Solo en Berlín
Capítulo 23
MEDIO AÑO DESPUÉS: ENNO KLUGE
Medio año después, el mecánico de precisión Enno Kluge esperaba con impaciencia en la antesala del médico. Estaba sentado junto con otros treinta o cuarenta pacientes. Una auxiliar de clínica siempre irritada acababa de llamar al número 18, pero Enno tenía el 29. Tendría que esperar más de una hora y en la tasca Los Rezagados ya lo esperaban.
Enno Kluge fue incapaz de resistir más tiempo sentado. Sabía de sobra que no podía irse antes de que el médico le diera la baja, o habría bronca en la fábrica. Pero la verdad es que no podía esperar más, o se le haría demasiado tarde para cerrar sus apuestas.
A Enno le gustaría recorrer de un lado a otro la sala de espera, pero está demasiado llena, le bufarían. Se retira, pues, al pasillo, y cuando la auxiliar lo descubre y le ordena, muy enfadada, que regrese a la sala de espera, le pregunta por el retrete.
Ella se lo indica muy reacia, y se dispone a esperar a que el hombre salga de nuevo. Pero de pronto suena un par de veces el timbre de la entrada y se ve obligada a recibir a los pacientes 43 y 44, anotar sus datos personales, rellenar sus fichas, sellar los volantes de asistencia médica.
Así transcurre su jornada desde primera hora de la mañana hasta bien entrada la noche. La auxiliar está medio muerta, el médico también, pero a ella ya no la abandona ese desdichado estado de continua irritación que padece desde hace semanas. La consecuencia es que ella ha proyectado un auténtico odio contra el torrente de enfermos que fluye cada vez más caudaloso, que no la deja descansar jamás, que desde las ocho de la mañana, su hora de llegada, esperan pacientes junto a la puerta y que a las diez de la noche aún permanecen sentados en la sala de espera, inundándola con sus malos olores: todos se escaquean del trabajo, del frente, son personas que con un certificado médico quieren obtener de manera subrepticia más y mejores alimentos. Toda esa gente pretende eludir sus obligaciones, pero ella no puede hacerlo. Ella tiene que aguantar allí, no puede enfermar (¿qué haría el doctor sin ella?), tiene que ser amable con esos comediantes que lo ensucian todo, llenándolo de flemas, de vómitos. El lavabo está siempre lleno de ceniza de cigarrillos.
Entonces recuerda al mosquita muerta al que antes ha tenido que indicar la ubicación del retrete. Seguro que continúa allí fumando como una chimenea. Se levanta de un salto, sale corriendo, sacude la puerta.
—¡Ocupado! —exclaman desde dentro.
—¡Haga el favor de salir ahora mismo! —Comienza a despotricar, impulsada por la ira—. ¿Cree que puede pasarse ahí metido horas y horas? ¡Otras personas desean utilizar el lavabo!
Mientras Kluge pasa despacio a su lado, le dice enfurecida:
—¡Todo lleno de humo, naturalmente! ¡Pienso contarle al doctor lo enfermo que está usted! ¡Se va a enterar de lo que es bueno!
Desanimado, Enno Kluge se apoya en la pared de la sala de espera, pues han ocupado su asiento. El médico va por el número 22. Seguramente es absurdo prolongar la espera. Ese bicho de ahí fuera es capaz de azuzar al médico para que no le dé la baja. ¿Y entonces, qué? ¡Saltarán chispas en la fábrica! Vuelve a faltar un día de cada cuatro; esos están capacitados para hacerlo y acabarán enviándolo de verdad a un batallón de castigo o a un campo de concentración… ¡esos camaradas son capaces de eso! Sí, hoy tiene que conseguir su volante de baja, y lo más inteligente es que siga esperando, dado que lleva haciéndolo ya tanto rato. La consulta de otro médico estará igual de abarrotada, tendrá que esperar hasta la noche, y al menos ha oído decir que este da la baja con facilidad. Así que esa noche no apostará a los caballos, tendrán que arreglárselas sin Enno, no queda más remedio…
Con una ligera tosecita se apoya contra la pared, es un flojucho. Mejor dicho, una nulidad. No ha podido recuperarse por completo de la paliza que le propinó el Persicke de las SS. Sí, después con el trabajo mejoró en unos días, a pesar de que sus manos ya no recobraron la antigua destreza. Ahora llegaba por los pelos a ser un trabajador medio. Nunca más recuperaría su antigua habilidad manual, nunca se convertiría en un hombre respetado en su oficio.
Quizá fue eso lo que le hizo encarar el trabajo con tanta indiferencia, pero a lo mejor también se debió a que a la larga ya no le gustaba trabajar. Ya no comprendía bien el sentido del trabajo. ¿Para qué esforzarse tanto si se podía vivir bien sin trabajar? ¿Para la guerra? ¡Que librasen tranquilamente ellos solos su guerra de mierda, a él le importaba un rábano! ¡Si algún día enviaban al frente a todos sus orondos jefes, la guerra se acabaría enseguida!
Pero no, tampoco era la cuestión del sentido de su trabajo lo que le hacía odiosa cualquier actividad, sino el hecho de que ahora Enno podía vivir sin trabajar. Sí, había sido débil, lo reconocía, había vuelto a frecuentar mujeres, primero a Tutti, después a Lotte, y estas se mostraron dispuestas a mantener durante una temporada a ese hombre menudo y acomodaticio. Y en cuanto te liabas con mujeres, fin del trabajo reglado. Ellas despotricaban ya desde la mañana, cuando él pedía a las seis el café y el desayuno, ¿qué se había figurado? A esas horas dormía todo el mundo, y él también lo necesitaría, ¿no? ¡Que volviera a meterse tranquilamente en la cama calentita!
Bueno, una o dos veces salías airoso de una escaramuza similar si te llamabas Enno Kluge claro, pero tres no. Cedías, te metías con la mujer en la cama y te volvías a dormir una, dos o incluso tres horas.
Cuando se hacía tarde, ya no ibas a la fábrica, dejabas de trabajabar ese día. Y si era más temprano, llegabas un poco tarde al tajo con alguna excusa trivial, te echaban una bronca (pero a eso ya estabas acostumbrado hacía mucho, ya ni siquiera escuchabas), hacías algo durante un par de horas y regresabas a casa, donde volvían a recibirte con improperios: ¿Para qué tener en casa un hombre, si se pasaba el día entero fuera? ¡Y todo por unos míseros marcos! ¡Seguro que podrían ganarse de una manera más fácil! No, si tenía que trabajar, mejor habría hecho quedándose en su reducida habitación de hotel, las mujeres y el trabajo eran incompatibles. Con una sí, con Eva… y por supuesto Enno Kluge había vuelto a intentar refugiarse en casa de su mujer, la cartera. Pero allí se enteró por la señora Gesch de que Eva había salido de viaje. La señora Gesch había recibido una carta suya: estaba en algún lugar de la región de Ruppin en casa de unos parientes. Sí, la señora Gesch tenía las llaves del piso, pero ni se le pasaba por las mientes entregárselas a Enno Kluge. ¿Quién enviaba con regularidad el dinero del alquiler: él o su mujer? Pues entonces la vivienda le pertenecía a ella, no a él. Bastantes molestias había sufrido ya por su culpa, no tenía la menor intención de dejarlo entrar en el piso.
Por otra parte, si de verdad quería hacer algo por su mujer, podía pasarse por Correos. Ellos ya habían mandado a buscar un par de veces a la señora Kluge, y hacía poco había llegado una citación de algún tribunal del Partido; la señora Gesch la había devuelto simplemente con la nota «destinatario ausente con domicilio desconocido». Pero lo de Correos bien podía arreglarlo él. Seguro que su mujer aún tenía allí ciertos derechos.
Lo de los derechos lo espoleó; al fin y al cabo él podía acreditar su condición de esposo legal, los derechos de Eva eran también los suyos. Pero era una vía equivocada, porque en Correos lo pusieron en un verdadero aprieto. Eva tenía que haber cometido algún disparate en el Partido, porque estaban furiosos con ella. Él ya no tenía prisa por acreditarse como marido legítimo de Eva… al contrario, se esforzó al máximo por demostrar que llevaba mucho tiempo separado de ella y no tenía ni idea de sus ocupaciones.
Al final lo dejaron marchar. ¿Qué iban a sacar de ese hombrecillo canijo, siempre a punto de echarse a llorar y que empezaba a temblar a la menor bronca? Podía irse, largo de allí, y si volvía a ver a su mujer, debía enviarla inmediatamente a esa dirección. O mejor aún: debía decirles dónde vivía ella, del resto ya se encargarían ellos.
En el trayecto de vuelta a casa de Lotte, Enno Kluge exhibía una sonrisa irónica. Así que la eficaz Eva también se encontraba en aprietos, se había largado a la región de Ruppin con sus parientes y no se atrevía a dejarse ver por Berlín. Como es natural, Enno no había sido tan tonto como para revelar a la gente de Correos adónde había viajado Eva; él era tan listo como la señora Gesch. Le quedaba una última posibilidad: si alguna vez las cosas le iban muy mal allí, en Berlín, siempre podía presentarse donde Eva, a lo mejor le daba cobijo. Eva también se avergonzaría de enfrentarse con demasiada dureza a él delante de los parientes. Eva aún concedía cierta importancia al prestigio y a la buena fama. Y a fin de cuentas él la tenía en sus manos por los hechos heroicos de su Karl; jamás permitiría que se lo contase a sus parientes, antes preferiría aguantarlo.
Una última salida si todo iba rematadamente mal. De momento aún contaba con su Lotte. Y la verdad es que esta era muy simpática, aunque no era capaz de mantener cerrado el pico ni un segundo, y tenía la maldita costumbre de traer continuamente hombres a casa. Entonces tenía que pasarse la mitad de la noche, a veces incluso la noche entera, en la cocina… y al día siguiente el trabajo volvía a irse al garete.
El trabajo ya nunca más volvería a ser lo que fue, eso lo sabía. Pero a lo mejor esa guerra terminaba antes de lo que se pensaba, y él conseguía darle largas hasta entonces. Así, poco a poco volvieron las juergas y las ausencias del trabajo. El jefe enrojecía de ira solo con verlo. Después le soltaron una segunda reprimenda en dirección, pero esta vez él no había dado demasiadas explicaciones. Porque Enno Kluge también se daba cuenta de lo que allí estaba en juego: necesitaban trabajadores a diario, de modo que ¡no lo echarían tan fácilmente!
Después transcurrieron muy deprisa tres días seguidos sin dar ni golpe. Había conocido a una viuda atractiva, ya no muy joven, algo ajada, pero sin duda mejor que sus anteriores mujeres. ¡Poseía una tienda de animales cerca de la puerta König que marchaba muy bien! Vendía pájaros y peces y perros, pienso y collares y arena y galletas para perro y gusanos de la harina. Tenía tortugas, ranas de san Antonio, salamandras, gatos… Una tienda muy rentable, y ella una mujer eficaz, una auténtica mujer de negocios.
Se había hecho pasar por viudo, también la había hecho creer que Enno era su apellido, ella lo llamaba Hänschen. Tenía posibilidades con esa mujer, lo había comprobado durante los tres días ociosos en los que la ayudó en su tienda. Un hombrecillo que demandase un poco de ternura era justo lo que a ella le apetecía. Estaba en esos años en los que una mujer se pregunta, temerosa, si podrá conseguir un hombre para los días de la vejez. Como es natural, a ella le gustaría casarse con él, pero eso también lo solucionaría del modo más conveniente. Al fin y al cabo ahora había matrimonios de guerra donde la documentación no se examinaba con demasiada diligencia, y por Eva no tenía por qué preocuparse. ¡Se alegraría de librarse de él para siempre, mantendría la boca cerrada!
Entonces, de repente, surgió en su interior el deseo abrasador de liberarse completamente de la fábrica como primera medida. De todos modos, tenía que fingirse enfermo, ya había faltado tres días sin justificación. ¡Así que quería estar enfermo de verdad! Y durante esa enfermedad remataría el asunto con la viuda Hete Häberle como es debido. Ahora le asqueaba estar con Lotte; ya no podía soportar más tiempo ese desorden, ni su hablar sin ton ni son, ni sus hombres, y menos sus ternezas cuando se emborrachaba. ¡No, dentro de tres o cuatro semanas quería estar casado y tener una economía saneada! Para eso tenía que echarle una mano el médico.
Solo el número 24, aún tardaría media hora en tocarle el turno a Enno. De manera mecánica pasa por encima de los pies ajenos y vuelve a salir al pasillo. Mal que le pese a la arisca auxiliar del médico, se fumará otro cigarrillo en el retrete. Tiene suerte, alcanza el lavabo sin ser visto, pero apenas ha dado las primeras caladas, esa fiera está sacudiendo de nuevo la puerta.
—¡Ya está usted otra vez en el lavabo! ¡Y encima fumando! —vocifera—. ¡Sé perfectamente que es usted! Haga el favor de salir, ¿o tendré que ir a buscar al doctor?
¡Cómo grita, que asquerosa! Así que prefiere ceder, siempre prefiere ceder a oponerse. Deja que lo persiga hasta la sala de espera, sin mascullar ni una palabra de disculpa. Una vez allí espera a que le toque el turno apoyado contra la pared. ¡Seguro que esa maldita víbora lo denuncia al médico!
La auxiliar de la consulta ha perseguido al pequeño Enno Kluge hasta su sitio, y regresa por el pasillo. ¡Pero a ese ya le ha leído la cartilla!
Entonces ve una postal caída en el suelo, algo alejada de la ranura del buzón. Hace cinco minutos, cuando le abrió la puerta al último paciente, la postal no estaba, lo sabe perfectamente. Y no han llamado al timbre, aparte de que no es la hora de repartir el correo.
La auxiliar ha pensado deprisa todo eso mientras se agacha a recoger la postal, y más tarde sabe también perfectamente que, antes de tomarla en sus manos, antes de haber visto lo que pasaba con ella, le ha dado la impresión de que ese hombre bajo y furtivo tenía algo que ver con el asunto.
Echa un vistazo al texto, lee unas palabras y muy alterada se precipita dentro de la consulta del médico.
—¡Doctor, doctor! ¡Mire lo que acabo de encontrar en el pasillo!
Interrumpe la consulta, consigue que el paciente medio desnudo pase a una habitación contigua, y entrega al médico la postal para que la lea. Ella, incapaz de esperar a que termine, le revela sus sospechas:
—¡Seguro que ha sido ese canijo que parece una mosquita muerta! ¡Me ha resultado antipático desde el primer momento con esa mirada asustadiza! ¡Y eso significa mala conciencia, no ha podido estarse quieto ni un momento, siempre saliendo al pasillo, he tenido que sacarlo dos veces del retrete! ¡Y la segunda ha dejado la postal en el pasillo! No pueden haberla echado desde fuera, la ranura del buzón está demasiado lejos. ¡Llame ahora mismo a la policía, doctor, antes de que ese tipo se largue! ¡Ay, Dios mío, ahora ya se habrá ido, tengo que ir a ver enseguida…!
Y tras estas palabras sale de la consulta como un rayo, dejando la puerta abierta de par en par.
El médico mantiene la tarjeta entre sus manos. Le resulta muy desagradable que haya sucedido algo así precisamente en su consulta. Gracias a Dios que la postal la encontró la auxiliar y que él puede demostrar que lleva dos horas sin salir de su despacho, ni siquiera para ir al retrete. La chica tiene razón, lo mejor es llamar ahora mismo a la policía. Comienza a buscar en la guía el número de la comisaría del distrito.
La chica espía por la puerta que ha quedado abierta.
—¡Aún sigue ahí, doctor! —susurra—. Es evidente que piensa que así puede alejar las sospechas de sí mismo. Pero estoy completamente segura de…
—Está bien —interrumpe el médico a la agitada mujer—. Por favor, cierre la puerta. Ahora hablaré con la policía.
Transmite su aviso, recibe la indicación de retener a todo trance al hombre hasta que llegue alguien de la comisaría, comunica esa indicación a la auxiliar, le dice que lo avise de inmediato si el hombre se dispone a marcharse y vuelve a sentarse en la silla ante su escritorio. No, ahora no puede continuar atendiendo a los pacientes, está demasiado nervioso. Que haya tenido que pasarle algo así, ¿por qué precisamente a él? ¡Un tipo sin conciencia, el escritor de postales ese, en menudo compromiso pone a la gente! ¿Acaso no piensa en los problemas que les causa con su maldita postal?
¡Verdaderamente esa postal era justo lo que le faltaba al médico! Ahora la policía se encamina hacia allí, quizá acabe siendo sospechoso, registrarán su domicilio, y aunque la sospecha resulte infundada, encontrarían atrás, en la habitación del servicio…
El médico se levantó, por lo menos tenía que avisarla…
Pero volvió a sentarse. ¿Cómo podía él resultar sospechoso? Además, aunque la encontrasen, ella era su ama de llaves, según demostraba su documentación. Todo eso había sido pensado y discutido cientos de veces desde que hacía cosa de un año había tenido que divorciarse de su mujer, una judía, por la presión de los nazis. Lo había hecho porque ella se lo había rogado, para garantizar al menos el futuro de los hijos. Más tarde, después de cambiar de domicilio, había traído de vuelta a su antigua esposa en calidad de ama de llaves con documentación falsa. En realidad, no podía suceder nada, no tenía pinta de judía…
¡Esa infausta postal! ¡Que tuviera que tocarle precisamente a él! Pero sin duda despertaba miedo y temor en cualquier lugar. ¡En esos tiempos todo el mundo tenía algo que ocultar!
¿No sería la finalidad de esa postal provocar miedo y pavor? A lo mejor la repartían con diabólica premeditación entre los sospechosos para comprobar su reacción. ¿Estaría sometido a vigilancia desde hace tiempo, y este sería solo uno de los medios para comprobar si el sospechoso se descubría?
De todos modos, su comportamiento había sido correcto. Había avisado a la policía cinco minutos después de encontrar la postal. Incluso podía presentarle un sospechoso, quizá un pobre diablo que no guardaba relación con el asunto. ¡Bueno, en eso no podía ayudarlo, que intentase arreglárselas para salir del aprieto! Lo principal era que él quedase fuera de peligro.
A pesar de que estas consideraciones han tranquilizado al médico, se levanta y con gesto rápido y seguro se pone una pequeña inyección de morfina que le permitirá recibir a esos caballeros que se dirigen a su consulta con tranquilidad e incluso cierto tedio. Esa pequeña inyección es el recurso en el que el médico se refugia cada vez con más frecuencia desde la vergüenza de su divorcio, como denomina la medida en su fuero interno. No es un morfinómano, ni mucho menos, a veces aguanta cinco o seis días sin morfina, pero cuando aparecen problemas en su vida, y ahora, en plena guerra, se amontonan cada vez más, se inyecta morfina. Eso lo ayuda, sin esa ayuda artificial pierde los nervios. ¡No, él todavía no es morfinómano! Pero está en el mejor camino para convertirse en ello. Ay, ¡ojalá hubiera acabado esta guerra y pudiera abandonar ese infame país! Fuera, en el extranjero, se daría por satisfecho con el más ínfimo puesto de médico auxiliar.
Unos minutos después un médico pálido, algo cansado, recibe a los dos policías de la comisaría. Uno es un agente de uniforme, enviado para vigilar la puerta de entrada. Inmediatamente ocupa el puesto de la auxiliar.
El otro es un civil, el ayudante Schröder; el médico le entrega la postal en su despacho. ¿Tiene algo que declarar? Pues la verdad es que no, lleva más de dos horas atendiendo sin interrupción a los pacientes, unos veinte o veinticinco seguidos. Pero ahora mismo llamará a la auxiliar.
Esta viene, y ella sí que tiene mucho que decir. Muchísimo. Describe a ese mosquita muerta, como ella lo llama, con un odio absolutamente incomprensible por dos inofensivos fumeteos en el lavabo. El médico observa con atención cómo declara, alterada, con una voz que se le quiebra a menudo. Y piensa: Tengo que procurar que de verdad haga algo en serio contra su enfermedad de Basedow. Cada vez está peor. Se altera tanto que en realidad ya no es plenamente responsable de sus actos.
El ayudante parece pensar algo parecido. Con un breve:
—Gracias. De momento ya sé lo suficiente —interrumpe sus declaraciones—. Ahora, señorita, enséñeme en qué lugar del pasillo estaba la postal. Pero, por favor, sea lo más precisa posible.
La señorita, es decir, la auxiliar, coloca la postal en un lugar que desde la ranura del buzón parece imposible de alcanzar. Pero el ayudante, ayudado por el agente, prueba a lanzar la postal hasta que casi queda tirada en el lugar indicado por la auxiliar. Casi; faltan unos diez centímetros…
—¿Podría haber estado también aquí? —pregunta el ayudante.
La auxiliar de clínica está visiblemente enojada de que al asistente le haya salido bien ese experimento.
—¡No, la postal no estaba tan cerca de la puerta! —declara con tono decidido—. Estaba más dentro del pasillo de lo que he señalado antes. Ahora creo que yacía aquí, justo al lado de la silla. —Y señala un lugar medio metro más alejado de la ranura—. Estoy casi se gura de que al recogerla choqué con esta silla.
—Ya, ya —dice el asistente con una gélida mirada a la iracunda mujer.
En su interior borra todas sus declaraciones. Es una histérica, piensa. Claro, le falta un hombre. Ahora están todos en campaña, y encima ella no parece muy atractiva.
Y dirigiéndose al médico dice en voz alta:
—Ahora desearía esperar tres minutos en la sala de espera como un paciente cualquiera para examinar primero al acusado, sin que él sepa quién soy. ¿Es posible?
—Pues claro que sí —declara la auxiliar irritada—. ¡Ese no se sienta! Prefiere andar pisando los pies a los demás. ¡Su mala conciencia no lo deja tranquilo! Ese rastrero…
—Bueno, ¿dónde está? —vuelve a interrumpirla el ayudante con tono no demasiado cortés.
—Antes estaba junto al espejo que hay al lado de la ventana —le contesta ella, ofendida—. ¡Pero, claro, cualquiera sabe dónde se encontrará ahora, con lo inquieto que es!
—Yo lo encontraré —asegura el ayudante Schröder—. Usted me lo ha descrito.
Y se encamina a la sala de espera.
Allí reina cierta agitación. Desde hace más de veinte minutos no ha sido llamado ningún paciente a consulta. ¿Cuánto tiempo les tocará esperar aún? ¡Porque tienen otras cosas que hacer! Seguramente el doctor está atendiendo a pacientes privados que pagan bien, mientras los del seguro se quedan allí esperando hasta el día del juicio. ¡Pero así se comportan todos estos médicos, amigo mío, vaya donde vaya! ¡El dinero tiene preferencia en todas partes!
Mientras los comentarios sobre la venalidad de los médicos van subiendo cada vez más de tono, el ayudante examina en silencio a su hombre. Lo ha reconocido en el acto. El individuo no es ni tan inquieto ni tan rastrero como lo ha descrito la auxiliar. Permanece de pie tan tranquilo junto al espejo, sin intervenir en la conversación de los demás. Ni siquiera parece escuchar sus palabras, y eso se suele hacer con gusto para acortar el aburrido tiempo de espera. Mira con aire apático y cierto temor. Un obrero corriente, decide el ayudante. Nooo, un poco mejor, las manos parecen hábiles, con huellas de trabajo manual, pero no un trabajo duro… traje y abrigo conservados con gran cuidado, a pesar de lo que no pueden ocultar su aspecto raído. En conjunto, nada del hombre que uno se imagina por el tono de la postal. Este escribe con un estilo muy vigoroso, y este conejo receloso…
Pero el ayudante hace tiempo que aprendió que a menudo las personas no son lo que parecen. A fin de cuentas ese hombre está tan seriamente incriminado por la declaración de la testigo, que al menos habrá que comprobarlo. Ese escritor de postales tiene que haber puesto un poco nerviosos a los de arriba, hace poco que recibieron otra orden con el rótulo «¡Alto secreto!» para que en lo tocante a ese asunto se investigara hasta la pista más nimia.
¡Sería estupendo cosechar un éxito!, piensa el ayudante. Ya va siendo hora de conseguir un pequeño ascenso.
Entre los improperios generalizados, se acerca casi sin ser visto al hombre bajito situado junto al espejo, le da un golpecito en el hombro y le dice:
—Salga usted un momento al pasillo. Quiero hacerle unas preguntas.
Enno Kluge obedece sumiso, igual que cualquier otra orden. Pero mientras camina detrás del desconocido, lo invade el temor: ¿Qué significa esto? ¿Qué querrá este de mí? Parece un poli, y de hecho habla como un poli. ¿Qué tengo yo que ver con la policía…? ¡Si yo no he hecho nada!
En ese mismo momento recuerda el robo en casa de los Rosenthal. No hay duda, Barkhausen se ha enfadado y lo ha denunciado. Y el miedo crece cada vez más en su interior, porque ha jurado no decir nada, y como se vaya de la lengua, el tipo ese de las SS volverá a echarle la bronca y a apalearlo, y esta vez saldrá peor parado. No debe decir nada, pero si se calla, este poli la emprenderá con él, y entonces hablará. Aquí mal y allí mal… ¡Oh, qué miedo!
Al salir al pasillo, cuatro rostros lo miran expectantes, pero él no los ve, solo tiene ojos para el agente de policía uniformado, sabedor de que su miedo era certero, de que se encuentra en verdad entre la espada y la pared.
Y ese miedo confiere a Enno Kluge cualidades que por lo demás no posee, en concreto capacidad de decisión, fuerza y rapidez. Empuja contra el agente de policía al sorprendido ayudante, que jamás habría esperado eso del bajito debilucho, abre de par en par la puerta y sale a la escalera…
Pero detrás de él resuena el silbato del agente, y la velocidad de Enno no puede rivalizar con la de ese hombre joven de piernas largas. Lo alcanza en el tramo inferior de la escalera, el agente le propina un golpe que lo derriba sobre los escalones y cuando logra ver de nuevo entre soles que giran y círculos de fuego, el agente le dice con sonrisa amable:
—¡Venga, alarga tu bonita zarpa! Te voy a regalar una pulsera. Y la próxima vez daremos un paseo juntos, ¿eh?
Las esposas tintinean en torno a su muñeca, y vuelve a subir las escaleras entre el policía silencioso de mirada sombría y el agente que sonríe satisfecho, porque ese pequeño fugitivo le hace gracia.
Arriba, los pacientes están ahora en el pasillo sin el menor enfado por la larga espera para ver a su médico, porque una detención siempre es interesante y, como ha dicho la auxiliar de la consulta, ese hombre es incluso un político, un comunista, y a esos fulanos les está bien empleado… así que una vez arriba pasa delante de todos esos rostros hasta el despacho del médico. El ayudante manda salir en el acto a la señorita Kiesow, pero permite al médico asistir al interrogatorio y oye decir al ayudante:
—Bien, hijo mío, de momento siéntate en esta silla y descansa de tu carrera. ¡La verdad es que pareces realmente agotado! Agente, quítele las esposas a este hombre. Estoy seguro de que no volverá a intentar escapar… ¿me equivoco?
—No, no —asegura Enno Kluge desesperado, mientras las lágrimas ruedan por su rostro.
—¡Yo no te lo aconsejaría! La próxima vez dispararé, y tengo buena puntería, hijo. —El ayudante continúa llamando «hijo» a Kluge, unos veinte años mayor que él —. ¡Pero bueno, no llores así! Tampoco habrá sido tan grave lo que has hecho, digo yo.
—No he hecho nada —balbucea entre lágrimas Enno Kluge—. ¡Nada en absoluto!
—Claro que no, hijo —coincide el ayudante—. ¡Por eso sales corriendo como una liebre en cuanto ves un uniforme de policía! Doctor, ¿no tendrá usted por aquí algo con lo que podamos reanimar un poco a este paño de lágrimas?
El médico nota que el peligro se ha alejado de su propia cabeza y contempla con franca compasión a ese desdichado hombrecillo. También es uno de esos golpeados por la vida a los que trastorna cualquier contratiempo. El doctor se siente tentado a ponerle también al bajito una inyección de morfina, con una dosis más suave. Pero no se atreve por el funcionario de la Brigada de Investigación Criminal. Mejor un poco de bromo…
Pero mientras disuelve en agua la sal de bromo, Enno Kluge dice:
—No necesito nada. No quiero tomar nada. No me dejaré envenenar. Prefiero declarar…
—¡Claro que sí! —dice el funcionario policial—. Sabía que serías razonable, hijo. Entonces, cuenta…
Enno Kluge se enjuga las lágrimas de las mejillas y comienza su relato…
Porque cuando empezó a llorar, sus lágrimas eran auténticas, sencillamente porque sus nervios lo dejaron en la estacada. Pero aunque eran auténticas, Enno sabe desde hace mucho por su trato con las mujeres, que el llanto te permite pensar de maravilla. Y al pensar ha caído en la cuenta de que es muy improbable que lo detengan en la consulta de un médico por un robo. Si lo hubieran seguido, podrían haberlo detenido en la calle o en la escalera, no había por qué dejarlo dos horas en la sala de espera…
No, seguramente el asunto no tiene nada que ver con el robo en casa de la señora Rosenthal. Seguramente la detención es fruto de un error, y Enno Kluge intuye que tiene algo que ver con la maligna auxiliar de la consulta.
Pero ha puesto pies en polvorosa, y jamás logrará convencer a un poli de que ha salido corriendo por puro nerviosismo, simplemente porque la visión de un uniforme le hace perder el juicio. Eso jamás se lo creería un poli. Así que tiene que confesar algo verosímil, comprobable, y sabe lo que será, lo sabe en seguida. Es malo hablar de ello, y las consecuencias son imprevisibles, pero entre dos males, esa confesión es sin duda el menor.
Así que cuando lo invitan a hablar, se seca las lágrimas y comienza a hablar con voz más firme de su labor como mecánico de precisión y lo enfermo que ha estado, y el enfado que los jefes han cogido con él, hasta el punto de que ahora quieren mandarlo a un campo de concentración o a un batallón de castigo. Como es lógico, Enno Kluge no menciona su aversión al trabajo, pero piensa que el poli se percatará de todo.
Y no le falta razón, el poli se da perfecta cuenta de que el tal Enno Kluge es un pájaro de cuidado.
—Sí, señor comisario, y cuando lo he visto ahí, y he visto el uniforme del señor agente, yo estaba justo en la consulta del doctor para que me diera la baja, pues pensé, ha llegado el momento, ahora te llevarán al campo de concentración, y entonces he echado a correr…
—Ya, ya —dice el ayudante—. Ya, ya. —Medita un instante, y agrega—: Pero tengo la impresión, hijo, de que tú no crees que estemos aquí por eso.
—Pues no, lo cierto es que no —admite Kluge.
—¿Y por qué no, hijo?
—Porque usted podría detenerme mucho más fácilmente en la fábrica o en mi domicilio.
—¡Vaya! ¿Así que también tienes domicilio, hijo?
—Claro que sí, señor comisario. Mi mujer trabaja en Correos, estoy casado como Dios manda. Mis dos hijos están en campaña, uno en Polonia con las SS. Yo también llevo documentos, puedo demostrarle todo lo que he dicho, lo del domicilio y lo de mi puesto de trabajo.
Y Enno Kluge saca su cartera sobada y raída y empieza a rebuscar.
—De momento guárdate tus papeles, hijo —rechaza el ayudante—. Más tarde tendremos tiempo para eso…
Se sume en sus meditaciones. Todos callan.
Detrás de su escritorio, el médico comienza a escribir a toda prisa. A lo mejor tiene ocasión de entregarle a escondidas el volante de baja a ese hombrecillo muerto de miedo. Ha hablado de que sufre de la bilis, pues vale. Estos son tiempos en los que hay que ayudar a los demás siempre que sea posible.
—¿Qué está escribiendo, doctor? —pregunta el ayudante, saliendo de repente de su ensimismamiento.
—Historiales médicos —explica el médico—. Quiero aprovechar un poco el tiempo, tengo un montón de personas esperando en la sala.
—Es cierto, doctor —reconoce el ayudante, levantándose. Ha tomado una decisión—: En ese caso, no le retrasaremos más.
La historia del tal Kluge puede ser cierta, más aún, incluso es muy probable que lo sea, pero el ayudante no consigue librarse de la sensación de que detrás de todo eso hay algo más, de que aún no ha escuchado toda la historia.
—Venga, hijo, vámonos. ¿Querras acompañarnos un trecho? Oh, no, hasta la plaza Alexander, no, solo aquí cerca, a nuestra comisaría. Me apetece mucho charlar un rato contigo, hijo, siendo un muchacho tan espabilado. No debemos retrasar más al doctor. —Y dirigiéndose al agente, añade—: No, nada de esposas. Es muy buenecito y nos acompañará, es un niño muy listo. ¡Heil Hitler, doctor, y muchas gracias por todo!
Ya están junto a la puerta, todo hace suponer que se disponen a marcharse. Pero entonces el ayudante se saca del bolsillo la postal, la postal de Quangel, y se la coloca delante de las narices mientras dice con toda dureza al sorprendido Enno Kluge:
—Vamos, léenos esto en voz alta, hijo. Pero muy deprisa, sin atascarte ni tartamudear.
Habla con el estilo típico de un policía.
Pero cuando ve cómo coge Kluge la postal, cómo sus ojos espantados revelan una total incomprensión, cómo Kluge comienza a leer balbuciendo:
—Alemán, no lo olvides. Empezó con la anexión de Austria. Siguieron los Sudetes y Checoslovaquia. Polonia fue invadida, Bélgica, Holanda…
Para entonces el ayudante tiene prácticamente la certeza de que ese hombre no ha tenido nunca la postal en sus manos, jamás ha leído su contenido, y mucho menos ha podido escribirla. ¡Es demasiado estúpido para algo así!
Y, malhumorado, arrebata con brusquedad la postal de las manos de Enno Kluge.
—¡Heil Hitler! —saluda antes de abandonar la consulta junto con el agente y su detenido.
El médico rompe despacio el volante preparado para Enno Kluge. No ha tenido oportunidad de entregárselo a escondidas. ¡Lástima! Pero seguramente no le habría servido de nada, seguramente ese hombre que no parecía estar a la altura de las dificultades del presente estaba condenado de antemano al fracaso. Seguramente ninguna ayuda externa le serviría, porque no había nada firme dentro de él.
Lástima…