Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 15 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 15

ENNO KLUGE VUELVE AL TRABAJO

 

Cuando Otto Quangel comenzó su trabajo en el taller de carpintería, Enno Kluge llevaba ya seis horas junto al torno. Sí, el pobre hombre no ha aguantado más en su cama, y a pesar de su debilidad y de sus dolores ha acudido a la fábrica. Ciertamente la acogida no ha sido muy amable, pero ¿qué otra cosa cabía esperar?

—¿Qué, otra vez de visita, Enno? —le preguntó el capataz—. ¿Cuánto tiempo piensas aguantar esta vez? ¿Una semana? ¿Dos?

—Estoy completamente curado, maestro —aseguró Enno Kluge con vehemencia —. Puedo volver a trabajar, y lo haré, ya lo verás.

—No me digas —comentó con bastante incredulidad el capataz, disponiéndose a irse. Pero se detuvo, contempló pensativo la cara de Enno y preguntó—: ¿Y qué has hecho con tu facha, Enno? Parece que te han apretado las tuercas, ¿eh?

Enno inclina la cabeza hacia la pieza en la que trabaja, y sin mirar al capataz contesta al fin:

—Sí, capataz, me han apretado las tuercas…

El capataz se queda parado ante él, pensativo, y sigue observándolo. Al final se cree capaz de extraer su propia conclusión y dice:

—¡Pues a lo mejor ha sido útil, a lo mejor ahora sientes verdadero afán por el trabajo, Enno!

Y dicho esto, el capataz se fue y Enno Kluge se alegró de que hubiera interpretado los golpes así. ¡Que pensara que le habían propinado la paliza por su pereza, tanto mejor! Eso no quería discutirlo con nadie. Y si allí pensaban así, no lo acribillarían a preguntas. A lo sumo se reirían a su espalda, y además podían hacerlo sin problemas, a él le daba igual. ¡Ahora quería trabajar, los iba a dejar con la boca abierta!

Con una sonrisa tímida y no exenta de orgullo, Enno Kluge se apuntó para el turno de trabajo voluntario del domingo. Un par de colegas mayores que lo conocían de antes hicieron comentarios sarcásticos. Se rio con ellos y comprobó, complacido, que también el maestro sonreía.

Dicho sea de paso, la suposición equivocada del maestro de que había recibido los golpes por su holgazanería, también le resultó provechosa. Lo llamaron justo después de la hora del almuerzo. Y allí se presentó él, igual que un acusado, y el hecho de que uno de sus jueces vistiera un uniforme de la Wehrmacht, otro de las SA y solo uno fuera de paisano, aunque también adornado con insignias, no hizo sino incrementar su miedo.

El oficial de la Wehrmacht hojeaba un documento y reprochó a Enno Kluge sus pecados con una voz tan indiferente como asqueada. Licenciado del Ejército tal y tal día para destinarlo a la industria armamentística, en tal y tal fecha se presenta en la empresa asignada, trabaja once días, baja por enfermedad debido a hemorragias gástricas, visita de tres médicos, dos hospitales. En tal y tal fecha recibe el alta, cinco días trabajados, tres días ausente, un día trabajado, nuevas hemorragias gástricas, etcétera, etcétera.

El oficial dejó a un lado el documento, miró asqueado a Kluge, mejor dicho, dirigió su mirada más o menos al botón superior de la chaqueta de Enno y dijo alzando la voz:

—Pero ¿qué te figurabas, cerdo? —de repente gritaba, pero se notaba que lo hacía por costumbre, sin la menor excitación interna—. ¿Crees que puedes engañar a una sola persona con tus estúpidas hemorragias? ¡Voy a enviarte a un batallón de castigo, allí te arrancarán del cuerpo tus apestosos intestinos, entonces aprenderás lo que son hemorragias gástricas!

El oficial vociferó durante un buen rato. Enno estaba acostumbrado a ello desde el Ejército, no lo asustaba mucho. Escuchó el rapapolvo con las manos colocadas reglamentariamente junto a la costura de su pantalón de civil, los ojos siguiendo con atención al que le increpaba. Cuando el oficial tenía que coger aire, Enno decía con el tono debido, claro y nítido, ni sumiso ni descarado, objetivo:

—¡Sí, mi teniente! ¡A sus órdenes, mi teniente!

Hubo un momento en el que incluso consiguió, ciertamente sin ningún efecto visible, deslizar la frase:

—Estoy sano, a sus órdenes, mi teniente. Me presento para servirle, trabajaré.

El oficial dejó de gritar tan repentinamente como había comenzado. Cerró la boca, apartó la vista del botón superior de la chaqueta de Kluge, y la dirigió hacia su vecino de uniforme pardo.

—¿Alguna cosa más? —preguntó asqueado.

Desde luego que sí, también ese caballero tenía algo que decir o más bien que gritar; todos esos jefes parecían gritar a sus subordinados. Este habló a voces de la traición al pueblo y de sabotaje, del Führer, que no toleraba traidores en las propia filas, y de los campos de concentración, donde se haría justicia.

—¿Y cómo te presentas ante nosotros? —gritó de repente el de uniforme pardo —. ¿Cómo estás en ese estado, cerdo? ¿Con esa cara te presentas al trabajo? ¡Has estado putañeando con mujeres, putero asqueroso! ¿En eso te dejas las fuerzas y nosotros tenemos que pagarte aquí? ¿Dónde has estado, chulo indecente, dónde te han puesto así?

—Me han apretado las tuercas —refiere Enno, intimidado por la mirada del otro.

—¿Quién te ha maltratado así, quién? ¡Quiero saberlo! —gritó el de la camisa parda agitando el puño en las narices de Enno y pateando el suelo.

En ese momento la mente de Enno se quedó en blanco. Bajo la amenaza de nuevos golpes, sus propósitos y su cautela se esfumaron y susurró aterrorizado:

—A sus órdenes, las SS me han maltratado así.

El miedo irracional de ese hombre tenía algo tan convincente, que los tres hombres sentados a la mesa le dieron crédito en el acto. Una sonrisa comprensiva, de aprobación, se dibujó en sus rostros. El de pardo gritó:

—¿Maltratado dices? Eso se llama castigar, castigar con razón. ¿Cómo se llama eso?

—A sus órdenes, se llama: castigado con razón.

—Bien, espero que no lo olvides. La próxima vez no saldrás tan bien parado. ¡Retírate!

Media hora después Enno Kluge aún temblaba tanto que era incapaz de trabajar en el torno. Permaneció en el retrete, donde al final lo descubrió el maestro, que lo envió al trabajo entre improperios. Después este se situó a su lado y despotricando observó cómo Enno Kluge estropeaba una pieza detrás de otra. Todo se mezclaba en la cabeza del hombrecillo: la regañina del maestro, las burlas de los compañeros, la amenaza del campo de concentración y del batallón de castigo, impidiéndole ver con claridad. Las manos, siempre tan hábiles, se negaban a obedecerlo. No podía, y sin embargo debía, o estaría perdido sin remedio.

Al final hasta el propio maestro comprendió que no se enfrentaba a mala voluntad ni a holgazanería.

—Si no acabaras de estar enfermo, te aconsejaría que te pasaras un par de días en la cama hasta curarte. —Con estas palabras lo abandonó el maestro, no sin antes añadir—: Pero ya sabes lo que te sucedería entonces.

Claro que lo sabía. Y continuó con el trabajo, intentando no pensar en los dolores, en la insoportable presión que sentía en su cabeza. Durante un rato el brillante hierro que giraba lo atrajo como un talismán. Bastaría con meter los dedos en medio para obtener paz, iría a parar a una cama, podría estar acostado, descansar, dormir, olvidar. Pero enseguida pensó que quien se mutilaba adrede era castigado con la muerte, y su mano retrocedió convulsa…

Y así era: muerte en el batallón de castigo, muerte en un campo de concentración, muerte en el patio de una cárcel, esas eran las cosas con que lo amenazaban a diario y que tenía que conjurar. Y tenía tan poca energía…

De algún modo pasó esa tarde, de algún modo se encontró poco después de las cinco entre el raudal de los que retornaban a casa. Cuánto había añorado el descanso y el sueño; pero cuando se encontró en su propio cuartito del hotel, no consiguió acostarse. Volvió a salir y compró algo de comida.

De nuevo en la habitación, la comida en la mesa ante él, la cama a su lado… mas no podía permanecer allí. Estaba atormentado, no soportaba esa habitación. Tenía que comprar útiles de aseo e intentar adquirir un blusón azul en algún ropavejero.

Volvió a salir, y cuando estaba en una droguería, recordó que tenía una maleta muy pesada con todas sus pertenencias en casa de Lotte, de donde lo había echado con tanta rudeza su marido tras regresar de permiso. Salió corriendo de la droguería, tomó el tranvía; se arriesgó, iría a casa de ella por las buenas. ¡No podía renunciar a todas sus cosas! Temía que le dieran una paliza, pero sentía un intenso deseo, necesitaba ver a Lotte.

Tuvo suerte, pues la encontró en casa, el marido no estaba.

—¿Tus cosas, Enno? —inquirió la mujer—. Las llevé inmediatamente al sótano, para que no las encontrase. Espera, voy a por la llave.

Pero la mantuvo abrazada, apoyó la cabeza contra el pecho poderoso de la mujer. Los esfuerzos de las últimas semanas lo habían sobrepasado y se echó a llorar sin más.

—¡Ay, Lotte, no soporto estar sin ti! ¡Te echo tanto de menos!

Su cuerpo se estremecía con los sollozos. Se asustó mucho. Estaba acostumbrada a tratar con hombres lloriqueantes, pero borrachos, mientras que este estaba sobrio… Y después esa palabrería de que la echaba de menos y que no podía vivir sin ella. ¡Hacía una eternidad que nadie le decía algo así, si es que alguna vez se lo llegó a decir alguien!

Lo tranquilizó lo mejor que pudo.

—Solo se quedará tres semanas de permiso, luego podrás volver, Enno. ¡Cálmate, hombre, coge tus cosas antes de que venga! ¡Ya sabes!

¡Oh, vaya si lo sabía, con qué exactitud conocía las amenazas que se cernían sobre él!

Lo acompañó al tranvía y lo ayudó con la maleta.

Enno Kluge regresó a su hotel, un poco más aliviado. Solo tres semanas, de las que ya habían transcurrido cuatro días. Después el marido retornaría al frente y él podría meterse en su cama. Enno se imaginaba que resistiría sin mujeres, pero era imposible, sencillamente no era capaz. Mientras tanto, se pasaría otra vez a ver a Tutti; ahora se daba cuenta de que bastaba con lloriquear un poco para que dejasen de ser tan malas. ¡Y te ayudaban enseguida! A lo mejor podía quedarse en casa de Tutti durante esas tres semanas, la habitación solitaria del hotel le parecía demasiado terrible.

Sin embargo, a pesar de las mujeres trabajaría, trabajaría, trabajaría. No volvería a hacer tonterías nunca más. ¡Estaba curado!