Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 20 de 82

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Solo en Berlín

Segunda Parte

LA GESTAPO

Capítulo 20

EL CAMINO DE LAS POSTALES

 

El actor Max Harteisen, según solía decir su amigo y abogado Toll, aún tenía muy mala conciencia por la época anterior al nazismo. Había participado en películas dirigidas por directores judíos, en películas pacifistas, y uno de sus papeles principales en el teatro había sido el de aquel maldito personaje sin carácter, el príncipe de Homburg, al que cualquier verdadero nacionalsocialista escupiría a la cara. Así pues, Max Harteisen tenía sobrados motivos para ser prudente; durante una temporada se dudó incluso de que pudiera interpretar siquiera estando los señores pardos en el poder.

Pero al final el asunto se solucionó. Como es natural, el chico tuvo que practicar cierta discreción y, para empezar, ceder la preferencia a actores pardos de verdadero tinte pardo, aunque no estaban ni de lejos tan capacitados como él. Pero lo que no había escatimado era precisamente discreción; la interpretación del joven, sin embargo, había llegado a llamar la atención del ministro Goebbels. Es más, el ministro incluso se había encaprichado con él. Y hasta un niño sabía de sobra lo que suponían esas preferencias del ministro, porque no existía persona más caprichosa e imprevisible que el doctor Joseph Goebbels.

Al principio todo había sido alegría y esplendor sin reservas, porque cuando el ministro tenía a bien admirar a alguien, no establecía diferencia alguna entre hombre o mujer. El doctor Goebbels telefoneaba todas las mañanas al actor Harteisen como si fuese una amante, le preguntaba por su sueño, le enviaba flores y bombones igual que a una diva, y no transcurría día sin que el dignatario se reuniera con Harteisen al menos un ratito. Es más, incluso se llevó al artista a Núremberg a la asamblea general del Partido, le explicó «como es debido» el nacionalsocialismo y Harteisen entendió todo lo que tenía que entender.

Lo único que no entendió es que el auténtico nacionalsocialismo prescribía que un sencillo compatriota no debe contradecir a un ministro. Porque un ministro, por el mero hecho de serlo, es diez veces más inteligente que el otro. En alguna cuestión cinematográfica por completo irrelevante Harteisen contradijo a su ministro y casi afirmó que lo que había dicho el señor Goebbels era una tontería. No está claro si la cuestión cinematográfica realmente irrelevante y encima meramente teórica enfureció al artista o si sencillamente estaba harto de la adoración excesiva del ministro, por lo que deseaba una ruptura. En cualquier caso, pese a ciertas advertencias, no se apeó de su afirmación de que era una tontería y seguiría siéndolo, fuese ministro o no.

¡Oh, cómo cambió entonces el mundo para Max Harteisen! Se acabaron las preguntas matinales por la bondad de su sueño, los bombones, las flores, las visitas a casa del doctor Goebbels y también las enseñanzas del auténtico nacionalsocialismo. Ay, todo eso aún habría sido soportable, es más, incluso deseado, pero de repente Harteisen se quedó sin trabajo, los contratos cinematográficos casi cerrados se rompieron, las giras se quedaron en agua de borrajas, el actor Harteisen ya no tenía trabajo.

Dado que Harteisen, amén de valorar su profesión por el dinero que se ganaba, era un verdadero actor cuya vida hallaba su culminación sobre el escenario, ante la cámara, esa inactividad forzosa lo condujo al borde de la desesperación. No podía ni quería creer que el ministro, que durante año y medio había sido su mejor amigo, se hubiera convertido ahora en un enemigo tan carente de escrúpulos, incluso tan malvado, que aprovechase su poderosa posición para arrebatar a otro la alegría de vivir por un desacuerdo. (En 1940 el bueno de Harteisen aún no había comprendido que cualquier nazi estaba dispuesto en todo momento a arrebatar a cualquier alemán que mantuviera una opinión diferente a la suya no solo la alegría de vivir, sino incluso la vida misma).

Pero cuando pasó el tiempo y no se presentaron oportunidades de trabajo, Max Harteisen tuvo que creérselo. Los amigos le informaron de que el ministro había declarado en un congreso cinematográfico que el Führer no quería ver nunca más en la pantalla a ese actor vistiendo el uniforme de un oficial. Poco después se decía que el Führer no quería ver a ese actor ni en pintura, y después se declaró oficialmente al actor Harteisen «persona non grata». Adiós, querido, se acabó, en la lista negra a los treinta y seis años… ¡y para un Reich de mil años!

Ahora sí que el actor Harteisen tenía de verdad muy mala conciencia. Pero él no cejó, insistió y preguntó, quería averiguar a todo trance si esos juicios aniquiladores partían de verdad del Führer o se los había inventado ese hombre estrecho de miras para liquidar a un enemigo. Y aquel lunes Harteisen irrumpió totalmente seguro de su victoria en el despacho de su abogado Toll y exclamó:

—¡Ya lo tengo, ya lo tengo, Erwin! Ese miserable ha mentido. El Führer ni siquiera ha visto la película en la que interpreto al oficial prusiano, y no ha pronunciado jamás una palabra sobre mí.

Y le contó con vehemencia que esa noticia era de todo punto cierta, porque procedía del propio Göring. Una amiga de su mujer tenía una tía, cuya prima había sido invitada a Carinhall a casa de Göring. Entonces ella mencionó el caso y Göring, como ya se ha dicho, lo contó.

El abogado miró con cierta sorna al excitado visitante.

—Bueno, Max, ¿qué cambia eso?

El actor murmuró, completamente perplejo:

—¡Pero Goebbels ha mentido, Erwin!

—¿Y qué? ¿Te habías creído que todo lo que dice Patitacoja es verdad?

—No, claro que no. Pero si se lleva el caso ante el Führer… ¡Porque él ha abusado del nombre del Führer!

—¡Claro, y por haberlo hecho, el Führer expulsará a un viejo compañero del Partido que es un pez gordo tan solo porque ha disgustado a Harteisen!

El actor miró al sarcástico y prepotente abogado implorando ayuda.

—¡Pero debemos solucionar mi problema, Erwin! —exclamó—. Quiero trabajar. Y Goebbels me lo impide de manera injusta.

—Sí —admitió el abogado—. Sí —y volvió a callar. Y al comprobar que Harteisen lo miraba esperanzado, agregó—: Eres un niño, Max, un verdadero niño grande.

El actor, que siempre se había considerado un hombre de mundo, echó la cabeza hacia atrás, malhumorado.

—Aquí estamos en confianza, Max —prosiguió el abogado—, esa puerta está bien acolchada, así que podemos hablar con absoluta franqueza. Tú también sabías, al menos hasta cierto punto, cuántas injusticias sangrantes, desgarradoras, que claman al cielo, ocurren hoy en Alemania, sin que nadie les preste la menor atención. Al contrario, ellos incluso se vanaglorian públicamente de su infamia. Pero el actor Harteisen tiene un pequeñísimo encontronazo y de pronto ha descubierto que en el mundo ocurren injusticias y grita pidiendo justicia. ¡Max!

Harteisen repuso afligido:

—¿Qué debo hacer entonces, Erwin? ¡Hay que hacer algo!

—¿Sí? ¿Qué? ¡Está clarísimo, hombre! Retírate con tu mujer a un bonito pueblo en el campo y mantén la boca bien cerrada. Sobre todo olvídate de una vez de tus insensatas habladurías sobre «tu» ministro y abstente de difundir la entrevista de Göring. O puede que entonces el ministro te haga algo muy diferente.

—¿Cuánto tiempo tengo que pasarme en el campo cruzado de brazos?

—Los caprichos de un ministro vienen y van. También se van, Max, tenlo por seguro. Un buen día volverás a brillar y a estar en el candelero.

El actor se estremeció.

—¡Eso, no! —rogó—. ¡Todo menos eso! —Se levantó—. ¿Y crees de veras que no puedes hacer nada en mi caso?

—Ni lo más mínimo —comentó el abogado sonriendo—. A no ser que desees ir a un campo de concentración como mártir por tu ministro.

Tres minutos después el actor Max Harteisen se encontraba en la escalera del edificio de oficinas sosteniendo, desconcertado, una postal en la mano: «Madre: el Führer ha matado a mi hijo…».

¡Cielo santo!, pensó. ¿Quién escribe una cosa así? ¡Debe de estar loco! Ha firmado su sentencia de muerte. Sin darse cuenta dio la vuelta a la postal. Pero allí no figuraba remitente o destinatario, sino: «¡Pasad esta postal para que la lean muchos! No donéis nada a la Organización de Ayuda Invernal. Trabajad despacio, más despacio todavía. Echad arena a las máquinas. Cada trabajo no realizado contribuye a terminar antes esta guerra».

El actor alzó la vista. El ascensor pasó a su lado con un derroche de luz. Tuvo la sensación de que numerosos ojos lo miraban.

Rápidamente se guardó la postal en el bolsillo, y con mayor rapidez aún la sacó. Se disponía a dejarla sobre el antepecho de la ventana cuando le asaltaron las dudas. A lo mejor los del ascensor lo habían visto allí parado con la postal en la mano; muchos conocían su cara. Encontrarían la postal y algunos jurarían que él la había dejado allí. Y desde luego él la había depositado, de nuevo para ser exactos. ¿Pero quién le creería, justo ahora que tenía ese conflicto con el ministro? ¡Con el problemón que tenía encima, y ahora esto!

Su frente se cubrió de sudor, de pronto comprendió que tanto el autor de la postal como él estaban en inminente peligro de muerte, él quizá más. Su mano se contraía convulsa; quería dejar la postal, después prefería llevársela, deseaba hacerla pedazos allí mismo… Pero ¿no habría alguien en lo alto de la escalera observándolo? En los últimos días le había asaltado un par de veces la sensación de que lo vigilaban, lo había achacado al nerviosismo producido por la hostilidad del ministro Goebbels…

¿No sería todo una trampa de ese hombre, urdida para hacerle caer en ella sin remisión? ¿Para demostrar al mundo entero cuánta razón tenía el ministro al condenar al actor Harteisen? ¡Ay, Dios, ya se había vuelto loco, veía fantasmas! ¡Eso no lo hace un ministro! ¿O sí?

Pero no podía quedarse quieto para siempre. Tenía que decidirse; ya no debía pensar en Goebbels, sino únicamente en sí mismo.

Vuelve a subir como una tromba el tramo de escaleras, allí no hay nadie observándolo. Toca el timbre del abogado Toll. Pasa lanzado ante la secretaria, planta la postal sobre la mesa del abogado y exclama:

—¡Mira lo que acabo de encontrar en la escalera!

El abogado se limita a lanzar un breve vistazo a la postal. Después se levanta y cierra con cuidado la puerta doble de su despacho, que el alterado visitante ha dejado abierta. Regresa a su puesto junto al escritorio. Vuelve a coger la postal y la lee lenta y cuidadosamente, mientras Harteisen camina de un lado a otro lanzándole miradas de impaciencia.

Toll aparta la postal y pregunta:

—¿Dónde has dicho que la has encontrado?

—Aquí, en la escalera, un tramo más abajo.

—¿En la escalera? ¿Es decir, encima de los escalones?

—¡No seas tan meticuloso, Erwin! Encima de los escalones, no, sobre el antepecho de la ventana.

—¿Y puedo preguntarte por qué se te ha ocurrido traer a mi despacho este atractivo presente?

La voz del abogado se endurece y el actor dice suplicante:

—¿Qué podía hacer? La postal estaba ahí, la he recogido con un gesto completamente maquinal.

—¿Y por qué no la has dejado allí? ¡Habría sido lo más lógico!

—Mientras leía, el ascensor ha pasado a mi lado. Me he sentido vigilado. Mi cara es conocida.

—¡Mejor aún! —exclamó el abogado con acritud—. Así que entonces corriste hasta aquí arriba, seguramente con la postal en la mano.

El actor asintió con aire sombrío.

—No, amigo mío —dijo Toll muy resuelto, devolviéndole la postal—, llévatela de nuevo, por favor. No quiero tener nada que ver con esto. Que quede claro que no tengo nada que ver. No he visto nunca esta postal. ¡Llévatela de una vez!

Harteisen, pálido, miró fijamente a su amigo.

—Creo que no eres solo mi amigo, sino también mi abogado, y salvaguardas mis intereses —repuso.

—Esto no. O, mejor dicho: nunca más. Eres un cenizo, tienes un talento increíble para enredarte en las peores historias. Y arrastrarás a otros a la desgracia. ¡Así que coge de una vez tu postal! —Se la tendió de nuevo.

Pero Harteisen seguía inmóvil, la cara pálida, las manos hundidas en los bolsillos.

Tras un largo silencio dijo en voz baja:

—No me atrevo. En los últimos días he tenido varias veces la sensación de que me observaban. Por favor, rompe la postal. Tírala en tu papelera, debajo de todo lo demás.

—Demasiado peligroso, querido. El ordenanza de la oficina o una limpiadora cotilla, y estaría aviado.

—¡Quémala!

—Olvidas que aquí tenemos calefacción central.

—Coge una cerilla, quémala en el cenicero. Nadie se enteraría.

—Tú sí.

Se miraban muy pálidos. Eran viejos amigos desde el colegio, pero ahora el miedo se había interpuesto entre ellos, trayendo consigo la desconfianza. Se observaban en silencio.

Es un actor, pensaba el abogado. A lo mejor ha estado interpretando, y quiere meterme en un lío. Le han encargado poner a prueba mi fiabilidad. Hace poco, en esa desdichada defensa ante el Tribunal del Pueblo, logré librarme por los pelos. Pero desde entonces desconfían de mí…

En realidad ¿hasta qué punto es Erwin mi abogado?, se preguntaba entretanto el actor. No quiere ayudarme en el asunto del ministro, y ahora pretende incluso faltar a la verdad y declarar que no ha visto jamás la postal. No defiende mis intereses. Actúa contra mí. Quien sabe si esta postal… por todas partes se oye hablar de las trampas que le ponen a la gente. Pero, qué disparate, él ha sido siempre mi amigo, es una persona de toda confianza…

Y los dos recobraron la cordura, se miraron y se echaron a reír.

—Hemos estado locos al desconfiar el uno del otro.

—¡Nosotros, que nos conocemos desde hace más de veinte años!

—¡Todo el colegio juntos!

—Sí, la verdad es que hemos llegado lejos, muy lejos.

—¿Cómo hemos quedado? El hijo denuncia a la madre, la hermana al hermano, el novio a la novia…

—¡Pero nosotros no nos denunciaremos!

—Pensemos qué es lo mejor que podemos hacer con esa postal. Sería un auténtico despropósito que salieras a la calle con ella en el bolsillo, dado que te sientes observado.

—Puede ser producto del nerviosismo. Dame la postal, ya encontraré el modo de deshacerme de ella.

—¡Tú y tu funesta tendencia a las imprudencias! ¡Ni hablar, la postal se queda aquí!

—Tienes mujer y dos niños, Edwin. Quizá no todo el personal de tu despacho sea digno de confianza. ¿Quién es digno de confianza hoy en día? Dame la postal. Te llamaré dentro de un cuarto de hora para comunicarte que ha desaparecido.

—¡Dios mío! ¡Otra vez vuelves a ser tú, Max! ¡Mantener una conversación telefónica sobre eso! ¿Por qué no telefoneas directamente a Himmler? ¡Entonces todo iría más rápido!

Se miran de nuevo, reconfortados por no estar completamente solos, por contar todavía con un amigo de confianza.

De repente el abogado golpea con furia la postal.

—¿En qué estaría pensando ese idiota cuando escribió esto y lo depositó en nuestra escalera? ¡En llevar a otras personas al patíbulo!

—¿Y por qué? ¿Qué escribe en realidad? Nada que no sepa ya cada uno de nosotros. ¡Debe tratarse de un loco!

—Este pueblo se ha convertido en un pueblo de locos, nos vamos contagiando unos a otros.

—Si pillasen al tipo ese que pone en tales dificultades a los demás, me alegraría…

—¡Qué va! Seguro que no te alegrarías de otra muerte. ¿Pero cómo vamos a sortear estas dificultades?

El abogado volvió a mirar pensativo la postal. Después descolgó el teléfono.

—En el edificio tenemos a no sé qué dirigente político —explicó a su amigo—. Voy a entregarle oficialmente la postal, expondré las circunstancias tal como se han producido, pero sin darle al asunto excesiva relevancia. ¿Estás seguro de tu declaración?

—Por completo.

—¿Y de tus nervios?

—Totalmente, amigo mío. Jamás he sentido miedo sobre el escenario. ¡Antes, siempre! ¿Qué tipo de hombre es ese dirigente político?

—Ni idea. No recuerdo haberlo visto nunca. Seguramente uno de esos pequeños popes. De todos modos voy a telefonearlo ahora mismo.

Pero el hombrecillo que acudió no tenía mucha pinta de pope, más bien de zorro, y se sintió muy halagado al conocer al famoso actor que con tanta frecuencia había visto en el cine. Sin pensárselo dos veces mencionó seis películas; el actor no había intervenido en ninguna. Max Harteisen alabó la memoria del hombrecillo, y después fueron directamente al grano.

El zorrito leyó la postal sin que su rostro reflejase lo que le pasaba por la cabeza. Era astuto. Después escuchó el informe del hallazgo de la postal, de su entrega allí, en el despacho.

—Muy bien, muy correcto —alabó el dirigente—. ¿Y eso cuándo ha sido, más o menos?

Durante un instante el abogado se desconcertó, lanzó una mirada rápida a su amigo. Mejor no mentir, pensó. Lo habían visto entrar muy agitado con la postal en la mano.

—Hará cosa de media hora —dijo el abogado.

El hombrecillo enarcó las cejas.

—¿Tanto? —preguntó con ligero asombro.

—Teníamos otros asuntos que tratar —se justificó el abogado—. No le dimos mucha importancia al asunto. ¿Es importante?

—Todo es importante. Importante habría sido atrapar al que dejó la postal. Pero ahora, después de media hora, ya es demasiado tarde.

Cada una de sus palabras traslucía un ligero reproche por ese «demasiado tarde».

—Lamento ese retraso —se disculpó el actor Harteisen con voz enérgica—. Ha sido culpa mía. Di más importancia a mis asuntos que a esta… mamarrachada.

—Yo habría debido estar mejor informado —adujo el abogado.

El zorrito sonrió conciliador.

—Bueno, caballeros, lo que es demasiado tarde, seguirá siendo demasiado tarde. Sea como fuere, me alegra haber tenido la satisfacción de conocer al señor Harteisen en persona. ¡Heil Hitler!

Con gran energía, poniéndose en pie de un salto:

—¡Heil Hitler!

Cuando se cerró la puerta tras él, los dos amigos se miraron.

—Gracias a Dios que nos hemos librado de esa maldita postal.

—Y no sospecha nada de nosotros.

—Por la postal, no. Pero hemos vacilado entre entregarla o no entregarla, y eso lo ha captado a la perfección.

—¿Crees que este asunto traerá cola?

—No, a decir verdad, no. En el peor de los casos una toma de declaración sin importancia, dónde, cuándo y cómo encontraste la postal. Y ahí no hay nada que ocultar.

—Sabes, Erwin, en el fondo me alegro mucho de abandonar esta ciudad durante una temporada.

—¿Lo ves?

—Aquí uno se pone malo.

—¡No se pone malo! ¡Ya lo es! ¡Y mucho!

Mientras tanto el zorrito ha acudido a su agrupación. Ahora un camisa parda sostenía en su mano la postal.

—Esto es cosa de la Gestapo —dijo el camisa parda—. Es mejor que la lleves tú mismo, Heinz. Espera, te adjuntaré unas líneas. ¿Y los dos caballeros?

—¡Completamente descartados! Aunque, desde luego, ninguno de ellos es de confianza desde el punto de vista político. Te aseguro que sudaron tinta cuando tuvieron que denunciarlo.

—Dicen que Harteisen ha caído en desgracia ante Goebbels —comentó el camisa parda, meditabundo.

—¡A pesar de todo! —repuso el zorrito—. Nunca se atrevería a hacer algo así. Tiene demasiado miedo. Le mencioné en su cara seis películas en las que nunca ha actuado y alabé su interpretación magistral. Él hacía una reverencia detrás de otra y se mostraba radiante de agradecimiento. Pero yo olía el sudor del miedo.

—Todos tienen miedo —decidió, despectivo, el de camisa parda—. ¿Por qué, en realidad? Si para ellos es la mar de sencillo, les basta con hacer lo que les decimos.

—Eso es porque la gente no puede dejar de pensar. Siempre creen que pensando avanzan.

—Pues solo tienen que obedecer. De pensar ya se encarga el Führer.

El camisa parda dio unos golpecitos a la postal.

—¿Y este de aquí? ¿Qué piensas de este, Heinz?

—¿Qué quieres que te diga? Seguramente habrá perdido de verdad a su hijo…

—¡Y un cuerno! Los que hacen y escriben estas cosas son siempre meros agitadores. Quieren conseguir algo para ellos. Los hijos y Alemania entera les traen sin cuidado. Será algún viejo socialista o comunista…

—Ni lo creo ni lo creeré jamás. Esos no pueden prescindir de sus palabras rimbombantes, fascismo y reacción y solidaridad y proletariado… pero en la postal no figura ninguna de esas consignas. ¡Qué va, a un socialista o a un comunista los huelo yo a diez kilómetros y contra el viento!

—Pues yo sigo creyéndolo. Todos esos ahora se han camuflado…

Pero los de la Gestapo tampoco compartieron la opinión del camisa parda. Dicho sea de paso, recibieron el informe del zorrito con tranquila hilaridad. Ya estaban acostumbrados a esas cosas.

—Bueno —dijeron—. Listo. Ya veremos. Si quiere usted molestarse en ir a ver al comisario Escherich, nosotros se lo notificaremos por teléfono, él se encargará del asunto. Proporciónele un informe exacto sobre el comportamiento de los dos caballeros. Como es natural, de momento no procederemos contra ellos, algo así solo puede ser útil como material para posibles casos futuros, ¿lo entiende…?

El comisario Escherich, un hombre alto, desgarbado, con un fino bigotito color arena —todo en ese hombre era tan incoloro que bien podía considerársele un engendro del polvo de los legajos—, el comisario Escherich, pues, giró la tarjeta entre sus manos.

—Un disco nuevo —comentó al fin—. Este todavía no figura en mi colección. Una mano torpe, no ha escrito mucho en su vida, siempre ha trabajado con las manos.

—¿Un comunista? —preguntó el zorrito.

El comisario Escherich soltó una risita:

—¡Déjese de chistes, caballero! ¡Qué tiene que ver esto con un comunista! Mire, si tuviéramos una policía como es debido y el asunto mereciera la pena, en veinticuatro horas este escritor estaría entre rejas.

—¿Cómo lo conseguiría?

—¡Es sencillísimo! Mandaría investigar en todo Berlín quién ha perdido un hijo en las últimas dos o tres semanas, hijo único, por supuesto, pues el autor solo tenía uno.

—¿Cómo lo sabe?

—¡Elemental! En la primera frase, cuando habla de sí mismo, lo dice así. En la segunda, cuando se dirige a otros, habla de hijos. Así que dedicaría mi atención a los que respondiesen a esta descripción —no pueden ser muchos en Berlín—, y ya tendría al autor en el saco.

—¿Y por qué no lo hace?

—Ya se lo he dicho, porque no tenemos el aparato para ello y porque el asunto no merece la pena. Fíjese, hay dos posibilidades. Que escriba dos o tres postales más, y después se harte. Porque le cueste mucho esfuerzo o porque el riesgo se le antoje excesivo. Entonces no habrá causado mucho daño, pero tampoco habrá dado mucho trabajo.

—¿Cree usted que entregarán todas las postales aquí?

—Todas, no, pero la mayoría sí. El pueblo alemán es muy digno de confianza…

—Porque todos tienen miedo.

—No, yo no he dicho eso. No creo, por ejemplo, que este hombre… —Golpeó la postal con los nudillos— tenga miedo. Me parece más plausible la segunda posibilidad: el hombre seguirá escribiendo. Déjalo, cuanto más escriba, más se delatará. Ahora ha revelado muy poco de sí mismo, en concreto que ha perdido un hijo. Pero con cada postal irá revelándome un poco más sobre su persona. No necesito hacer mucho al respecto. Me basta quedarme aquí sentado, prestar un poco de atención y… ¡zas!… ¡le echaré el guante! Aquí, en nuestro departamento, es preciso tener paciencia. A veces se tarda un año, otras más, pero al final siempre atrapamos a todos. O a casi todos.

—Y después, ¿qué?

El de color polvoriento sacó un plano de Berlín, lo fijó a la pared y clavó una banderita roja justo donde se encontraba el edificio de oficinas de la calle König.

—Fíjese, esto es todo lo que puedo hacer por ahora. Sin embargo, en las próximas semanas se irán añadiendo cada vez más banderitas, y allí donde más se concentren, estará mi duendecillo. Porque con el tiempo se irá volviendo abúlico y ya no le compensará recorrer un largo camino por una postal. Ya ve, el Duende no piensa en esa postal. ¡Y sin embargo es tan sencillo! En ese momento ¡zas!, le echaré el guante.

—¿Y entonces, qué? —preguntó el zorrito impelido por una curiosidad malsana.

El comisario Escherich lo miró con cierta sorna.

—¿Tanto le gusta escuchar? Bueno, le complaceré: Tribunal del Pueblo y a otra cosa, mariposa. ¿A mí qué me importa? ¿Qué obliga al tipo a escribir una postal tan estúpida que nadie lee ni quiere leer? Nooo, eso a mí no me importa. Yo cobro mi salario, y a cambio me da completamente igual vender sellos que pinchar banderitas. Pero pensaré en usted, no olvidaré que me trajo el primer informe, y cuando haya atrapado a ese tipo y llegue el momento, le enviaré una invitación para asistir a su ejecución.

—Nooo, gracias, de verdad. ¡No lo decía con esa intención!

—Claro que lo decía con esa intención. ¿Por qué se avergüenza ante mí? Nadie debe avergonzarse ante mí, yo conozco a las personas. Si aquí no lo supiéramos, ¿quién iba a saberlo? ¡Ni siquiera el buen Dios! Así que, acordado, le enviaré una tarjeta para la ejecución. ¡Heil Hitler!

—¡Heil Hitler! ¡Y que no se le olvide!