Solo en Berlín
Capítulo 28
EMIL BARKHAUSEN HACE ALGO DE PROVECHO
Mientras Enno Kluge y la señora Häberle acordaban una convivencia que se rompió tan deprisa, el comisario Escherich había atravesado una época muy dura. Se había negado a ocultar a Prall, su superior, que Enno Kluge había vuelto a escapar de sus secuaces sin dejar rastro, sumergiéndose en el océano de la gran ciudad.
El comisario Escherich había aceptado resignado la granizada de insultos por esa confesión: era un idiota, un incompetente, lo meterían en la cárcel, un vago que en casi un año no había sido capaz de atrapar a un estúpido escritor de postales.
¡Y cuando da con el rastro, vuelve a dejar al tipo en libertad, menudo imbécil! En realidad el comisario Escherich había sido cómplice de alta traición, y si en el plazo de una semana no presentaba al tal Enno Kluge ante el Obergruppenführer, también procederían contra él.
Sí, el comisario Escherich escuchó resignado esos insultos. Pero ejercieron un extraño efecto sobre él: a pesar de que sabía de sobra que el tal Enno Kluge no tenía que ver lo más mínimo con las postales, que no podía ayudarlo a detener al verdadero autor, a pesar de eso el interés del comisario se concentró casi exclusivamente en la detención del pequeño e insignificante Enno. La verdad es que también le resultaba demasiado irritante que esa garrapata, con la que había querido entretener a sus superiores, se le hubiera escurrido de entre los dedos. Esa semana el Duende había sido de lo más aplicado: tres postales suyas habían acabado en el escritorio del comisario. Pero, por primera vez desde que investigaba ese caso, a Escherich no le importaban nada las postales ni su autor. Olvidó incluso marcar con banderitas en el plano de Berlín los lugares del hallazgo.
No, primero quería tener en su poder al tal Enno Kluge, y lo cierto es que el comisario Escherich hacía esfuerzos inusitados por capturar a ese hombre. Viajó incluso a Ruppin, para entrevistarse con Eva Kluge, equipado para cualquier eventualidad con una orden de detención contra ambos. Pero no tardó en comprender que esa mujer ya había roto con él y sabía muy poco de su vida durante el último año.
Contó al comisario lo que sabía, ni muy complaciente ni reacia, con absoluto desinterés. A esa mujer le resultaba a todas luces indiferente el destino de ese hombre, lo que hubiera hecho o dejado de hacer. El comisario se enteró por ella de los nombres de dos o tres locales que Enno Kluge frecuentaba antes, supo de su pasión por las apuestas a las carreras y conoció la dirección de una tal Tutti Hebekreuz, de la que en cierta ocasión llegó una carta a su domicilio. En ella acusaba a Enno de haberle robado dinero y cartillas de racionamiento. No, la última vez que vio a ese hombre la señora Kluge no le entregó la carta ni le habló de ella. Solo memorizó las señas por casualidad, como cartera tenía una memoria excelente para las direcciones.
El comisario Escherich regresó a Berlín equipado con estos nuevos datos. Fiel a su máxima de hacer preguntas pero no contestar a ninguna, de no transmitir información de ningún tipo, fiel a su máxima, pues, se guardó de mencionar a la señora Eva Kluge el procedimiento que se había iniciado contra ella en Berlín. Eso a él le importaba un bledo. Así pues, aunque no se trajo mucho a casa, sí que había conseguido la pista de una pista por así decirlo… y podía demostrar a Prall que actuaba, que no se limitaba a esperar. Eso era lo único que les importaba a los mandamases, que se hiciera algo, aunque fuera equivocado, como en todo el caso Kluge. Pero los jefazos no soportaban la espera.
Las pesquisas sobre la Hebekreuz no dieron el menor fruto. Había conocido a Kluge en un café, sabía dónde trabajaba. Durante unas semanas se había alojado en dos ocasiones en su casa, sí, era cierto, lo había denunciado por apoderarse de dinero y de cartillas de racionamiento. Pero Enno lo había aclarado en su segunda visita: las había robado otro inquilino, no él.
Después volvió a largarse sin decir palabra, seguramente a casa de alguna mujer, así vivía Enno. No, ella nunca había tenido nada con él, faltaría más. No, no tenía ni idea de adónde se había ido. Pero allí, en esa zona, seguro que no estaba, pues de lo contrario hacía mucho que habría tenido noticias suyas.
En las dos tabernas lo conocían por el nombre de Enno, sí. Estuvo mucho tiempo sin dejarse ver, pero siempre volvía. Sí, señor comisario, no haremos el menor comentario. Somos mesoneros respetables, a nuestro establecimiento solo acude gente decente interesada por el noble deporte ecuestre. Lo avisaremos inmediatamente en cuanto aparezca por aquí. ¡Heil Hitler, señor comisario!
El comisario Escherich encargó a diez hombres que preguntasen por Enno Kluge a todos los corredores de apuestas y taberneros del norte y del este de Berlín. Y mientras Escherich esperaba los resultados de esta medida, le aconteció la segunda cosa notable: de repente le pareció que no había que descartar que el tal Enno Kluge tuviera algo que ver con las postales. En torno a ese individuo erraban como fantasmas demasiados hechos extraños y conectados entre sí: la postal encontrada en la consulta del médico, y luego la mujer, primero nazi fervorosa y después con esa súbita prisa por abandonar el Partido, seguramente porque la conducta del hijo en las SS no gustaba a la madre. Todo lo que rodeaba a ese tipo terminaba de algún modo en lo político, y justamente a él. Escherich lo había considerado hasta hace poco un hombre al que la política le resultaba completamente indiferente. A lo mejor Enno Kluge era mucho más taimado de lo que el comisario pensaba, a lo mejor tenía otras cosas que ocultar además de esa postal, pero parecía casi seguro que algo ocultaba.
Así lo confirmó también el ayudante Schröder, con quien el comisario volvió a analizar el caso despacio y con absoluta minuciosidad para refrescar su memoria. También Schröder había tenido la impresión de que algo no encajaba en Kluge, que escondía algo. Bueno, ya se vería, en ese asunto pronto habría novedades. El comisario lo presentía, y en esas ocasiones su olfato pocas veces lo engañaba.
Y en esta tampoco lo engañó. En esos días de amenaza y disgustos comunicaron al comisario que un tal Barkhausen solicitaba hablar con él.
¿Barkhausen?, se preguntó el comisario Escherich. ¿Barkhausen? ¿Quién demonios es ese Barkhausen? Ah, sí, ya sé, ese soplón de tres al cuarto que denunciaría a su madre por cuatro perras.
Y en voz alta:
—Que pase.
Cuando entró Barkhausen, le soltó:
—Si quiere hablarme de los Persicke, ya puede dar media vuelta.
Barkhausen clavó los ojos en el comisario y calló. Se comportó como si a pesar de todo se propusiera hablar de los Persicke.
—¡Vamos! —exclamó el comisario—. ¿Por qué no da media vuelta, Barkhausen?
—Persicke robó la radio de la señora Rosenthal, señor comisario —dijo con tono de reproche—. Ahora lo sé con certeza, he…
—¿La señora Rosenthal? —preguntó Escherich—. Esa es la vieja judía que se tiró por la ventana en la calle Jablonski, ¿verdad?
—Así es —confirmó Barkhausen—. Y él le robó la radio, mejor dicho, ella ya estaba muerta, pero de la vivienda…
—Le diré una cosa, Barkhausen —explicó Escherich—. He discutido este caso con el comisario Rusch. Si no deja usted de intrigar contra los Persicke, lo trataremos a patadas. No queremos oír ni una palabra más de esta historia… ¡y de usted menos todavía! Es usted la última persona que debería hurgar en este asunto. ¡Sí, usted, Barkhausen!
—Pero es que él robó la radio —insistió Barkhausen con esa tozuda obstinación que confiere el puro odio—. Y yo puedo demostrarlo de manera fehaciente…
—¡Fuera de aquí, Barkhausen, o haré que lo conduzcan al sótano!
—Entonces iré a la plaza Alexander, a Jefatura —anunció Barkhausen profundamente ofendido—. Lo que es de justicia, es de justicia, y un robo es un robo…
Pero Escherich estaba pensando en otra cosa, en concreto en el caso Duende, que ocupaba casi de continuo sus pensamientos. Ya no prestaba atención a ese idiota.
—Dígame, Barkhausen, usted conocerá a un montón de gente y frecuentará mucho las tabernas, ¿no? ¿No conocerá por casualidad a un tal Enno Kluge?
Barkhausen, que olfateaba un buen negocio, contestó todavía malhumorado:
—Conozco a un tal Enno. Si se apellida Kluge, lo desconozco. En realidad, siempre pensé que Enno era su apellido.
—¿Un hombre bajo, delgado, pálido, silencioso y tímido?
—Ese podría coincidir con el mío, señor comisario.
—¿Gabán claro, gorra deportiva con grandes cuadros marrones?
—Ese es su aspecto.
—¿Eternamente enredado en historias con mujeres?
—Al mío no le conozco historias con mujeres. El lugar donde lo he visto no lo frecuentan mujeres.
—Apostador a los caballos.
—Cierto, señor comisario.
—Locales: ¿Los Rezagados y Antes de la Salida?
—El mismo, señor comisario. ¡Su Enno Kluge es el que yo conozco como Enno!
—¡Tiene que encontrarlo para mí, Barkhausen! ¡Olvídese de todo ese estúpido lío de los Persicke, que acabará costándole su ingreso en un campo de concentración! ¡Averigüe dónde se oculta Enno Kluge!
—¡Pero ese no es presa para usted, señor comisario! —exclamó Barkhausen con desdén—. Es un don nadie. ¡Un desgraciado, eso es lo que es! ¿Qué va a hacer con semejante idiota, señor comisario?
—¡Deje que yo me ocupe de eso, Barkhausen! ¡Si agarro a Enno Kluge por mediación suya, se habrá ganado quinientos marcos!
—¿Quinientos marcos, señor comisario? ¡Ni diez Ennos de los míos valen esa suma! Eso debe de ser un error.
—Es posible que se trate de un error, pero eso no le incumbe, Barkhausen. Usted recibirá sus quinientos… ¡sea lo que sea!
—Entonces de acuerdo. Si usted lo dice, intentaré localizar a Enno. Pero solo le mostraré al hombre, no lo traeré aquí. Yo no hablo con tipos como ese…
—¿Qué os traéis los dos entre manos? Porque tú no eres tan melindroso, Barkhausen. Seguro que os habéis comido juntos algún marrón. Pero no quiero inmiscuirme en vuestros delicados secretos, lárgate, Barkhausen, y encuéntrame a Kluge.
—Quisiera pedirle un pequeño anticipo, señor comisario. No, un anticipo, no —se corrigió—, dinero para mis gastos.
—¿Y qué gastos tienes tú, Barkhausen? Me gustaría saberlo.
—Tendré que coger el metro, recorrer todas las tabernas habidas y por haber, pagar una cerveza aquí, una ronda allá, y eso cuesta dinero, señor comisario. Creo que con cincuenta marcos bastará.
—Claro, hombre. Cuando el poderoso Barkhausen sale de paseo, todo el mundo espera que invite a algo. Toma, te daré diez marcos, y ahora lárgate de una vez. ¿Crees que no tengo nada mejor que hacer que hablar contigo?
Lo cierto es que Barkhausen opinaba que un comisario no tenía otra cosa que hacer que tirar de la lengua a la gente y ordenar a otros que trabajen para él. Pero se guardó muy mucho de comentarlo. Y mientras se dirigía hacia la puerta, dijo:
—Pero si le consigo a Kluge, tendrá usted que ayudarme también con los Persicke. Esos hermanos me han cabreado demasiado…
Escherich se puso de un salto detrás de él, lo agarró por el hombro y le puso el puño debajo de la nariz.
—¿Ves esto? —gritó iracundo—. ¿Quieres tragarte esto, perro asqueroso? Una palabra más sobre los Persicke y te mando al búnker, aunque todos los Enno Kluge del mundo correteen libres por ahí.
Y lo sorprendió propinándole un golpe en el trasero con la rodilla, de forma que salió disparado al pasillo como una bala de cañón y se chocó con un ordenanza de las SS que le propinó otra enérgica patada…
El ruido que provocaron los dos golpes llamó la atención de dos guardianes de las SS apostados en el rellano de la escalera. Estos recibieron al tambaleante Barkhausen y lo tiraron escaleras abajo, igual que un saco de patatas, sin importarles adónde iba a parar.
Y cuando Barkhausen se quedó tumbado abajo gimiendo y sangrando un poco, pero solo un poco, completamente atontado por la caída, el guardia siguiente lo agarró por el cuello chillando:
—¿Oye, cerdo, es que quieres ponernos perdido este hermoso suelo? —Y arrastrándolo hacia la salida, lo echó a la calle.
El comisario Escherich contempló, complacido, el comienzo de esa caída, hasta que la escalera la ocultó de su vista.
Los que pasaban por la calle Prinz-Albrecht, temerosos, evitaban mirar al desgraciado que yacía en medio de la suciedad, conocedores de qué peligroso edificio había sido expulsado. Quizá fuera ya delito mirar de manera compasiva a ese accidentado, y desde luego cualquier posible ayuda era impensable. Pero el guardián que, arrastrando los pies, reapareció ahora en la salida, advirtió:
—Como dentro de tres minutos sigas deshonrando nuestra fachada, te voy a meter prisa, cerdo, y ¡te vas a enterar!
Eso bastó. Barkhausen se levantó con esfuerzo y, con los miembros pesados y doloridos, se dirigió tambaleándose hacia su casa. Pero por dentro ardía de rabia, de odio y de impotencia, y ese odio lo quemaba más de lo que le dolían sus heridas. Estaba firmemente decidido a no mover un dedo para ese canalla de comisario. ¡Que buscase solo a su Enno Kluge!
Al día siguiente, sin embargo, cuando la ira se había mitigado un poco y comenzó a escuchar de nuevo la voz de la razón, se dijo que, primero, había recibido diez marcos del comisario Escherich, por lo que estaba obligado a trabajar por ellos o recibiría sin falta una denuncia por fraude. Y segundo, no era nada bueno enemistarse con gente tan importante. Ellos ostentaban el poder, y los seres vulgares tenían que doblegarse. Al fin y al cabo lo de la expulsión del día anterior había acaecido de un modo fortuito. Si no hubiera chocado contra el ordenanza, todo habría transcurrido de manera apacible. Ellos debieron de considerarlo un chiste, y si Barkhausen hubiera visto que trataban así a otra persona, se habría reído a mandíbula batiente, por ejemplo de cierto Enno Kluge expulsado de idéntica manera.
Sí, esa era la tercera razón por la que Barkhausen prefería cumplir el encargo: le permitiría jugarle una mala pasada a Enno Kluge, que con su estúpida borrachera le había chafado un buen negocio.
Así que Barkhausen, con los huesos doloridos, pero rebosante de buenas intenciones, se encaminó a esos dos locales que también había visitado el comisario Escherich, y a unos cuantos más. No preguntó por Enno a los taberneros, se limitó a permanecer repanchigado, tomando despacio, en más de una hora, una cerveza, hablando también de caballos, de los que, gracias a mantener siempre los oídos bien abiertos, sabía algo (aunque la pasión por las apuestas le resultaba ajena), y después se dirigió al siguiente local para hacer lo mismo. Le sobraba paciencia, Barkhausen podía pasarse así días enteros, no le importaba.
Pero no necesitó tener mucha paciencia, porque al segundo día vio a Enno en el local Los Rezagados. Presenció el triunfo del esmirriado con el caballo Adebar y sintió una intensa envidia por la potra que tenía semejante idiota. Además lo asombró el billete de cincuenta marcos que Kluge había entregado al corredor de apuestas. Barkhausen se olió en el acto que no lo había conseguido trabajando. ¡Ese mosquita muerta tenía que haberse montado una vida muy cómoda!
Como es natural, los señores Barkhausen y Kluge no se reconocieron, ni siquiera se miraron.
Menos lógico fue que el dueño del local no telefonease al comisario Escherich a pesar de su firme promesa. Y es que así eran las cosas, la gente temía a la Gestapo y vivía en un miedo permanente, pero prestarle apoyo era harina de otro costal. No, por otro lado tampoco fue tan lejos como para prevenir a Enno Kluge, pero al menos no lo delató.
El comisario Escherich, sin embargo, no olvidó esa llamada no realizada. Dio parte de ello a determinado departamento, tras lo cual al tabernero se le abrió una ficha en la que figuraban las palabras «indigno de confianza». Un día, tarde o temprano, el tabernero sabría lo que significaba que la Gestapo no te considerase digno de confianza.
De ambos caballeros, Barkhausen fue el primero en abandonar el local. Pero no fue lejos, pues se plantó detrás de una columna anunciadora, donde esperó con total tranquilidad la salida del alfeñique. Barkhausen era un espía que no perdía de vista a su víctima tan fácilmente, y a Kluge menos todavía. Logró incluso apretujarse en el metro en el mismo vagón que él, y a pesar de la altura de Barkhausen, Enno Kluge no lo vio.
Enno Kluge pensaba en su triunfo con Adebar, en el dinero que por fin volvía a llenar su bolsillo, y después pensó en Hete, con quien se daba tan buena vida. Con cariño y emoción recordó a la bondadosa mujer madura, pero no pensó que le había mentido y robado pocas horas antes.
Desde luego, cuando llegó a la tienda y vio que la persiana estaba levantada y que ella estaba trabajando de nuevo en la tienda, y que seguramente se había tomado a mal su escapada, su buen humor se esfumó. Sin embargo, entró en la tienda con el fatalismo con que la gente de su condición se somete incluso a la mayor adversidad, y afrontó el rapapolvo que se le venía encima. A nadie puede asombrar que, enfrascado en tales pensamientos, no prestase demasiada atención al hombre que le pisaba los talones.
Barkhausen vio a Kluge desaparecer en el interior de la tienda. Se mantenía a distancia prudencial en un portón, porque supuso que Kluge quería comprar algo y no tardaría en salir. Pero los clientes iban y venían, entraban y salían, y Barkhausen empezó a ponerse nerviosísimo. ¡Anda que como se le hubiera pasado por alto la salida de Kluge… ya sentía completamente seguros los quinientos pavos en su bolsillo, esa misma noche!
En ese momento la persiana descendió con gran estrépito, y tuvo la certeza de que Enno se había escaqueado de algún modo. A lo mejor se había dado cuenta de que lo seguían, había entrado con cualquier pretexto en la vivienda a través de la tienda y había vuelto a salir por la puerta del edificio. Barkhausen maldijo su estupidez por no haber vigilado también la puerta de la casa. ¡No había dejado de clavar los ojos en la puerta de la tienda, qué imbécil había sido!
Bueno, aún quedaba la posibilidad de volver a encontrar en el local a Enno al día siguiente o al otro. Ahora que había hecho su agosto gracias a Adebar, su obsesión por las apuestas no le daría tregua. Acudiría a diario y apostaría hasta gastarse todo el dinero. Un penco como Adebar no corría todas las semanas, y cuando corría no apostaban por él. Enno no tardaría en perder hasta el último céntimo.
De camino hacia su casa, Barkhausen pasó cerca de la pequeña tienda de animales. Entonces a través del escaparate (únicamente estaba bajada la persiana de la puerta de la tienda) vio de repente que en la tienda permanecía encendida una luz solitaria y, aplastando la nariz contra el cristal y atisbando por encima de los acuarios y entre las pajareras, divisó a dos figuras que continuaban trabajando en el interior: una vieja que parecía un enorme pudin y, según una certera estimación, en la edad más peligrosa, y con ella su amigo Enno. Este, en mangas de camisa y con un delantal azul, llenaba laboriosamente escudillas de comida, vertía agua y limpiaba a un scotch.
¡Pero qué suerte tenía el idiota de Enno! ¿Qué veían las mujeres en él? Él, Barkhausen, estaba empantanado con la Otti y cinco arrapiezos, y un vejestorio como ese conseguía instalarse en toda una tienda de animales al completo, con una mujer, peces y pájaros.
Barkhausen escupió con desprecio. ¿Qué mundo asqueroso era ese que privaba de todo lo bueno a Barkhausen para regalárselo a semejante cretino?
Pero cuánto más miraba Barkhausen, más claramente comprendía que la pareja de ahí dentro no estaba viviendo un idilio amoroso. Apenas hablaban entre ellos, casi no se miraban y era muy posible que el pequeño Enno Kluge fuera un simple empleado que ayudaba a la mujer a ordenar la tienda. En ese caso debería salir de la vivienda sin excesiva tardanza.
Barkhausen volvió a retirarse a su puesto de observación en el portón. Como la persiana enrollable estaba bajada, Kluge saldría por la puerta del edificio, así que Barkhausen la vigiló. Pero la luz de la tienda se había apagado y Kluge seguía sin aparecer. Entonces Barkhausen optó por arriesgarse. A pesar del peligro de encontrarse a Enno en la escalera, se deslizó al interior de la casa.
Barkhausen anotó primero en su cerebro el nombre «H. Häberle» y después salió al patio. Y mira, tuvo suerte, ya habían encendido la luz a pesar de que apenas había oscurecido, y mirando por un estor que colgaba torcido Barkhausen consiguió abarcar a la perfección toda la estancia. Pero lo que vio le sorprendió tanto que casi se asustó.
Porque su amigo Enno, arrodillado en el suelo, se arrastraba de rodillas detrás de la mujer gorda que retrocedía paso a paso levantándose ligeramente las faldas con temor. El pequeñín de Enno tenía los bracitos levantados y parecía llorar y proferir voces lastimeras.
¡Menuda parejita!, pensó Barkhausen, que, entusiasmado, bailoteaba, inquieto, en su puesto de observación. ¡Menuda parejita; si así es como abrís el apetito para la noche, estamos listos, pedazo de ridículos! En ese caso me quedaré complacido media noche observándoos.
Pero entonces la puerta se cerró de golpe detrás de la vieja, y Enno se quedó delante de ella, subiendo y bajando el picaporte sin dejar de lloriquear y suplicar.
A lo mejor se trata de un pequeño preludio festivo para la noche, pensó Barkhausen. A lo mejor se han peleado, o Enno quiere algo que ella no le da, o quizá la mujer ya no quiere saber nada de ese viejo gallo enamorado… ¿A mí qué me importa? En cualquier caso se quedará aquí esta noche, ¿para qué si no le habrían preparado una camita tan blanda en el sofá?
Enno Kluge se encontraba justo delante de la camita de marras. Barkhausen percibía con total claridad la cara de su antiguo compinche. Su expresión era asombrosa. Momentos antes lloros y lamentos, y ahora ese hombre sonreía con sarcasmo, contemplaba la puerta, volvía a sonreír…
¡Así que estaba haciendo teatro ante la vieja! ¡Bueno, chico, en ese caso, que tengas suerte! Pero me temo que Escherich te escupirá en la sopa.
Kluge encendió un cigarrillo y se dirigió directamente hacia la ventana por la que espiaba Barkhausen. Este se apartó asustado… la persiana de la ventana bajó, y Barkhausen pudo abandonar con tranquilidad su puesto de observación esa noche. Ya no cabía esperar grandes emociones, al menos ya no podría presenciarlas. Pero por esa noche tenía seguro a Enno…
En realidad había acordado con el comisario Escherich que Barkhausen lo llamaría en cuanto descubriera a Enno Kluge, fuera de día o de noche. Pero a medida que Barkhausen se alejaba de la puerta König, cada vez lo asaltaban más dudas sobre si una llamada inmediata era lo más indicado y lo más beneficioso, para Barkhausen, claro. Se le había ocurrido que ese asunto se componía de dos partes, y por tanto podía sacar beneficio de ambas.
Tenía seguro el dinero de Escherich, así que ¿por qué no intentar obtener también algo de Enno Kluge? Ese chavalote había tenido en la mano un billete de cincuenta marcos que se había convertido en más de doscientos gracias a la victoria de Adebar… ¿Por qué no podía quedarse Barkhausen también con esa suma? Eso no perjudicaría a Escherich, que tendría a su Enno a pesar de todo, ni tampoco a Enno, porque los de la Gestapo le quitarían la pasta de todos modos. ¿Entonces?
Y luego estaba esa gorda detrás de la que Enno se había arrastrado de rodillas de un modo tan ridículo. Seguro que tenía dinero, quizá incluso mucho. La tienda parecía buena, contenía aún mercancía abundante y no parecían faltarle clientes. No, esos lloriqueos y ese arrastrarse de Kluge no indicaban precisamente que los dos estuvieran de acuerdo en todo, eso no, pero ¿quién entrega un amante a la Gestapo, aunque lo haya mandado a paseo? El hecho de que la vieja cobijase todavía en su casa a Enno, pese al rechazo, de que le hubiese preparado un lecho para pasar la noche en el sofá, demostraba que aún sentía algo por él. Y si todavía sentía algo por ese viejo canoso, pagaría, puede que no mucho, pero algo sí. Y Barkhausen no estaba dispuesto a dejar escapar ese algo.
Cuando los pensamientos de Barkhausen llegaron a este punto —y durante su camino de regreso a casa y de noche, acostado al lado de Otti, fueron más lejos todavía—, le invadió un ligero temor, pues cayó en la cuenta de que se proponía emprender un juego muy peligroso. Sin duda el tal Escherich no era hombre que tolerase arbitrariedades, esos jefes de la Gestapo no eran así, y para él enviar a un hombre al campo de concentración era la cosa más sencilla del mundo. Y Barkhausen tenía pánico al campo de concentración.
De todos modos, estaba tan contaminado por esas ideas delictivas y su moral, que se dijo con tozudez que si un asunto podía dar mucho juego, tenía que darlo, así eran las cosas. Y no había duda de que ese asunto de Enno podía dar juego. Barkhausen decidió consultarlo con la almohada. A la mañana siguiente sabría si acudir enseguida a ver a Escherich o si se pasaba antes a echar un vistazo a Kluge. Ahora, a dormir…
Pero en lugar de dormir, pensó que esa empresa requería más de una persona. Necesitaba disponer de cierto margen de acción. Si iba a ver a Escherich, por ejemplo, dejaría a Enno sin vigilancia. O mientras apretaba las tuercas a la gorda, era probable que se le escapase Enno. No, uno era demasiado poco. Pero no había otro en quien pudiera confiar, aparte de que ese otro exigiría su parte en el negocio. Y Barkhausen no estaba para repartos.
Al final se le ocurrió que entre sus cinco mocosos figuraba un chaval de trece años, que tal vez incluso fuera suyo. Siempre había tenido la sensación de que ese crío con el distinguido nombre de Kuno-Dieter podría ser suyo, a pesar de que Otti siempre había afirmado que era de un conde, un terrateniente de Pomerania. Pero Otti siempre había sido una fanfarrona, como demostraba el mero nombre del chico, copiado de su supuesto padre.
Con un profundo suspiro Barkhausen decidió llevarse al chico como espía de reserva. Eso solo le costaría una pequeña bronca con Otti y unos marcos para el chico. Entonces los pensamientos de Barkhausen comenzaron de nuevo a girar sobre todo ese asunto y poco a poco se fueron tornando cada vez más confusos hasta que se quedó dormido.