Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 22 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 22

MEDIO AÑO DESPUÉS: EL COMISARIO ESCHERICH

 

Medio año después de recibir la primera carta, el comisario Escherich, acariciándose su bigote color arena, estaba ante el mapa de Berlín en el que había marcado con banderitas rojas los lugares donde se habían hallado las postales de Quangel. El mapa ostenta ahora cuarenta y cuatro banderitas; de las cuarenta y ocho postales que los Quangel habían escrito y repartido en ese medio año, solo cuatro no habían caído en poder de la Gestapo. Y seguramente esas cuatro tampoco habrían pasado de mano en mano en las empresas, como esperaban los Quangel, sino que apenas leídas, las habrían roto, arrojado al agua o quemado con mucho miedo.

Se abre la puerta y entra el superior de Escherich, el [6] Obergruppenführer Prall:

—¡Heil Hitler, Escherich! Bueno, ¿por qué anda usted mordiéndose el bigote?

—¡Heil Hitler, mi Obergruppenführer! Es el escritor de postales, el Duende, como yo lo llamo.

—¿Y eso? ¿Por qué duende?

—No lo sé. Se me ocurrió. A lo mejor porque quiere asustar a la gente.

—¿Y progresamos en eso, Escherich?

—¡Psé! —respondió el comisario arrastrando la voz. Volvió a inspeccionar el mapa, pensativo—: A juzgar por la difusión, tiene que vivir en alguna parte al norte de la plaza Alexander, allí ha aparecido la mayoría. Pero también están bien surtidos el este y el centro. El sur, nada. En el oeste, algo al sur de la plaza Nollendorf, han aparecido dos… ahí debe de desarrollar alguna actividad ocasional.

—Digámoslo sin rodeos: del mapa todavía no se deduce nada. ¡No hemos avanzado ni un paso!

—Hay que esperar. Dentro de seis meses, si para entonces mi Duende no comete ningún otro error, el mapa nos proporcionará mucha más información.

—¡Medio año! ¡Es usted glorioso, Escherich! ¡Pretende dejar hozar y gruñir a ese cerdo durante medio año todavía sin hacer nada más que clavar sus banderitas con absoluta tranquilidad!

—En nuestro trabajo hay que tener paciencia, mi Obergruppenführer. Esto es igual que cuando usted está al acecho esperando al corzo. Tiene que esperar. No puede disparar antes de que venga. Pero cuando venga, yo dispararé, ¡tenga la seguridad!

—¡Siempre oigo hablar de paciencia! ¿Cree usted que los de arriba tienen tanta paciencia? Temo que pronto nos endosarán a uno que será duro de pelar. Tenga en cuenta que cuarenta y cuatro postales en medio año suponen casi dos postales por semana, las que nos llegan. Y eso lo ven también los de arriba. Y entonces me preguntarán: Bueno, ¿qué? ¿Todavía no lo han atrapado? ¿Se puede saber por qué? ¿A qué demonios os dedicáis? ¿A clavar banderitas y rascaros la barriga? Y me echarán la bronca y me ordenarán atrapar a ese hombre en dos semanas.

El comisario Escherich sonrió bajo su bigote color arena.

—Y entonces usted, mi Obergruppenführer, me echará una bronca y me ordenará oficialmente atrapar a ese hombre en una semana.

—No se ría como un idiota, Escherich. Un caso como este, si llega por ejemplo a oídos de Himmler, puede destrozar la mejor carrera, y quizá un día, en el campo de concentración de Sachsenhausen, pensemos los dos muy apenados en lo buenos que eran los tiempos en que aún podíamos clavar banderitas rojas.

—¡No tema, mi Obergruppenführer! Soy perro viejo de la Brigada de Investigación Criminal y sé que nadie puede hacer nada mejor que lo que hacemos nosotros: esperar. Que nos propongan un método mejor, esos listillos, para descubrir al Duende. Pero claro, ellos tampoco lo conocen.

—Tenga en cuenta, Escherich, que si hasta nosotros han llegado cuarenta y cuatro postales, quizá hoy circulen por Berlín más de cien. Quien siembra el descontento, propugna el sabotaje. ¡No podemos presenciarlo cruzados de brazos!

—Cien postales circulando. —Escherich rio—. ¿Tiene usted idea de cómo es el pueblo alemán, mi Obergruppenführer? Mil disculpas, mi Obergruppenführer, no quería decir eso, se me ha escapado. Por supuesto que usted, mi Obergruppenführer, tiene una idea cabal de cómo es el pueblo alemán, más que yo probablemente, ¡pero es que ahora la gente tiene muchísimo miedo! Las entregan… ¡seguro que no circulan más de diez postales!

Tras una mirada furibunda por la ofensiva exclamación de Escherich (¡esa gente que procedía de la policía era bastante imbécil y se tomaba demasiadas confianzas!), después, por tanto, de que el Obergruppenführer Prall hubiera censurado la ofensiva exclamación de Escherich con una mirada furibunda y un iracundo alzamiento del brazo hacia delante en ademán admonitorio, el Obergruppenführer gritó:

—¡Incluso diez son demasiadas! ¡Hasta una es demasiado! ¡No debe circular absolutamente ninguna! ¡Tiene que atrapar a ese individuo, Escherich… y deprisita!

El comisario enmudeció. No levantaba la vista de las brillantes punteras de las botas del Obergruppenführer, se acariciaba meditabundo el bigote, encerrado en un silencio obstinado.

—¡Sí, ahí está usted bien callado! —exclamó Prall, irritado—. Sé lo que piensa. Ahora mismo está pensando que yo soy otro de esos listillos que echan broncas pero no proponen nada mejor.

Hacía ya mucho tiempo que el comisario Escherich no se ponía colorado, pero en ese momento en que adivinaron justo su pensamiento secreto, estuvo a punto de sonrojarse. Y también se quedó abochornado, lo que no le sucedía desde tiempos inmemoriales.

El Obergruppenführer Prall se dio perfecta cuenta de ello. Y dijo, contento:

—Bien, le aseguro que no deseo ponerlo en un aprieto, Escherich, se lo garantizo. Tampoco pretendo darle un buen consejo. Usted sabe que no soy un criminalista, solo me han confiado el mando de este puesto. Pero póngame al corriente. En los próximos días seguro que tendré que informar sobre este caso y me gustaría estar al tanto. ¿Nunca han visto a ese hombre depositando las postales?

—Jamás.

—¿Y no se ha manifestado ninguna sospecha en los edificios donde fueron halladas las postales?

—¿Sospechas? ¡A montones! Las sospechas abundan. Pero detrás no hay nada más que un pequeño enfado con el vecino, chivateo, frenesí denunciador. ¡No, eso no nos proporciona ninguna pista!

—¿Y los que las encontraron? ¿No hay sospechosos?

—¿Sospechosos? —Escherich torció el gesto—. Ay, Dios, mi Obergruppenführer, hoy en día no hay nadie que esté libre de sospecha. —Y tras una rápida mirada al rostro de su superior—: O lo son todos. Sin embargo, aquí hemos cribado y vuelto a cribar a todos los que las encontraron. Ninguno tiene nada que ver con el autor de las postales.

El Obergruppenführer suspiró.

—Habría debido hacerse cura, Escherich. ¡Reconfortar se le da divinamente! — exclamó—. Así que solo quedan las postales. ¿Qué indicios aportan?

—Escasos. Muy escasos —contestó Escherich—. ¡No, eso de cura, mejor no, pero le diré la verdad, mi Obergruppenführer! Tras el primer fallo que cometió con lo del hijo único, pensé que él mismo se pondría la soga al cuello. Pero es listo.

—Oiga, Escherich —intervino Prall—, ¿se le ha ocurrido pensar que también podría tratarse de una mujer? Acaba de ocurrírseme hace un momento, cuando usted ha hablado del hijo único.

El comisario, sorprendido, miró un momento a su superior. Reflexionó. Después, meneando la cabeza pesaroso, dijo:

—No, eso tampoco nos conduce a nada, mi Obergruppenführer. Ese es más bien uno de los puntos que considero absolutamente seguros. Mi Duende es viudo o al menos un hombre que vive solo. Si hubiera una mujer metida en el asunto, habría habido hace tiempo algún chismorreo. Recuerde que ha transcurrido medio año, ¡una mujer no es capaz de mantener la boca cerrada tanto tiempo!

—¿Y una mujer que haya perdido a su único hijo?

—Tampoco. ¡Esa menos aún! —decidió Escherich—. El que sufre desea ser consolado, y para recibir consuelo es preciso hablar. No, seguro que no hay una mujer metida en el ajo. Este solo lo conoce uno, y sabe callar.

—Como ya he dicho: ¡cura! ¿Qué más indicios tenemos?

—Escasos, mi Obergruppenführer, muy escasos. Es bastante seguro que el hombre es avaro o ha tenido alguna vez desavenencias con la Organización de Ayuda Invernal, porque en las postales puede poner lo que sea, pero ni una sola vez ha olvidado la recomendación: «No donéis nada a la Organización de Ayuda Invernal».

—Pues como tengamos que buscar en Berlín a alguien a quien no le gustan los donativos a la Organización de Ayuda Invernal, estamos apañados, Escherich…

—Ya digo, mi Obergruppenführer. Muy poco. Muy escaso.

—¿Algo más?

El comisario se encogió de hombros.

—Poco, nada —contestó—. Tal vez podamos suponer con bastante certidumbre que el autor de las postales carece de empleo fijo, porque las postales se han encontrado a todas horas del día, entre las ocho de la mañana y las nueve de la noche. Y dado que las escaleras que utiliza mi Duende están muy concurridas, hemos de suponer que cada postal ha sido encontrada al poco de su colocación. ¿Qué más? Se trata de un obrero que ha escrito poco durante su vida, pero con una cierta formación escolar, pues apenas comete faltas de ortografía y se expresa con cierta soltura…

Escherich calló, ambos guardaron silencio durante bastante rato, mientras contemplaban absortos el mapa con las banderitas rojas.

Después el Obergruppenführer Prall dijo:

—Un hueso duro de roer, Escherich. Duro para ambos.

El comisario comentó, consolador:

—No existen huesos tan duros… al final siempre se rompen.

—¡Pero a alguno que otro le cuestan un diente, Escherich!

—¡Paciencia, mi Obergruppenführer, un poco de paciencia!

—Con tal de que la tengan los de arriba; eso no depende de mí, Escherich. En fin, martirice un poco su cabecita, Escherich, a lo mejor se le ocurre algo mejor que esta estúpida espera. ¡Heil Hitler!

—¡Heil Hitler, mi Obergruppenführer!

Una vez solo, el comisario Escherich permaneció un rato delante del mapa, acariciándose, meditabundo, su bigote claro. La situación no era exactamente la que había querido hacer creer a su superior. En este caso él no era tan solo el criminalista curtido al que ya nada es capaz de alterar. Le interesaba ese mudo escritor de postales, por desgracia todavía desconocido por completo para él, que con tanta desconsideración y tanta cautela había emprendido un combate casi desesperado. El caso Duende había sido al principio uno de tantos. Después le había entusiasmado. Tenía que encontrar a ese hombre que estaba con él debajo de los diez mil tejados de Berlín, tenía que ver cara a cara al que con la regularidad de una máquina enviaba todas las semanas al escritorio del comisario dos, tres postales la noche del lunes, como muy tarde la mañana del martes.

Escherich estaba muy lejos de poseer esa paciencia que acababa de recomendar tan encarecidamente al Obergruppenführer. Escherich cazaba… ese viejo criminalista era un verdadero cazador. Lo llevaba en la sangre. Cazaba personas igual que otros cazan jabalíes. Que los jabalíes y las personas tuvieran que morir al finalizar la cacería no lo conmovía. El jabalí estaba destinado a morir de ese modo, igual que las personas que escribían esas postales. Llevaba mucho tiempo rompiéndose la cabeza para averiguar cómo podría acercarse más deprisa al Duende, no hacía falta que el Obergruppenführer Prall se lo recordase. Pero no hallaba el modo, porque solo servía la paciencia. Por algo tan irrelevante no se podía poner en marcha a todo el aparato policial, registrar todas las viviendas de Berlín… aparte de que él no podía provocar semejante alarma en la ciudad. Debía seguir teniendo paciencia…

Y cuando uno tenía suficiente paciencia, entonces de repente sucedía: casi siempre sucedía algo. El delincuente cometía un error o la casualidad le jugaba una mala pasada. Había que esperar una de estas dos cosas: la casualidad o el error. Siempre o casi siempre se producía una de ellas. Escherich confiaba que en este caso no fuera «casi siempre». Estaba interesado, oh, sí, muy interesado. En el fondo le importaba un pimiento impedir que el criminal continuase o no con su actividad. Escherich, ya se ha dicho, era un cazador. No por la carne de la pieza, sino por el placer de la caza. Sabía que en el preciso momento en que la pieza fuera abatida, el delincuente apresado y sus delitos fehacientemente probados… en ese preciso momento el interés de Escherich por el caso concluiría. La pieza había sido abatida, el hombre estaría en prisión preventiva… la caza había terminado. ¡Hasta la próxima!

Escherich ha apartado del mapa su mirada incolora. Ahora está sentado a su escritorio comiendo despacio y meditabundo su bocadillo del desayuno. Cuando suena el teléfono, lo descuelga titubeando. Escucha el aviso con absoluta indiferencia:

—Aquí el distrito de policía de la avenida Frankfurter. ¿El comisario Escherich?

—Al aparato.

—¿Está usted trabajando en el caso de las postales desconocidas?

—Sí. ¿Qué hay? ¡Dese prisa!

—Hemos capturado con bastante seguridad al que reparte dichas postales.

—¿Durante el reparto?

—Casi. Como es natural, lo niega.

—¿Dónde está?

—Aquí, en el distrito.

—Manténgalo ahí, llegaré con mi coche dentro de diez minutos. ¡No sigan interrogándolo! ¡Deje tranquilo a ese hombre! Quiero hablar personalmente con él. ¿Entendido?

—A sus órdenes, comisario.

—Allá voy.

Durante un instante el comisario Escherich se quedó casi inmóvil encima del teléfono. ¡La casualidad… la misericordiosa, buena casualidad! ¡Sabía que había que tener paciencia!

Y se apresuró para efectuar el primer interrogatorio del repartidor de postales.