Solo en Berlín
Capítulo 26
HETE DECIDE
El comisario Escherich y sus dos espías de la plaza Alexander se habrían extrañado muchísimo de saber que el pequeño Enno Kluge ni se había imaginado que lo seguían. Desde el instante en que el ayudante Schröder le había puesto por fin en libertad solo había tenido un pensamiento: alejarse de allí cuanto antes y dirigirse a casa de Hete.
Caminaba por las calles y no veía personas, no adivinaba quién estaba detrás de él y a su lado. Tampoco levantaba la vista, solo pensaba: ¡A casa de Hete!
La boca del metro lo engulló. Montó en un vagón y por esa vez se libró del comisario Escherich, de los señores de la plaza Alexander y de toda la Gestapo.
Enno Kluge se había decidido: primero iría a casa de Lotte a recoger sus cosas. Quería presentarse en casa de Hete con su maleta, entonces comprobaría si ella lo quería de verdad, y él le demostraría que quería poner fin a su antigua vida.
Así fue como sus seguidores lo perdieron de vista entre el gentío y la luz mortecina del metro. ¡Ese flaco Enno era en verdad una sombra! Pero si se hubiera dirigido en derechura a casa de Hete —y desde la plaza Alexander podía perfectamente ir andando hasta la puerta König—, ellos no lo habrían perdido y en la pequeña tienda de animales habrían tenido siempre un punto de partida para sus observaciones.
Tuvo suerte con Lotte. No estaba en casa, de modo que empaquetó a toda prisa en la maleta las cuatro cosas que poseía. Resistió incluso la tentación de registrar los objetos de ella para ver si encontraba algo útil que llevarse… no, esta vez tenía que ser diferente. Nunca más debía suceder lo mismo de entonces, cuando se trasladó a la reducida habitación de aquel pequeño hotel, no, esta vez quería cambiar de vida de verdad… si Hete lo aceptaba.
Cuanto más se acercaba a la tienda, más despacio caminaba. Dejaba la maleta en el suelo cada vez con más frecuencia, aunque no pesaba mucho. Se limpiaba el sudor de la frente sin cesar, y eso que tampoco hacía tanto calor.
Cuando llegó ante la tienda, atisbó hacia el interior a través de los brillantes barrotes de las jaulas de pájaros: sí, Hete estaba trabajando. En ese momento atendía a los cuatro o cinco clientes que se encontraban dentro. Situándose junto a ellos, Kluge observó orgulloso pero con el corazón estremecido con qué habilidad despachaba a los clientes, con cuánta cortesía les hablaba.
—Ya no hay mijo indio, señora. Debería saberlo, puesto que la India pertenece al Imperio británico. Pero me queda mijo búlgaro, que es mucho mejor.
E interrumpiendo su tarea, agregó:
—Ah, Enno, es muy amable al venir a echarme una mano. Lo mejor será que deje la maleta en la habitación. Y después haga el favor de traerme del sótano arena para pájaros. También necesito arena para gatos. Y larvas de hormiga…
Y mientras él estaba completamente ocupado con esos y otros menesteres, pensaba: me ha visto enseguida, y se ha dado cuenta en el acto de que traía una maleta. Que me permita dejarla en la habitación es una buena señal. Pero seguro que antes me interrogará, es muy meticulosa. Ya le contaré cualquier historia.
Y ese hombre que rondaba los cincuenta, ese trasnochador, holgazán y mujeriego rezaba como un niño de escuela: ¡Por favor, Dios mío, haz que tenga suerte otra vez, solo esta vez! Te prometo que quiero comenzar una nueva vida, haz que Hete me acoja.
Tal era su plegaria, su súplica. Y al mismo tiempo deseaba que todavía quedase mucho tiempo hasta el cierre de la tienda, hasta esa entrevista detallada y su confesión, porque era obvio que algo tenía que contar a Hete. ¡Cómo si no iba a hacerle comprender por qué se había presentado allí con armas y bagajes, y encima con unas armas y bagajes tan escasos! Él siempre se había dado aires de grandeza.
Y llegó el momento. La puerta de la tienda llevaba mucho tiempo cerrada, después costó otra hora y media proveer a todos sus moradores de agua fresca y comida y ordenar la tienda. Ahora estaban sentados a la mesa frente a frente, habían comido, charlado un poco, rehuyendo siempre con temor el tema principal, y de repente esa mujer fofa, marchita, levantó la cabeza y preguntó:
—Bueno, Hans, ¿qué sucede? ¿Qué te ha ocurrido?
Apenas pronunció esas palabras en un tono de preocupación muy maternal, las lágrimas de Enno comenzaron a fluir; primero despacio, y después cada vez más abundantes se derramaban por su rostro flaco, incoloro, cuya nariz parecía volverse más puntiaguda cada vez.
—¡Ay, Hete, ya no puedo más! ¡Es demasiado terrible! Me ha interrogado la Gestapo… —gimió.
Y en medio de ruidosos sollozos ocultó la cabeza junto a su generoso pecho maternal.
Al oír estas palabras la señora Hete Häberle enderezó la cabeza, y un brillo duro asomó a sus ojos, su nuca se tensó y preguntó casi con brusquedad:
—¿Y qué querían de ti?
El insignificante Enno Kluge —con seguridad de sonámbulo había acertado con sus palabras. Con ninguna de sus otras historias para implorar su compasión o su amor habría tenido tanto éxito como con la palabra Gestapo. Porque la viuda Hete Häberle odiaba el desorden, y jamás habría aceptado en su casa ni en sus brazos maternales a un hombre de mal vivir y vago. Pero la palabra Gestapo le franqueó todas las puertas de su corazón maternal, un perseguido por la Gestapo podía contar de antemano con su compasión y su ayuda.
Porque a su primer marido, un modesto funcionario comunista, se lo había llevado la Gestapo en 1934 a un campo de concentración, y ella nunca más había vuelto a ver ni oír nada de él, excepto un paquete que contenía algunos de sus efectos personales, rotos y sucios. Encima estaba el certificado de defunción, emitido por el Registro Civil II, Oranienburg, causa de la muerte: pulmonía. Pero ella había sabido más tarde por otros prisioneros que habían sido puestos en libertad lo que entendían por pulmonía en Oranienburg y en el cercano campo de concentración de Sachsenhausen.
Y ahora volvía a tener a un hombre en sus brazos, un hombre por el que antes ya había sentido simpatía debido a su carácter tímido, adaptable, necesitado de cariño, otro perseguido por la Gestapo.
—Tranquilízate, Hans —lo serenó consoladora—. Cuéntamelo todo. ¡Cualquier perseguido por la Gestapo puede contar con todo mi apoyo!
Estas palabras fueron un bálsamo para los oídos de Enno Kluge, y no habría sido un experto en mujeres si no hubiera aprovechado su oportunidad. Lo que refirió entre abundantes sollozos y lágrimas fue desde luego una extraña mezcla de verdades y mentiras: incluso logró meter de contrabando en sus últimas aventuras la paliza que le había propinado el Persicke de las SS.
Pero para Hete Häberle el odio a la Gestapo ocultaba cualquier asomo de inverosimilitud que pudiera encerrar esa narración. Su amor comenzó ya a tejer un esplendor brillante en torno al inútil que tenía junto a su pecho y dijo:
—Así que firmaste la declaración para encubrir al autor. Hans, has sido muy valiente, te admiro. De diez hombres, apenas uno se habría atrevido a tanto. Ya sabes que si te pillan, lo pasarás mal, porque está más claro que el agua que con ese expediente te tienen cogido en la trampa para siempre.
Él dijo, ya más animado:
—Oh, si cuento con tu apoyo no me pillarán jamás.
Ella sacudió la cabeza con suavidad mientras reflexionaba.
—No comprendo por qué han vuelto a soltarte. —De pronto se le ocurrió una idea terrible—: Ay, Dios mío, ¿y si te han seguido, y si solo quisieran saber adónde vas?
—No lo creo, Hete —negó sacudiendo la cabeza—. He estado primero en… bueno, he estado primero en otro sitio, recogiendo mis cosas. Si alguien me hubiera seguido, me habría dado cuenta. Además, ¿para qué? En ese caso no me habrían soltado.
Pero ella ya tenía preparada la respuesta.
—Ellos creen que conoces al autor de las postales y que los pondrás sobre su pista. Y a lo mejor lo conoces de verdad y depositaste allí la postal. ¡Pero no quiero saberlo, no debes decírmelo jamás! —Inclinándose hacia él, susurró—: Voy a salir una media hora, Hans, y observaré la casa para averiguar si hay algún espía cerca. ¿Verdad que te quedarás en este cuarto muy quietecito?
Kluge le aseguró que su intento era completamente inútil, que nadie lo había seguido, seguro que no.
Pero ella tenía un recuerdo demasiado espantoso de cómo un día habían sacado a un hombre de su vivienda y, en consecuencia, de su vida. No soportaba la inquietud, tenía que levantarse y salir a ver.
Y mientras rodeaba despacio el bloque —se ha llevado también a Blacky, un precioso scottish terrier, atado a una correa y gracias al can ese paseo vespertino parece completamente inofensivo—, mientras camina despacio de arriba abajo por la seguridad de él, en apariencia solo ocupada con el perro, pero con ojos y oídos siempre vigilantes… Enno, con manos cuidadosas, efectúa un apresurado primer inventario de su habitación. Es por fuerza muy superficial, además casi todos los muebles están cerrados con llave. Pero ya ese primer examen le revela que en toda su vida ha tenido una mujer así, ¡una mujer con cuenta en un banco, e incluso con una cuenta de cheques postales con su nombre impreso en todos los formularios!
Y Enno Kluge decide comenzar de veras una nueva vida, portarse siempre con corrección en esa vivienda y no incautarse de nada que su dueña no le dé voluntariamente.
Esta regresa y dice:
—No, no he observado nada raro. Pero a lo mejor te han visto entrar aquí y no regresan hasta mañana temprano. Volveré a salir mañana, pondré el despertador a las seis.
—No es necesario, Hete —insiste él—. Seguro que no me ha seguido nadie.
Después ella le prepara la cama en el sofá, y se acuesta en su cama. Pero deja abierta la puerta entre ambas habitaciones y lo escucha dar vueltas de un lado a otro, gemir y removerse inquieto hasta que al fin se queda dormido. Después, ella acaba adormilándose, pero vuelve a despertarse al oír su llanto. Esté dormido o despierto, llora. Hete percibe claramente su rostro en la oscuridad, ese rostro que pese a sus cincuenta años aún tiene rasgos infantiles… quizá el mentón débil y la boca de labios llenos, muy rojos.
Durante un rato escucha en silencio ese llanto, que continúa sin queja a través de la noche, como si la propia noche se afligiera por la cantidad de penas que existen en el mundo.
Entonces la señora Häberle se decide, se levanta y llega a tientas hasta el sofá.
—No llores, Hans. Estás seguro, estás conmigo. Tu Hete te ayudará…
Le habla con voz consoladora, y cuando a pesar de todo no cesa su llanto, se inclina sobre él, desliza su brazo debajo de sus hombros y conduce al plañidero hasta su lecho, donde lo toma entre sus brazos, estrechándolo contra su pecho…
Una mujer madura, un hombre maduro, tan necesitado de cariño como un niño, un poco de consuelo, un poco de pasión, un pequeño nimbo alrededor de la cabeza del amado… ni siquiera a Hete se le ocurre explicarse cómo ese ser inconsistente, lloriqueante, encaja en el papel de luchador y héroe.
—Ahora todo va bien, ¿verdad, Hans?
Pero no, esa sencilla pregunta hace fluir de nuevo el torrente de lágrimas que se acababa de secar, él se estremece entre los brazos femeninos.
—¿Pero qué te sucede, Hans? ¿Tienes otras preocupaciones de las que no me has hablado?
Ese es el momento para el que lleva trabajando desde hace horas ese viejo cazador de mujeres, porque ha tomado la decisión de que es demasiado peligroso, amén de imposible a la larga, silenciar su verdadero nombre y su matrimonio. Puesto ya a confesar, pues bien, confesará también eso, ella lo aceptará, no lo querrá menos por eso. No lo pondrá de patitas en la calle justo ahora que acaba de tomarlo entre sus brazos.
Ella ha preguntado a su Hans si tiene otras preocupaciones de las que no le ha hablado. Este, llorando desesperado, confiesa que no se llama Hans Enno, sino Enno Kluge, que es un hombre casado, con dos hijos mayores. Sí, es un canalla, ha querido mentirla y engañarla, pero ya no tiene valor para hacerlo después de lo bien que se ha portado con él.
Como siempre, su confesión es parcial, una verdad a medias mezclada con abundantes mentiras. Dibuja el retrato de su mujer, una nazi dura y malvada, funcionaria de Correos, que se niega a admitir en casa a su marido porque se opone a ingresar en el Partido. Esa mujer, que obligó a su hijo mayor a ingresar en las SS… e informa de las crueldades del pequeño Karl. Proyecta una imagen de ese matrimonio malo, desigual, de un marido tranquilo, paciente, que lo soporta todo y una mujer malvada, ambiciosa, nazi. Ellos no pueden vivir juntos, tienen que odiarse mutuamente. ¡Y ahora ella lo ha echado de casa! Así que él ha mentido a su Hete, por cobardía, porque la ama demasiado, porque no quería causarle ningún dolor.
Pero ahora se ha liberado. No, ya no llorará más. Se levantará, recogerá sus cosas y se irá de su lado… saldrá a ese mundo cruel. Ya se ocultará de la Gestapo en algún lugar, y si a pesar de todo lo atrapan, tampoco importa mucho. ¡Y menos ahora que ha perdido el amor de Hete, la única mujer que ha amado de verdad en el mundo!
Sí, el tal Enno Kluge es un viejo y muy experto seductor de mujeres. Sabe cómo hay que manejarlas: con amor y mentiras, todo en uno. Solo tiene que haber algo de verdad entremedias, ella solo tiene que creer un poco de todo lo que le cuenta, y sobre todo hay que mantener las lágrimas y el desamparo siempre a punto…
Esta vez Hete ha escuchado su confesión con verdadero sobresalto. ¿Por qué le ha mentido así? ¡Si cuando se conocieron no había motivo alguno para tales mentiras! ¿Es que él ya tenía por entonces pretensiones con ella? Pero en ese caso solo pueden haber sido malas pretensiones si motivaron semejantes mentiras.
Su instinto le dice que tiene que dejarlo, que un hombre capaz de engañar desde el principio a una mujer con semejante falta de escrúpulos también estará dispuesto a mentirle más tarde. Y ella es incapaz de vivir con un mentiroso. Llevó siempre una existencia limpia con su primer marido, y el par de pequeñas historias que hubo desde su muerte, eso, en una mujer con experiencia, mueve a risa.
No, lo dejaría marchar… si con ello no lo empujase a los brazos del enemigo, la odiada Gestapo. Porque está convencida de que lo hará si le dice que se marche. Se toma en serio esa persecución de la Gestapo desde que se la contó por la noche. Ni siquiera se le ocurre dudar de su veracidad, a pesar de que acaba de comprobar que es un mentiroso.
Y además está esa mujer… No es posible que todo lo que le ha contado sea mentira. No hay nadie capaz de inventarse algo así, tiene que haber algo de verdad en ello. Ella cree conocer al hombre que tiene al lado, una criatura débil, un niño, en realidad bueno: se le puede dirigir con un par de palabras amables. Pero esa mujer dura, ambiciosa, esa nazi ansiosa por ascender en el Partido, es lógico que considere una nulidad a un hombre así, un hombre que odia al Partido, que quizá trabaja en secreto contra él, un hombre que se niega a ingresar en el Partido.
¿Puede echarlo de nuevo en brazos de esa mujer? ¿En brazos de la Gestapo?
No puede, y tampoco debe.
Se enciende la luz. Él ya está de pie al lado de su cama, con una camisita azul demasiado corta, lágrimas silenciosas recorren su cara pálida. Inclinándose sobre ella, susurra:
—Adiós, Hete. Has sido demasiado buena conmigo, pero no lo merezco, soy una mala persona. Adiós. Me marcho…
Ella lo sujeta.
—No, te quedas conmigo —musita—. Te lo he prometido y cumpliré mi promesa. No, no digas nada. Ahora, por favor, vuelve al sofá e intenta dormir un poco. Pensaré el modo de arreglar todo de la mejor manera posible.
Él menea lenta y tristemente la cabeza.
—Eres demasiado buena para mí, Hete. Haré todo lo que digas, pero de verdad, Hete, es mejor que me dejes marchar.
Mas no se marcha. Se deja convencer para quedarse, faltaría más. Ella pensará y lo arreglará todo. Y por supuesto, también con sigue que el destierro al sofá se revoque y regrese a la cama con ella. Rodeado enteramente por su calor maternal, se queda dormido enseguida, esta vez sin llantos.
Ella, sin embargo, yace despierta mucho tiempo. A decir verdad, toda la noche. Escucha la respiración de él, es hermoso volver a escuchar a un hombre respirar a su lado, tenerlo tan cerca en el lecho. Ha estado tanto tiempo sola… Ahora vuelve a tener a alguien a quien cuidar. Su vida ya no estará vacía de contenido. Oh, sí, él acaso le ocasione más preocupaciones de lo razonable. Pero esas preocupaciones, causadas por la persona a la que se ama, son buenas.
Hete decide ser fuerte por los dos. Decide protegerlo de todos los peligros que lo amenazan procedentes de la Gestapo. Hete decide educarlo y convertirlo en un hombre sincero. Hete decide rescatar a su Hans, ay, no, ahora se llama Enno… Hete decide rescatar a Enno de esa otra mujer, la nazi. Hete decide traer orden y limpieza a ese ser que ahora yace junto a ella.
Pero Hete no tiene ni idea de que ese hombre débil que tiene a su lado será lo bastante fuerte para traer a su vida desorden, sufrimiento, reproches, lágrimas, peligro. Hete no tiene ni idea de que toda su fuerza se ha convertido en nada en el mismo momento en que ha decidido mantener a su lado a Enno Kluge y defenderlo contra el mundo entero. Hete no tiene ni idea de que su persona y el pequeño reino que se ha construido corren el mayor de los peligros.