Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 12 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 12

ENNO Y EMIL DESPUÉS DEL SHOCK

 

El menudo Enno Kluge ha salido mucho peor librado que su «colega» Emil Barkhausen, al que tras los sucesos de esa noche una mujer, fuera esta lo que fuese, ha metido en la cama, aunque inmediatamente después le haya robado. El endeble apostador también ha recibido muchos más golpes que el alto y huesudo espía ocasional. No, a Enno le han jugado una muy mala pasada.

Y mientras camina por las calles buscando, muerto de miedo, a su Tutti, Barkhausen se levanta de la cama, busca algo de comida en la cocina y se harta de comer, huraño y meditabundo. Luego descubre en el ropero una cajetilla de cigarrillos, enciende uno, se guarda la cajetilla en el bolsillo y vuelve a sentarse pensativo a la mesa, la cabeza apoyada en la mano.

Así lo encuentra su Otti cuando termina de hacer los recados. Como es natural repara de inmediato en que ha comido, sabe también que cuando ella se fue, él no llevaba cigarrillos en el bolsillo y descubre en el acto el robo de su ropero. Al momento provoca un altercado, pese a lo asustada que está.

—¡Sí, señor, eso me gusta, un tipo que se come mi comida y me roba mis cigarrillos! ¡Pues ya estás devolviéndomelos, dámelos ahora mismo! ¡O págamelos! ¡Suelta la pasta, Emil!

Ella espera, tensa, su respuesta, pero está bastante segura de lo que hace. Casi se ha gastado ya los cuarenta y ocho marcos, la verdad es que él ya no puede hacer mucho más.

Y por su respuesta, tan airada, se da cuenta de que el hombre no sabe nada del dinero. Se siente muy superior a ese cretino, lo ha desplumado y el muy majadero ni siquiera se ha dado cuenta.

—¡Cierra el pico! —se limita a gruñir Barkhausen sin levantar la cabeza—. ¡Y lárgate de la habitación o te parto a golpes todos los huesos del cuerpo!

Desde la puerta de la cocina, y simplemente porque siempre tiene que decir la última palabra y por lo superior que se siente (aunque ahora también le da miedo), la mujer grita:

—¡Más vale que cuides tú de que las SS no te rompan a ti todos los huesos! ¡Te ha faltado poco!

Y dicho esto, entra en la cocina y desahoga su enfado por ese destierro con los críos.

El hombre, no obstante, sigue sentado en el salón, cavilando. No recuerda mucho de los sucesos de esa noche, pero con lo poco que sabe le basta y le sobra. Y piensa en que allí arriba está el piso de la Rosenthal, con toda seguridad desvalijado ya por los Persicke, y él habría podido llevarse un montón de cosas. ¡Pero lo ha fastidiado todo con su propia cogorza!

No, la culpa fue de Enno, fue Enno el que empezó con el aguardiente, Enno se emborrachó desde el principio. Sin Enno él tendría ahora un montón de cosas, lencería y trajes; también recuerda vagamente un aparato de radio. Si tuviera ahora aquí a Enno, le rompería los huesos a ese cobarde debilucho que le ha chafado el negocio.

Sin embargo, un instante después Barkhausen vuelve a encogerse de hombros. A fin de cuentas, ¿quién es el tal Enno? Una garrapata cobarde que vive de chupar la sangre a las mujeres. ¡No, el verdadero culpable es Baldur Persicke! Desde el primer momento ese granuja, ese dirigente en ciernes de las Juventudes Hitlerianas tuvo la intención de embaucarlo. ¡Todo fue preparado para conseguir un culpable y adueñarse del botín sin recibir castigo! ¡Eso lo maquinó muy bien esa serpiente venenosa de gafas de cristales relucientes! ¡Mira que engañarlo de ese modo, maldito mocoso!

Barkhausen no acaba de entender por qué no está en una celda de la Gestapo en la plaza Alexander, sino en su salón. Esos han debido sufrir algún contratiempo. Recuerda de forma muy vaga dos figuras, pero en su aturdimiento no acertó a comprender quiénes eran y qué hacían allí, y ahora sí que lo ignora por completo.

Solo sabe una cosa: que jamás perdonará a Baldur Persicke. Por mucho que ascienda en la escala de simpatías del Partido, Barkhausen permanecerá atento. Barkhausen puede esperar. Barkhausen no olvida. ¡Menudo granuja… pero algún día se las pagará, cuando esté hundido en el fango! Mucho más hundido que Barkhausen, y jamás volverá a levantarse. ¿Traicionar a un colega? ¡No, eso no se perdona ni se olvida jamás! Los bonitos objetos de la vivienda de la Rosenthal, maletas y cajas y radio, ¡todo eso habría podido ser suyo!

Barkhausen continúa con sus cavilaciones, siempre las mismas, y entretanto coge a escondidas el espejo de mano de plata de Otti, último recuerdo de un cliente generoso, y contempla y palpa su cara.

Mientras, también el menudo Enno Kluge ha descubierto en el espejo de una tienda de modas el aspecto de su rostro. Eso lo ha asustado aún más, haciéndole perder la cabeza por completo. No se atreve a mirar a nadie, pero presiente que todos lo miran. Desaparece por calles laterales, la búsqueda de Tutti se torna cada vez más disparatada, ya no sabe dónde vivía ella, pero tampoco dónde se encuentra ahora él mismo. A pesar de todo entra en cada oscuro portal abierto y en los patios traseros levanta la vista hacia las ventanas. Tutti… Tutti…

A cada minuto que pasa oscurece más deprisa, y necesita encontrar alojamiento antes de la noche o lo detendrá la policía, y cuando vean en qué estado se encuentra, le harán picadillo hasta que lo confiese todo. Y si cuenta lo de los Persicke, y con su miedo seguro que se irá de la lengua, los Persicke lo matarán a golpes.

Camina sin rumbo cada vez más lejos, cada vez más lejos…

Hasta que ya no puede más. Se sienta en un banco y se acurruca, incapaz de seguir andando y de trazar algún plan. Al fin comienza a registrar sus bolsillos con gesto mecánico en busca de algo que fumar; un cigarrillo volvería a animarlo.

No encuentra cigarrillos en sus bolsillos, pero sí algo que seguro que no esperaba: dinero. Cuarenta y seis marcos. La señora Gesch habría podido comunicarle hace horas que tenía dinero en el bolsillo, habría aumentado la seguridad de ese hombre menudo, atemorizado en su búsqueda de un lugar donde cobijarse. Pero claro, la señora Gesch no ha querido revelar que le ha registrado los bolsillos mientras dormía. La señora Gesch es una mujer decente, ella —aunque tras una breve reflexión— le devolvió el dinero. Si se lo hubiera encontrado a su Gustav, se lo habría quedado, pero a un hombre ajeno, no, ¡ella no es así! La señora Gesch había cogido tres marcos de los cuarenta y nueve que había encontrado. Pero eso no era un robo, sino el pago por la comida que le había dado a Kluge. También le habría dado de comer sin dinero, pero ¿cómo iba a dar de comer de balde a un extraño con dinero? Ella tampoco era así.

En cualquier caso, los cuarenta y seis marcos reconfortan sobremanera al atemorizado Enno Kluge, porque ahora sabe que en cualquier momento puede pagar un alojamiento nocturno. También su memoria comienza a funcionar de nuevo. Aunque sigue sin acordarse del domicilio de Tutti, de pronto recuerda que la conoció en un pequeño café que ella suele frecuentar. A lo mejor allí conocen su domicilio.

Se levanta, reanuda la marcha. Se orienta para averiguar dónde se encuentra y al divisar un tranvía que lo dejará cerca de su destino, se atreve a subir a la oscura plataforma delantera del primer vagón. Está tan oscura y repleta que nadie se fijará mucho en su cara. Después entra en el café. No, no quiere tomar nada, se encamina en el acto al mostrador y pregunta a la camarera si sabe dónde está Tutti, o si Tutti sigue yendo por allí.

La camarera pregunta con voz dura, estridente, audible en todo el local, a qué Tutti se refiere. ¡Hay un montón de Tuttis en Berlín!

El hombrecillo, pusilánime, pregunta con timidez:

—Pues a la Tutti que siempre venía por aquí. Una de pelo oscuro, algo gorda…

¡Ah, se refería a esa! ¡Pues no, allí ya no querían saber nada de esa Tutti! ¡Que no se atreviera a volver por allí! ¡De esa no querían oír ni una palabra!

Y tras esta información, la mujer se aparta enfadada de Enno. Kluge murmura unas palabras de disculpa y se apresura a abandonar el local. Se detiene, indeciso, en la calle nocturna pensando qué hacer, cuando sale del café otro señor, un hombre de cierta edad que a Enno le parece bastante desharrapado. Ese hombre se dirige vacilante hacia Enno, luego cobra ánimos, se quita el sombrero y pregunta si es el caballero que hace un momento ha preguntado en el café por una tal Tutti.

—Quizá —responde Enno, cauteloso, y que por qué lo pregunta.

—Por nada en especial. Es que yo podría decirle dónde vive. Y también conducirlo hasta su casa, aunque a cambio tendría que hacerme un pequeño favor.

—¿Cuál? —pregunta Enno más cauteloso aún—. No sé qué favor puedo hacerle. No lo conozco de nada.

—Bah, acabemos de una vez —exclama el hombre avejentado—. Si vamos en esta dirección, no daremos ningún rodeo. Lo cierto es que Tutti tiene una maleta con cosas mías. A lo mejor mañana por la mañana temprano puede sacarme la maleta rápidamente mientras Tutti duerme o sale a algún recado. ¿Qué le parece?

El hombre mayor parece dar por sentado que Enno pasará la noche en casa de Tutti.

—No —contesta Enno—. No lo haré. Yo no me meto en esos líos, lo siento.

—Pero puedo revelarle el contenido de la maleta con exactitud. ¡Le aseguro que es mía!

—Entonces ¿por qué no se la pide a la propia Tutti?

—Si habla así —contesta el hombre, ofendido— es que no conoce a Tutti. ¡Tendría que saber la clase de mujer que es! ¡No tiene precisamente pelos en la lengua, es más, tiene la lengua cubierta de cerdas de erizo! ¡Muerde y escupe como un babuino…! ¡Precisamente por eso la llaman así!

Y mientras el viejo pergeña esa amable descripción de Tutti, Enno Kluge cae en la cuenta, asustado, de que Tutti es realmente así y que la última vez él desapareció con su monedero y sus cartillas de racionamiento. La verdad es que cuando se enfurece, Tutti muerde y escupe como un babuino, y con toda seguridad descargará toda su furia sobre Enno en cuanto llegue. El cobijo nocturno en su casa que se figuraba era eso, figuraciones suyas…

Y de pronto, sin pensárselo dos veces, Enno Kluge decide cambiar de vida desde ese preciso instante: se acabaron las historias de mujeres, los pequeños hurtos y también las apuestas. Lleva cuarenta y seis marcos en el bolsillo, que le permitirán vivir hasta el próximo día de paga. Mañana se regalará un día de indulgencia, por lo quebrantado que está, y pasado comenzará de nuevo a trabajar como es debido. Ya verán ellos lo productivo que les resulta, seguro que no vuelven a enviarlo al frente. La verdad es que tras los acontecimientos vividos en las últimas veinticuatro horas no puede arriesgarse a un recibimiento de babuino en casa de Tutti.

—Sí —reconoce Enno Kluge, meditabundo, al hombre entrado en años—. Eso es cierto: Tutti es así. Y por eso acabo de decidir no ir a verla. Pasaré la noche en ese hotelito de ahí. Buenas noches, señor, lo siento, pero…

Y dicho esto se marcha precavido con sus huesos doloridos y, pese a su aspecto maltrecho y a su total carencia de equipaje, consigue a fuerza de ruegos que el criado harapiento le deje una cama por tres marcos. Se mete en la cama de ese agujero oscuro y maloliente, cuyas sábanas han servido ya a muchos antes que él; se estira y se dice: A partir de ahora viviré de otra manera. He sido un asqueroso canalla, sobre todo con Eva, pero desde este mismo instante cambiaré. Me han dado una paliza con razón, pero a partir de ahora cambiaré…

Yace muy silencioso en la cama estrecha, las manos, como quien dice, junto a la costura del pantalón, con la vista clavada en el techo. Tirita de frío, de agotamiento, de dolor. Pero no lo nota. Piensa en el obrero respetado y apreciado que era antes, y en el tipejo andrajoso al que todos desprecian que es ahora. No, a él los golpes lo han ayudado, pero ahora todo cambiará. E imaginando ese cambio se queda dormido.

A esa hora también duermen los Persicke, y la señora Gesch y la señora Kluge, y el matrimonio Barkhausen; este ha autorizado sin palabras a Otti a meterse con él en la cama.

La señora Rosenthal duerme asustada, respirando pesadamente. También la pequeña Trudel Baumann duerme. Por la tarde ha logrado cuchichear a uno de sus conjurados que tiene que comunicarle algo sin falta y que todos ellos tienen que encontrarse la tarde siguiente en el Elíseo, con la mayor discreción posible. Tiene miedo porque tendrá que confesar su indiscreción, pero ahora duerme.

La señora Anna Quangel yace en la cama a oscuras, mientras su marido, como siempre a esa hora de la noche, está en el taller, siguiendo con suma atención el proceso de trabajo. No lo han llamado para ocupar la dirección técnica para la mejora de la fabricación. ¡Mejor!

Anna Quangel, que yace en la cama incapaz de conciliar el sueño, sigue considerando a su marido un ser frío y sin corazón. Cómo recibió la noticia de la muerte de Otto, cómo echó de casa a la pobre Trudel y a la señora Rosenthal: frío, insensible, un hombre que únicamente piensa en sí mismo. Nunca podrá volver a quererlo como antes, cuando pensaba que al menos él sentía cierto cariño por ella. Eso ya lo ha comprobado. Solo ofendido por el comentario pronunciado tan a la ligera «tú y tu Führer», solo agraviado. Pues descuida, que no volverá a ofenderlo, ni hablará con él tan fácilmente. Hoy no han cruzado ni una palabra entre ellos, ni siquiera se han dado los buenos días.

Fromm, el juez retirado del Tribunal Cameral, permanece en vela y, como siempre, se mantiene así durante la noche. Escribe con su pequeña y pulcra caligrafía una carta cuyo encabezamiento reza: «Estimado letrado del Reich…».

Debajo de la lámpara de mesa lo aguarda, abierto, su Plutarco.