Solo en Berlín
Capítulo 45
LA DESTITUCIÓN DEL COMISARIO ZOTT
El jefe de la comisaría de distrito dirigió la carta muy correctamente al señor comisario Zott de la Gestapo, Berlín. Pero eso no tuvo como consecuencia que llegase directamente a su destinatario, pues su superior, Prall, Obergruppenführer de las SS, la tenía en las manos cuando entró en el despacho del comisario.
—¿Pero qué significa esto, señor comisario? —preguntó Prall—. Aquí tengo otra de esas postales del Duende y grapada a ella una nota: «Siguiendo indicación telefónica del comisario Zott de la Gestapo, los detenidos han sido puestos en libertad». ¿Qué detenidos son esos? ¿Por qué no se me ha informado al respecto?
El comisario miró de soslayo a su superior a través de sus gafas:
—¡Ah, sí! ¡Ahora lo recuerdo! Sucedió anteayer o quizá un día antes. Ahora lo sé: fue el domingo. A última hora de la tarde. Entre las seis y las siete, mejor dicho, quería decir entre las dieciocho y las diecinueve horas, mi Obergruppenführer.
Y miró a su jefe, muy orgulloso de su excelente memoria.
—¿Y qué sucedió allí el domingo entre las dieciocho y las diecinueve horas? ¿Por qué hubo detenidos? ¿Por qué se les volvió a poner en libertad? ¿Por qué no se me informó de ello? Es muy tranquilizador que usted lo sepa, Zott, pero a mí también me gustaría saberlo.
Ese «Zott» a secas fue el primer cañonazo.
—¡Pero si se trata de una historia completamente banal! —El comisario de la policía científica hizo ademanes tranquilizadores con sus manitas de color amarillo legajo—. Un error de la comisaría. Esos detuvieron en calidad de autores o distribuidores de las postales a un par de infelices, un matrimonio, como es natural, otro disparate mayúsculo de la policía. ¡Un matrimonio, cuando sabemos que el hombre debe de vivir solo! Además, ahora lo recuerdo, el hombre era carpintero de profesión, cuando sabemos que tiene algo que ver con los tranvías.
—¿Quiere usted decir con eso, señor mío —respondió el Obergruppenführer conteniéndose a duras penas (y «el señor mío» fue el segundo disparo de esa guerra, mucho más duro)—, pretende decirme que ordenó la puesta en libertad de esa gente sin verlos siquiera, sin interrogarlos, tan solo porque eran dos en lugar de uno y porque el hombre afirmó ser carpintero? ¡Señor mío!
—Mi Obergruppenführer —contestó el comisario Zott levantándose—. Nosotros, los miembros de la policía científica, trabajamos de acuerdo con un plan determinado y no nos desviamos de él. Yo busco a un hombre que vive solo, relacionado con los tranvías, y no a un marido carpintero. Este no me interesa, por ese ni me molesto.
—¡Como si un carpintero no pudiera trabajar también para la compañía de tranvías, reparando vagones, por ejemplo! —gritó Prall—. ¡Qué soberana estupidez!
Al principio Zott quiso hacerse el ofendido, pero el comentario acertado de su superior le dio que pensar.
—Es cierto —admitió, confuso—, desde luego no pensé en eso —se repuso—. Pero busco a un hombre que vive solo —insistió—. Y ese hombre está casado.
—¿Tiene idea de lo malas y canallas que pueden ser las mujeres? —gruñó Prall, que aún tenía algo más reservado—: ¡Y por casualidad, señor policía científico Zott —(el tercero y más duro disparo)—, por casualidad ¿tampoco ha pensado que esa postal fue depositada una tarde de verano cerca de la plaza Nollendorf, que pertenece a esa comisaría? ¿Se le habrá escapado también esta pequeña e insignificante circunstancia a su perspicacia de investigador?!
Esta vez el comisario Zott se quedó sinceramente consternado, su barba de chivo se contrajo y sus ojos oscuros y penetrantes parecieron velarse.
—¡Me siento profundamente abochornado, mi Obergruppenführer! Estoy consternado, ¿cómo ha podido sucederme eso? Ay, sí, me he metido en un callejón sin salida. He pensado siempre en esas estaciones del tranvía, me sentía tan orgulloso de ese descubrimiento. Demasiado orgulloso…
El Obergruppenführer miraba con ojos iracundos a ese hombrecillo que reconocía sus pecados con sincera aflicción, pero sin pedir perdón.
—Ha sido un error por mi parte, un grave error —prosiguió con vehemencia el comisario— haberme atrevido a asumir esta investigación. Yo solo sirvo para el trabajo silencioso en mi despacho, no para las pesquisas. Eso lo hace mi colega Escherich diez veces mejor que yo. Y encima he tenido la desgracia —continuó su confesión— de que uno de mis hombres, un tal Klebs, al que había encargado hacer pesquisas en uno de esos edificios, ha sido detenido. Por lo visto, según me han comunicado, participó en un robo, en el desvalijamiento de un dipsómano. Está gravemente herido, dicho sea de paso. Una historia muy fea. El hombre no mantendrá la boca cerrada en el juicio, dirá que lo enviamos allí…
El Obergruppenführer Prall temblaba de ira, pero la pesadumbre y la seriedad con las que hablaba Zott y la total indiferencia por su propio destino, lo obligaban a contenerse.
—¿Y cómo se figura usted que continuará el asunto, señor mío? —preguntó con frialdad.
—Se lo ruego, mi Obergruppenführer —rogó Zott alzando las manos en gesto de súplica—, se lo ruego, ¡reléveme! ¡Reléveme de este cometido porque no estoy a la altura! Vuelva a sacar del sótano al comisario Escherich, él lo hará mejor que yo…
—Espero —repuso Prall, que parecía no haber escuchado sus palabras—, espero que al menos anotaría la dirección de esos dos detenidos…
—¡Pues no! Seducido por mi idea favorita, he actuado con una ligereza imperdonable. Pero me pondré en comunicación con la comisaría, me proporcionarán las señas, intentaremos…
—¡Pues hágalo ya!
La conversación fue muy breve. El comisario comunicó al Obergruppenführer:
—Allí tampoco anotaron las direcciones. —Y al vislumbrar un gesto iracundo de su superior, agregó—: ¡La culpa es mía, solo mía! Tras hablar conmigo por teléfono consideraron el asunto definitivamente zanjado. Yo soy el único culpable de que ni siquiera se tomaran notas.
—¿Quiere decir que no disponemos de ninguna pista más?
—Sí.
—¿Y qué piensa usted de su comportamiento?
—Solicito que saquen del sótano al comisario Escherich y me detengan a mí en su lugar.
Durante un momento Prall miró al hombrecillo en silencio. Después dijo, temblando de ira:
—¿Sabe que lo enviaré a un campo de concentración? ¿Se atreve a plantearme semejante propuesta sin temblar ni llorar de miedo? ¡Está usted hecho de la misma pasta que los rojos, los bolcheviques! Ellos confiesan su culpa, pero parecen enorgullecerse de ella.
—Yo no me enorgullezco, pero estoy dispuesto a asumir las consecuencias de mis actos. Y confío en hacerlo sin temblar ni sollozar.
El Obergruppenführer Prall sonrió despectivo al escuchar estas palabras. Había visto esfumarse la dignidad de mucha gente bajo los golpes de los hombres de las SS. Pero también había contemplado la mirada de algunos torturados, esa mirada que en medio de todos los sufrimientos traslucía una superioridad fría, casi sarcástica. Y el recuerdo de esa mirada hizo que, en lugar de gritar y golpear, se limitase a decir:
—Manténgase en esta habitación a mi disposición. Primero he de redactar un informe.
El comisario Zott inclinó la cabeza en gesto de aprobación, y el Obergruppenführer Prall se marchó.