Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 27 de 82

Páginas del PDF

Solo en Berlín

Capítulo 27

MIEDO Y PAVOR

 

Desde esa noche han transcurrido dos semanas. A Hete y a Enno Kluge la estrecha convivencia les ha servido para conocerse mejor el uno al otro. Porque el hombre no podía salir de casa por el miedo a la Gestapo. Vivían como en una isla, solo ellos dos. No podían evitarse, cambiar de aires con otras personas. Dependían por completo el uno del otro.

Los primeros días ella ni siquiera permitió a Enno ayudarla en la tienda, en esos primeros días en que aún no tenía la absoluta certeza de que algún agente de la Gestapo rondara la casa. Le había dicho que tenía que permanecer muy callado en la habitación. Que no debía permitir que nadie lo viera. Se quedó un poco sorprendida al ver con qué tranquilidad se tomaba esa declaración; a ella le habría resultado terrible verse condenada a permanecer inactiva en esa angosta habitación. Pero él se había limitado a decir:

—Bueno, entonces me cuidaré un poco.

—¿Y qué harás, Enno? —le había preguntado—. El día así se hace eterno, y yo no puedo ocuparme mucho de ti. Además, darle vueltas a la cabeza no conduce a nada.

—¿Hacer? —había preguntado muy asombrado—. ¿Qué quieres decir? ¿Ah, te refieres a trabajar? —Tenía ya en la punta de la lengua que en su opinión ya había trabajado lo suficiente para una larga temporada, pero aún se mostraba muy cauteloso con ella y por eso añadió—: Claro que me gustaría trabajar. ¿Pero qué puedo hacer en esta habitación? Si dispusiera aquí de un torno… —Y se echó a reír.

—¡Pues yo tengo un trabajo para ti! Mira, Enno.

Hete trajo a la habitación una caja grande abarrotada de todo tipo de semillas. Luego colocó delante de él un tablero, uno de esos de contar monedas como los que se encuentran sobre muchos mostradores de tienda. Y cogió una pluma con el plumín colocado al revés y utilizando esta pluma a modo de pala, comenzó a clasificar las distintas variedades de un puñado de semillas que había vertido sobre el tablero. La pluma iba de un lado a otro con rapidez y habilidad, separando, empujándolo a una esquina, volviendo a separar, mientras explicaba:

—Todo esto son restos de pienso, barridos de los rincones, de bolsas explotadas, lo he reunido desde hace años. Ahora que el pienso es tan escaso me viene muy bien. Lo selecciono…

—¿Y por qué lo seleccionas? ¡Es un trabajo tremendo! Dáselo así a los pájaros, ya se encargarán ellos de seleccionarlo.

—¿Desperdiciando tres cuartas partes del pienso? Además, puede que comieran pienso que no les sentara bien y muriesen. No, es preciso realizar este pequeño trabajo. Yo lo hacía casi siempre al anochecer y los domingos, en cuanto disponía de tiempo. Un domingo seleccioné casi cinco libras además de efectuar los quehaceres domésticos. Bueno, ahora veremos si bates mi récord. Dispones de mucho tiempo y mientras tanto se puede pensar muy bien. Seguro que tienes mucho que pensar. ¡Inténtalo, Enno!

Le puso en la mano la pequeña palita y observó cómo empezaba a trabajar.

—No eres nada torpe —alabó—. Tienes manos hábiles.

Y un instante después:

—Pero has de prestar más atención, Hans, no, quiero decir Enno. ¡Tengo que acostumbrarme! Mira, ese grano brillante y picudo es mijo, y ese romo, negro y redondo es colza. No debes mezclarlos. Las semillas de girasol es mejor que las saques primero con los dedos, es más rápido que con la pluma. Espera, te traeré recipientes para que coloques lo que termines de seleccionar.

Estaba empeñada en darle trabajo para esos días tediosos. Entonces sonó por primera vez el timbre de la tienda, y desde ese momento ya no se acabaron los clientes, de modo que solo podía visitarlo unos instantes. Entonces lo encontraba soñando delante de su tablero con las semillas. Peor era cuando él, sobresaltado por el ruido de la puerta, se deslizaba furtivo a su puesto de trabajo igual que un niño sorprendido mientras holgazanea.

La mujer comprendió enseguida que él nunca batiría su récord de las cinco libras, que ni siquiera llegaría a las tres. Y que estas tendría que volver a revisarlas ella, tan chapucera era su labor.

Hete se sentía un poco desilusionada, pero le dio la razón cuando él dijo:

—No estás muy satisfecha, ¿verdad, Hete? —sonrió con timidez—. Es que este no es trabajo para un hombre. Dame un auténtico trabajo de hombre, y verás lo que es bueno.

Él tenía razón, claro, y al día siguiente ella no le puso la tabla con las semillas.

—Tendrás que ver cómo pasas el día, pobrecillo —le dijo para consolarlo—. Debe de ser terrible para ti. ¿Por qué no lees un poco? En ese armario tengo muchos libros de mi marido. Espera, voy a abrirlo.

Kluge se hallaba a su espalda mientras ella examinaba las filas.

—Era funcionario del Partido Comunista. Mira, ese Lenin lo salvé por los pelos durante un registro domiciliario. Lo metí dentro de la estufa, y cuando un hombre de las SA estaba a punto de abrir la puerta, le di un cigarrillo y se olvidó. —Lo miró a la cara—. Pero estos libros no son para ti, querido. He de confesarte que yo apenas los he mirado desde la muerte de mi marido. A lo mejor es un error, todos deberíamos preocuparnos por la política. Si todos nosotros lo hubiéramos hecho a su debido tiempo, no habría sucedido lo de los nazis, Walter siempre lo decía. Pero yo solo soy una mujer… —Se interrumpió al darse cuenta de que no la escuchaba—. Ahí abajo hay unas novelas mías.

—Lo que más me gustaría es una auténtica novela de detectives, algo de delitos y de crímenes —explicó Enno.

—Creo que no hay nada de eso. Pero aquí tengo un libro realmente bonito, lo he leído una y otra vez. Raabe, Crónica de la calle Sperling. Intenta leerlo, te gustará…

Sin embargo, cuando entraba en la habitación, veía que no estaba leyendo. El libro yacía abierto sobre la mesa, más tarde lo apartó a un lado.

—¿No te gusta?

—Pues no sé… es que, ¿sabes?, todas esas personas son tan buenas que resulta aburrido. Es un libro realmente piadoso. No es libro para un hombre. A nosotros nos gusta algo más emocionante, ¿entiendes…?

—Lástima —dijo ella—. Lástima. —Y volvió a colocar el libro en el armario.

La irritaba entrar ahora en la habitación y ver al hombre sentado, siempre en la misma postura desmadejada, sin pensar en nada. O también dormido, la cabeza apoyada en la mesa. O junto a la ventana, mirando el patio y silbando entre dientes la misma melodía. La irritaba mucho. Siempre había sido una mujer activa, lo era todavía, la vida sin trabajo le habría parecido un sinsentido. Lo que más le gustaba era tener la tienda llena de clientes, momentos en que le habría encantado multiplicarse por diez.

Y ahora ese hombre pasaba diez, doce, catorce horas al día de pie, sentado, acurrucado, tumbado, sin hacer nada, nada en absoluto. ¿Qué le ocurría? Dormía bastante, comía con apetito, no le faltaba de nada, ¡pero no trabajaba! En una ocasión perdió la paciencia y le soltó, irritada:

—¡Deja de silbar siempre la misma melodía, Enno! Llevas seis u ocho horas silbando: «Las niñas pequeñas tienen que irse a dormir…».

Él esbozó una tímida sonrisa.

—¿Te molestan mis silbidos? Bueno, puedo cambiar de tema. ¿Quieres que te silbe la canción de Horst Wessel? Y comenzó: «¡La bandera en alto! Prietas las filas…».

Ella regresó a la tienda sin decir palabra. Esta vez, además de irritarla, la había ofendido gravemente.

Pero eso pasó. No era rencorosa, y además él también se había dado cuenta de que había cometido un error, y para darle una sorpresa le hizo una lámpara nueva para colocarla encima de la cama. Sí, se le daban bien esas cosas; cuando quería era muy mañoso, pero casi nunca quería.

Por otra parte, los días de destierro en la habitación transcurrieron deprisa. La señora Hete se convenció pronto de que ningún espía rondaba el edificio, y Enno pudo echarle una mano en la tienda. Por el momento no podía salir a la calle, pues siempre podía verlo algún conocido. Pero ayudar en la tienda sí que podía, tarea en la que reveló su utilidad y su destreza. Pronto se dio cuenta de que un trabajo monótono realizado durante cierto tiempo le fatigaba, así que ahora le encargaba primero esto, luego aquello.

Pronto lo dejó también atender a la clientela. Se las apañaba bien, era cortés, listo, a veces incluso gracioso a su manera, aunque un poco flojo.

—Ha tenido usted suerte con ese hombre, señora Häberle —decían los clientes antiguos—. ¿Es un pariente?

—Sí, un primo mío —mentía Hete, feliz por la alabanza que tributaban a Enno.

Un día le dijo:

—Enno, hoy quisiera viajar a Dahlem. Ya sabes que la tienda de animales de allí va a cerrar, porque la Wehrmacht ha movilizado al dueño. Puedo comprar sus existencias. Tiene mucho género, sería una gran ayuda para nosotros ahora que la mercancía escasea cada vez. ¿Podrás arreglártelas solo con la tienda?

—¡Por supuesto, Hete, por supuesto! Sin problemas. ¿Cuánto tiempo estarás fuera?

—Saldré nada más comer, pero no creo que regrese antes de la hora de cierre. Porque además me gustaría pasarme por mi modista…

—Hazlo, Hete. Por mí tienes permiso hasta medianoche. Y no te preocupes por la tienda, la atenderé de maravilla.

La acompañó hasta el metro. Era el descanso de la comida, la tienda estaba cerrada.

Hete sonreía cuando el vagón se puso en marcha. ¡La vida de pareja era otra vida! Era hermoso trabajar en compañía de alguien. Solo entonces sentías de noche verdadera satisfacción. Y él se esforzaba, y de qué manera, por contentarla. Hacía lo que podía. Sin duda no era un hombre enérgico o al menos trabajador, lo reconocía. Cuando había tenido que correr mucho le gustaba retirarse a la habitación, por llena que estuviera la tienda, dejándola sola con la clientela. O después de estar mucho tiempo llamándolo en vano, lo encontraba en el sótano, sentado en el borde de la caja de arena, adormilado, con el cubito medio lleno de arena ante él… ¡y ella llevaba diez minutos esperándolo!

Él se sobresaltaba cuando ella le gritaba con un punto de dureza:

—¿Dónde te has metido, Enno? ¡Estoy hasta las narices de esperar!

Kluge se levantaba de un salto como un escolar asustado.

—Me he dormido un poco —murmuraba con timidez y comenzaba a palear despacio—. En seguida voy, jefa, no volverá a ocurrir.

Intentaba aplacarla con esos pequeños chistes.

No, Enno no era una lumbrera en ningún sentido, lo reconocía, pero hacía lo que podía. Además era agradable, cortés, de trato amable, complaciente, sin vicios visibles. Que fumase algunos cigarrillos de más, eso se lo disculpaba. También a ella le gustaba fumarse uno cuando se relajaba…

Pero aquel día la señora Häberle tuvo mala suerte con sus recados. La tienda de Löbe en Dahlem estaba cerrada cuando llegó, tampoco acertaron a decirle cuándo regresaría el dueño. No, todavía no había sido llamado a filas, pero seguramente ahora tenía muchos trámites que hacer debido a su movilización. La tienda siempre abría por la mañana a partir de las diez, ¿por qué no lo intentaba de nuevo al día siguiente?

Ella dio las gracias y se fue a su modista. Pero delante de la casa se detuvo asustada. Por la noche había caído una bomba, el edificio era un montón de ruinas. La gente pasaba por delante a toda prisa, algunos giraban deliberadamente la cabeza para no ver el horror de la destrucción o por miedo a no ser capaces de ocultar su amargura, otros muy despacio (la policía se encargaba de que nadie se detuviera), con rostros curiosos que sonreían despreocupados o examinaban la devastación con una mirada sombría, casi amenazadora.

Sí, ahora Berlín entero se refugiaba cada vez más en los sótanos y las bombas, también las temidas bombas incendiarias, caían cada vez con mayor frecuencia. Ahora se citaba cada vez más la frase de Göring: si un bombardero enemigo alcanzaba el Ruhr podrían llamarlo Meier. La noche anterior también Hete había bajado al sótano, sola, porque no quería que Enno fuera considerado su novio oficial con el que convivía. Había oído por encima de ella el zumbido de los aviones, ese ruido que le destrozaba los nervios, igual que cuando un mosquito zumba sin parar. No había oído el ruido de los impactos, su zona no se había visto afectada hasta entonces. La gente decía que los ingleses no querían hacer daño a los trabajadores, sino liquidar a las familias elegantes del oeste…

La modista no era rica, pero ahora le había tocado a ella. La señora Hete Häberle intentó averiguar por un guardia municipal el paradero de la modista, si le había sucedido algo. El guardia lamentó no poder proporcionarle información. Le sugirió que acudiese a la comisaría o preguntase en el siguiente puesto de la Liga de Defensa Aérea.

Pero ahora Hete carecía de sosiego para eso. Por pena que le diera la modista y por mucho que le hubiera gustado conocer su estado, Hete tenía prisa por llegar a casa. Necesitaba convencerse en el acto de que todo iba bien. Era una bobada, ya lo sabía, pero a pesar de todo era así. Tenía que convencerse con sus propios ojos de que allí no había sucedido nada.

Mas por desgracia en la pequeña tienda de animales de la puerta König sí que había sucedido algo. Nada trágico, desde luego, aunque causó una profunda impresión en la señora Häberle, mayor que cualquier otro incidente en muchos años. La señora Häberle encontró bajada la persiana de la tienda, y en ella había un cartel, un cartel con la estúpida inscripción que tanto la irritaba: «Vuelvo enseguida». Y debajo: «Señora Hedwig Häberle».

Que al pie de esa nota figurase encima su nombre, que ella tuviera que ocultar con su buen nombre esa negligencia y olvido del deber, le causó una ofensa tan honda como el abuso de confianza cometido por Enno. Se había marchado furtivamente a sus espaldas, y a sus espaldas habría vuelto a abrir sin advertirle de que le había mentido. Además, qué estúpido, qué tremendamente estúpido, porque era casi seguro que una de sus clientas habituales le preguntaría: «¿Cerró ayer por la tarde? ¿Estuvo fuera, señora Häberle?».

Entra en su vivienda por el edificio. Después levanta la persiana de su tienda, abre la puerta. Espera hasta que entre el primer cliente, no, ahora no le apetece que entre nadie. Una traición así a sus espaldas… en todo su matrimonio con Walter jamás sucedió algo parecido. Siempre confiaron plenamente el uno en el otro, y jamás ninguno de los dos traicionó la confianza del otro. ¡Y ahora, esto! ¡Y sin que ella le hubiera dado el menor motivo!

Llega la primera clienta, la atiende; pero cuando Hete se dispone a cambiarle un billete de veinte marcos y abre la caja, la encuentra vacía. Había bastante cambio en la caja cuando se marchó, cerca de cien marcos. Se contiene, saca dinero de su monedero, entrega el cambio, ¡listo! Suena la campanilla de la puerta de la tienda.

Sí, ahora le gustaría cerrar y quedarse completamente a solas. Mientras sigue atendiendo a los clientes cae en la cuenta de que en los últimos días en un par de ocasiones le pareció que la caja no cuadraba, que el rendimiento diario debería ser más alto. Entonces ahuyentó, malhumorada, tales pensamientos. Además ¿qué iba a hacer Enno con el dinero? Si no podía salir de casa, si lo tenía siempre a la vista.

Ahora, sin embargo, piensa que el lavabo está a mitad de la escalera y que ha fumado muchos más cigarrillos de los que puede haber traído en su maletita. Sin duda ha encontrado en el edificio a alguien que se los proporciona, comprados en el mercado negro, sin cartilla, a sus espaldas. ¡Cuán cínico y denigrante! ¡Ella le habría proporcionado de mil amores cigarrillos con solo abrir la boca!

Durante esa hora y media hasta la reaparición de Enno, la señora Häberle libra una dura batalla consigo misma. En los últimos días se ha acostumbrado a tener un hombre en casa, a no estar sola, a cuidar de alguien, alguien a quien quiere. Pero si ese hombre es como ahora parece, tiene que erradicar ese cariño de su corazón. Mejor sola que vivir con esa eterna desconfianza y un miedo tan atroz. ¡Ya no podrá doblar la esquina para ir a la verdulería, aterrorizada por la posibilidad de que vuelva a engañarla!

Y entonces Hete recuerda que también tuvo la impresión de que sus cosas no estaban colocadas como siempre en el ropero. No, tiene que hacerlo, tiene que echarlo, hoy mismo, por duro que le resulte. Más adelante aún le costaría más.

Pero entonces piensa que es una mujer entrada en años, que esta quizá sea su última oportunidad de escapar de un ocaso de la vida solitario. Tras esta experiencia con Enno le costará mucho decidirse a intentarlo de nuevo con otro hombre. ¡Tras esta terrible y devastadora experiencia con Enno!

—Sí, vuelve a haber gusanos de la harina. ¿Cuánto quiere, señora?

Enno se presenta media hora antes del cierre. Es significativo del estado de ánimo de Hete que solo ahora piense que él no debía dejarse ver en la calle, dado el peligro tan grande que corría debido a la Gestapo. Hasta ahora no ha podido pensar en eso, tan ocupada estaba con su traición. ¿Pero de qué sirven todas las medidas de precaución si él se marcha sin más ni más durante su ausencia? ¡Quién sabe si lo de la Gestapo no será también otro engaño…! ¡Tratándose de ese hombre, todo es posible!

Naturalmente, él ya ha visto por la persiana levantada que ella está de nuevo en la tienda. Entra desde la calle, con cuidado y delicadeza serpentea entre los clientes, la sonríe como si nada hubiera pasado, y dice desapareciendo en el cuarto:

—Enseguida vengo a echar una mano, jefa.

Y la verdad es que vuelve enseguida, y obligada a guardar las apariencias delante de los clientes, tiene que hablar con él, darle instrucciones, comportarse como si nada hubiera ocurrido… y sin embargo ¡su mundo se ha venido abajo! Pero no deja que se le note, incluso responde a sus chistecitos endebles de los que hoy tiene abundante provisión, y solo cuando quiere ir a la caja, le advierte con dureza:

—Perdón, de la caja me encargo yo.

Se sobresalta un poco, la mira de reojo con timidez, igual que un perro apaleado, sí, exactamente igual que un perro apaleado, piensa. Pero después se lleva la mano al bolsillo, una sonrisa asoma a su cara, él ha vuelto a superar el golpe.

—¡A sus órdenes, jefa! —Grazna, entrechocando los tacones.

Los clientes se ríen de ese hombrecillo ridículo que pretende dárselas de soldado, pero ella no tiene ganas de reír.

Después se cierra la tienda. Trabajan juntos con ahínco durante hora y cuarto, completamente ocupados en dar de comer y beber y limpiar, al final casi mudos ambos, sin que ella reaccione a los chistes que intenta contarle una y otra vez.

En la cocina Hete prepara la cena. Ha frito en la sartén patatas con tocino, auténticas y deliciosas patatas salteadas. El tocino se lo cambió a una clienta por un queso de leche agria. Se alegra de sorprenderlo con una cena tan rica, porque a él le gusta comer bien. Las patatas están adquiriendo un hermoso tono amarillo dorado.

Pero de pronto apaga la llama de gas de debajo de la sartén, incapaz de esperar más las explicaciones. Va a la habitación, se apoya, oscura y maciza, con la espalda contra la estufa y pregunta con un tono casi amenazador:

—¿Y bien?

Kluge está sentado a la mesa, poniendo el servicio para la cena para los dos, mientras silba ensimismado según su costumbre.

Ante ese «y bien» amenazador, el hombre da un respingo, se levanta y mira hacia la oscura figura de enfrente.

—¿Qué, Hete? —inquiere—. ¿Falta mucho para la cena? Tengo un hambre canina.

De la rabia, le gustaría pegar a ese hombre que la cree dispuesta a sufrir en silencio semejante traición. ¡Se siente muy seguro ese caballero por haber dormido con ella en la misma cama! Dominada por una furia completamente inusual, le encantaría sacudir y golpear a ese tipo, una y otra vez.

Pero se controla y repite su «¿y bien?», con tono más amenazador todavía.

—Ah, ya —contesta—. Te refieres a lo del dinero. —Mete la mano en el bolsillo y saca un montón de billetes—. Toma, Hete, son 210 marcos y yo he cogido 92 de la caja. —Ríe con cierta timidez—. Para que yo también aporte algo a la economía doméstica.

—¿Y cómo has conseguido tanto dinero?

—Hoy por la tarde se celebraba la gran carrera de caballos de Karlshorst. He llegado justo a tiempo de apostar por Adebar. Adebar, victoria. Porque me gusta apostar a los caballos. Es que entiendo mucho de carreras, Hete —dice con un orgullo poco común en él—. No he apostado los 92 marcos, solamente 50. La cuota era…

—¿Y qué habrías hecho si el caballo no hubiera ganado?

—Pero es que Adebar tenía que ganar… no cabía otra posibilidad.

—¿Y si no hubiera ganado?

Ahora es él quien se siente superior a la mujer.

—Oye, Hete, tú no entiendes nada de carreras, pero yo sí —dice sonriendo—. Y si digo que Adebar gana, y apuesto encima 50 marcos…

Ella lo interrumpe.

—Has arriesgado mi dinero —replica con dureza—. Eso no lo tolero. Si necesitas dinero, dímelo, no tienes que trabajar conmigo solo por la manutención. Pero sin mi permiso no cogerás de la caja ni un céntimo, ¿entendido?

Ante ese tono de inusitada dureza, vuele a sentirse completamente inseguro. Atribulado (ella sabe que está a punto de echarse a llorar, y se asusta ya de sus lágrimas), replica:

—Pero ¿por qué me hablas así, Hete? Como si solo fuese un trabajador tuyo. Pues claro que no volveré a coger dinero de la caja. Pensaba que te daría una alegría ganando tanto dinero. ¡Cuando además la victoria estaba cantada!

La mujer no entra en la conversación. Para ella el dinero siempre ha sido algo secundario, lo importante es que había defraudado su confianza. Enno cree que está furiosa por el dinero, ¡qué imbécil!

—¿Y por esas apuestas en las carreras has cerrado la tienda sin más? —le pregunta Hete.

—Sí —contesta—. Tú también habrías tenido que cerrarla si yo no hubiera estado aquí.

—Y cuando yo me fui, ¿sabías ya que querías cerrar?

—Sí —responde como un bobo. Y se corrige deprisa—: No, claro que no, o te habría pedido permiso. No se me ocurrió hasta que pasé por el pequeño local de apuestas de la calle Neue König, ya sabes. Al pasar leí los pronósticos, y cuando vi a Adebar tan solo, me decidí.

—Ya —dice ella.

No le cree. Eso ya se lo había propuesto antes de dejarla a ella en el metro. Recuerda que esa mañana temprano se había pasado mucho rato haciendo crujir el periódico y después haciendo cálculos en un papel, cuando los primeros clientes ya habían entrado en la tienda.

—Ya —repite—. Y entonces te vas sencillamente a pasear por la ciudad, cuando habíamos quedado en que te dejarías ver por la calle lo menos posible por culpa de la Gestapo, ¿verdad?

—Tú también permitiste que te acompañase hasta el metro.

—Entonces estábamos juntos. Y yo había dicho expresamente que era una prueba. Eso no significa que te pases medio día zascandileando por la ciudad. ¿Dónde has estado?

—En un pequeño local conocido de antaño, eso es todo. Allí no entra nunca nadie de la Gestapo, solo lo frecuentan corredores de apuestas y apostadores.

—¡Todos los cuales te conocen! Y contarán por todas partes: ¡Hemos visto a Enno Kluge en tal y tal sitio!

—Pero la Gestapo también sabe que tengo que estar en alguna parte, aunque ignora dónde. El local está muy lejos de aquí, en Wedding. ¡Y allí no había ningún conocido que pudiera delatarme!

Habla con fervor y bondad; de creerle, parece tener toda la razón. Él no entiende hasta qué punto ha traicionado la confianza de la mujer, ni qué lucha libra consigo misma por su culpa. Cogerle dinero… para darle una alegría. La tienda cerrada… ella también lo habría hecho. Se fue a un local… estaba muy lejos, en Wedding. ¡Pero que ella se hubiera asustado por amor, de eso Kluge no entendía nada, eso no le cabía en la cabeza!

—Bueno, Enno, ¿eso es todo lo que tienes que decir? ¿O no? —le pregunta.

—¿Qué más quieres que diga, Hete? Veo que estás muy descontenta de mí, pero la verdad es que no creo haber hecho tantas cosas mal. —Llegaron las temidas lágrimas—. ¡Ay, Hete, por favor, vuelve a ser buena conmigo! ¡Te aseguro que te lo preguntaré todo antes! Pero vuelve a ser buena conmigo. Esto no lo resisto…

Pero esta vez ni las lágrimas ni los ruegos surtieron efecto. Algo en ellos sonaba a falso. Casi sentía asco por ese hombre lloriqueante.

—Primero tengo que pensarlo muy bien, Enno —le comunicó con tono de rechazo—. Tú no pareces entender la profunda decepción que ha sufrido mi confianza.

Y pasó a su lado en dirección a la cocina, a seguir friendo las patatas. Así que ya le había ofrecido una explicación. ¿Y qué le había aportado? ¿Había aclarado la situación, propiciado una decisión?

¡Qué va! Solo había probado que ese hombre no sentía el menor asomo de culpabilidad. Que mentía sin escrúpulos cuando la situación parecía exigirlo, sin importarle un pimiento a quién mentía.

No, ese hombre no era el hombre adecuado para ella. Tenía que terminar con él. Aunque una cosa estaba clara, esa noche ya no podía ponerlo en la calle. Ni siquiera era consciente de haber hecho nada malo. Era como un perro joven que muerde un par de zapatos y no comprende por qué le pega su amo.

No, tenía que darle uno o dos días de tiempo para buscar otro alojamiento. Si mientras tanto caía en manos de la Gestapo… correría ese riesgo. Él también lo corre… ¡por apostar a una carrera de caballos! No, tiene que librarse de él, jamás podrá volver a confiar en él. Tiene que vivir solo para ella, desde ahora hasta el día de su muerte. Y este pensamiento la aterroriza.

Pero pese a su miedo, después de cenar le dice:

—Enno, he estado reflexionando y debemos separarnos. Eres un hombre simpático y cariñoso, pero tú ves el mundo con ojos muy distintos a los míos, a la larga no nos llevaríamos bien.

Él la mira fijamente mientra ella, para corroborar sus palabras, le prepara la cama en el sofá. Al principio no da crédito a sus oídos, después empieza a llorar:

—¡Ay, Dios mío, no puedes hablar en serio, Hete! ¡Con lo que nos queremos! ¡No puedes desear echarme a la calle y en brazos de la Gestapo!

—¡Vamos! —replica Hete intentando tranquilizarse—. Lo de la Gestapo no será ni la mitad de terrible, o no te habrías pasado media jornada caminando por la ciudad.

Él cae de rodillas. De veras, se desliza hacia ella de rodillas. El miedo le ha hecho perder el juicio.

—¡Hete, Hete! —grita y solloza—. ¿Pretendes matarme? ¡Tienes que dejar que me quede aquí! ¿Adónde voy a ir? Ay, Hete, quiéreme un poquito, soy tan desgraciado…

Sollozos y gritos, un perrillo dando gañidos de miedo.

Quiere rodear sus piernas, intenta coger sus manos. Ella huye a su dormitorio, corre el cerrojo de la puerta. Pero durante toda la noche lo oye empujar la puerta, probar el picaporte, lloriquear, suplicar…

La mujer yace en completo silencio, haciendo acopio de toda su fuerza para no ceder, para no dejarse ablandar por su propio corazón y por los ruegos de ahí fuera. Se mantiene firme en su decisión de no continuar viviendo con él.

Durante el desayuno se sientan uno enfrente del otro con la cara pálida, faltos de sueño. Apenas cruzan una palabra. Se comportan como si esa disputa no hubiera existido jamás.

Sabe a qué atenerse, piensa ella, y si hoy no se busca habitación, mañana por la noche tendrá que abandonar mi casa. Mañana a mediodía se lo repetiré. ¡Tenemos que separarnos!

Oh, sí, la señora Hete Häberle es una mujer valiente y honrada. Y si a pesar de todo no pone en práctica su decisión, si no echa a Enno de su lado, no se debe a ella, sino a personas que todavía no conoce. Por ejemplo, al comisario Escherich y al señor Barkhausen.