Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 6 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 6

OTTO QUANGEL PIERDE SU CARGO

 

El taller de la fábrica de muebles que dirigía Otto Quangel en calidad de jefe de taller contaba con unos ochenta trabajadores y trabajadoras, y hasta el estallido de la guerra solo había fabricado piezas únicas según diseño, mientras que el resto de los departamentos de la fábrica ya solo producía muebles en serie. Cuando comenzó la contienda, reorganizaron la empresa para dedicarla a la fabricación de efectos para el Ejército, y al taller de Quangel le asignaron la tarea de fabricar determinadas cajas, muy pesadas y grandes, que, según se decía, servían para transportar bombas.

Por lo que se refería a Otto Quangel, a él le daba completamente igual el uso que se diera a las cajas; consideraba su nueva labor trivial, indigna de él y desdeñable. Él era un verdadero ebanista, al que las vetas de la madera, la fabricación de un hermoso armario tallado, llenaban de honda satisfacción. Ese trabajo le había proporcionado mucha felicidad, toda la que puede sentir un hombre de carácter tan frío. Ahora lo habían convertido en un mero capataz y vigilante cuya única misión consistía en velar para que su taller cumpliese el cupo asignado y a ser posible lo superase. Pero según su estilo, nunca había dicho una palabra sobre esos sentimientos, y su rostro duro, parecido al de un pájaro, jamás había dejado traslucir el desprecio que le inspiraba ese lamentable trabajo de madera de picea. Si alguien lo hubiera observado con más atención, habría reparado en que ahora el poco hablador Quangel ya no hablaba nada y que ese sistema de trabajo a destajo le inducía más bien a no detenerse en los detalles.

Pero ¿quién iba a fijarse en un hombre tan seco y tan hermético como Otto Quangel? Durante toda su vida parecía haber sido una mula de carga sin ningún otro interés salvo cumplir con su cometido. Jamás había tenido allí amigos, nunca había dirigido una palabra amable a nadie. ¡Trabajar, trabajar, daba lo mismo personas que máquinas con tal de que hicieran su trabajo!

No obstante, debía reconocerse que, a pesar de que controlaba el taller y tenía que espolear a los trabajadores, gozaba de no escasas simpatías. Jamás regañaba, jamás denunció a nadie ante los de arriba. Cuando creía que el trabajo no progresaba como es debido en algún sitio, iba allí y, sin decir palabra, eliminaba con sus manos hábiles el impedimento. O se situaba junto a los chismosos y, sin apartar sus ojos oscuros de los charlatanes, permanecía a su lado hasta que se les pasaban las ganas de seguir hablando. Difundía continuamente a su alrededor una sensación de frialdad. En las breves pausas para el descanso, los obreros intentaban sentarse lo más lejos posible de él, por lo que disfrutaba del respeto que le tributaban con naturalidad absoluta, un respeto que cualquier otra persona no habría conseguido por mucho que hablase y estimulase.

La dirección de la fábrica también conocía la valía de Otto Quangel. Su taller obtenía siempre los rendimientos más elevados, nunca tenía problemas con la gente y Quangel era dócil. De haberse decidido a ingresar en el Partido, habría ascendido tiempo atrás. Pero siempre rechazó esa posibilidad.

—No me sobra dinero para esas cosas —aducía—. Necesito hasta el último marco que gano, tengo una familia que alimentar.

Se reían en secreto de lo que denominaban su inmunda avaricia. El tal Quangel parecía morirse de pena por cada céntimo que tenía que donar para una colecta. No le pasaba por la cabeza que ingresando en el Partido aumentaría mucho más su sueldo que el desembolso que supondría pagar la cuota del Partido. En suma, que desde el punto de vista político, este eficiente jefe de taller era un caso desesperado, por lo que tampoco tenían inconveniente en mantenerlo en ese pequeño puesto dirigente a pesar de no ser miembro del Partido.

La verdad es que no era la avaricia de Otto Quangel la que le impedía afiliarse. Sin duda, era muy meticuloso en asuntos económicos y al cabo de semanas aún era capaz de enfadarse por unos céntimos gastados de manera irreflexiva. Pero precisamente porque era meticuloso consigo mismo lo era también con los demás, y el Partido no le parecía precisamente meticuloso a la hora de poner en práctica sus principios. Lo que había visto en la educación de su hijo en la escuela y en las Juventudes Hitlerianas, lo que había oído decir a Anna, lo que él mismo había presenciado de que todos los puestos bien pagados de la fábrica eran cubiertos por miembros del Partido, ante los que tenían siempre que ceder los que no pertenecían a él aunque fueran más eficaces, todo eso fortalecía su convicción de que el Partido no era meticuloso, o lo que es lo mismo, no era justo, de manera que no quería tener nada que ver con algo así.

Por eso lo había mortificado tanto la frase que Anna había pronunciado esa mañana, «tú y tu Führer». Sin duda, hasta entonces había creído en la voluntad honrada del Führer, en su grandeza y en sus buenas intenciones. Bastaría con alejar de su entorno a todos esos moscones y aprovechados que solo se interesaban por amasar dinero y vivir a cuerpo de rey para que todo mejorase. Pero hasta que llegase ese momento, él no colaboraría, desde luego que no, y eso lo sabía de sobra Anna, la única con la que hablaba de verdad. En fin, la suya había sido una reacción acalorada, Quangel lo olvidaría con el tiempo, nunca le guardaría rencor.

Todavía tenía que reflexionar detenidamente sobre todo lo relativo al Führer y a esa guerra. Pero eso era un proceso lento en su interior. A otros las experiencias inesperadas les impresionaban en el acto y empezaban a hablar o a gritar y hacían cualquier cosa; en él el efecto duraba mucho, mucho tiempo.

Y sumergido en el ajetreo y estruendo de su taller, la cabeza algo levantada y dejando vagar despacio la vista por la cepilladora y por la sierra de cinta, por los que clavetean, perforan y cargan tablas, se da cuenta de cómo la noticia de la muerte de Otto y sobre todo el comportamiento de Anna y Trudel cada vez surten más efecto en su interior. En realidad no está reflexionando, más bien sabe perfectamente que ese chapucero, el carpintero Dollfuss, ha abandonado el taller hace siete minutos y en su fila el trabajo se retrasa porque siempre tiene que fumarse un cigarrillo en la puerta de salida o enzarzarse en peroratas. Le dará tres minutos más, después lo hará volver, ¡él en persona!

Mientras, sus ojos se deslizan por la manecilla del reloj de pared y comprueba que en efecto dentro de tres minutos hará diez que Dollfuss se ha escaqueado, le viene a la cabeza ese odioso cartel encima de la cabeza de Trudel, y reflexiona en lo que es crimen de alta traición y sedición y dónde se entera uno de lo que eso supone; también piensa que en el bolsillo de la chaqueta lleva la carta que le ha entregado el portero en la que se ordena sin más preámbulos al jefe de taller Quangel que se presente a las cinco en punto en la cantina del personal administrativo.

No es que esa carta lo haya alterado o molestado. Antes, cuando todavía se dedicaban a la fabricación de muebles, tenía que acudir con frecuencia a dirección para tratar sobre la fabricación de un mueble. La cantina del personal administrativo es algo nuevo, pero eso le da igual. Lo que le preocupa es que faltan únicamente seis minutos para las cinco, y para entonces querría tener al carpintero Dollfuss en su sierra. Así que sale a buscarlo un minuto antes de lo previsto.

Pero no lo encuentra: ni en los retretes, ni en los pasillos, ni en los talleres contiguos, y cuando regresa al taller el reloj marca las cinco menos un minuto, y ya va siendo hora de salir, si no desea ser impuntual. Se sacude deprisa de la chaqueta el serrín más grueso y luego cruza presuroso hacia el edificio de Administración, en cuya planta baja se ubica la cantina del personal administrativo.

Esta evidentemente ha sido preparada para una conferencia, han instalado una tribuna de oradores, una larga mesa para los jefes y toda la sala está llena de hileras de sillas. Él conoce esas cosas por las reuniones en el Frente del Trabajo, en las que ha tenido que participar con frecuencia, solo que estas reuniones se celebraban siempre enfrente, en la cantina de los obreros. La única diferencia es que allí había bancos toscos de madera en lugar de las sillas de mimbre de aquí, y además, la mayoría vestía ropa de trabajo, mientras que aquí se ven sobre todo uniformes pardos y grises, entre los que se difuminan los empleados vestidos de civil.

Quangel se ha sentado en una silla muy próxima a la puerta para poder regresar cuanto antes a su taller apenas finalice el discurso. La sala ya está muy llena cuando llega Quangel, parte de los caballeros ocupan las sillas, otros permanecen en los pasillos y en grupitos junto a la pared, hablando entre ellos.

Todos los que se han congregado allí llevan la cruz gamada. Quangel parece ser el único sin el distintivo del Partido (aparte, lógicamente, de los uniformes de la Wehrmacht, que ostentan las insignias pertinentes). Sin duda lo han invitado por error. Quangel, atento, gira la cabeza de un lado a otro. Reconoce algunas caras. Ese gordo pálido de allí sentado a la mesa de la junta directiva es Schröder, el director general, lo conoce de vista. Y el bajito de nariz afilada con quevedos es el cajero que, sábado tras sábado, le entrega el jornal y con el que ya ha discutido enérgicamente un par de veces por las elevadas retenciones. ¡Qué raro, cuando está en la caja no lleva nunca el emblema del Partido!, piensa Quangel de pasada.

Pero la mayoría de las caras le resultan desconocidas por completo, los de aquí deben de ser casi todos señores de las oficinas. De pronto la mirada de Quangel se vuelve dura y punzante: en un grupo ha descubierto al hombre al que antes ha buscado en vano en el retrete, el carpintero Dollfuss. Pero este, en lugar de la ropa de trabajo, viste un elegante traje de domingo y habla con dos caballeros con uniforme del Partido como si fueran sus iguales. ¡Y ahora el carpintero Dollfuss, ese hombre que ya le ha llamado la atención en el taller por su atolondrada verborrea, luce también la cruz gamada! ¡De modo que es eso!, piensa Quangel. Así que es un espía. Seguramente no es carpintero de verdad ni tampoco se llama Dollfuss. ¿No era Dollfuss un canciller austríaco al que ellos asesinaron? ¡Todo mentira y yo, tonto de mí, sin darme cuenta de nada!

Y empieza a cavilar si Dollfuss estaba ya en su taller cuando fueron sustituidos Ladendorf y Tritsch y todos murmuraban que habían ido a parar a un campo de concentración.

Quangel se pone tenso. ¡Atención!, le advierte una voz en su interior. ¡Estoy aquí sentado entre asesinos, como quien dice! Más tarde se dice: Tampoco me dejaré embaucar por estos camaradas. No soy más que un jefe de taller viejo y mentecato, no entiendo de nada. Pero colaborar, nooo, eso no lo haré. Esta mañana he comprobado el disgusto que se ha llevado Anna y después Trudel; no colaboraré en algo así. No quiero que destruyan a una madre o a una novia por mi causa. Que esta gente me deje fuera de sus asuntos…

Así piensa. Mientras tanto, la sala se ha llenado hasta el último asiento. La mesa presidencial está completamente ocupada por uniformes pardos y chaquetas negras, y en el atril de los oradores un comandante o un coronel (Quangel no ha aprendido a diferenciar los uniformes y los distintivos) habla sobre la situación bélica.

Como es natural, es magnífica, la victoria sobre Francia se celebra como es debido, y solo será cuestión de unas semanas hacer morder el polvo a la misma Inglaterra. Después el orador se va aproximando poco a poco al punto que es importante para él: si en el frente se logran tan grandes éxitos, se espera que también en la patria cumplan con su deber. Lo que sigue a continuación suena casi como si el señor mayor (o coronel o capitán) viniera directamente del cuartel general para comunicar de parte del Führer al personal de la fábrica de muebles Krause & Co. que deben incrementar la producción a toda costa. El Führer espera que en tres meses la fábrica incremente la producción en un cincuenta por ciento, y en medio año la doble. Se aceptarán de buen grado propuestas de la concurrencia para lograr dicho objetivo. Pero quien no colabore, será considerado un saboteador y tratado en consecuencia.

Mientras el orador pronuncia un «Siegheil» por el Führer, Otto Quangel piensa: ¡Son bobos, unos bobos de mierda! Dentro de unas semanas Inglaterra habrá mordido el polvo, la guerra habrá terminado y nosotros incrementaremos en medio año la producción en un cincuenta por ciento. ¿Quién se va a tragar eso?

Sin embargo, corea con los demás como es debido el «Siegheil», vuelve a sentarse y mira al siguiente orador que sube al estrado con el uniforme pardo, el pecho adornado con profusión de medallas, condecoraciones y distintivos. Ese orador del Partido es un tipo de hombre completamente distinto a su predecesor militar. Desde el principio habla con voz dura y cortante de la ideología malsana que reina todavía en las empresas, a pesar de los espléndidos éxitos del Führer y de la Wehrmacht. Habla con tal dureza y un tono tan cortante que comienza a gritar y no se muerde la lengua al referirse a los derrotistas y críticos. ¡Serán exterminados hasta el último de ellos, los machacarán, les hincharán los morros para que nunca vuelvan a abrir la boca! Suum cuique ponía en las hebillas de los cinturones en la Primera Guerra Mundial. ¡A cada uno lo suyo, se lee ahora encima de las puertas de los campos de concentración! Allí se les enseñará lo que es bueno, y quien se encargue de que entren en ellos individuos o mujeres semejantes, habrá prestado un servicio inestimable al pueblo alemán y será un hombre del Führer.

—¡Pero a todos vosotros, los aquí reunidos —vocifera el orador para terminar—, a vosotros, jefes de taller, directores de departamento, gerentes, a vosotros os hago personalmente responsables de que vuestra empresa esté limpia! ¡Y limpieza implica ideas nacionalsocialistas! ¡Solo eso! El que sea flojo y blando y no denuncie, aunque sea una minucia, irá volando al campo de concentración. ¡De eso respondo personalmente, ya seáis directores o maestros de taller, os enderezaré aunque tenga que quitaros del cuerpo la flojera a patada limpia con mis botas!

El orador se detiene un momento, con las manos contraídas de rabia y alzadas, la cara de un rojo azulado. Tras ese estallido, los congregados se sumen en un silencio total, con expresión de enorme consternación, ellos, que de manera tan repentina y directa han pasado a ser espías de sus compañeros. Después, el orador baja del atril con paso marcial haciendo tintinear suavemente las condecoraciones en su pecho y a continuación se levanta el pálido director general Schröder y pregunta con voz suave y tenue si alguien desea pedir la palabra.

La concurrencia suelta un suspiro de alivio, se relaja, como si hubiera finalizado un mal sueño y el día volviera a recuperar sus derechos. Parece que no hay nadie que quiera hablar, todos deben de estar deseando abandonar la sala lo antes posible y cuando el director general se dispone a concluir la reunión con un «Heil Hitler», de improviso al fondo se levanta un hombre con una camisa de trabajo azul y dice que por lo que se refiere al incremento de la producción en su taller, será cosa de coser y cantar. Bastará con montar tal y cual máquina, que enumera y explica cómo han de montarse. Sí, y además habría que echar a seis u ocho personas de su taller, holgazanes e incompetentes. Entonces él lograría en tres meses lo del cien por cien.

Quangel se mantiene frío y tranquilo, ha aceptado el envite. Nota cómo todos lo miran de hito en hito, él es un sencillo trabajador que no encaja entre caballeros tan elegantes. Pero nunca le ha preocupado nada la gente, le da igual que lo miren. Ahora que ha terminado de hablar, los de la mesa presidencial cuchichean. Los oradores preguntan quién es ese hombre de camisa azul. Entonces el comandante o coronel se levanta y le dice a Quangel que la dirección técnica hablará con él sobre las máquinas, pero ¿a qué se refería con lo de las seis u ocho personas que tenían que abandonar su taller?

Quangel contesta despacio, obstinado:

—Hay personas que no saben trabajar, pero otras no quieren hacerlo. ¡Ahí se sienta uno de ellos! —Y con el índice tieso señala sin contemplaciones al carpintero Dollfuss, que está unas filas por delante de él.

Algunos sueltan una carcajada, y entre los que ríen figura el propio Dollfuss, que ha girado la cabeza hacia él y lo mira riendo.

Quangel, sin embargo, añade frío y sin torcer el gesto:

—Sí, Dollfuss, hablar sin ton ni son, fumar cigarrillos en el retrete y descuidar el trabajo se te da muy bien.

En la mesa presidencial cuchichean de nuevo sobre ese tipo chiflado. Pero ahora no hay nada que detenga al orador del uniforme pardo, se levanta de un salto y vocifera:

—No estás en el Partido. ¿Por qué no estás en el Partido?

A esa pregunta Quangel contesta lo mismo que siempre:

—Porque necesito hasta el último céntimo, porque tengo familia, por eso no puedo permitírmelo.

El del uniforme pardo aúlla:

—¡Porque eres un perro avariento! ¡Porque no te sobra nada para tu Führer y tu pueblo! ¿Cuántos sois de familia?

Quangel contesta con tono gélido:

—¡No me hable hoy de mi familia, amigo mío! Acabo de recibir la noticia de que mi hijo ha caído.

Durante un instante reina en la sala un silencio sepulcral, por encima de las filas de sillas el jefazo del Partido y el viejo jefe de taller se miran fijamente. Después Otto Quangel se sienta de repente, como si ahora todo hubiera finalizado, y poco después el del uniforme pardo hace otro tanto. El director general Schröder se levanta de nuevo y pronuncia el «Siegheil» por el Führer. Suena algo flojo. La asamblea ha concluido.

Cinco minutos después Quangel regresa a su taller; con la cabeza un poco levantada deja resbalar la vista por la cepilladora, por la sierra de cinta, por los que clavetean, perforan, cargan tablas… Pero ya no es el viejo Quangel el que está allí. Intuye, sabe, que ha vencido en astucia a todos. A lo mejor de un modo feo, pues se ha aprovechado de la muerte de su hijo, pero ¿acaso hay que ser honrado con semejantes canallas? ¡Nooo!, se responde casi en voz alta. Nooo, Quangel, nunca volverás a ser el de antes. Siento curiosidad por ver qué dirá Anna de todo esto. Y Dollfuss ¿no volverá nunca al trabajo? En ese caso tendré que reclamar otro trabajador hoy mismo. Vamos retrasados…

Pero no hay cuidado, Dollfuss se presenta. Viene incluso acompañado por un director de departamento, y al jefe de taller Otto Quangel le comunican que conservará la dirección técnica de ese taller, pero que tiene que ceder su cargo en el Frente del Trabajo al señor Dollfuss y no debe volver a ocuparse de la política.

—¿Entendido?

—¡Vaya si lo he entendido! Me alegro de que me quites el cargo, Dollfuss. Mi oído es cada vez peor y escuchar, en el sentido que le daba el caballero de antes, me es del todo imposible aquí, con el ruido que hay.

Dollfuss asiente brevemente y añade deprisa:

—Y ni una palabra a nadie de lo que usted acaba de ver y oír, o…

Quangel responde, casi ofendido:

—¿Con quién voy a hablar, Dollfuss? ¿Me has visto hablar alguna vez con alguien? Eso no me interesa, a mí solo me interesa mi trabajo y sé que hoy llevamos mucho retraso. Ya va siendo hora de que te sitúes junto a tu máquina. —Y tras echar un vistazo al reloj—: Has perdido una hora y treinta y siete minutos.

Instantes después el carpintero Dollfuss se coloca junto a su sierra, y a la velocidad del rayo, nadie sabe cómo, se difunde por el taller el rumor de que a Dollfuss le han echado un buen rapapolvo por andar siempre fumando y charlando.

Sin embargo, el jefe de taller Otto Quangel va muy atento de máquina en máquina, interviene, mira de vez en cuando fijamente a algún charlatán y piensa: Me he librado de estos… ¡para siempre jamás! ¡Y no tienen la menor sospecha, para ellos no soy más que un viejo imbécil! ¡Haber tratado al del uniforme pardo de «querido amigo» les ha asestado el golpe mortal! Ahora solo siento curiosidad por ver lo que hago. Porque algo haré, lo sé. Lo único que desconozco todavía es qué…