Solo en Berlín
Capítulo 61
EL JUICIO: REENCUENTRO
Incluso el sistema más refinado y alambicado puede propiciar errores. El Tribunal del Pueblo de Berlín, un tribunal que no tenía nada que ver con el pueblo y en el que el pueblo no era admitido ni siquiera como espectador mudo porque la mayoría de sus sesiones eran secretas, era uno de esos sistemas refinados y alambicados: antes de que el acusado hubiera entrado en la sala de sesiones, prácticamente ya estaba condenado, y nada parecía abogar a favor de que un acusado pudiera vivir alguna experiencia medianamente satisfactoria en esa sala.
Esa mañana solo estaba señalada una causa: contra Otto y Anna Quangel por alta traición.
Apenas estaba ocupada la cuarta parte del auditorio: uniformes del Partido, abogados que deseaban asistir a este juicio por motivos imposibles de averiguar y sobre todo estudiantes de Derecho deseosos de aprender cómo la justicia acaba con personas cuyo crimen consiste en haber amado a su patria más que los jueces que pronuncian la sentencia condenatoria. Toda esta gente había conseguido pases gracias a sus «relaciones». No se sabe cómo lo había conseguido el hombre bajo de perilla blanca y ojos inteligentes rodeados de arruguitas, el juez retirado Fromm. Sea como fuere, se sentaba discretamente entre los demás, a poca distancia de ellos, con el rostro inclinado y se limpiaba con frecuencia sus gafas de montura de oro.
A las diez menos cinco un policía introdujo en la sala a Otto Quangel. Lo habían vestido con la ropa que llevaba en el taller en el momento de su detención, un traje de diario, limpio pero muy remendado, en el que los remiendos de color azul oscuro destacaban muy vivamente en el azul desvaído del color primitivo. Sus ojos todavía agudos se deslizaron con indiferencia desde los asientos todavía vacíos detrás de la barra hasta los espectadores situados más allá, brillaron un instante al reconocer al juez del Tribunal Cameral… y Quangel se sentó en el banquillo de los acusados.
Poco antes de las diez un policía hizo pasar a la segunda acusada, Anna Quangel, y fue en ese instante precisamente cuando se produjo el descuido: en cuanto Anna Quangel divisó a su marido, sin vacilar ni prestar atención a las personas de la sala, se dirigió hacia él y se sentó a su lado.
Otto Quangel le susurró, ocultando su boca con la mano:
—¡No hables! ¡Todavía no!
Pero un resplandor en su mirada le reveló la tremenda alegría que le causaba el reencuentro.
Como es natural, el reglamento de esa ilustre casa no preveía ni por asomo que dos acusados, que desde hacía meses habían sido sometidos a un escrupuloso aislamiento mutuo, pudieran sentarse juntos y conversar a sus anchas un cuarto de hora antes de iniciarse el juicio. Ahora bien, sea porque los dos policías desempeñaban por primera vez ese servicio y habían olvidado sus órdenes, o porque no atribuían gran importancia a esa causa penal, o porque los dos personajillos entrados en años, sencillos, casi pobremente vestidos les parecieron del todo anodinos, no pusieron la menor objeción al asiento elegido por la señora Anna y en el siguiente cuarto de hora se despreocuparon por completo de ambos acusados. Antes bien, iniciaron una conversación interesantísima sobre ciertos complementos salariales, un plus de nocturnidad que se les escatimaba y deducciones del sueldo injustificadamente elevadas.
En la sala de los espectadores tampoco nadie —a excepción del juez cameral Fromm, por supuesto— se percató del error cometido. Todos eran negligentes y descuidados, nadie criticó esa falta que perjudicaba al Tercer Reich y beneficiaba a dos reos de alta traición. Un proceso instruido contra dos acusados de la clase obrera no podía causar gran impresión. Allí estaban acostumbrados a procesos monstruosos con treinta, cuarenta acusados que casi nunca se conocían, pero que para su sorpresa, en el curso de la vista se enteraban de que todos se habían conjurado entre sí, motivo por el cual los condenaban.
Quangel, tras unas ojeadas precavidas a su alrededor, acertó a decir:
—Me alegro de verte, Anna. ¿Va todo bien?
—Sí, Otto, ahora vuelvo a estar bien.
—No nos dejarán sentarnos juntos mucho tiempo. Disfrutemos, pues, de estos minutos. ¿Comprendes claramente lo que va a suceder?
—Sí, Otto —respondió en voz muy baja.
—Nos condenarán a muerte a los dos, Anna. Con toda seguridad.
—Pero, Otto…
—No, Anna, no hay peros que valgan. Sé que has intentado cargar con toda la culpa…
—No impondrán una condena tan dura a una mujer, y a lo mejor tú puedes salvar la vida.
—No, no. Tú no sabes mentir bien. Solo alargarás el juicio. Digamos la verdad y todo transcurrirá deprisa.
—Pero, Otto…
—No, Anna, nada de peros. Piensa. No mintamos. La pura verdad…
—Pero, Otto…
—¡Te lo ruego, Anna!
—Pero es que yo querría salvarte, Otto, me gustaría saber que tú vives.
—¡Te lo ruego, Anna!
—¡No me lo pongas tan difícil, Otto!
—¿Vamos a engañar a esos? ¿A discutir entre nosotros? ¿A ofrecerles un espectáculo? ¡La pura verdad, Anna!
La mujer luchaba consigo misma. Después cedió, como había cedido siempre ante él.
—De acuerdo, Otto, te lo prometo.
—Gracias, Anna. Te lo agradezco mucho.
Callaron y bajaron la vista, avergonzados ambos de revelar sus emociones.
Se escuchó la voz de uno de los policías situados a su espalda.
—Y entonces le dije al subteniente, subteniente, dije, no pueden hacer eso conmigo, subteniente, eso le dije…
Otto Quangel cobró ánimos. Había que hacerlo. Si Anna se enteraba de ello durante el juicio, y se enteraría por fuerza en su transcurso, todo iría mucho peor. Las consecuencias serían del todo imprevisibles.
—Anna —susurró—. Eres fuerte y valiente, ¿verdad que sí?
—Sí, Otto —contestó—. Ahora lo soy. Desde que estoy contigo, lo soy. ¿Hay algo peor?
—Sí, Anna…
—¿Qué, Otto? ¡Suéltalo ya, Otto! Si hasta tú tienes miedo de decírmelo, también me entrará miedo a mí.
—Anna, ¿no has vuelto a saber nada de Gertrud?
—¿De qué Gertrud?
—¡De Trudel, mujer!
—¡Ah, de Trudel! ¿Qué pasa con Trudel? No, desde que estamos en prisión preventiva no he tenido noticias de ella. La he echado mucho de menos, era tan buena conmigo. Me perdonó que la denunciase.
—¡Pero tú no denunciaste a Trudel! Al principio yo también lo pensé, pero después lo entendí.
—Sí, ella también lo entendió. Yo me sentía tan confundida durante los primeros interrogatorios de ese pavoroso Laub, que no sabía lo que decía, pero ella lo comprendió. Y me perdonó.
—¡Gracias a Dios! ¡Anna, tienes que ser valiente y fuerte! Trudel ha muerto.
—¡Oh! —gimió Anna y con la mano encima del corazón repitió—. ¡Oh!
Y Quangel añadió deprisa, para zanjar el asunto de una vez:
—Y su marido también ha muerto.
Durante un buen rato no hubo respuesta. Ella estaba allí sentada, cubriéndose con las manos su cara gacha, pero Otto sentía que su esposa no lloraba, que estaba aturdida por la espantosa noticia. Y sin darse cuenta pronunció las mismas palabras que el buen pastor Lorenz cuando le comunico la noticia:
—Han muerto. Descansan en paz. Se han ahorrado muchos sufrimientos.
—Sí —respondió Anna—. Sí. Ella tenía tanto miedo por su Karl, cuando no le llegaban noticias, pero ahora descansa en paz.
Calló largo rato, y Quangel no la apremió, aunque por la agitación en la sala presentía la pronta llegada del tribunal.
Anna preguntó en voz baja:
—¿Han sido ejecutados… los dos?
—No —contestó Quangel—. Él murió a consecuencia del golpe que recibió durante la detención.
—¿Y Trudel?
—Se quitó la vida —contestó, rápido, su marido—. Saltó por encima de la verja del quinto piso. Murió en el acto, aseguró el reverendo Lorenz. No sufrió.
—Eso sucedió la noche que toda la prisión gritó —recordó Anna Quangel de repente—. ¡Ahora lo sé! ¡Ay, Otto, fue espantoso! —Y se cubrió la cara.
—Sí, fue espantoso —repitió su marido—. También donde estamos nosotros fue espantoso.
Al cabo de un momento ella levantó la cabeza y miró a Otto de hito en hito. Todavía le temblaban los labios cuando dijo:
—Es mejor que haya sucedido así. Si estuvieran aquí, a nuestro lado, sería horrible. Ahora descansan en paz. —Y en voz muy baja—: Otto, Otto, nosotros podríamos hacer lo mismo.
Este la miró fijamente. Y en sus ojos duros, penetrantes, ella captó una luz inédita hasta entonces, una luz burlona, como si todo aquello, lo que ella decía ahora y lo que vendría después, el inevitable final, fuera un juego. Como si no valiera la pena tomárselo en serio.
Después sacudió despacio la cabeza.
—No, Anna, nosotros no lo haremos. No desapareceremos como si fuésemos unos criminales convictos y confesos. No les ahorraremos la sentencia. ¡Nosotros, no! —Y en un tono completamente distinto—: Es demasiado tarde para algo así. ¿Es que a ti no te esposan?
—Claro que me esposan —contestó—. Pero cuando el policía me llevó hasta la puerta de aquí, me quitó la cadenita.
—¿Lo ves? —dijo él—. Sería un fracaso.
Le ocultó que desde que lo habían sacado de la prisión preventiva iba atado, con esposas y una cadena, grillos y una barra de hierro. Igual que a Anna, el policía lo había despojado de esos adornos cuando llegó a la puerta de la sala del juicio: el Estado no debía verse privado de su víctima.
—Bien —se resignó ella—. ¿Crees que nos ejecutarán juntos, Otto?
—No lo sé —respondió, evasivo. No quería mentirla, pero sabía que cada uno de ellos tendría que morir solo.
—¿Pero nos ejecutarán a la misma hora?
—Seguro, Anna, seguro que sí.
Pero no estaba tan seguro.
—No pienses ahora en eso —agregó—. Hemos de ser fuertes. Si nos declaramos culpables, todo transcurrirá muy deprisa. Si no inventamos pretextos ni mentimos, quizá en media hora conozcamos nuestra sentencia.
—Sí, así lo haremos. Pero, Otto, si todo ocurre tan deprisa, también volverán a separarnos con la misma rapidez y quizá no volvamos a vernos nunca más.
—Seguro que nos veremos… volveremos a vernos antes, Anna. Me lo han dicho, nos dejarán despedirnos el uno del otro. ¡Seguro, Anna!
—Estupendo, Otto, entonces tendré algo de lo que alegrarme cada hora. Y ahora estamos juntos.
Solo estuvieron juntos un minuto más, pues, al descubrirse el error, separaron a ambos unos metros, obligándolos a girar la cabeza para verse. Gracias a Dios fue el abogado de la señora Quangel el que descubrió el error, un hombre amable, gris, con algunos medios de subsistencia, al que el tribunal había designado abogado de oficio, pues Quangel había insistido en no dedicar un céntimo a un asunto tan inútil como su defensa.
Dado que quien descubrió el error fue el abogado, la cosa acabó sin gritos. También los dos policías tenían motivo para mantener la boca cerrada, y así Feisler, el presidente del Tribunal del Pueblo, nunca conoció los imperdonables acontecimientos que habían sucedido allí. Porque si no el juicio probablemente habría durado mucho más.