Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 16 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 16

EL FINAL DE LA SEÑORA ROSENTHAL

 

El domingo por la mañana la señora Rosenthal despertó de un profundo sueño con un grito de pánico. Había soñado la misma pesadilla que ahora la asaltaba casi todas las noches: huía con Siegfried. Se escondían, los perseguidores pasaban a su lado mientras parecían burlarse por el rabillo del ojos de los que tan mal se habían escondido.

De repente Siegfried echaba a correr, ella lo seguía. No podía correr tan deprisa como él. «¡No tan deprisa, Siegfried! —gritaba—. ¡No te alcanzo! ¡No me dejes sola!».

Él se levantaba por encima del suelo, volaba. Primero sobre el empedrado, después fue elevándose cada vez más hasta desaparecer por encima de los tejados. Ella estaba sola en la calle Greifswalder. Las lágrimas corrían por su rostro. Una mano grande y maloliente cubrió su cara sofocándola, una voz susurró a su oído: «¡Vieja cerda judía, al fin te tengo!».

Miró las ventanas oscurecidas, la luz del día se filtraba por las rendijas. Los terrores nocturnos retrocedían ante los del día que se avecinaba. ¡Era de día! ¡Otra vez se había levantado más tarde que el juez del Tribunal Cameral, la única persona con la que podía hablar! ¡Se había propuesto firmemente permanecer despierta, y había vuelto a dormirse! ¡Otro día sola, doce, quince horas! ¡Oh, ya no podía soportarlo más! Las paredes de esa habitación se le caían encima, siempre la misma cara pálida en el espejo, siempre el mismo dinero que contar… no, no podía seguir así. Nada había peor que ese encierro inactivo.

La señora Rosenthal se viste apresuradamente. Luego se aproxima a la puerta, corre el pestillo, abre sin hacer ruido y atisba el pasillo. La vivienda está en silencio y el edificio también. Los niños todavía no alborotan en la calle, debe de ser muy temprano aún. ¿Estará el juez en su cuarto de los libros? A lo mejor puede darle los buenos días, cruzar con él dos o tres frases que le den ánimos para soportar otra jornada interminable.

Se atreve, desobedeciendo su prohibición se atreve. Camina deprisa por el pasillo y entra en su habitación. Retrocede un poco asustada por la claridad que penetra a raudales por las ventanas abiertas, ante la calle, ante la notoriedad que reina ahora allí junto con ese aire. Pero se asusta más todavía ante una mujer que, armada con un cepillo de rodillo, limpia la alfombra de Zwickau. Es una mujer flaca, entrada en años; el pañuelo atado alrededor de la cabeza y el cepillo demuestran que es la señora de la limpieza.

Al entrar la señora Rosenthal, la mujer interrumpe su labor. Primero mira fijamente un momento a la inesperada visitante, parpadeando deprisa un par de veces, como si no diera crédito a sus ojos. Después apoya el cepillo contra la mesa y empieza a hacer con manos y brazos unos movimientos de rechazo, profiriendo de cuando en cuando un duro «¡Shh, shh!», como si espantase a las gallinas.

La señora Rosenthal, ya en retirada, pregunta suplicante:

—¿Dónde está el juez? Tengo que hablar con él un momento.

La mujer cierra los labios con fuerza y sacude la cabeza con violencia. Después repite sus movimientos ahuyentadores y el «¡Shh, shh!» hasta que la señora Rosenthal retrocede hasta su habitación. Allí, mientras la asistenta cierra la puerta sin hacer ruido, se desploma en la butaca situada junto a la mesa y rompe a llorar, desconsolada. ¡Todo en vano! ¡Otro día condenada a una espera solitaria y sin sentido! En el mundo están ocurriendo muchas cosas, a lo mejor ahora mismo está muriendo Siegfried, o una bomba alemana está matando a su Eva… mientras ella tiene que seguir allí sentada a oscuras, cruzada de brazos.

Sacude la cabeza indignada: no piensa soportarlo más tiempo. ¡No lo aguantará más! Si tiene que ser desgraciada, si tiene que vivir para siempre acosada y atemorizada, lo hará a su modo. No podrá impedir que esa puerta se cierre para siempre tras ella. La hospitalidad ha sido bienintencionada, pero a ella no le sienta bien.

De nuevo junto a la puerta, se controla. Regresa a la mesa y coge la gruesa pulsera de oro con los zafiros. A lo mejor…

Pero la mujer ya no está en el despacho, las ventanas ya están cerradas. La señora Rosenthal se queda esperando en el pasillo, cerca de la puerta de entrada. Entonces oye trajín de platos y sigue ese sonido hasta que encuentra a la mujer en la cocina, fregando los cacharros.

Le tiende, suplicante, la pulsera y dice con voz entrecortada:

—¡De verdad, necesito hablar con el juez! ¡Por favor, se lo ruego!

La criada ha fruncido el ceño ante esa nueva molestia y se limita a echar una ojeada a la pulsera que le ofrecen. Entonces comienza de nuevo a espantarla, agitando los brazos y diciendo «¡Shh, shh!», y ante semejantes aspavientos la señora Rosenthal huye a su habitación, se acerca a su mesilla de noche y saca del cajón los somníferos que le ha prescrito el consejero.

Nunca ha utilizado ese medicamento hasta entonces. Vierte todas las pastillas, son doce o catorce, en el hueco de su mano, va al tocador y se las traga con un vaso de agua. Hoy tiene que dormir, hoy quiere pasar el día dormida… Después, por la noche, hablará con el consejero para saber lo que hay que hacer. Se tumba en la cama vestida, cubriéndose un poco con la manta. Tendida en silencio de espaldas, los ojos dirigidos al techo, espera el sueño.

Y el sueño llega. Los pensamientos torturadores, las atroces imágenes, siempre idénticas, que el miedo hace brotar en su cerebro, se difuminan. Cierra los ojos, sus miembros se relajan, se desmadejan, casi se ha salvado a punto de entrar en su sueño…

Entonces es como si en el umbral de ese sueño una mano la empujase hacia atrás obligándola a despertarse. Se ha sobresaltado, tal empujón le ha dado. Su cuerpo se ha estremecido como si hubiera sufrido una convulsión repentina…

Y de nuevo yace de espaldas, mirando al techo, el mismo molino siempre idéntico hace girar en su interior los pensamientos torturadores siempre idénticos y las imágenes pavorosas. De improviso, poco a poco, todo se debilita, los ojos se cierran, el sueño se acerca. Y de nuevo en el umbral, el golpe, el empujón, la convulsión que contrae todo su cuerpo. Una vez más la expulsan de la tranquilidad, de la paz, del olvido…

Cuando esto se ha repetido tres o cuatro veces, renuncia a esperar el sueño. Se levanta, camina despacio, tambaleándose un poco, con los miembros flojos, hacia la mesa y se sienta. Mira fijamente ante sí. Por la blancura que tiene ante ella reconoce la carta a Siegfried que comenzó hace tres días y de la que solo ha escrito las primeras líneas. Prosigue su inspección: distingue los billetes, las joyas. Allí detrás está asimismo la bandeja con su comida. En otras ocasiones por la mañana se lanzaba sobre ella completamente hambrienta, ahora la mira con indiferencia. No le apetece comer…

Mientras permanece sentada, comprende de un modo vago que los somníferos han provocado un cambio: aunque no han sido capaces de propiciar el sueño, al menos le han arrebatado la agitación incesante de la mañana. Ahora se sienta sin más, a veces incluso está a punto de dar una cabezada en el sillón, pero vuelve a levantarse. Ha transcurrido cierto tiempo, no sabe si mucho o poco, pero parte de ese día espantoso ha transcurrido…

Más tarde oye unos pasos en la escalera. Se sobresalta; en un instante de introspección intenta comprender si desde esa habitación puede oír a alguien que esté en la escalera. Pero ese minuto crítico ya ha pasado y solo escucha, expectante, los pasos en la escalera, los pasos de una persona que sube con esfuerzo, deteniéndose una y otra vez, y después, tras una tosecita, reanuda la ascensión agarrándose a la barandilla.

Ahora no solo oye, sino que también ve. Ve con toda claridad a Siegfried, subiendo sigiloso hacia su casa por la escalera del edificio todavía en silencio. Han vuelto a maltratarlo, lleva la cabeza envuelta en vendas colocadas apresuradamente, empapadas en sangre, y tiene el rostro herido y lleno de cardenales por sus puñetazos. Siegfried se arrastra con dificultad escalera arriba. Su pecho, ese pecho herido por sus patadas, grazna y ruge. Ve a Siegfried desaparecer por el descansillo de la escalera…

Durante un momento continúa sentada. Seguro que no piensa en nada, ni en el consejero ni en lo acordado con él. Sino en que tiene que subir a su vivienda… ¿qué pensará Siegfried cuando la encuentre vacía?

Pero está tan horriblemente cansada, y le resulta casi imposible levantarse del sillón.

Sin embargo, acaba levantándose. Saca el llavero de su bolso, coge la pulsera de zafiros como si fuese un talismán capaz de protegerla… y abandona la vivienda despacio y tambaleándose. La puerta se cierra tras ella.

El juez del Tribunal Cameral, alertado al fin por su asistenta tras largas reflexiones, llega demasiado tarde para disuadir a su huésped de emprender esa excursión a un mundo harto peligroso.

El consejero se queda quieto un momento en la puerta que ha vuelto a abrir sin ruido, aguza los oídos. No oye nada, ni arriba, ni abajo. Después, cuando sí que capta algo, el ruido rápido y enérgico de unas botas, se retira de nuevo al interior de su piso. Pero no abandona la vigilancia junto a la puerta. Si existiera una posibilidad de salvar a esa desdichada, abriría su puerta a pesar del peligro.

La señora Rosenthal no se ha dado cuenta de que se ha cruzado con alguien en la escalera. Solo la guía un pensamiento: llegar lo más deprisa posible a su piso con Siegfried. El dirigente de las Juventudes Hitlerianas Baldur Persicke, que se dispone a acudir a una revista matinal, se queda parado en la escalera boquiabierto, completamente perplejo, cuando esa mujer pasa a su lado y está a punto de empujarlo. La señora Rosenthal, la durante tantos días desaparecida señora Rosenthal, de paseo en esa mañana de domingo, con una blusa oscura bordada, sin la estrella de David, con un llavero y una pulsera en una mano mientras con la otra se aferra con esfuerzo a la barandilla… ¡Qué borracha está esa mujer! ¡Qué borracha, y a primera hora de la mañana del domingo!

Durante un instante Baldur se queda inmóvil, sumido en una estupefacción total. Pero cuando la señora Rosenthal desaparece al doblar la escalera, su mente recupera la lucidez y su boca se cierra. ¡Se da cuenta de que ha llegado el momento adecuado, ya no puede dar un paso en falso! No, esta vez despachará el asunto él solo, ni sus hermanos, ni su padre, ni otro Barkhausen lo echarán a perder.

Baldur espera hasta estar seguro de que la señora Rosenthal ha llegado al piso de los Quangel, entonces entra sin hacer ruido en la vivienda de sus padres. Allí todos duermen todavía, y el teléfono está colgado en el pasillo. Levanta el auricular y gira el disco, después pide que le pongan con un número concreto. Tiene suerte: a pesar de ser domingo contacta con el hombre correcto. Dice brevemente lo que hay que decir; después acerca una silla a la puerta de entrada, la entreabre un poco y se dispone a montar guardia con paciencia durante media hora, o tal vez durante una hora, para evitar que el pájaro vuelva a levantar el vuelo.

En casa de los Quangel solo está despierta Anna, que arregla la casa en silencio. Mientras, echa un vistazo a Otto, que duerme profundamente. Parece cansado y atormentado incluso dormido. Como si algo no lo dejara en paz. Contempla pensativa el rostro del hombre con el que ha vivido día tras día a lo largo de casi tres décadas. Hace mucho que se ha acostumbrado a esa cara, el perfil duro como el de un pájaro, la boca fina, casi siempre cerrada… eso ya no la asusta. Así es el hombre al que ha consagrado su vida. Lo importante no es el aspecto…

Esa mañana, sin embargo, le parece que el rostro se ha endurecido más, la boca se ha hecho más fina y las arrugas que salen de la nariz, más profundas. Tiene preocupaciones, graves preocupaciones, y ella no ha hablado a tiempo sobre el asunto, no lo ha ayudado a soportar esa carga. Esa mañana de domingo, cuatro días después de haber recibido la noticia de la muerte de su hijo, Anna Quangel no solo tiene el firme convencimiento de que debe permanecer al lado de ese hombre como hasta entonces, sino también de que no ha tenido razón al iniciar esa riña. Tendría que haberlo conocido mejor: él prefiere callar antes que hablar. Siempre ha tenido que animarlo, tirarle de la lengua… ese hombre jamás ha hablado espontáneamente.

Bien, pues hoy lo hará. Se lo prometió esa noche, a su regreso del trabajo. Para entonces Anna había pasado un mal día. Cuando él se marchó sin desayunar, lo esperó en vano durante horas; cuando tampoco se presentó a la hora de comer y comprendió que ya habría empezado a trabajar y seguro que no volvería, la desesperación se apoderó de ella.

¿Qué le había ocurrido a ese hombre desde que ella pronunció esas palabras precipitadas, irreflexivas? ¿Qué lo tenía deambulando sin descanso de acá para allá? Lo conocía: desde que ella había dicho eso, él solo pensaba en demostrarle que aquel no era «su» Führer. ¡Como si hubiera hablado en serio! Habría debido decirle que esas palabras eran fruto del primer ataque de furia y de dolor. También habría podido decir cosas muy diferentes sobre esos criminales que le habían arrebatado de un modo tan in sensato a su hijo… ¡pero se le escaparon precisamente esas palabras!

Sí, las había pronunciado y ahora él iba por ahí metiéndose en todos los peligros posibles para tener razón, para demostrarle de manera palpable la injusticia que había cometido con él. Seguramente nunca volvería. Había dicho o hecho algo que despertaría el interés de la dirección de la fábrica o de la Gestapo… ¡a lo mejor ya lo habían detenido! ¡Tan intranquilo como estaba a primera hora de la mañana ese hombre tranquilo!

Anna Quangel no lo resiste más, no puede seguir esperándolo sin hacer nada. Prepara unos bocadillos y emprende el camino de la fábrica. También en esto es su fiel esposa, de manera que ni siquiera ahora, cuando cada minuto es importante, utiliza el tranvía. No, camina a pie… ahorra hasta el último céntimo, igual que él.

Se entera por el portero de la fábrica de que el jefe de taller Quangel ha llegado a su puesto de trabajo con la puntualidad acostumbrada. Ella le envía los bocadillos «olvidados» con un recadero y espera su regreso.

—Bueno, ¿qué ha dicho?

—¿Qué iba a decir? ¡Nunca dice nada!

Ahora, más tranquila, puede regresar a casa. Aún no ha pasado nada, pese a toda su preocupación durante la mañana. Y esa noche hablará con él…

Él llega cuando ya ha anochecido. La mujer ve el cansancio reflejado en su rostro.

—Otto, no hablaba en serio —le dice con tono suplicante—. Se me escapó en el primer sobresalto. ¡No te enfades!

—¿Yo… enfadado… contigo? ¿Por algo así? ¡Nunca!

—¡Pero tú estás tramando algo, lo noto! ¡No lo hagas, Otto, no te busques una desgracia! ¡No podría perdonármelo nunca!

La mira un instante, casi risueño. Después le coloca deprisa ambas manos sobre los hombros. Pero vuelve a retirarlas rápidamente, como si se avergonzase de esa súbita muestra de ternura.

—¿Qué es lo que voy a hacer? ¡Dormir! Y mañana te contaré lo que haremos nosotros.

La mañana ya ha llegado y Quangel sigue durmiendo. Pero ahora media hora más o menos carece de importancia. Está con ella, no puede hacer nada peligroso, duerme.

Se aleja de su cama, se enfrasca de nuevo en las tareas domésticas cotidianas.

Mientras tanto, la señora Rosenthal ha llegado hace mucho a la puerta de su piso, a pesar de la lentitud con la que ha subido la escalera. No le sorprende encontrar la puerta cerrada con llave, la abre. Una vez dentro de la vivienda tampoco busca o llama a Siegfried. Ni se fija en el tremendo desorden, en realidad ha olvidado que ha entrado en la casa siguiendo los pasos de su marido.

Su obnubilación va creciendo, lenta e incontenible. No se puede decir que duerma, pero tampoco está en vela. Mueve con lentitud y torpeza los miembros, que se han vuelto pesados porque están entumecidos, hasta su cerebro parece entumecido. A su mente acuden imágenes borrosas que se desvanecen antes de que pueda percibirlas con claridad. Está sentada en la esquina del sofá, los pies sobre la ropa blanca sucia, dirige a su entorno una mirada lenta y apática. Todavía sostiene en la mano las llaves y la pulsera de zafiros que le regaló Siegfried cuando nació Eva. Las ganancias de una Semana Blanca entera… Sonríe levemente.

Entonces oye cómo se abre con cuidado la puerta de entrada, y lo sabe: ese es Siegfried. Ya viene. Por eso he subido aquí. Voy a salir a su encuentro.

Pero se queda sentada, la sonrisa desplegada por toda su cara gris. Lo recibirá allí sentada, como si nunca se hubiera ausentado, como si siempre hubiera estado esperando allí para darle la bienvenida.

Cuando al fin se abre la puerta, en lugar del esperado Siegfried aparecen tres hombres en el umbral. En cuanto capta entre los tres un odiado uniforme pardo, cae en la cuenta: no es Siegfried, Siegfried no está. El miedo intenta agitarse en su interior, pero realmente es minúsculo. ¡Por fin ha llegado el momento!

La sonrisa se borra despacio de su rostro, que pasa del gris al amarillo verdoso.

Los tres se encuentran ahora justo delante de ella. Oye decir a un hombre alto y pesado, vestido con un abrigo negro:

—No está borracha, jovencito. Seguramente intoxicada con somníferos. Vamos a tratar de sonsacarle cuanto antes lo que se pueda. Dígame: ¿es usted la señora Rosenthal?

Ella asiente.

—Sí, caballeros. Soy Lore, o más exactamente Sara Rosenthal. Mi marido está en Moabit, tengo dos hijos en Estados Unidos, una hija en Dinamarca, otra casada en Inglaterra…

—¿Y cuánto dinero les ha enviado? —pregunta a renglón seguido el comisario de policía Rusch.

—¿Dinero? ¿Para qué? ¡A todos ellos les sobra! ¿Para qué voy a mandarles dinero?

La mujer asiente con gesto adusto. Todos sus hijos llevan una existencia acomodada. Podrían mantener a sus padres sin esfuerzo. De repente se le ocurre algo que tiene que contar a toda costa a esos señores:

—Es culpa mía —se disculpa torpemente con la lengua pesada; habla cada vez con más dificultad, comienza a balbucear—, es todo culpa mía. Siegfried quiso marcharse hace tiempo de Alemania. Pero yo le dije: «¿Por qué vamos a dejar aquí, vendiéndolas por cuatro perras, todas las cosas bellas, nuestra buena tienda? Nosotros nunca hemos hecho nada a nadie y tampoco nos harán nada a nosotros». Yo lo convencí, pues de lo contrario nos habríamos marchado hace mucho.

—¿Y dónde guarda usted el dinero? —pregunta el comisario, un poco impaciente.

—¿El dinero?

Intenta recordar. La verdad es que aún quedaba algo. ¿Dónde habrá ido a parar? Pero pensar le cuesta esfuerzo, a cambio se le ocurre otra cosa. Ofrece al comisario la pulsera de zafiros.

—Tenga —dice sencillamente—. Tenga.

El comisario Rusch lanza una rápida ojeada a la joya, después gira la cabeza hacia sus dos acompañantes, el brioso dirigente de las Juventudes Hitlerianas y su sempiterno acólito, Friedrich, un tarugo con pinta de aprendiz de verdugo. Ve que los dos lo miran expectantes. Así que de un empujón impaciente aparta la mano con la pulsera, agarra a la pesada mujer por los hombros y la sacude con energía.

—¡Despierte de una vez, señora Rosenthal! ¡Se lo ordeno! ¡Despierte!

Luego la suelta: la cabeza de la mujer se proyecta hacia atrás y choca con el respaldo del sofá, su cuerpo se desploma, sus labios balbucean algo incomprensible. La forma de despertarla parece no haber sido del todo acertada. Durante unos instantes los tres contemplan en silencio a la anciana, derrumbada y encogida, que no parece recobrar la conciencia.

El comisario susurra de repente en voz muy baja:

—¡Llévatela ahí detrás, a la cocina, y encárgate de despertarla!

Friedrich, el aprendiz de verdugo, se limita a asentir con un gesto. Coge a la pesada mujer en brazos como si fuera un niño y con mucho cuidado sortea con ella los obstáculos esparcidos por el suelo.

Cuando está en la puerta, el comisario le espeta:

—¡Encárgate de que no grite! No quiero escándalos un domingo por la mañana en una casa de vecindad. Si no, lo haremos en el cuartel de la calle Prinz-Albrecht. De todos modos pienso llevármela allí.

La puerta se cierra detrás de los dos, el comisario y el dirigente de las Juventudes Hitlerianas se quedan solos.

El comisario Rusch contempla la calle desde la ventana.

—Un sitio tranquilo —comenta—. Un auténtico terreno de juegos para los niños, ¿eh?

Baldur Persicke confirma que la calle Jablonski es una calle tranquila.

El comisario se nota un poco nervioso, no por lo que Friedrich está haciendo en la cocina con la vieja judía. Qué va, esas cosas y otras aún más demenciales se corresponden con su naturaleza. Rusch es un estudiante de derecho fracasado que encontró su camino en la policía criminal. Esta lo cedió más tarde a la Gestapo. Él trabaja a gusto. Habría realizado de buen grado cualquier servicio para cualquier gobierno, pero los métodos enérgicos del actual le complacen sobremanera.

—Sobre todo, nada de sensiblerías —advierte en ocasiones a algún novato—. Nosotros solo cumplimos con nuestro deber si logramos nuestro objetivo. El camino para conseguirlo es indiferente.

No, al comisario no le preocupa lo más mínimo la vieja judía, está realmente exento de toda sensiblería.

Sin embargo, este chico, Persicke, el dirigente de las Juventudes Hitlerianas, no le acaba de gustar. Prefiere que la gente ajena no participe en asuntos como ese, uno nunca sabe cómo se lo van a tomar. La verdad es que este parece idóneo, pero es después cuando uno lo sabe con certeza.

—¿Se ha fijado usted, señor comisario? —pregunta, diligente, Baldur Persicke. Ahora sencillamente no desea escuchar lo que sucede en la cocina, ¡no es asunto suyo!—. ¿Se ha fijado en que no llevaba la estrella judía?

—Me he fijado en más cosas —dice el comisario pensativo—. Por ejemplo, que la mujer llevaba los zapatos limpios, y fuera hace un tiempo asqueroso.

—Sí —afirma Baldur Persicke sin comprender.

—Así que ha tenido que esconderla alguien de este edificio, desde el miércoles, suponiendo que, como afirmas, lleve desde entonces ausente de su domicilio.

—Estoy casi seguro de ello —comenta Baldur Persicke, algo confundido por esa mirada penetrante que no se aparta de él.

—Casi seguro no es nada, chico —comenta, despectivo, el comisario—. ¡Casi seguro es inaceptable!

—Estoy completamente seguro —rectifica Baldur deprisa—. Puedo jurar que la señora Rosenthal falta de su domicilio desde el miércoles.

—Bien, bien —replica el comisario con ligereza—. Como es natural, sabe que es imposible que haya podido vigilar usted solo la vivienda desde el miércoles. Ningún juez aceptaría eso.

—Tengo dos hermanos en las SS —replica Baldur Persicke con vehemencia.

—Vale, vale. —El comisario Rusch se da por satisfecho—. Pasará lo que tenga que pasar. Por cierto, he de comunicarte que no podré venir a registrar la vivienda hasta última hora de la tarde. ¿Puedes seguir vigilándola hasta entonces? Tendrás llave, ¿no?

Baldur Persicke asegura, muy satisfecho, que lo hará encantado. Sus ojos traslucen una profunda alegría. ¡Acabáramos, esa es la forma de hacer las cosas, lo sabía, y de manera completamente legal!

—Sería muy conveniente —añade el comisario, aburrido, mientras vuelve a mirar por la ventana— que entonces todo siguiera igual que está ahora. Por supuesto, no puedes responder de lo que está dentro de los armarios y maletas, pero de lo demás…

Antes de que Baldur acierte a contestar, en el interior de la vivienda resuena un estridente y agudo grito de angustia.

—¡Maldita sea! —masculla el comisario, sin dar ni un paso.

Pálido, con la nariz puntiaguda, Baldur lo mira de hito en hito, con las rodillas temblorosas.

El grito de angustia se extingue en el acto, solo se oye maldecir a Friedrich.

—Lo que quería decir… —Vuelve a empezar despacio el comisario.

Pero, mientras escucha, deja de hablar. De repente se oyen en la cocina unos ruidosos improperios, pasos rápidos, fuertes pisadas de un lado a otro. Y Friedrich vocifera:

—¡Habla ya! ¡Hazlo!

Se oye un grito muy fuerte. Más maldiciones escandalosas. Entonces se abre violentamente una puerta, unos pasos pesados en el pasillo y al entrar en la habitación Friedrich grita:

—¿Y ahora qué, comisario? Estaba a punto de conseguir que hablase y esa carroña se ha tirado por la ventana.

El comisario lo abofetea, iracundo:

—¡Maldito imbécil, te voy a sacar las tripas! ¡Vamos, deprisa!

Y abandonando como una tromba de la habitación, corre escalera abajo…

—¡Pero ha sido al patio! —grita Friedrich suplicante mientras corre detrás—. Se ha caído al patio, no a la calle. No llamará la atención, señor comisario.

No recibe respuesta. Los tres bajan corriendo por la escalera, esforzándose por hacer el menor ruido posible en el edificio, sumido en el silencio dominical. El último, a medio tramo de escalera de distancia, es Baldur Persicke. No ha olvidado cerrar con llave la puerta de la vivienda de los Rosenthal. Con el susto aún metido en el cuerpo, sabe que ahora el responsable de todas esas hermosuras de allí dentro es él. ¡No puede desaparecer nada!

Los tres cruzan corriendo por delante del edificio de los Quangel, de los Persicke, del juez jubilado del Tribunal Cameral Fromm. Solo dos tramos de escaleras más y estarán en el patio.

Mientras tanto, Otto Quangel se había levantado, aseado y observaba a su mujer que preparaba el desayuno en la cocina. Hablarían después del desayuno, de momento solo se habían dado los buenos días, pero con amabilidad.

De repente ambos se sobresaltan. En la cocina de arriba se oyen gritos, se miran, expectantes y preocupados, mientras escuchan. De pronto la ventana de la cocina se oscurece durante unos segundos, algo pesado parece pasar precipitándose… y a continuación oyen un golpe sordo en el patio. Abajo alguien grita… un hombre. Luego, silencio sepulcral.

Otto Quangel abre de par en par la ventana de la cocina, pero retrocede bruscamente al oír alboroto en la escalera.

—Asómate tú, Anna. Mira a ver si puedes distinguir algo. En situaciones como esta una mujer llama menos la atención. —La coge por los hombros y la aprieta muy fuerte—. No grites —ordena—. ¡No puedes gritar! ¡Bien, ahora cierra la ventana!

—¡Dios mío, Otto! —gime la señora Quangel mirando a su marido blanca como la cera—. La señora Rosenthal se ha caído por la ventana. Está tirada abajo, en el patio. Barkhausen está a su lado y…

—¡Silencio! —exclama—. ¡Ahora, a callar! Nosotros no sabemos nada. No hemos visto ni oído nada. Lleva el café a la sala.

Y una vez dentro repite con insistencia:

—Nosotros no sabemos nada, Anna. A la señora Rosenthal casi nunca la veíamos. Y ahora, come. Come, te digo. ¡Y bébete el café! Si alguien viene, no debe notar nada.

El consejero Fromm, desde su puesto de observación, ha visto subir por la escalera a dos hombres de paisano y ahora son tres los que bajan en tromba, el joven Persicke entre ellos. Así que ha sucedido algo, y su criada le trae entonces desde la cocina la noticia de que la señora Rosenthal acababa de caerse al patio. Él clava los ojos en ella, asustado.

Durante un instante se queda muy callado. Después asiente lentamente un par de veces.

—Sí, Liese —dice—. Así son las cosas. No basta con querer salvar a alguien. El otro también tiene que estar realmente de acuerdo en ser salvado. —Y después, muy deprisa, añade—: ¿Está cerrada la ventana de la cocina? —Liese asiente—. Deprisa, Liese, vuelve a ordenar el cuarto de la señorita; nadie debe notar que ha sido utilizado. ¡Retira los platos! ¡Saca la ropa!

Liese asiente en silencio.

Luego pregunta:

—¿Y el dinero y las joyas que hay encima de la mesa, señor consejero?

Durante un momento se queda indeciso, da lástima ver esa sonrisa desconcertada en sus labios.

—Sí, Liese —asiente al fin—, eso será difícil. Seguro que no se presentan herederos. Y para nosotros no es más que una carga…

—Lo meteré en el cubo de la basura —propone Liese.

El anciano niega con la cabeza.

—Para el cubo de la basura ellos son muy listos, Liese —aduce—. ¡Rebuscar en la basura, eso se les da a las mil maravillas! Bueno, ya veré qué hago con eso. ¡Ahora ordena deprisa el cuarto! ¡Pueden venir en cualquier momento!

De momento aún seguían en el patio, y Barkhausen con ellos.

Este era el primero que se había llevado el susto, y además el susto más fuerte. Vagabundeaba por el patio desde primera hora de la mañana, atormentado por su odio hacia los Persicke y su avidez por los objetos perdidos. Deseaba saber al menos… y por eso observaba continuamente la escalera del edificio, las ventanas del edificio delantero…

De repente algo se precipitó justo a su lado, tan cerca y desde tanta altura, que lo rozó. Se le metió tal susto en el cuerpo que se apoyó en la pared del patio, y después tuvo que sentarse en el suelo porque se le nubló la vista.

Luego volvió a levantarse de golpe al percatarse de repente de que estaba sentado en el patio al lado de la señora Rosenthal. Dios mío, así que la anciana se había tirado por la ventana, y él sabía de sobra quién era el culpable.

Barkhausen se dio cuenta enseguida de que la mujer estaba muerta. Le había salido un hilito de sangre por la boca, pero eso apenas la desfiguraba. Tenía una expresión de tan profunda paz que el despreciable espía de tres al cuarto se vio obligado a apartar la vista. Al hacerlo sus ojos cayeron sobre las manos femeninas y vio que en una de ellas sostenía algo, una joya cuyas piedras brillaban.

Barkhausen lanzó una mirada recelosa a su alrededor. Si quería hacer algo, tenía que actuar deprisa. Se agachó; desviando la vista de la muerta para no tener que verle la cara, le arrancó de la mano la pulsera de zafiros haciéndola desaparecer en el bolsillo de su pantalón. Nueva mirada de desconfianza a su alrededor. Tenía la impresión de que en casa de los Quangel acababan de cerrar la ventana de la cocina con sumo cuidado.

Pero en ese momento ya cruzaban el patio corriendo tres hombres y comprendió en el acto quiénes eran los otros dos. Ahora lo importante era actuar bien desde el principio.

—La señora Rosenthal acaba de precipitarse por la ventana, señor comisario — dijo como si comunicase un acontecimiento totalmente cotidiano—. Por poco me cae encima de la cabeza.

—¿Y usted de qué me conoce? —preguntó de pasada el comisario, mientras se inclinaba con Friedrich sobre la fallecida.

—No lo conozco, señor comisario —contestó Barkhausen—. Solamente me lo he figurado, porque a veces hago algún trabajo para el señor comisario Escherich.

—¡Ya! —se limitó a contestar el policía—. Bien, entonces quédese aquí un momento. Usted, joven —añadió volviéndose hacia Persicke—, vigile un poco, no sea que se nos pierda este mozo. Friedrich, encárgate de que no salga nadie al patio. Avisa al conductor de que esté atento en la puerta cochera. Yo subo un momento al domicilio a hacer una llamada telefónica.

Cuando el comisario Rusch volvió al patio tras telefonear, la situación había cambiado. Las ventanas del edificio trasero estaban llenas de caras, y había algunas personas en el patio, pero lejos. Ahora el cadáver estaba tapado con una sábana, corta, pues las piernas de la señora Rosenthal asomaban desde la rodilla.

El señor Barkhausen tenía la cara amarilla y llevaba puestas las esposas. Su mujer y sus cinco hijos lo observaban en silencio desde un lateral del patio.

—¡Señor comisario, protesto! —gritó Barkhausen desconsolado—. Le aseguro que yo no he tirado la pulsera por el tragaluz del sótano. El joven Persicke me odia…

Así salió a relucir que Friedrich, nada más regresar de cumplir sus encargos, había empezado a buscar la pulsera. La señora Rosenthal la sostenía en su mano en la cocina, y era precisamente esa pulsera que ella se negaba a soltar la que había provocado el enfado de Friedrich. Y con ese enfado se había descuidado, y la mujer consiguió jugarle la mala pasada de tirarse por la ventana. De modo que la pulsera tenía que estar en algún rincón del patio.

Cuando Friedrich empezó a buscar, Barkhausen estaba apoyado en la pared del edificio. De repente Baldur Persicke vio brillar algo y a continuación sonó un ruido en el tragaluz del sótano. Fue a ver y —¡fíjate!— allí estaba la pulsera.

—Le aseguro que yo no la he tirado, señor comisario —afirmaba Barkhausen muerto de miedo—. ¡Se le debió de caer a la señora Rosenthal dentro de la abertura del sótano!

—¡Vaya! —exclamó el comisario Rusch—. ¡Menudo pájaro estás hecho! ¡Así que un granuja como tú trabaja para mi colega Escherich! ¡Pues te aseguro que mi colega se alegrará muchísimo cuando se entere de lo sucedido!

Pero mientras el comisario hablaba entre dientes tan tranquilo, su mirada pasaba una y otra vez de Barkhausen a Baldur Persicke. Entonces, Rusch añadió:

—Supongo que no tendrás nada que oponer si te pido que nos acompañes a dar un paseíto, ¿verdad?

—Claro que no —aseguró Barkhausen, pero temblaba, y su rostro se puso más macilento aún—. Tendré mucho gusto en acompañarlos, faltaría más. ¡Soy el más interesado en que todo se aclare, señor comisario!

—Me alegro de veras —contestó con tono seco el policía. Y, tras dirigir una mirada rápida a Persicke—: Friedrich, quítale las esposas a este hombre. Nos acompañará igualmente, ¿me equivoco?

—Claro que los acompañaré. ¡Por supuesto que sí, con mucho gusto! —afirmó Barkhausen con vehemencia—. No voy a escaparme. Y si lo hiciera… ¡usted me atraparía enseguida, señor comisario!

—¡Cierto! —volvió a responder este con idéntica sequedad—. ¡A un pájaro como tú lo atraparíamos en cualquier parte! —Se interrumpió—. Vaya, ahí está la ambulancia. Y la policía. Bien, vamos a procurar resolver todo este lío con prontitud. Esta mañana tengo muchas cosas que hacer.

Más tarde, cuando «resolvieron todo este lío con prontitud», el comisario Rusch y el joven Persicke volvieron a subir por la escalera hacia la vivienda de los Rosenthal.

—Únicamente para cerrar la ventana de la cocina —había advertido el comisario.

El joven Persicke se detuvo de repente.

—¿No se ha fijado en una cosa, señor comisario? —preguntó en susurros.

—Me he fijado en varias —repuso el comisario Rusch—. Pero veamos en qué te has fijado tú, chico.

—¿No se ha dado cuenta de lo tranquilo que está el edificio delantero? ¿No ha visto que en el edificio delantero no se ha asomado nadie a la ventana, mientras que en el trasero estaban todos asomados? Eso es sospechoso. Aquí, en el edificio delantero, tienen que haber visto algo. Solo que simulan no haber visto nada. En realidad, creo que ahora debería registrar sus domicilios, señor comisario.

—Y empezaría por los Persicke —contestó el comisario mientras seguía subiendo con tranquilidad las escaleras—. Porque en su casa tampoco se ha asomado nadie a la ventana.

Baldur rio con timidez.

—Mis hermanos de las SS —explicó después—, se cogieron ayer una borrachera tan grande que…

—Mira, hijo —prosiguió el comisario como si no hubiera escuchado—. Lo que yo hago es asunto mío, y lo que hagas tú, asunto tuyo. No te he pedido consejo. Me parece que estás todavía muy verde para eso. —Secretamente regocijado, contempló por encima del hombro el rostro turbado del joven—. Mira, chico, si no hago aquí ningún registro domiciliario es porque han tenido tiempo de sobra para eliminar todo lo que podría inculparlos. Además, ¿a qué viene tanto teatro por una judía muerta? Tengo trabajo de sobra con las vivas.

Entretanto habían llegado al domicilio de los Rosenthal. Baldur abrió la puerta. En la cocina, cerraron la ventana y levantaron una silla caída.

—Bien —comentó el comisario, escudriñando a su alrededor—. Todo está a pedir de boca.

Se adelantó a la sala y se sentó en el sofá, justo en el sitio en que una hora antes había zarandeado a la anciana señora Rosenthal hasta hacerla perder el conocimiento. Se estiró cómodamente y dijo:

—Bueno, hijo, ahora ve a por una botella de coñac y dos copas.

Baldur, fue, regresó y sirvió el coñac. Brindaron.

—Bien, hijo —dijo el comisario satisfecho, encendiendo un cigarrillo—, y ahora cuéntame lo que pretendíais hacer aquí arriba Barkhausen y tú.

Y, al observar el movimiento furioso del joven Baldur Persicke, añadió más deprisa:

—Piénsalo bien, hijo. Si me engañan con mucha desvergüenza, puedo llevarme a la calle Prinz-Albrecht incluso a un dirigente de las Juventudes Hitlerianas. Piensa si no prefieres decir la verdad. Es posible que la verdad quede entre nosotros, ya veremos lo que tienes que contar. —Y al percatarse de la vacilación de Baldur—: Yo también he observado un par de cosas. Nosotros lo llamamos hacer observaciones. Por ejemplo, he visto las suelas de tus botas ahí detrás, encima de la ropa. Y hoy no te has acercado a ese rincón. ¿Y cómo te has enterado tan deprisa de que aquí había coñac y dónde estaba? ¿Te figuras lo que me contará el miedoso de Barkhausen? Nooo, chico, ¿crees que necesito estar aquí sentado dejando que me cuentes mentiras? ¡Para eso aún estás muy verde!

Baldur también lo comprendió así y desembuchó.

—Bien —dijo al final el comisario—. Bien. En fin, cada cual hace lo que puede. Los tontos, tonterías, y los listos a menudo, tonterías mayores aún. Pero, en fin, hijo, al final has acabado por ser listo y no has mentido a papá Rusch. Eso merece un premio. ¿Qué te gustaría poseer de aquí?

Los ojos de Baldur relucieron. Momentos antes estaba totalmente desanimado, pero ahora volvía a ver la luz.

—La radio con tocadiscos y los discos, señor comisario —susurró ávido.

—¡De acuerdo! —respondió el comisario, magnánimo—. Ya te he dicho que no regresaré por aquí hasta las seis. ¿Alguna cosa más?

—A lo mejor una o dos maletas con ropa blanca —pidió Baldur—. Mi madre siempre anda escasa de ella.

—¡Dios, qué conmovedor! —se burló el comisario—. ¡Qué hijo tan conmovedor! ¡Un verdadero y conmovedor hijito de mamá! ¡Bien, por mí no hay inconveniente! ¡Pero con eso, se acabó! ¡De todo lo demás, responderás ante mí! Y tengo una memoria excelente para la disposición de las cosas, ¡a mí no me tomarás el pelo tan fácilmente! Y como ya te he dicho, en caso de duda registro del domicilio de los Persicke. En el peor de los casos, encontraría una radio con tocadiscos y dos maletas de ropa. Pero no temas, hijo, mientras tú seas formal yo también lo seré.

Se dirigió hacia la puerta. Y hablando por encima del hombro añadió:

—Dicho sea de paso, si el tal Barkhausen reaparece por aquí, no quiero riñas con él. No me gustan esas cosas, ¿entendido?

—Sí, señor comisario —contestó, obediente, Baldur Persicke, tras lo cual los dos caballeros se separaron… después de una mañana tan fructífera.