro días: Esta vez terminaron justo antes de mi celda, el lunes empezarán por mí. ¿Oh, qué voy a hacer? Todavía no soy capaz…

Y siempre de nuevo, siempre de nuevo, dos veces a la semana, todos los días de la semana, cada segundo el miedo.

Y mes tras mes: miedo cerval.

A veces Otto Quangel se preguntaba cómo sabía todo eso. Porque en realidad nunca hablaba con nadie, ni nadie con él. Algunas palabras secas del vigilante: «Acompáñeme. Levántese. Trabaje más deprisa». A lo mejor justo al servirle la comida unas palabras más formadas con los labios que musitadas:

—Hoy siete ejecuciones.

Eso era todo.

Pero sus sentidos se habían agudizado muchísimo. Adivinaban lo que no veía. Sus oídos escuchaban cualquier ruido en el corredor, un retazo de conversación de los centinelas durante el relevo, una maldición, un grito… todo se le revelaba, nada permanecía oculto para él. Y después por las noches, durante las largas noches que según el reglamento interior duraban trece horas, pero que nunca eran noches, porque en su celda siempre debía estar encendida la luz, entonces a veces se atrevía a trepar hasta la ventana, comprimiéndose por encima de la persiana de oscurecimiento y atisbaba la noche. Sabía que los centinelas del patio con sus perros que no paraban de ladrar tenían orden de disparar a cualquier rostro que se asomase a una ventana, y no en pocas ocasiones disparaban un tiro… pero a pesar de todo se corría el riesgo.

Estaba allí de pie encima de su banqueta, percibía el aire puro de la noche (ese aire compensaba ya cualquier peligro), y después escuchaba ese susurro de ventana en ventana, palabras al principio incomprensibles:

—¡Karl lo ha hecho otra vez!

O:

—La mujer de 347 se ha pasado todo el día ahí abajo.

Pero con el tiempo consiguió entenderlo todo. Con el tiempo supo que en la celda contigua estaba un hombre del servicio de contraespionaje que al parecer se había vendido al enemigo y ya había intentado suicidarse dos veces. La celda de detrás de la suya la ocupaba un trabajador de una central eléctrica que había dejado quemarse las dinamos, un comunista. Y el guardia Brennecke te proporcionaba papel y trozos de lápiz, y también sacaba a escondidas cartas del edificio si lo sobornaban desde fuera, con mucho dinero o preferiblemente con alimentos. Y… y… noticias y más noticias. También una casa de los muertos habla, respira, vive, tampoco en una casa de los muertos se extingue la indomable necesidad que sienten las personas por comunicarse.

Pero aunque también Otto Quangel arriesgaba —en ocasiones— su vida para escuchar, aunque sus sentidos nunca se cansaban de prestar atención a cualquier cambio, Quangel no era del todo uno de ellos. A veces intuían que él también estaba asomado a la ventana nocturna, y alguien susurraba:

—¿Qué tal te va, Otto? ¿Ya han devuelto el recurso de gracia?

(Ellos lo sabían todo sobre él). Pero él jamás contestaba una palabra, jamás reconocía que también escuchaba. Él no era uno de ellos, aunque le hubieran impuesto la misma sentencia, él era completamente distinto.

Y eso no se debía a su condición de solitario, como había sido antes, ni a su necesidad de tranquilidad que hasta entonces lo había apartado de todos, no procedía de su aversión a hablar que antes había silenciado su lengua… sino que se debía a aquel pequeño tubito de cristal que le había proporcionado el juez del Tribunal Cameral Fromm.

Ese tubito con la disolución de ácido cianhídrico clara como el agua lo había liberado. Los demás, sus compañeros de infortunio, tenían que transitar el último y amargo camino; él podía elegir. Podía morir en cualquier momento, solo tenía que quererlo. Era libre. En la casa de los muertos, detrás de muros y rejas, sujeto con cadenas y esposas… él, Otto Quangel, maestro carpintero fuera de servicio, jefe de taller fuera de servicio, esposo fuera de servicio, padre fuera de servicio, agitador fuera de servicio… había quedado libre. Eso lo habían conseguido ellos, ellos le habían concedido una libertad de la que no había disfrutado en toda su vida. Él, el propietario de ese tubito de cristal, no temía a la muerte. La muerte estaba a su lado a todas horas, él era su amigo. Él, Otto Quangel, no tenía que despertarse mucho antes de la hora los lunes y los jueves, y escuchar muerto de miedo junto a la puerta. No era como ellos, no del todo. No tenía que torturarse porque poseía el final de toda tortura.

Era una buena vida la que llevaba. Le gustaba. Ni siquiera tenía la certeza de que fuera a utilizar alguna vez esa ampolla de cristal. ¿No sería todavía mejor esperar hasta el último minuto? A lo mejor podía volver a ver a Anna. ¿No sería mejor no ahorrarles a esos ninguna ignominia?

¡Que lo ejecutasen, mejor, mucho mejor! Quería saber cómo era eso… pensaba que le correspondía hacerlo, que era su obligación saber también cómo lo hacían. Creía que debía saberlo todo hasta que el lazo rodease su cuello o su cabeza estuviese bajo la guillotina. Podía, todavía en el último minuto, darles un chasco.

Y en la certeza de que no podía pasarle nada, de que allí —quizá por primera vez en su vida— podía ser completamente él mismo, con absoluta sinceridad, en esa certeza hallaba tranquilidad, alegría, paz. Su cuerpo envejecido nunca se había sentido tan bien como a lo largo de esas semanas. Su dura mirada de pájaro nunca había sido tan amable como en la celda de condenado a muerte de Plötzensee. Su espíritu nunca había podido divagar con tanta libertad como allí.

¡Una buena vida, sí señor!

Ojalá también Anna estuviera bien. Pero el viejo juez Fromm era un hombre que cumplía su palabra. También Anna estaría más allá de toda persecución, también Anna era libre, una prisionera libre…