Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 1 de 82

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Solo en Berlín

Primera Parte

Hans Fallada

Solo en Berlín

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Ablewhite 10.01.16

Título original: Jeder stirbt für sich allein

Hans Fallada, 1947

Traducción: Rosa Pilar Blanco

Editor digital: Ablewhite

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PRIMERA PARTE

LOS QUANGEL

Capítulo 1

EL CORREO TRAE MALAS NOTICIAS

 

La cartera Eva Kluge sube despacio los peldaños de la escalera del número 55 de la calle Jablonski. Su lentitud no se debe solo a que la caminata del reparto la ha fatigado, sino también a que su cartera contiene una de esas cartas que odia entregar y tiene que hacerlo dentro de un momento, dos tramos de escaleras más arriba, en el hogar de los Quangel. Seguro que la mujer la aguarda con impaciencia, desde hace más de dos semanas espera recibir una carta oficial del Ejército.

Antes de que la cartera Kluge entregue la carta mecanografiada de los militares, tiene que entregar el Völkischer Beobachter en el piso de los Persicke. Él es funcionario del Partido, dirigente político o algo por el estilo, Eva Kluge aún confunde todos esos cargos. Sea como fuere, en casa de los Persicke hay que saludar diciendo «¡Heil Hitler!» y tener mucho cuidado con lo que uno dice. Bueno, la verdad es que hay que tenerlo en todas partes, es raro que haya una persona a la que Eva Kluge pueda decir lo que piensa de verdad. Ella no siente el menor interés por la política, es una mujer sencilla y como tal piensa que no hay que traer hijos al mundo para que los maten de un tiro. Un hogar sin un hombre tampoco vale nada; por el momento ella ya no tiene nada: ni a sus dos hijos ni a su marido. En su lugar debe mantener la boca cerrada, ir con pies de plomo y entregar asquerosas cartas de los militares que no han sido escritas a mano sino a máquina, y cuyo remitente es un oficial del regimiento.

Toca el timbre de los Persicke, dice «¡Heil Hitler!» y entrega su Völkischer al viejo borracho que luce en la solapa los emblemas del Partido y del Estado.

—¿Qué hay de nuevo? —pregunta.

Ella contesta con cautela:

—Y yo qué sé. Creo que Francia ha capitulado. —Y añade deprisa—: ¿Hay alguien en casa de los Quangel?

Persicke no presta atención a su pregunta y abre bruscamente el periódico.

—Aquí lo dice: Francia ha capitulado. ¡Demonios, señorita, y usted me lo suelta como si estuviera vendiendo panecillos! ¡Tiene que soltarlo con más brío! ¡Tiene que decírselo a todos los que no tienen radio, eso convencerá a los últimos derrotistas! ¡También ganaremos la segunda guerra relámpago, y en un santiamén nos plantaremos en Inglaterra! ¡Los Tommy s serán liquidados en tres meses, y entonces verán la vida que nos depara nuestro Führer! ¡Entonces sangrarán los otros y nosotros seremos los amos del mundo! ¡Pasa, muchacha, toma un aguardiente conmigo! ¡Amalie, Erna, August, Adolf, Baldur, venid todos! ¡Hoy haremos fiesta, hoy no se trabaja! ¡Para empezar nos remojaremos el gaznate, y esta tarde haremos una visita a la vieja judía del cuarto, y esa cerda tendrá que darnos café y pastel! ¡Os digo que la vieja lo hará, ahora que Francia ha mordido el polvo, ahora ya no tendré compasión! ¡Ahora somos los amos del mundo y todos tienen que inclinarse ante nosotros!

Mientras el señor Persicke, rodeado de su familia, se desfoga con declaraciones cada vez más excitadas y se echa al coleto las primeras copas, la cartera sube al piso de arriba y toca el timbre de los Quangel. Lleva la carta en la mano, dispuesta a marcharse en el acto. Pero tiene suerte; no abre la mujer, que casi siempre cruza unas palabras amables con ella, sino el marido, de rostro severo, parecido a un pájaro, boca de labios delgados y ojos fríos. Recoge la carta sin decir palabra y le da con la puerta en las narices, como si fuera una ladrona frente a la cual es preciso tomar precauciones.

Pero Eva Kluge se limita a encogerse de hombros y vuelve a bajar la escalera. Algunas personas son así; en el tiempo que lleva repartiendo el correo en la calle Jablonski, el hombre todavía no le ha dicho ni una sola palabra, ni siquiera «Heil Hitler» o «Buenos días», a pesar de que también él, ella lo sabe, tiene un cargo en el Frente del Trabajo. Bueno, qué más da, ella no puede cambiarlo, si ni siquiera ha podido cambiar a su propio marido, que malgasta su dinero en las tabernas y en las apuestas y que solo se deja caer por casa cuando está sin blanca.

Con la agitación, en el piso de los Persicke han dejado la puerta abierta, de la vivienda sale ruido de copas y alboroto de los que celebran el triunfo. La cartera cierra la puerta con cuidado y continúa el descenso mientras piensa que, en el fondo, eso es una buena noticia, pues con la rápida victoria sobre Francia la paz está más cerca. Llegado ese momento, sus dos chicos regresarán.

Pero la inquietante sensación de que entonces mandarán personas como los Persicke enturbia esas esperanzas. Tener a ese tipo de gente como amos y verse uno obligado a mantener siempre la boca cerrada, a no poder decir nunca lo que sientes, tampoco le parece correcto.

De pasada recuerda también al hombre de fría cara de buitre al que acaba de entregar el correo del Ejército, y a la vieja judía Rosenthal del cuarto piso, a cuyo marido se llevó la Gestapo hace dos semanas. Qué pena le da esa mujer. Antes los Rosenthal tenían una lencería en la avenida Prenzlauer. Después la tienda fue

«arianizada[1]» y ahora se han llevado al marido, que debe de rondar los setenta años. Seguro que los dos viejos nunca han hecho mal a nadie, siempre fiaban, incluso a Eva Kluge cuando no tenía dinero para la ropa de los niños, y el género de los Rosenthal tampoco era peor o más caro que el de otras tiendas. No, a Eva Kluge no le cabe en la cabeza que un hombre como Rosenthal sea peor que los Persicke únicamente por ser judío. Y ahora esa anciana de arriba está en su piso más sola que la una y ya no se atreve a salir a la calle. Solo cuando oscurece hace sus compras luciendo la estrella judía, seguramente pasa hambre. No, piensa Eva Kluge, aunque venzamos diez veces a Francia, la situación entre nosotros no es justa…

Ya ha llegado al próximo edificio donde continuará la entrega.

Entretanto el jefe de taller Otto Quangel ha entrado en la salita con la carta de los militares y la ha depositado encima de la máquina de coser.

—Aquí tienes —se limita a decir.

Siempre cede a su mujer el privilegio de abrir esas cartas, porque sabe el apego que siente por Otto, su único hijo. Ahora él está delante de ella, con el delgado labio inferior entre los dientes, esperando ver ese resplandor de alegría en el rostro femenino. Siente un amor lacónico, callado, exento de ternura, por esa mujer.

Ella abre deprisa la carta y durante un instante su rostro resplandece, pero en cuanto ve el texto escrito a máquina se apaga. Su expresión se torna medrosa, lee más despacio, como si tuviera miedo de la palabra siguiente. El hombre se inclina hacia delante y saca las manos de los bolsillos. Ahora sus dientes presionan con fuerza el labio inferior, presiente la desgracia. En la habitación reina un silencio completo. De improviso, la respiración de la mujer se torna jadeante.

De repente profiere un grito suave, un sonido que su marido jamás ha oído. Su cabeza se desploma hacia delante, golpea primero contra los carretes de la máquina de coser y se hunde entre los pliegues de la labor de costura, ocultando la funesta misiva.

En dos zancadas Quangel se sitúa detrás de ella. Con una celeridad poco usual en él, coloca sobre la espalda femenina su mano grande, deformada por el trabajo. Nota que a su mujer le tiembla todo el cuerpo.

—¡Anna! —exclama—. ¡Anna, por favor! —Espera un momento y después se atreve a añadir—: ¿Le ha pasado algo a Otto? ¿Está herido? ¿Es grave?

El cuerpo de la mujer continúa temblando, pero ningún sonido brota de sus labios. No hace ademán de levantar la cabeza y mirarlo.

Él baja la vista hacia la raya del pelo de su mujer, que tan rala se ha vuelto en los años que llevan casados. Ahora son viejos; si a su hijo Otto le ha sucedido algo, ella ya no tendrá a nadie a quien querer, salvo a él, y siempre siente que no hay mucho digno de amar en él. Nunca es capaz de decirle con palabras lo mucho que la quiere. Incluso ahora es incapaz de acariciarla, de manifestarle una leve muestra de ternura, de consolarla. Se limita a colocarle su pesada mano sobre la raya del pelo que clarea, la obliga suavemente a alzar la cabeza hacia su rostro, y pregunta a media voz:

—¿Qué dicen esos, me lo cuentas, Anna?

Pero a pesar de que los ojos de la mujer están cerca de los suyos, ella no lo mira, sino que los mantiene cerrados con fuerza. Su rostro ostenta una palidez amarillenta, su sempiterna frescura ha desaparecido. También la carne sobre los huesos parece completamente consumida, es como si estuviera contemplando una calavera. Solo las mejillas y la boca tiemblan, igual que el resto del cuerpo, sacudido por un misterioso temblor interno.

Mientras Quangel contempla ese rostro familiar, ahora tan desconocido, mientras siente que su corazón late cada vez con más fuerza, mientras percibe su total incapacidad para brindarle un poco de consuelo, le invade un hondo temor. En realidad, un temor ridículo ante el profundo dolor de su mujer, el temor a que ella empiece a gritar, mucho más alto y salvaje de lo que acaba de hacer. A él siempre le ha gustado el silencio, nadie del edificio debía enterarse de nada sobre los Quangel. Y mucho menos expresar sentimientos: ¡no! Incluso aterrado, el hombre solo es capaz de repetir la frase que acaba de pronunciar: «¿Qué dicen esos, me lo cuentas, Anna?».

La carta está abierta, pero él no se atreve a cogerla. Eso le exigiría soltar la cabeza de su mujer, y sabe que esa cabeza, cuya frente luce ya dos manchas de sangre, volvería a caer golpeándose contra la máquina. Sobreponiéndose, pregunta de nuevo:

—¿Qué le ha pasado a Ottito?

Es como si ese apelativo cariñoso, raramente utilizado por el hombre, devolviera a la mujer a esta vida desde su mundo de dolor. Traga saliva un par de veces, incluso abre los ojos, siempre tan azules y ahora descoloridos.

—¿A Ottito? —susurra ella—. ¿Qué va a haberle pasado? Nada, ya no existe Ottito, ¡eso es todo!

«¡Oh!», se limita a decir el hombre, un «¡oh!» profundo procedente de los abismos de su corazón. Sin darse cuenta, suelta la cabeza de su mujer y coge la carta. Sus ojos contemplan fijamente las líneas sin conseguir leerlas todavía.

Entonces su mujer le arranca la misiva de la mano. Su voz cambia bruscamente, enfurecida la rompe en pedazos, en pedacitos, en trocitos, mientras le reprocha de manera atropellada:

—¿Es que encima piensas leer esa mierda, esas asquerosas mentiras que les escriben a todos? ¿Que ha muerto como un héroe, por su Führer y por su patria? ¿Que fue un soldado y un camarada modélico? ¿Vas a dejar que te cuenten todo eso cuando los dos sabemos que lo que más le gustaba a Ottito era manipular su radio y que lloró cuando lo obligaron a alistarse? ¡Cuántas veces me dijo durante su época de recluta lo malos que eran allí, y que preferiría perder su mano derecha con tal de librarse de ellos! ¡Y ahora es un soldado modelo que ha muerto como un héroe! ¡Mentiras, todo mentiras! ¡Pero eso lo habéis provocado vosotros con vuestra guerra de mierda, tú y tu Führer!

Se ha colocado delante de él, es más baja, pero sus ojos relampaguean de ira.

—¿Yo y mi Führer? —murmura el hombre abrumado por el ataque—. ¿Cómo es que de pronto es mi Führer? Si ni siquiera estoy en el Partido, solo en el Frente del Trabajo, y ahí la afiliación es obligatoria. Y votarlo lo hemos votado siempre los dos, y tú también tienes un puesto en la Organización de Mujeres.

Él es lento y prolijo hablando, no tanto para defenderse como para esclarecer los hechos. Aún no comprende cómo su mujer ha descargado ese súbito ataque contra él. Si siempre han estado de acuerdo en todo…

Pero ella dice con tono acalorado:

—¿Para qué eres el hombre de la casa y decides todo, y todo tiene que ser como tú crees, y cuando quiero tener tan solo un simple trozo del sótano para las patatas de invierno resulta que tiene que ser como tú quieres y no como quiero yo? ¿Y en un asunto tan importante decidiste mal? Claro, tú eres una mosquita muerta, solo deseas estar tranquilo y no llamar la atención. Hiciste lo que todos hacían y cuando gritaron: «¡Führer, ordena y nosotros obedeceremos!», tu corriste detrás como un borrego. ¡Y nosotros tuvimos que seguirte! Pero ahora mi Ottito está muerto y ni tú ni ningún Führer del mundo volveréis a traerlo conmigo.

Él escucha sin interrumpirla. Nunca ha sido hombre de discusiones, y además percibe que el dolor habla por su boca. Casi se alegra de que se enfade con él, de que aún no dé rienda suelta a su pena. Como respuesta a esas acusaciones se limita a decir:

—Alguien tendrá que decírselo a Trudel.

Trudel es la novia de Otto, casi su prometida; Trudel llama a sus futuros suegros papá y mamá. Por la tarde los visita con frecuencia, incluso ahora que Otto está ausente, y charla con ellos. Durante el día trabaja en una fábrica de uniformes.

La mención de Trudel suscita inmediatamente en Anna Quangel otros pensamientos. Tras una mirada al reluciente reloj de pared, pregunta:

—¿Llegarás antes de que empiece tu turno?

—Hoy me toca de una a once —le informa—. Llegaré.

—Bien —contesta su mujer—. Entonces, ve, pero dile solamente que se pase esta tarde por aquí, no le digas nada de Ottito. Quiero contárselo yo misma. Tu comida estará lista a las doce.

—Bien, le diré que pase esta tarde por casa —dice, pero no se marcha todavía, sino que escudriña su cara enferma, de una palidez amarillenta.

Ella le devuelve la mirada, y durante un momento ambos se observan en silencio, dos personas que llevan juntas casi treinta años, siempre en armonía, él taciturno y callado, ella infundiendo un soplo de vida a la casa.

Pero por mucho que se miren, no tienen nada que decirse. Así que se despide con una inclinación de cabeza y se marcha.

Ella oye cerrarse la puerta de entrada. Y en cuanto tiene la certeza de que se ha marchado, retorna a la máquina de coser y recopila los trocitos de la funesta carta de los militares. Intenta recomponerla, pero enseguida comprende que eso requeriría demasiado tiempo; ante todo tiene que preparar la comida para su marido. Así que guarda con sumo cuidado los trocitos en el sobre, y lo mete en su misal. Por la tarde, cuando Otto se haya marchado de verdad, tendrá tiempo de ordenar y pegar los trocitos. Aunque no se trate más que de estúpidas, asquerosas mentiras, es lo último que queda de Ottito. Ella lo conservará a pesar de todo y se lo enseñará a Trudel. Quizá entonces pueda llorar, ahora su corazón aún es pasto de las llamas. ¡Qué bueno sería poder llorar!

Sacude furiosa la cabeza y se encamina hacia el fogón.