Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 56 de 82

Páginas del PDF

Solo en Berlín

Capítulo 56

BALDUR PERSICKE HACE UNA VISITA

 

Baldur Persicke, el orgulloso alumno de la Napola, el vástago con más éxito del hogar de los Persicke, ha concluido sus asuntos en Berlín. Por fin puede regresar y formarse en ella para convertirse en uno de los amos del mundo. Ha traído a su madre de su escondite con los parientes y le ha ordenado severamente que no abandone el domicilio o le sucederán todo tipo de males; asimismo, ha visitado una vez a su hermana en el campo de concentración de Ravensbrück.

Él no le negó su aprobación por espolear admirablemente a mujeres ancianas, y por la noche hermano y hermana, junto con algunas otras vigilantes de Ravensbrück y unos amigos de Fürstenberg, celebraron una pequeña orgía picante, en un círculo completamente íntimo, con abundante alcohol, cigarrillos y «amor»…

Sin embargo, Baldur Persicke dedicaba todos sus afanes a asuntos comerciales más serios. Su padre, el viejo Persicke, había cometido unas cuantas tonterías estando borracho, por lo visto faltaba dinero en la caja, incluso iba a ser llevado ante un tribunal del Partido. Pero Baldur puso en juego sus relaciones, presentó certificados médicos que describían al padre como un hombre decrépito, suplicó y amenazó, se mostró enérgico y humilde, aprovechándose como es debido del robo con fractura en el que el dinero había sido robado de nuevo… hasta que finalmente el hijo más leal de la familia consiguió que todo ese asunto podrido se arreglase discretamente. Ni siquiera había tenido que vender nada de la vivienda… el desfalco se justificó aduciendo un robo. No se achacó al viejo Persicke, ¡faltaría más! El robo se lo cargaron a Barkhausen y compañía, dándole de ese modo la vuelta al asunto, y el escudo de honor de los Persicke permaneció impoluto.

Y mientras los Hergesell eran amenazados con golpes y con la muerte por un delito que no habían cometido, Persicke, miembro del Partido, fue redimido del delito cometido.

Baldur Persicke había solucionado todo a pedir de boca, aunque por otra parte no cabía esperar otra cosa tratándose de él. Podría partir hacia su Napola, pero antes desea cumplir otro deber de decoro más: visitar a su padre en la clínica para alcohólicos. Además, le gustaría prevenir la repetición de tales acontecimientos y garantizar la seguridad de su atemorizada madre en la vivienda.

Siendo Baldur Persicke, obtiene inmediatamente un permiso de visita y puede incluso hablar a solas con su padre, sin la presencia de médicos o enfermeros.

Baldur encuentra al viejo muy deteriorado, desinflado como un animalito de goma al que han pinchado con una aguja.

Sí, los días felices del tabernero arruinado han concluido, ya no es más que un espectro, pero un espectro no exento de apetencias. El padre le pide suplicante al hijo algo que fumar, y después de que el hijo se niegue un par de veces («No te lo mereces, viejo maleante»), acaba regalándole un cigarrillo. Pero cuando el anciano Persicke le ruega a su hijo que le introduzca a escondidas una botella de aguardiente, aunque solo sea una vez, Baldur se ríe. Tras dar una palmada al padre en su rodilla flaca y temblorosa, exclama:

—¡Ya puedes quitarte eso de la cabeza, padre! Jamás en tu vida volverás a conseguir aguardiente para empinar el codo, has hecho demasiadas tonterías con eso.

Y mientras el padre lo mira enfurecido, el hijo informa, muy pagado de sí mismo, del esfuerzo que le ha costado solucionar esas tonterías.

El viejo Persicke nunca ha sido un gran diplomático, siempre ha manifestado su opinión sin rodeos y sin pensar jamás en los sentimientos ajenos. Así que replica:

—¡Siempre has sido un fanfarrón, Baldur! Yo ya sabía que nunca me pasaría nada en el Partido, con los quince años que llevo metido en los negocios de Hitler. ¡No, si te ha costado esfuerzo, solo tiene la culpa tu propia estupidez! Yo lo habría arreglado con tres palabras en cuanto hubiese estado fuera.

El padre es tonto. A poco que hubiera lisonjeado a su hijo con agradecimientos y alabanzas, seguro que Baldur habría mostrado mayor indulgencia. Pero ahora, profundamente herido en su vanidad, se limita a decir.

—¡Sí, en cuanto hubieses estado fuera, padre! ¡Pero no volverás a salir jamás de este manicomio mientras vivas!

Al escuchar estas palabras despiadadas el padre se lleva tal susto que le tiembla todo el cuerpo. Sin embargo, consigue dominarse y replica:

—¡Me gustaría ver quién podría mantenerme aquí! De momento soy todavía un hombre libre, y Martens, el médico jefe, me ha dicho en persona que si continúo el tratamiento otras seis semanas podré salir porque estaré curado.

—Tú no te curarás nunca, padre —contesta Baldur sarcástico—. Siempre vuelves a tus borracheras. Te conozco de sobra. Y después se lo diré también al médico jefe y me encargaré de que te incapaciten.

—¡Él no hará eso! El doctor Martens me quiere muchísimo; ha dicho que nadie sabe unas cochinadas tan amenas como yo. No me hará eso. Además, me ha prometido en serio que me darán el alta dentro de seis semanas.

—Pero si le cuento que acabas de intentar convencerme de que te traiga en secreto una botella de aguardiente, cambiará de opinión sobre tu curación.

—¡Tú no harás eso, Baldur! Eres mi hijo, y yo soy tu padre…

—¿Y qué tiene eso de particular? De alguien tengo que ser hijo, y creo que me ha tocado uno de los padres más impresentables.

Y tras mirar a su progenitor con desprecio, añade:

—No, no, padre, quítate eso de la cabeza. Acostúmbrate a la idea de que te quedarás aquí. ¡Fuera no harías más que ponernos a todos en ridículo!

El viejo, desesperado, arguye:

—Tu madre no lo tolerará jamás, ni lo de la incapacitación, ni que me quede aquí para siempre.

—¡Bueno, hombre, siempre tampoco durará demasiado, a juzgar por tu aspecto actual! —Baldur se echa a reír y cruza las piernas con los pantalones de montar bellamente abolsados. Contempla satisfecho el brillo de sus botas, obra de su madre —. Y mamá te tiene tal pánico que incluso se niega a visitarte. ¿Crees que ha olvidado que la cogiste del cuello e intentaste estrangularla? ¡Jamás lo olvidará!

—Entonces escribiré al Führer —gritó furioso el viejo Persicke—. El Führer no dejará en la estacada a un antiguo militante.

—¿Y de qué le sirves tú al Führer? ¡Al Führer le importas una mierda, ni siquiera se dignará echar un vistazo a tus garabatos! Además ya no puedes escribir con tus viejas y temblorosas manos de borracho, y pienso encargarme de que no permitan que salga ninguna carta tuya de aquí. Sería malgastar papel.

—Baldur, apiádate de mí. ¡Tú fuiste un niño pequeño! Yo te sacaba de paseo los domingos. ¿Recuerdas cuando estuvimos en Kreuzberg cómo corría el agua tan bonita de color rosa y azul? Siempre te compraba salchichas y caramelos, y cuando a los once años organizaste esa historia con el niño pequeño, me encargué de que no te expulsaran del colegio y te metieran en un correccional. ¿Qué serías sin tu anciano padre, Baldur? ¡No debes dejarme ingresado en este manicomio!

Baldur escuchó esa larga efusión sin inmutarse.

—Vaya, ¿así que ahora quieres tocar la tecla sentimental, padre? —inquirió—. Eres muy hábil. Solo que a mí esas cosas no me afectan, deberías saber que los sentimientos me importan un bledo. ¡Sentimientos… prefiero un buen bocadillo de jamón a todos los sentimientos del mundo! Pero no quiero ser así, te voy a regalar otro cigarrillo… ¡venga arriba!

Pero el viejo se sentía demasiado excitado para pensar en fumar. El cigarrillo — con un nuevo enfado de Baldur— cayó al suelo sin ser visto.

—¡Baldur! —volvió a implorar el viejo—. ¡Tú no sabes cómo es este lugar! Aquí te matan de hambre, y los enfermeros te pegan continuamente. Los demás enfermos también me pegan. Y me tiemblan tanto las manos que no puedo defenderme, y encima me roban la escasa comida que…

Mientras el viejo suplicaba, Baldur se preparaba para irse, pero su padre se aferró a su hijo, sujetándolo, y continuó hablando cada vez más deprisa.

—Y suceden cosas mucho más horribles. A veces el enfermero jefe pone a los enfermos que escandalizan una inyección con una cosa verde, no sé cómo se llama. Y la gente no para de vomitar, echan hasta la primera papilla, y de pronto desaparecen. Muertos, Baldur. No querrás que tu padre muera así, vomitando hasta la primera papilla, ¡tu propio padre! Baldur, sé bueno, ayúdame. ¡Sácame de aquí, estoy muerto de miedo!

Pero Baldur Persicke ya había escuchado demasiado tiempo esos lloriqueos. Se soltó violentamente del viejo Persicke y lo obligó a sentarse en un sillón.

—Bueno, padre, que te vaya bien —le deseó—. Saludaré a mamá de tu parte. Y recuerda que ahí, junto a la mesa, hay un cigarrillo en el suelo. ¡Sería una pena desperdiciarlo!

Y tras estas palabras, ese digno hijo de su digno padre, ambos dignos productos de la educación hitleriana, se marchó.

Sin embargo, todavía no abandonó la institución para alcohólicos, pues solicitó ser recibido por Martens, el médico jefe. Tuvo suerte: el médico jefe estaba y accedió a recibirlo. Tras saludar cortésmente a su visitante, durante un instante ambos se miraron con cautela, inspeccionándose.

—Por lo que veo está usted en la Napola, señor Persicke, ¿o estoy equivocado? —preguntó el médico jefe.

—No, doctor —contestó Baldur, orgulloso—, estoy en la Napola.

—Sí, nuestra juventud dispone hoy en día de numerosas oportunidades — comentó el médico inclinando la cabeza en señal de aprobación—. Me gustaría haber tenido un estímulo parecido siendo joven. ¿Todavía no ha sido llamado a filas, señor Persicke?

—Seguramente me dispensarán del servicio militar vulgar y corriente — respondió Baldur Persicke con despectiva indolencia—. Seguramente me encargarán administrar un vasto territorio rural, Ucrania o Crimea. Unas docenas de kilómetros cuadrados.

—Comprendo —el médico asintió—, ¿y ahora está adquiriendo los conocimientos necesarios para ello, no?

—Estoy desarrollando mis dotes de mando —explicó escuetamente Baldur—. Dispondré de subordinados para todos los asuntos profesionales. Pero tendré siempre a la gente bajo presión. Y pienso machacar a los rusos. ¡Hay demasiados!

—Comprendo —volvió a asentir el doctor Martens—. El Este es nuestra futura zona de asentamiento.

—En efecto, señor médico jefe, dentro de veinte años hasta las costas del Mar Negro, hasta los Urales, ya no vivirá ningún eslavo. Todo será un país genuinamente alemán. ¡Somos los nuevos caballeros de la Orden!

Los ojos de Baldur relampaguearon detrás de las gafas.

—Y todo eso tendremos que agradecérselo al Führer —dijo el médico jefe—. A él y a sus seguidores.

—¿Es usted miembro del Partido, doctor Martens?

—Por desgracia, no. Para ser sincero, un abuelo mío cometió una locura, el conocido defecto genético, ¿sabe usted? —Y agregó presuroso—: Pero el asunto está arreglado y solucionado, mis jefes han intercedido en mi favor, soy considerado ario puro. Me permito afirmar que lo soy. En breve confío también en llevar la cruz gamada.

Baldur se sentaba muy tieso. Como ario puro, se sentía muy superior a su interlocutor, que necesitaba dar tantos rodeos.

—Quería hablar con usted sobre mi padre, doctor —dijo casi con el tono de un superior.

—Oh, con su padre todo va como una seda, señor Persicke. Creo que dentro de seis u ocho semanas podremos darle de alta y considerarlo curado…

—¡Mi padre es incurable! —lo interrumpió bruscamente Baldur Persicke—. Mi padre bebe desde que tengo uso de razón. Y si usted le da el alta por la mañana, se presentará en nuestra casa borracho por la tarde. Ya conocemos esas curaciones. Mi madre y mis hermanos desean que mi padre pase aquí el resto de su vida. Yo me adhiero a esos deseos, doctor.

—Sin duda, sin duda —se apresuró a asegurar el médico—. Hablaré de ello con el señor catedrático…

—Eso es completamente innecesario. Lo que acordemos aquí será definitivo. Si mi padre regresa a nuestra casa, nos encargaremos de que ese mismo día se produzca un nuevo ingreso aquí, de un hombre totalmente borracho. ¡Esa sería su completa curación, señor médico jefe, y le garantizo que las consecuencias no serían agradables para usted!

Ambos se miraron a través de los cristales de sus gafas. Pero por desgracia, el médico jefe era un cobarde: ante la mirada indignamente descarada de Baldur agachó la cabeza y repuso:

—No hay duda de que los dipsómanos, los bebedores, tienen un peligro enorme de recaída. Y si su padre, tal como acaba de informarme, ha bebido siempre…

—Se bebió su taberna. Se bebió todo lo que ganaba mi madre. Y todavía hoy se bebería lo que ganamos sus cuatro hijos si se lo permitiéramos. ¡Mi padre se queda aquí!

—Su padre se queda aquí. Hasta nuevo aviso. Si más adelante, acaso después de la guerra, usted en alguna visita creyera que su padre ha experimentado una mejoría notable…

Baldur Persicke le cortó de nuevo la palabra.

—Mi padre no recibirá ninguna visita más, ni mía ni de mis hermanos, ni de mi madre. Sabemos que aquí está bien atendido, eso nos basta. —Baldur dirigió al médico una penetrante mirada. Hasta ese momento había hablado en voz alta, casi imperiosa, pero ahora baja el tono—: Mi padre me ha hablado de ciertas inyecciones verdes, doctor…

El médico se sobresaltó un poco.

—Una mera medida educativa. Utilizada muy ocasionalmente con jóvenes pacientes recalcitrantes. La edad de su padre impide…

Nueva interrupción.

—Mi padre ya ha recibido una de esas inyecciones verdes…

El médico exclamó:

—¡Imposible! Disculpe, señor Persicke, pero debe de haber un error.

Baldur replicó con tono severo:

—Mi padre me ha informado de esa única inyección. Me ha contado que le sentó bien. ¿Por qué no se le sigue aplicando ese tratamiento, doctor?

—¡Pero señor Persicke! —El médico estaba totalmente confuso—. ¡Se trata de una mera medida educacional! El paciente vomita durante horas, a menudo durante días enteros.

—Bueno, ¿y eso qué importa? ¡Déjelo que vomite! A lo mejor le gusta vomitar. A mí me ha asegurado que la inyección verde le sentó bien. Espera con verdadera ansia la segunda. ¿Por qué le niega el remedio si mejora su estado?

—No, no —negó el médico a toda prisa. Y avergonzado de sí mismo, añadió—: Tiene que haber un malentendido. Nunca he oído que un paciente reclame…

—Señor médico jefe, ¿quién entiende mejor a un paciente que su propio hijo? Debe usted saber que soy el hijo predilecto de mi padre. Le quedaría muy agradecido si ahora mismo, en mi presencia, le ordenara al enfermero jefe o a quien corresponda, que administre inmediatamente a mi padre una de esas inyecciones. Me marcharía más tranquilo a mi casa, valga la expresión… ¡habría cumplido el deseo de ese anciano!

El médico miró, muy pálido, la cara de su interlocutor.

—Pero ¿habla usted en serio? ¿Debo hacerlo ahora mismo? —murmuró.

—¿Le queda alguna duda, doctor? Decididamente lo encuentro un poco blando para ser un médico jefe. Tenía usted razón hace un momento: habría debido asistir a una Napola y desarrollar más sus cualidades dirigentes. —Y añadió con maldad—: Aunque a decir verdad para su defecto congénito existen otras posibilidades educativas…

Tras una larga pausa el médico dijo en voz baja:

—Siendo así, iré a ponerle la inyección a su padre…

—Se lo ruego, doctor, ¿por qué no ordena al enfermero jefe que lo haga, pues parece formar parte de sus obligaciones?

El médico estaba inmerso en una dura lucha consigo mismo. Se hizo un completo silencio en la habitación.

Después se levantó muy despacio.

—Bien, se lo comunicaré al enfermero jefe…

—Lo acompañaré con mucho gusto. Siento un tremendo interés por su profesión. Ya me entiende, eliminación de los indignos de vivir, esterilizaciones y todo eso…

Baldur Persicke se mantuvo junto al médico cuando impartió sus órdenes al enfermero jefe. Al paciente Persicke había que administrarle tal y cual inyección…

—¡Así que una inyección para vomitar! —exclamó Baldur, condescendiente—. Y por regla general, ¿cuántas administra usted? Vaya, vaya, bueno, creo que un poco más tampoco será perjudicial, ¿no le parece? Venga, tengo aquí unos cigarrillos. Bueno, quédese con la cajetilla, enfermero jefe.

Este le dio las gracias y se fue, la inyección con el líquido verde en la mano.

—¡Vaya, su enfermero jefe es un verdadero hércules! Me imagino que cuando reparte leña los hará pedazos. ¡Músculos, los músculos son media vida, doctor Martens! Bueno, gracias de nuevo, señor médico jefe. Espero que el tratamiento prosiga con mucho éxito. ¡Heil Hitler!

—¡Heil Hitler, señor Persicke!

Una vez en su despacho, el doctor Martens se hundió pesadamente en un sillón. Todos sus miembros le temblaban y un sudor frío cubría su frente. Pero su intranquilidad persistía. Volvió a levantarse y se acercó al armario de los medicamentos. Lentamente se preparó una inyección. Pero no contenía ningún líquido verde, por muchos motivos que sintiera para vomitar por todo el mundo y sobre todo por su vida. El doctor Martens prefería la morfina.

Retornó a su sillón y estiró cómodamente sus miembros, esperando que el narcótico surtiera efecto.

¡Qué cobarde soy!, pensaba. ¡Asquerosamente cobarde! Qué miserable y descarado granuja… con toda seguridad la única influencia que ejerce consiste en lo bocazas que es. Y yo me he humillado ante él. No habría hecho falta. ¡Pero siempre esa maldita abuela y mi imposibilidad de mantener la boca cerrada! Y eso que era una anciana tan atractiva, y yo la quería tanto…

Dejando vagar sus pensamientos, volvió a ver ante él a la anciana de rostro refinado. Su casa olía a recipientes llenos de pétalos de rosa y a bizcocho de anís. Qué mano tan delicada la suya, una mano de niña envejecida…

¡Y por su culpa me he humillado ante ese miserable! Creo, señor Persicke, que prefiero no ingresar en el Partido, aunque en mi opinión ya es demasiado tarde para eso. ¡Habéis durado demasiado!

Parpadeó, se estiró. Respiró hondo, ya volvía el bienestar.

Inmediatamente después iré a comprobar el estado de Persicke. Desde luego no se le administrarán más inyecciones. Ojalá lo resista. Inmediatamente después iré a verlo, pero primero quiero disfrutar del benéfico efecto. Pero inmediatamente después… ¡palabra de honor!