Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 30 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 30

LA EXPULSIÓN DE ENNO

 

Dos horas después todo había concluido. El rápido de Múnich había partido del andén de la estación de Anhalt con Barkhausen en un compartimento de segunda clase, un Barkhausen ridículamente fanfarrón y presuntuoso que utilizaba por primera vez en su vida un compartimento de segunda. Sí, la señora Häberle, que también podía darse aires de gran señora, había comprado a petición de ese espía de tres al cuarto un billete de segunda clase, para mantenerlo de buen humor, o también porque ella misma se alegraba de haberse librado de ese tipo al menos durante dos días.

Cuando los demás compañeros de viaje se apiñaban para pasar despacio por la barrera, le dijo a Enno en voz baja:

—Espera, Enno, nos sentaremos un momento en la sala de espera mientras pensamos nuestros próximos pasos.

Se sentaron con la puerta de entrada a la vista. La sala de espera estaba ocupada a medias, tras ellos no entró nadie más durante largo rato.

—¿Te has fijado en lo que te he dicho, Enno? ¿Crees que nos vigilan? —preguntó Hete.

Y Enno Kluge, con su habitual irreflexión, apenas había pasado el peligro más apremiante:

—¿Vigilarnos? ¡Qué va! ¿Crees que alguien obedecería a un idiota como Barkhausen? ¡Ni borracho! ¡No existe nadie tan imbécil!

Ella estuvo a punto de decirle que el tal Barkhausen, con su recelosa zorrería, le parecía mucho más inteligente que el pequeño, cobarde e irreflexivo hombre que tenía al lado. Pero se lo calló. Esa mañana temprano, mientras se cambiaba de ropa, había jurado que acabarían los reproches. Ahora su única tarea era poner a salvo a Enno Kluge. En cuanto estuviera concluida, no quería volver a verlo nunca más.

Este, abandonando los pensamientos que lo torturaban desde hacía una hora, dijo rebosante de envidia:

—Si yo fuera tú, jamás le habría pagado a ese tipo dos mil cien marcos. Y encima doscientos cincuenta para gastos de viaje. Y además los billetes. ¡Le has dado a ese tipo más de dos mil quinientos marcos, a un cerdo! ¡Yo no lo habría hecho jamás!

—¿Y qué habría sido de ti si yo no lo hubiera hecho? —inquirió.

—Si me hubieras dado los dos mil quinientos marcos a mí, habrías visto lo bien que habría solucionado yo el asunto. ¡Créeme, Barkhausen se habría contentado con quinientos!

—¡La Gestapo ya le había ofrecido mil!

—¡Mil… voy a morirme de risa! ¡Como si los de la Gestapo se dedicaran a tirar el dinero! Y encima a un pequeño soplón como Barkhausen. A ese no tienen más que darle órdenes… para que haga lo que ellos quieran, ¡por cinco marcos al día! Mil, dos mil quinientos… ¡te ha desplumado a conciencia, Hete!

Rio sarcástico.

Su ingratitud dolió a la mujer. Pero no tenía ganas de entrar en más explicaciones y dijo con cierta dureza:

—¡No quiero hablar más del asunto! ¡No quiero, a ver si lo entiendes! —Y le dedicó una mirada enérgica hasta que él bajó sus pálidos ojos—. Ahora será mejor que pensemos en lo que vamos a hacer contigo.

—Bah, para eso hay tiempo todavía —dijo Enno—. No volverá antes de pasado mañana. Ahora regresemos a la tienda, que de aquí a pasado mañana ya se nos ocurrirá algo.

—Pues no sé, no me gustaría que me acompañases a la tienda, como mucho únicamente para recoger tus cosas. Me siento tan inquieta… ¿no nos habrán espiado?

—¡Te digo que no, mujer! ¡De eso entiendo más que tú! Y el tal Barkhausen no puede permitirse pagar a un espía, nunca tiene dinero.

—Pero la Gestapo puede facilitarle uno.

—¡Y el espía de la Gestapo contempla cómo Barkhausen se marcha a Múnich y yo lo acompaño al tren! ¡No digas disparates, Hete!

Esta se vio obligada a admitir que su objeción era razonable. Pero su intranquilidad no cedía.

—¿No te has fijado en lo de los cigarrillos? —le preguntó.

Él ya no lo recordaba. Y ella tuvo que referirle cómo Barkhausen, nada más salir de casa, comenzó a buscar cigarrillos por todas partes, tenía que conseguirlos a toda costa. También se los había pedido a Hete y a Enno. Pero ellos tampoco tenían, Enno se los había fumado todos durante la noche. Sin embargo, Barkhausen había insistido tanto aduciendo que tenía que conseguirlos, que no aguantaba más, que por las mañanas estaba acostumbrado a fumarse uno, que enseguida le pidió «prestados» veinte marcos a Hete y llamó a un chico crecidito que jugaba ruidosamente en la calle.

—¡Eh, tú, chaval!, ¿no conocerás a alguien por aquí que venda cigarrillos? ¡Pero sin cartilla de tabaco!

—A lo mejor sé de alguien. ¿Tiene pasta?

Barkhausen había interpelado a un chico muy rubio, de ojos azules, vestido con el uniforme de las Juventudes Hitlerianas; un rubio auténtico de cosecha berlinesa.

—Vale, deme esos veinte, iré a ver…

—¿Y de volver, qué? Noo, chaval, te acompañaré. Un momento, señora Häberle.

Y los dos habían entrado en una casa. Al cabo de un rato Barkhausen regresó solo y devolvió a Hete los veinte marcos sin habérselos pedido.

—No tenían. Ese mocoso solo pretendía birlarme los veinte marcos. Pero le he sacudido tal torta, que aún está tirado en el patio.

Caminaban hacia Correos, a la oficina de viajes.

—¿Y qué hay de raro en eso, Hete? Le sacudió una torta, eso será verdad.

—Por casualidad ¿no será ese chico nuestro espía?

Enno Kluge se quedó momentáneamente desconcertado. Pero después dijo con su acostumbrada despreocupación:

—¡Hay que ver qué imaginación la tuya! ¡Para mí quisiera yo tus preocupaciones!

Ella calló. Pero su inquietud interna no se desvanecía, por eso insistió en que ahora solo entrarían un instante en la tienda para recoger las cosas de Enno. A continuación pensaba alojarlo, con todas las precauciones imaginables, en casa de una amiga.

A él no le gustaba nada el plan. Lo notaba: ella quería deshacerse de él, pero él no quería irse. Había hallado en ella seguridad y buena comida, y no más trabajo del que le apeteciera. Y cariño, y calor, y consuelo. Además, era una vaca de primera. Barkhausen acababa de ordeñarla por valor de dos mil quinientos marcos. ¡Ahora le tocaba a él!

—¡Tu amiga! —exclamó, descontento—. ¿Y qué mujer es esa? No me gusta ir a casa de gente desconocida.

Hete habría podido contarle que era una antigua colaboradora de su marido, que continuaba actuando en absoluto secreto y que cualquier persona perseguida encontraba refugio en su casa. Pero ahora desconfiaba de Enno, ya había percibido su cobardía un par de veces, no debía saber demasiado.

—¿Mi amiga? —preguntó—. Es una mujer como yo. De mi edad. Quizá unos años más joven.

—¿Y qué hace? ¿De qué vive? —siguió indagando Kluge.

—No lo sé muy bien. Es secretaria no sé dónde. Y soltera, dicho sea de paso.

—Pues si lo es a tu edad, ya va siendo hora de que se case —repuso, sarcástico.

Ella dio un respingo, pero no contestó.

—No, Hete —insistió el hombre imprimiendo a su voz un deje de ternura—. ¿Qué voy a hacer yo con tu amiga? Nosotros dos solos, eso es lo más bonito. Déjame quedarme contigo, Barkhausen no regresará hasta pasado mañana… ¡eso por lo menos!

—No, Enno —contestó—. Quisiera que ahora hagas lo que te diga. Iré sola a mi casa y prepararé la maleta. Entretanto puedes esperarme en un bar. Después iremos juntos a casa de mi amiga.

Él albergaba numerosas objeciones, pero al final cedió cuando Hete, haciendo sus cálculos, le dijo:

—Necesitarás dinero. Te lo meteré en la parte superior de tu maleta, lo suficiente para que no pases apuros durante la primera época.

La perspectiva de hallar pronto dinero en su maleta (¡y era imposible que ella le diera menos de lo que le había entregado a Barkhausen!) lo atrajo, lo convenció. Si se quedaba con ella hasta pasado mañana, no dispondría de dinero hasta entonces. Pero él deseaba saber inmediatamente qué cantidad pensaba darle.

Hete comprendió con tristeza lo que le había inducido a ceder. Él mismo se encargaba de destruir el último vestigio femenino de respeto y amor. Pero la mujer lo aceptó sin quejas. Sabía desde hacía mucho que en la vida había que pagar por todo, y por la mayoría, más de lo que valía. Lo importante era que la obedeciera.

Cuando Hete Häberle se aproximaba a su domicilio, volvió a ver al chico rubio de ojos azules de antes, alborotando en la calle con una pandilla. Se sobresaltó. Le hizo una seña para que se acercase:

—¿Qué haces aquí todavía? —preguntó—. ¿Por qué te dedicas a escandalizar precisamente aquí?

—¡Porque vivo aquí! —contestó—. ¿Dónde si no voy a alborotar?

Buscó la huella de una bofetada en su cara, pero no consiguió ver nada. Era evidente que el chico no la había reconocido, mientras hablaba con Barkhausen sin duda no se fijó en ella. Era una prueba en contra del espionaje.

—¿Que vives aquí? Pues nunca te había visto en esta calle.

—¿Y qué culpa tengo yo de que esté ciega? —replicó con descaro. Metiéndose un dedo en la boca, emitió un penetrante silbido como un golfillo, y gritó hacia lo alto del edificio—: ¡Madre, asómate! Aquí hay una mujer que no quié creer que estás bizca. ¡Madre, échale un ojo, anda!

Hete entró riendo en su tienda, ya completamente convencida de que en lo referente a ese chico había visto fantasmas.

Pero al preparar la maleta volvió a ponerse seria. Se preguntó si hacía bien en llevar a Enno a casa de su amiga Anne Schönlein. No cabía la menor duda de que Anne arriesgaba a diario la vida por cualquier desconocido al que brindaba refugio. Pero Hete tenía la sensación de que con Enno Kluge le estaba metiendo a Anne el enemigo en casa. Es verdad que Enno parecía un delincuente político, no común, y eso lo había confirmado hasta Barkhausen, pero…

Era tan despreocupado, no tanto por imprudencia como por su absoluta indiferencia por el destino de sus semejantes. A él le importaba un bledo lo que les sucediera. Solo pensaba en sí mismo, y era capaz de ir dos veces al día a verla, con el pretexto de que la echaba de menos, atrayendo así todo el peligro sobre Anna. Hete tenía autoridad sobre él, pero Anna no.

Con un profundo suspiro Hete Häberle introdujo trescientos marcos en un sobre que colocó en la parte superior de la maleta. Ese día había gastado más dinero del que había ahorrado en dos años. Pero haría un sacrificio adicional, prometería a Enno cien marcos por cada día que no saliera de la vivienda de su amiga. Por desgracia, su manera de ser le permite plantearle esa oferta: no se sentirá ofendido, a lo sumo fingirá estarlo en un primer momento. Pero eso lo mantendrá en casa, él tiene avidez por el dinero.

Hete sale de casa con la maleta en la mano. El chico rubio ya no está jugando en la calle, a lo mejor ahora está con su madre bizca. Hete se dirige a la taberna de la plaza Alexander donde se reunirá con Enno.