Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 73 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 73

EL CHICO

 

No queremos concluir este libro con la muerte, está consagrado a la vida, a la vida indomable, que triunfa siempre de nuevo sobre el oprobio y las lágrimas, la miseria y la muerte.

Es verano, principios de verano del año 1946.

Un chico, ya casi un hombre, cruza el patio de una granja de la Marca de Brandeburgo.

Una mujer mayor se encuentra con él.

—¿Qué vas a hacer hoy, Kuno? —le pregunta.

—Quiero ir a la ciudad —contesta el chico—. Tengo que recoger nuestro arado nuevo.

—Bien —dice ella—, entonces te apuntaré unas cosas que puedes traerme de paso… si es que las consigues.

—¡Si están, las conseguiré, madre! —exclama riendo—. Eso ya lo sabes.

Se miran riendo. Después ella entra en la casita donde está su marido, el viejo maestro, que ha alcanzado hace mucho la edad de jubilación y que continúa aún enseñando a sus niños… como si todavía fuera joven.

El chico saca del establo a Toni, el caballo, el orgullo de todos ellos.

Media hora después Kuno-Dieter Barkhausen va camino de la ciudad. Pero ya no se apellida Barkhausen: fue adoptado legalmente y con todas las formalidades por el matrimonio Kienschäper, cuando quedó claro que ni Karl ni Max Kluge regresarían de la guerra.

Dicho sea de paso, aprovechando la ocasión también fue eliminado el Dieter: Kuno Kienschäper suena de maravilla y es más que suficiente.

Kuno silba satisfecho entre dientes mientras el bayo Toni trota despacio al sol por el camino trillado. Que Toni se tome su tiempo, siempre están de regreso a mediodía.

Kuno examina los campos a derecha e izquierda con ojos de experto juzgando el estado de los sembrados. Ha aprendido mucho allí, en el campo, y —¡gracias a Dios! — ha olvidado casi otro tanto. El patio trasero con la señora Otti, no, ya no piensa en él casi nunca, y tampoco en el Kuno-Dieter de trece años que era una especie de ladrón, no, todo eso ya no existe. Pero los sueños de estudiar mecánica de motores se han postergado, de momento al chico le basta con poder conducir, pese a su juventud, el tractor en el pueblo durante la labranza.

Sí, el padre, la madre y él han progresado mucho. Ya no dependen de los parientes, el año pasado les concedieron tierras, son personas independientes que cuentan con Toni, una vaca, un cerdo, dos carneros y siete gallinas. Kuno sabe segar y arar, ha aprendido de su padre a sembrar y de su madre a cavar. Esa vida le gusta, hará progresar de lo lindo la granja, vaya si lo hará.

Silba.

Al borde de la carretera se erige una figura alta, desastrada, de traje harapiento, rostro devastado. Ese no es uno de los desdichados refugiados, ese es un degenerado, un vagabundo, un bribón. Con voz de borracho grazna:

—¡Eh, chico, llévame contigo a la ciudad!

Kuno Kienschäper da un respingo al oír esa voz. Quisiera poner al galope al cómodo Toni, pero es demasiado tarde, así que contesta con la cabeza gacha:

—Sube aquí… no, aquí a mi lado, no. Puedes montar detrás.

—¿Y por qué no a tu lado? —grazna el hombre, desafiante—. ¿Es que no te parezco lo bastante fino?

—¡Cretino! —grita Kuno con fingida grosería—. Porque detrás, sobre la paja, irás más blando.

El hombre cede gruñendo, sube detrás al carro, y entonces Toni comienza a trotar de manera completamente espontánea.

Kuno ha superado el primer susto por haber tenido que cargar desde la cuneta al carro precisamente a su padre, no, a su padre, no, a Barkhausen, a él precisamente, precisamente a ese. Pero a lo mejor no ha sido una casualidad, a lo mejor Barkhausen ha estado acechándolo y sabe perfectamente quién lo lleva.

Kuno mira de soslayo al hombre por encima del hombro.

Este se ha tumbado en la paja y dice ahora, como si hubiera notado la mirada del chico:

—¿Pués decirme dónde vive por aquí, por esta zona, un chico de Berlín de unos dieciséis años? Tie que vivir por estos alrededores…

—Por estos alrededores vienen todavía muchos berlineses —contesta Kuno.

—Ya me he dao cuenta. Pero el chaval que te digo es un caso especial… ese no fue evacuao durante la guerra, ese se piró de casa de sus padres. ¿Has oído hablar alguna vez de un chico así?

—¡Qué va! —Miente Kuno. Y tras una pausa, pregunta—: ¿Sabe usted cómo se llama el chico?

—Sí, se apellida Barkhausen.

—Pues por aquí no hay ningún Barkhausen, yo lo sabría.

—¡Qué raro! —dice el hombre, finge que no puede aguantar la risa, y pega al chico un puñetazo doloroso entre los hombros—. ¡Y yo que habría jurao que aquí en el carro iba sentao un Barkhausen!

—Pues habría jurado en falso —replica Kuno, y ahora que tiene la certeza, su corazón late tranquilo y frío—. Porque yo me llamo Kienschäper, Kuno Kienschäper…

—¡Mira tú qué cosas! —El hombre se hace el asombrado—. Porque el que yo busco también se llama Kuno, Kuno-Dieter pa ser exactos…

—Pues yo me llamo solamente Kuno Kienschäper —insiste el chico—. Y otra cosa más: si yo supiera que un Barkhausen va sentado en mi carro, giraría el látigo y zurraría a ese tipo hasta obligarlo a bajar de mi carro.

—¡Lo que hay que oír! ¡No pue ser verdad lo que oigo! —Se asombra el vagabundo—. ¿Un hijo que tira a palos del carro a su propio padre?

—Y después de haber bajado a latigazos al tal Barkhausen —continúa Kuno Kienschäper sin compasión—, iría a la ciudad, a la policía, y les diría: Atención, vosotros. Anda por aquí un hombre que solo sabe hacer el vago, y robar y hacer daño, ya ha estado en la trena, es un malhechor, no lo dejéis escapar.

—¡No se te ocurra hacerme algo así, Kuno-Dieter! —exclama Barkhausen, asustado de veras—. ¿No irás a echarme encima a la bofia? Ahora que por fin he vuelto a salir de la trena y me he regenerao. Tengo un certificao del pastor de que me he corregío de verdá, y te juro que ya no pienso tocar con mis manos nada prohibío, te lo juro. Pero me he pensao, que ya que tiés una granja y estás forrao, bien podías dejar a tu viejo padre descansar un poco en tu casa. Estoy muy cascao, Kuno-Dieter, estoy mal del pecho, necesito descansar un poco…

—¡Ya me conozco tu descansar un poco! —exclama el chico enfurecido—. Sé que si te dejo entrar un solo día en nuestra casa, te instalarás en ella y no habrá forma de sacarte de allí nunca más, y contigo entrarán en casa la cizaña, la desgracia y el gorroneo. ¡No, baja ahora mismo de mi carro o te aseguro que te sacudo unos latigazos!

El chico detuvo el carro y descendió de un salto. Se quedó allí parado, empuñando el látigo, dispuesto a todo para defender la paz de su nuevo hogar.

El eterno cenizo de Barkhausen dijo quejumbroso:

—¡No irás a hacerme eso! ¡No irás a zurrar a tu propio padre!

—¡Tú no eres mi padre! ¡Antes me lo decías con mucha frecuencia, por desgracia!

—¡Pero si era un chiste, Kuno-Dieter! ¿Es que no lo pillas?

—¡Yo no tengo padre! —gritó el chico hirviendo de furia—. Tengo una madre, y he empezado de cero. Y como venga gente de antes diciendo esto y lo otro, les zurraré lo que haga falta hasta que me dejen en paz. ¡No voy a dejar que me destroces la vida!

Ofrecía un aspecto tan amenazador con el látigo levantado que al viejo le entró miedo. Bajó del carro y se quedó en la carretera, con el temor y la cobardía reflejados en su cara.

Y amenazando cobardemente replicó:

—Puedo hacerte mucho daño…

—¡Lo que me esperaba! —gritó Kuno Kienschäper—. ¡Después de rogar, vienen las amenazas, así ha sido siempre contigo! Pero te lo digo, te lo juro: desde aquí pienso ir derecho a la policía y voy a denunciar que me has amenazado con prender fuego a nuestra casa…

—¡Si yo no he dicho ná de eso, Kuno-Dieter!

—Pero lo has pensado, lo he visto en tus ojos. ¡Sigue tu camino! Y recuerda que dentro de una hora la policía te seguirá los pasos. Así que procura alejarte de aquí lo más deprisa que puedas.

Kuno Kienschäper se quedó parado en la carretera hasta que la figura desastrada desapareció entre los campos de mies. Después palmeó el cuello del bayo Toni y dijo:

—Qué ,Toni, no vamos a permitir que alguien así vuelva a arruinarnos la vida, ¿verdad? Hemos comenzado de nuevo. Cuando madre me metió en el agua y me lavó con sus propias manos toda la mugre, me juré a mí mismo: ¡desde ahora me mantendré limpio yo solo! ¡Y pienso cumplirlo!

En los días siguientes su madre se asombró alguna vez de que no hubiera forma de que el chico saliera de la granja. Porque siempre había sido el primero en el trabajo del campo, y ahora no quería ni atar a la vaca en el prado. Pero no dijo nada, y el chico tampoco, y cuando los días pasaron y llegó el pleno verano y comenzó la cosecha del centeno, el chico sí que salió con su guadaña…

Porque lo que se ha sembrado, también hay que cosecharlo, y el chico había sembrado buena simiente.