Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 59 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 59

EL BUEN PASTOR

 

El pastor Friedrich Lorenz, que desempeñaba, incansable, su ministerio en la cárcel, un hombre en la flor de la vida, pues rondaba la cuarentena, era muy alto, estrecho de pecho, tosía sin parar, un hombre marcado por la tuberculosis y que soslayaba su enfermedad, porque el trabajo no le dejaba tiempo para cuidar y curar su cuerpo. Su cara pálida, de ojos oscuros tras los cristales de las gafas y nariz fina y delgada, ostentaba grandes patillas, pero la zona de la boca siempre aparecía impecablemente afeitada y mostraba una boca grande, pálida, de labios finos y mentón redondo y firme.

Este era el hombre al que esperaban cada día cientos de presos, el único amigo que conocían en esa casa, que además constituía un puente con el mundo exterior, al que contaban sus preocupaciones y necesidades y que los ayudaba en todo lo que podía, desde luego mucho más de lo que le estaba permitido. Iba incansable de celda en celda, nunca indiferente al sufrimiento ajeno, olvidando siempre el suyo propio, completamente impávido en lo tocante a su propia persona. Un auténtico pastor de almas que jamás preguntaba por la fe, por el credo de los que demandaban ayuda, que rezaba con ellos si se lo pedían, y para los que en caso contrario era siempre un hermano.

El pastor Friedrich Lorenz está ante el escritorio del director de la prisión, la frente perlada de gotas de sudor, dos manchas rojas destacan en sus mejillas, pero dice muy tranquilo:

—Este es el séptimo fallecimiento en las últimas dos semanas fruto de la negligencia.

—En el certificado de defunción pone pulmonía —le rebate el director, sin levantar la vista de lo que está escribiendo.

—El médico no cumple con su obligación —arguye el pastor, obstinado, mientras golpea suavemente con los nudillos el escritorio, como si pidiera permiso para entrar en el despacho del director—. Siento tener que decir que el médico bebe en exceso. Descuida a sus pacientes.

—Oh, no hay nada que objetar contra el médico —contesta el director con ligereza y sigue escribiendo. Se niega a recibir al pastor—. Ya quisiera yo que usted fuese como él, reverendo. A ver, ¿le ha pasado a escondidas un escrito al número 397, sí o no?

Las miradas de ambos, la del director de cara colorada y llena de cicatrices de antiguos duelos estudiantiles y la del clérigo abrasado por la fiebre, se cruzan.

—Es la séptima muerte en dos semanas —insiste el pastor Lorenz—. La prisión necesita un nuevo médico.

—Acabo de preguntarle algo, reverendo. ¿Tendría la bondad de contestarme?

—En efecto, he entregado una carta al número 397, pero no era una comunicación clandestina. Era una carta de su esposa comunicándole que el tercer hijo de este hombre no ha caído, sino que ha sido hecho prisionero. Ya ha perdido dos hijos y creía muerto también al tercero.

—Siempre encuentra usted un motivo para infringir el reglamento penitenciario. Pero no pienso seguir tolerando ese juego durante mucho tiempo.

—Solicito que el médico sea relevado —repite el pastor volviendo a golpear suavemente el escritorio con los nudillos.

—¡Y un cuerno! —grita de repente el director—. ¡Deje de darme la tabarra con sus majaderías! El médico es bueno y se quedará. Y usted procure cumplir el reglamento penitenciario o le sucederá algo.

—¿Qué puede sucederme? —preguntó el pastor—. Puedo morir. Y moriré. Muy pronto. Reitero mi petición de cese del médico.

—Es usted un mentecato, pastor —le espetó con tono gélido el director—. Supongo que la tisis lo ha enloquecido un poco. Si no fuera usted un pobre infeliz, ¡un mentecato, precisamente!, haría mucho tiempo que lo habrían ahorcado. Pero siento compasión por usted.

—Es mejor que consagre su compasión a sus presos —replicó el pastor con idéntica frialdad—. Y encárguese de buscar un médico consciente de sus obligaciones.

—Le aconsejo que cierre usted la puerta al salir, reverendo.

—¿Tengo su palabra de que buscará otro médico?

—¡No, no, maldita sea, no! ¡Váyase al diablo! —El director se enfureció, se levantó de su escritorio y dio dos pasos hacia el pastor—. Me obligará a echarlo a la fuerza, ¿es eso lo que quiere?

—No causaría buena impresión en los presos que están fuera, en la oficina. Quebrantaría todavía más el escaso crédito de que todavía goza entre ellos la autoridad del Estado. No obstante, haga lo que le plazca, señor director.

—¡Mentecato! —exclamó el director, pero la advertencia del pastor lo serenó hasta el punto de que se sentó de nuevo en su silla—. Ahora váyase. Tengo que trabajar.

—El trabajo más urgente es solicitar un nuevo médico.

—¿Cree usted que conseguirá algo con su testarudez? ¡Lo que conseguirá es justo lo contrario! ¡Ahora sí que se queda el médico!

—Recuerdo un día que usted mismo no quedó muy satisfecho de ese médico — precisó el pastor—. Era de noche, había tormenta. Usted había mandado a buscar y telefoneado a otros médicos que no venían. A Berthold, su hijo de seis años, le supuraba el oído medio, aullaba de dolor. Corría peligro de muerte. A instancias suyas fui a buscar al médico de la prisión. Estaba borracho. Al ver al niño moribundo perdió el último vestigio de cordura; señaló sus manos temblorosas que hacían imposible cualquier intervención quirúrgica y estalló en sollozos.

—¡Ese infame borracho! —murmuró el director que, de repente, tenía expresión adusta.

—A su Berthold lo salvó entonces otro médico. Pero lo que sucedió un día, podría repetirse. Usted se vanagloria de no ser cristiano, señor director, y a pesar de todo yo le digo: Dios no permite que se burlen de él.

El director de la prisión, conteniéndose, repuso sin levantar la vista:

—Márchese de una vez, reverendo.

—¿Y el médico?

—Veré lo que puede hacerse.

—Se lo agradezco, señor director. Muchos se lo agradecerán.

El clérigo recorría la prisión con su raída chaqueta negra cuyos codos desprendían un brillo grisáceo, sus deformados pantalones negros, sus zapatos de cuero engrasado y suelas gruesas y el brazalete negro torcido, una figura grotesca. Algunos de los carceleros lo saludaban, otros se volvían ostentosamente cuando se acercaba y en cuanto había pasado lo seguían con mirada recelosa. Sin embargo, todos los presos que estaban ocupados en los corredores le dedicaban una mirada (pues no les estaba permitido saludarlo), una mirada llena de gratitud.

El clérigo traspasa muchas puertas de hierro, camina por escaleras de hierro agarrándose a la barandilla de hierro. Oye brotar el llanto de una celda, se detiene un momento, pero después menea la cabeza y reanuda, veloz, su camino. Cruza un pasadizo de hierro en el sótano, a izquierda y derecha se abren las puertas abiertas de las oscuras celdas de castigo, una luz está encendida en una habitación. El pastor se detiene y mira hacia el interior.

En la estancia fea y sucia, un hombre de tenebroso rostro ceniciento se sienta a una mesa y clava sus ojos de pez en siete hombres, vigilados por dos guardianes, que, en cueros ante él, tiritan de frío.

—¡Qué os pasa, preciosidades! —berrea el hombre—. ¿A qué viene tanto bamboleo? Hace un poco de frío, ¿eh? Pues no, cuando estéis en el búnker, entre hierro y cemento, a pan y agua os enteraréis de lo que es el frío…

Se interrumpe. Ha visto en la puerta la figura silenciosa que le observa.

—¡Guardias! —ordena malhumorado—, ¡llévense a esta gente! Todos están sanos y son aptos para ser detenidos. Aquí tiene el papelucho.

Tras estampar su nombre bajo una lista, se la entrega al funcionario.

Los presos pasan por delante del pastor no sin lanzarle una mirada digna de lástima en la que reluce una débil esperanza.

El pastor espera a que el último de ellos haya desaparecido, para penetrar en la estancia.

—Así que también ha muerto el 352 —dice en voz baja—. Y yo que le había pedido…

—¿Qué puedo hacer, pastor? Yo mismo he pasado hoy dos horas junto a ese hombre, aplicándole cataplasmas.

—Entonces he debido de dormirme. Hasta ahora creía que me había pasado toda la noche con el 352. Y a sus pulmones no les pasaba nada, doctor, el preso 357 tenía pulmonía. El difunto Hergesell, el 352, tenía fractura de cráneo.

—Debería ser el médico en mi lugar —soltó, burlón, el hombre fofo—. Yo podría hacer de pastor.

—Me temo que sería peor pastor que médico.

—Cuando se pone descarado, clericastro, me encanta usted. ¿No puedo siquiera examinar sus pulmones? —El doctor rio.

—No, no puede, preferimos confiarle ese cometido a otro médico —contestó el pastor impertérrito.

—Pero incluso sin examinarlo puedo comunicarle que ya no aguantará ni tres meses —continuó el médico con maldad—. Sé que expectora sangre desde mayo; no, no falta mucho ya para el primer vómito de sangre.

Al oír esta pavorosa declaración, el pastor palideció un ápice, pero su voz no vaciló al decir:

—¿Y cuánto tiempo tendrán hasta su primer vómito de sangre esas personas que acaba usted de enviar a la celda de castigo, señor oficial sanitario?

—Todos ellos son sanos y aptos para el arresto en celda de castigo… según el dictamen médico.

—Sin embargo, ni siquiera han sido examinados.

—¿Pretende acaso valorar mi desempeño del cargo? ¡Se lo advierto, sé de usted más de lo que cree!

—¡Y con mi primer vómito de sangre sus conocimientos pierden su valor! Dicho sea de paso, ya lo he superado…

—¿Qué? ¿Qué es lo que ha superado?

—Mi primer vómito de sangre… ocurrió hace tres o cuatro días.

El médico se levantó pesadamente.

—Ande, venga conmigo, clericastro, lo examinaré arriba, en mi despacho. Conseguiré que le den inmediatamente un permiso. Presentaremos una solicitud para que le permitan viajar a Suiza, y hasta que la aprueben lo enviaré a Turingia.

El pastor hacia cuyo brazo alargaba la mano el médico medio borracho, permanecía impasible.

—¿Y qué pasará entretanto con los hombres que están en celdas de castigo? Dos de ellos seguro que no son capaces de soportar la humedad, el frío y el hambre de allí, y a los siete les causará daños duraderos.

—El sesenta por ciento de los internos de esta institución será ejecutado — contestó el médico—. Calculo que al menos el treinta y cinco por ciento de los restantes serán condenados a largas penas de reclusión. Por consiguiente, ¿qué importa que mueran tres meses antes o después?

—Dado que piensa así, no tiene usted derecho a considerarse médico. Dimita de su cargo.

—Mi sustituto tampoco será distinto. De modo que ¿por qué cambiar? —El médico rio—. Vamos, pastor, lo examinaré. Ya sabe que siento debilidad por usted, a pesar de sus alborotos continuos y de que azuza a la gente contra mí. ¡Es usted un quijote magnífico!

—Precisamente acabo de alborotar y azuzar a la gente contra usted. He solicitado al director su relevo y he recibido una respuesta afirmativa al setenta y cinco por ciento.

El médico se echó a reír. Palmeando los hombros del pastor, dijo:

—Pero eso es magnífico por su parte, clericastro, entonces tendré que estarle francamente agradecido. Porque si me relevan, me darán una patada hacia arriba, me convertiré en oficial sanitario superior y no tendré que hacer absolutamente nada. ¡Mis más efusivas gracias, clericastro!

—Demuéstremelas sacando de la celda de castigo a Kraus y al pequeño Wendt. No saldrán con vida. En las dos últimas semanas ya hemos tenido siete defunciones debido a su negligencia.

—¡Adulador! Pero ahora no puedo darle calabazas. Esta noche los sacaré de allí. Ahora mismo, después de estampar mi firma, me comprometería demasiado, ¿no le parece, pastor?