Solo en Berlín
Capítulo 70
LLEGÓ EL MOMENTO, QUANGEL
Todavía es de noche cuando un guardián abre la puerta de la celda de Otto Quangel.
Quangel, despertado de su profundo sueño, mira parpadeando la enorme figura negra que ha entrado en su celda. Al instante siguiente está completamente despejado y su corazón late más deprisa de lo habitual porque ha comprendido el significado de esa figura grande y silenciosa situada en el umbral de la puerta.
—¿Llegó el momento, reverendo? —pregunta cogiendo su ropa.
—Llegó el momento, Quangel —responde el clérigo—. ¿Se siente preparado?
—Siempre estoy preparado —contesta Quangel y su lengua roza el tubito dentro de su boca.
Comienza a vestirse. Sus maneras son tranquilas, reposadas.
Durante un instante ambos se examinan en silencio. El pastor es un hombre todavía joven, de huesos recios con un rostro sencillo, quizá algo simple.
No sirve para gran cosa, decide Quangel. Ningún hombre como el buen pastor.
El pastor a su vez ve ante sí a un hombre alto, consumido por el trabajo. Su rostro de perfil duro, como de pájaro, le desagrada, la mirada inquisitiva de sus ojos oscuros, curiosamente redondos, le desagrada, como también la delgada boca exangüe de labios apretados. Pero el clérigo, haciendo de tripas corazón, dice con toda la amabilidad de la que es capaz:
—Confío en que haya quedado en paz con este mundo, ¿verdad, Quangel?
—¿Acaso este mundo está en paz, pastor? —replica Quangel.
—Por desgracia todavía no, Quangel, por desgracia todavía no —responde el clérigo y su rostro intenta expresar un pesar que no siente. Pasa por encima de ese punto y sigue cuestionando:— Pero se habrá puesto en paz con Dios, ¿no?
—Yo no creo en ningún Dios —contesta Quangel sin rodeos.
—¿Cómo?
El pastor parece casi asustado por esa brusca explicación.
—Pues —prosigue— si no cree en un Dios personal, tal vez sea un panteísta, ¿verdad, Quangel?
—¿Y eso qué es?
—Bueno, está claro… —El pastor intenta explicar algo que ni él mismo comprende con claridad—. Un alma universal, ¿entiende? Todo es Dios, ¿entiende? Su alma, su alma inmortal regresará a la gran alma universal, Quangel.
—¿Que todo es Dios? —Se sorprende Quangel. Acaba de terminar de vestirse y está de pie delante del camastro—. ¿Hitler también es Dios? ¿Los crímenes de ahí fuera, Dios? ¿Usted, Dios? ¿Yo, Dios?
—Usted me ha entendido mal, seguramente de manera deliberada —responde, irritado, el clérigo—. Pero no estoy aquí para discutir con usted cuestiones religiosas. He venido a prepararlo para su muerte. Morirá dentro de pocas horas, Quangel. ¿Está usted preparado?
En lugar de responder, Quangel le espeta:
—¿Conoció al pastor Lorenz de la prisión preventiva del Tribunal del Pueblo?
El pastor, desconcertado, contesta irritado:
—No, pero he oído hablar de él. Me permito decir que el Señor se lo llevó en el momento adecuado. Era una vergüenza para nuestro ministerio.
Quangel miró con atención al clérigo.
—Era un hombre muy bueno —aseguró—. Muchos presos lo recordarán agradecidos.
—¡Claro! —exclamó el pastor sin disimular su enfado—. ¡Porque cedía a vuestros deseos! Era un hombre muy débil, Quangel. El siervo de Dios tiene que ser un luchador en estos tiempos de guerra, no un flojo consentidor. —Y consultando apresuradamente su reloj, informó—: Ya solo dispongo de ocho minutos para usted, Quangel. Todavía tengo que brindar consuelo religioso a algunos de sus compañeros de infortunio que hoy, al igual que usted, emprenden su último viaje. Ahora, oremos…
El clérigo, ese campesino tosco de huesos fuertes, había sacado un pañuelo blanco del bolsillo y lo desplegó con cuidado.
—¿Brinda usted también su consuelo religioso a las mujeres que van a ser ejecutadas? —preguntó Quangel.
Su sarcasmo fue tan impenetrable que el pastor no lo captó. Extendió el paño blanco como la nieve sobre el suelo de la celda y respondió con indiferencia:
—Hoy no se celebrarán ejecuciones de mujeres.
—¿Recordará por casualidad si en los últimos tiempos ha estado con una mujer llamada Anna Quangel? —prosiguió Quangel, tenaz.
—¿La señora Anna Quangel? ¿Es su mujer? No, seguro que no. Me acordaría. Tengo una memoria extraordinariamente buena para los nombres…
—Tengo un ruego que hacerle, pastor…
—¡Pues dígamelo ya, Quangel! Sabe de sobra que mi tiempo es escaso.
—Le ruego que, cuando llegue el momento, no le diga a mi mujer que he sido ejecutado antes que ella. Por favor, dígale que moriré a la misma hora que ella.
—Eso sería mentir, Quangel, y yo, como siervo de Dios, no puedo pecar contra su octavo mandamiento.
—¿Así que usted nunca miente, pastor? ¿Jamás en su vida ha mentido?
—Espero —repuso el pastor, confundido ante la mirada inquisitiva y sardónica de su interlocutor—, espero haberme esforzado siempre según mis débiles fuerzas por cumplir los mandamientos de Dios.
—¿Y los mandamientos de Dios le exigen negar a mi mujer el consuelo de morir a la misma hora que yo?
—¡No puedo dar falso testimonio a mis semejantes, Quangel!
—¡Lástima, lástima! Verdaderamente no es usted un buen pastor.
—¿Cómo? —exclamó el clérigo con un tono a medio camino entre desconcertado y amenazador.
—En la cárcel el pastor Lorenz se llamaba el buen pastor —explicó Quangel.
—¡No, no, yo no añoro uno de esos títulos honoríficos que vosotros conferís! ¡Yo llamaría a eso un nombre ignominioso! —exclamó furioso el reverendo.
Se contuvo, e hincándose de rodillas, cayó de golpe justo encima del pañuelo blanco. Señaló un lugar del oscuro suelo de la celda a su lado (porque el pañuelo blanco solo alcanzaba para él) y dijo:
—Arrodíllese, Quangel, vamos a rezar.
—¿Ante quién he de arrodillarme? —preguntó Quangel fríamente—. ¿A quién he de rezar?
—¡Oh, no vuelva a empezar con eso! —estalló irritado el pastor—. ¡Ya he perdido demasiado tiempo con usted! —Arrodillado, miró al hombre de expresión dura y furiosa—. Da igual, cumpliré con mi deber. Rezaré por usted —murmuró.
Inclinó la cabeza, juntó las manos y sus ojos se cerraron. Después adelantó la cabeza, abrió mucho los ojos y gritó de repente, tan alto que Quangel se sobresaltó asustado:
—¡Oh, Señor, Dios mío! ¡Dios todopoderoso, omnisciente, de infinita bondad y justicia, juez del bien y del mal! Un pecador yace ante Ti en el polvo, te ruego que vuelvas Tus ojos misericordiosos hacia este hombre que ha cometido muchos crímenes, que alivies su cuerpo y su alma y perdones con Tu misericordia todos sus pecados…
El pastor arrodillado gritó más alto todavía:
—Acepta el sacrificio de la muerte inocente de Jesucristo, Tu amado hijo, como pago de sus crímenes. Porque él también fue bautizado en el mismo nombre y lavado y purificado con la misma sangre. Sálvalo, pues, del tormento y el suplicio del cuerpo. Acorta sus dolores, sosténlo contra la acusación de la conciencia. Concédele un bienaventurado tránsito a la vida eterna.
El clérigo bajó la voz hasta que solo se oyó un susurro misterioso:
—Envía a Tus santos ángeles para que lo acompañen a la reunión de Tus elegidos en Cristo nuestro Señor.
Y nuevamente en voz muy alta, añadió:
—¡Amén, amén, amén!
Se levantó, volvió a doblar el pañuelo con mucho cuidado y sin mirar a Quangel, preguntó:
—Supongo que será inútil que le pregunte si está dispuesto a tomar la santa comunión.
—Completamente inútil, pastor.
El pastor alargó vacilante su mano hacia Quangel.
Este sacudió la cabeza y colocó sus manos a la espalda.
—Esto también es inútil, pastor —le soltó.
El pastor, sin mirarlo, se dirigió hacia la puerta. Se volvió, lanzó una mirada fugaz a Quangel y dijo:
—Lleve consigo este versículo al patíbulo, Filipenses 1:21: Porque para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia.
La puerta se cerró, se había ido.
Quangel respiró aliviado.