Solo en Berlín
Capítulo 72
EL REENCUENTRO DE ANNA QUANGEL
Transcurrieron los meses, se sucedieron las estaciones y la señora Anna Quangel seguía en su celda esperando el reencuentro con Otto Quangel.
A veces la guardiana, cuya preferida era ahora Anna, le decía:
—Señora Quangel, creo que se han olvidado de usted.
—Sí —contestaba amablemente la presa 76—. Da esa impresión. De mí y de mi marido. ¿Cómo está Otto?
—Bien —contestó deprisa la guardiana—. Le envía saludos.
Todas habían acordado no informar a la buena mujer, siempre laboriosa, de la muerte de su marido. Le transmitían saludos de su parte con regularidad.
Y esta vez el cielo fue clemente con Anna: ninguna cháchara ociosa, ningún pastor consciente de su deber destruyeron su fe en que Otto Quangel vivía.
Permanecía casi todo el día sentada junto a su pequeña tejedora manual, haciendo calcetines, calcetines para los soldados de ahí fuera, tejiendo día tras día.
A veces canturreaba mientras tanto en voz baja. Ahora estaba firmemente convencida de que Otto y ella no solo volverían a verse, sino que podrían vivir todavía mucho tiempo juntos. O los habían olvidado de verdad o los habían indultado en secreto. La libertad ya no podía tardar.
Porque pese a lo poco que hablaban de ello las guardianas, Anna Quangel se había dado cuenta: la guerra iba mal, y las noticias empeoraban semana tras semana. Lo notaba también en la comida que disminuía cada día más, en el material de trabajo, que faltaba con frecuencia, en la pieza rota de su tejedora, cuya sustitución tardaba semanas, en que todo escaseaba cada vez más. Pero si la guerra iba mal, la situación era buena para los Quangel. Pronto serían libres.
Así que se sienta y teje. Teje en los calcetines sus sueños, esperanzas que nunca se cumplirán, deseos que nunca tuvo antes. Se imagina a un Otto completamente distinto a aquel con el que convivió, a un Otto contento, alegre, tierno. Se ha convertido casi en una chica joven a la que la vida entera le sonríe con alegría primaveral. ¿Acaso no sueña a veces incluso con tener hijos? ¡Ay, hijos…!
Desde que Anna Quangel destruyó el cianuro de potasio, cuando tras una durísima lucha decidió resistir hasta volver a ver a Otto, pasara lo que pasase… desde entonces se ha vuelto libre y joven y alegre. Se ha superado a sí misma.
Ahora es libre. Libre y carente de temor.
Lo es también durante las noches cada vez más difíciles que la guerra ha traído ahora sobre Berlín, cuando aúllan las sirenas, los aviones sobrevuelan la ciudad en enjambres cada vez más espesos, caen las bombas, las minas sueltan sus gritos desgarradores y los incendios se propagan por doquier.
En las noches así los prisioneros permanecen en sus celdas. No se atreven a conducirlos a los refugios por miedo a un motín. Ellos gritan en su encierro, se ponen fuera de sí, ruegan e imploran, enloquecen de miedo, pero los corredores están vacíos, allí ya no quedan guardias, ni manos compasivas que abran las puertas de las celdas, el personal de vigilancia está en los refugios antiaéreos.
Anna Quangel no tiene miedo. Su pequeña máquina tabletea y resopla enlazando los círculos de malla. Aprovecha para tejer esas horas en las que no puede dormir. Y mientras teje, sueña. Sueña con el reencuentro con Otto, y en uno de esos sueños cae la mina que reduce a escombros esa zona de la prisión.
La señora Anna Quangel no ha tenido tiempo de despertar de su soñado reencuentro con Otto. Ella ya está con él. En cualquier caso está allí donde también está él. Dondequiera que sea.