Solo en Berlín
Capítulo 47
EL LUNES INFAUSTO
Ese lunes, que tan funesto sería para los Quangel; ese lunes, ocho semanas después de que Escherich hubiera sido repuesto en su cargo; ese lunes, en el que Emil Barkhausen fue condenado a dos años de cárcel, y Klebs, la rata, a uno; ese lunes en que Baldur Persicke llegó por fin desde su Napola a Berlín y visitó a su padre en la clínica para alcohólicos; ese lunes, en que Trudel Hergesell cayó por las escaleras de la estación de Erkner sufriendo como consecuencia un aborto; ese lunes fatal, pues, Anna Quangel yacía en la cama con una fuerte gripe. Tenía mucha fiebre. A su lado se sentaba Otto Quangel, el médico se había ido. Discutían sobre si él debía repartir las postales ese día o no.
—¡No volverás a ir, lo acordamos firmemente, Otto! ¡Las postales pueden esperar hasta mañana o pasado mañana, para entonces ya podré levantarme!
—Quiero sacarlas de casa, Anna.
—Entonces lo haré yo. —Y se incorporó en su lecho.
—Te quedarás acostada —le ordenó empujándola de nuevo contra las almohadas —. No seas tonta, Anna. He colocado cien, doscientas postales…
En ese momento sonó el timbre.
Se sobresaltaron, asustados como ladrones sorprendidos en pleno robo. Quangel guardó rápidamente las postales hasta entonces depositadas sobre la colcha.
—¿Quién será? —preguntó Anna temerosa.
Y él:
—¿A estas horas? ¡Son las once de la mañana!
—¿Habrá sucedido algo en casa de los Heffke? —conjeturó la mujer—. ¿O habrá regresado el doctor?
El timbre sonó de nuevo.
—Iré a ver —murmuró él.
—No —le pidió ella—. Quédate aquí sentado. Si hubiéramos estado fuera de casa con las postales, también habría llamado en vano.
—Solo quiero echar un vistazo, Anna.
—No, no abras, Otto. Te lo ruego. Tengo un presentimiento. Si abres la puerta, la desgracia entrará en esta casa.
—Iré sin hacer ruido y primero te informaré.
Y fue.
Anna yacía furiosa e impaciente. ¡Que no cediera nunca, que jamás pudiera satisfacer uno de sus ruegos! Su marido se equivocaba; fuera acechaba la desgracia, él no se daba cuenta, pero estaba allí. ¡Y ni siquiera cumple su palabra! Lo oye abrir la puerta y hablar con un hombre. Y eso que le había prometido que la informaría.
—Bueno, ¿qué pasa? ¡Di algo, Otto! Sabes que me muero de impaciencia. ¿Quién es ese hombre? Todavía no ha salido de casa.
—No es nada preocupante, Anna. Solo es un mensajero de la fábrica. El jefe de taller del turno de mañana ha sufrido un accidente y tengo que ir ahora mismo a sustituirlo.
Ella vuelve a reclinarse en las almohadas, más tranquila.
—¿Y lo harás?
—Pues claro.
—¡Pero si no has comido!
—Ya tomaré algo en la cantina.
—Al menos llévate un trozo de pan.
—Sí, sí, Anna, no te preocupes por nada. Siento mucho dejarte sola en la cama tanto tiempo.
—Bueno, de todos modos habrías tenido que marcharte a la una.
—Inmediatamente después haré mi propio turno.
—¿Está esperando el hombre?
—Sí, me iré con él enseguida.
—No tardes, Otto. ¡Y coge el tranvía!
—Claro, Anna. ¡Que te mejores!
Se disponía a marcharse, cuando ella lo llamó:
—Ay, Otto, por favor, dame un beso.
Él regresó, un poco asombrado y avergonzado por esa necesidad de ternura, tan infrecuente entre ellos. Apretó sus labios sobre la boca de ella. La mujer atrajo con fuerza su cabeza y lo besó con toda su alma.
—Qué tonta soy, Otto. Tengo miedo. Debe de ser cosa de la fiebre. ¡Anda, vete ya!
Así se separaron. Nunca volverían a verse como personas libres. En la precipitación de la partida, ninguno de los dos recordó las postales que llevaba en el bolsillo.
Pero el viejo jefe de taller las recuerda en el acto mientras viaja en el tranvía con su acompañante. Mete la mano en el bolsillo… ¡ahí están! Se siente descontento de sí mismo, habría debido recordarlo. Habría preferido dejarlas en casa o apearse ahora mismo del tranvía para depositarlas en cualquier edificio. Pero no encuentra ningún pretexto plausible para su acompañante. Así que tiene que llevarse las postales a la fábrica, algo que jamás ha hecho hasta entonces, y nunca habría debido hacer… pero ya es demasiado tarde.
Está en el retrete. Tiene las postales en las manos, desea romperlas, tirar de la cadena… y su mirada cae sobre esas líneas escritas con tanto esfuerzo durante tantas horas: le parecen vigorosas, eficaces. Sería una pena destruir un arma semejante. Su sentido del ahorro, su «sucia avaricia» le impiden destruirlas, pero también su respeto al trabajo; todos los frutos del trabajo son sagrados. Es un pecado destruir el trabajo en vano.
Pero no puede dejar las postales en la chaqueta, que también lleva en el taller. Así que las mete en la cartera, con el pan y el termo de café. Otto Quangel sabe de sobra que la cartera tiene una costura descosida en un lado, hace semanas la llevó al guarnicionero. Pero este, sobrecargado de trabajo, gruñó que la reparación tardaría al menos dos semanas. Quangel no quiso prescindir de la cartera durante tanto tiempo, y la verdad es que tampoco se le ha caído nada fuera todavía. Así que coloca las postales dentro con despreocupación.
Cruza el taller dirigiéndose a las taquillas, despacio, mirando a un lado y a otro. Es un personal nuevo, apenas reconoce una cara conocida, en ocasiones saluda con una inclinación de cabeza. Una vez también echa una mano. La gente lo mira curiosa, muchos lo conocen: Ah, sí, ese es el viejo Quangel, un tipo raro, pero su personal nunca echa pestes de él, es justo, eso hay que reconocérselo. Qué va, es un tirano, exprime a su gente hasta la última gota. Que no, que nadie de su personal reniega nunca contra él. Qué pinta tan rara tiene, debe de tener bisagras en la cabeza, por eso inclina la cabeza de ese modo tan extraño. Callad, que vuelve, y ese odia a muerte los chismorreos, fulmina con la mirada a todo el que charla.
Otto Quangel ha guardado la cartera en la taquilla, las llaves están en su bolsillo. Bien, once horas después las postales habrán salido de la fábrica, y aunque entonces sea de noche se librará de ellas, no puede regresar a casa con ellas. Anna es capaz de levantarse solo para llevárselas.
Con este personal nuevo Quangel no puede ocupar su habitual puesto de observación en el centro del taller… ¡no paran de dar la matraca y chismorrear! Se ve obligado a pasar de grupo en grupo, pero sus integrantes aún no saben lo que significan su silencio y su mirada fija; algunos tienen incluso la desfachatez de intentar enredar al jefe en una conversación. Le cuesta un buen rato que el trabajo vaya como la seda, como él está acostumbrado, hasta que los obreros se calman y comprenden que allí lo único que hay que hacer es trabajar.
Quangel se dispone a situarse en su puesto de vigilancia cuando su pie se detiene. Su mirada se dilata, una sacudida lo recorre: una de sus dos postales yace, tirada ante él, en el suelo del taller cubierto de serrín y virutas.
Los dedos se le contraen, quiere recoger inmediatamente la postal a escondidas y dos pasos más allá divisa la otra. Es imposible recogerlas sin que lo vean. Siempre hay alguno de los trabajadores mirando al nuevo jefe, y por lo que respecta a las mujeres tampoco dejan de observarlo, como si no hubieran visto a un hombre en su vida.
¡Bah, las recogeré, tanto si lo ven como si no! ¡A ellos ni les va ni les viene! No, no puedo hacerlo, la postal tiene que llevar aquí tirada un cuarto de hora, es un milagro que aún no la haya recogido alguien. Pero a lo mejor ya la ha visto alguno y ha vuelto a tirarla a toda prisa al leer su contenido. ¡Mira que si ese me ve recoger la postal y guardármela!
¡Peligro! ¡Peligro!, grita una voz en su interior. ¡Peligro extremo! ¡Deja tiradas las postales! Haz como si no las hubieras visto, deja que las encuentre otro. ¡Ve a tu puesto!
Pero de repente a Otto Quangel le sucede algo extraño. Lleva mucho tiempo, dos años, escribiendo y repartiendo postales… pero nunca ha presenciado el efecto que causan. Se ha limitado a vivir siempre en su oscura guarida; se lo ha imaginado cientos de veces, pero nunca ha visto el torbellino que deben de provocar…
¡Me gustaría presenciarlo una vez, una sola vez! ¿Qué puede sucederme? Aquí soy uno más de ochenta trabajadores, todos tan sospechosos como yo, más aún, porque todos me conocen como un viejo que es una fiera trabajando, alejado de toda política. Me arriesgaré, tengo que presenciarlo una vez.
Y antes de pensárselo bien, llama a un trabajador:
—¡Eh, tú! ¡Recoge eso! Debe de haberlo perdido alguien. ¿Qué es? ¿Qué miras con esa cara de bobo?
Arrebata al trabajador de la mano una de las postales y finge leerla. Pero ahora no es capaz de leer su propia letra del tamaño de letras de imprenta. Le resulta imposible apartar la vista del rostro del trabajador que contempla fijamente la postal. El hombre tampoco lee ya, pero su mano tiembla, su mirada denota miedo.
Quangel lo mira de hito en hito. Así que miedo, puro miedo. El hombre ni siquiera ha terminado de leer la postal, apenas ha pasado de la primera línea cuando el temor se ha apoderado de él.
Unas risas ahogadas obligan a Quangel a prestar atención. Alza la vista y ve que la mitad del taller los mira fijamente, dos hombres parados en medio del trabajo, leyendo postales… ¿O perciben ya que ha sucedido algo espantoso?
Quangel arrebata al otro la postal de la mano. Este juego tiene que jugarlo solo, el hombre está tan asustado que ya no es capaz de nada.
—¿Dónde está el delegado del Frente del Trabajo? ¿Es el de los pantalones de pana que está junto a la aserradora? ¡Bien! Vuelve al tajo y nada de charlas, o lo pasarás mal.
—Oye —dice Quangel al hombre que está junto a la aserradora—, sal un momento conmigo al pasillo, que quiero entregarte algo.
Y cuando los dos están fuera:
—Mira estas dos postales. Las ha recogido el hombre situado al fondo. Yo lo he visto. Creo que debes llevarlas a Dirección. ¿Qué te parece?
El otro lee. También se limita a leer un par de frases.
—¿Qué es esto? —pregunta asustado—. ¿Estaban tiradas en nuestro taller? ¡Ay, Dios mío, esto puede costarnos la cabeza! ¿Quién dices que las ha recogido? ¿Tú lo has visto?
—Yo le dije que las recogiera. Puede que haya sido el primero en verlas. ¡Puede!
—¡Ay, Dios mío! ¿Y qué voy a hacer yo con estos chismes? ¡Qué mierda! Las arrojaré al retrete.
—Tienes que entregarlas en Dirección o te considerarán culpable. El hombre que las ha encontrado no mantendrá la boca cerrada siempre. Anda, ve enseguida, yo te sustituiré entretanto en la sierra.
El hombre se marcha, vacilante. Las postales, en su mano, parecen abrasar sus dedos.
Quangel regresa al taller. Pero no puede ponerse inmediatamente junto a la aserradora: todo el taller es presa de la inquietud. Nadie sabe nada concreto, pero sí que ha sucedido algo. Juntan las cabezas, cuchichean, y esta vez la mirada fija de pájaro y el silencio del jefe no sirven para restablecer la calma. Tiene que hacer algo que no ha hecho desde hace años: despotricar en voz alta, amenazar con castigos, fingir enfado.
Y cuando en un rincón del taller se hace el silencio, mayor ruido se levanta en el otro, y cuando todo vuelve a funcionar más o menos bien, descubre que dos, tres máquinas no están completamente ocupadas: ¡la banda está en el retrete! Allí los descubre y uno tiene el descaro de preguntarle:
—¿Qué es lo que estaba leyendo antes, jefe? ¿Era de verdad una octavilla de los ingleses?
—¡A trabajar! —gruñe Quangel y conduce a los mozos por delante de él hacia el taller.
Allí retornan las habladurías. Se han congregado en pequeños grupos, reina una agitación inédita. Quangel tiene que ir de un lado a otro, renegando, amenazando, insultando… Tiene la frente cubierta de sudor…
Al mismo tiempo no para de pensar: Así que este es el primer efecto. Puro miedo. Tanto, que ni siquiera siguen leyendo. Pero eso no quiere decir nada. Aquí se sienten observados. Mis postales casi siempre las ha encontrado una persona que ha podido leerlas con calma, meditarlas, de manera que han surtido un efecto completamente distinto. He hecho un experimento estúpido. Ya veremos cómo termina. En realidad, es bueno que yo, como jefe, haya encontrado y entregado las postales, eso me eximirá. No, no he arriesgado nada. Aunque efectúen un registro domiciliario en mi casa, no encontrarán nada. Anna se llevará un buen susto, claro… pero no, antes del registro yo estaré allí y prepararé a Anna… las 14 horas y 2 minutos… ya debería ser el cambio de turno, ahora viene el mío.
Pero de cambio de turno, nada. En el taller no resuena la campanilla, el personal de relevo (el auténtico personal de Quangel) no aparece, las máquinas siguen zumbando. Ahora la gente se inquieta de verdad, las cabezas se juntan cada vez más, se consultan los relojes.
Quangel tiene que renunciar a poner fin a su cháchara, pero es un hombre contra ochenta y ya no lo consigue.
De repente, aparece un hombre de las oficinas, un caballero distinguido con los pantalones perfectamente planchados y el distintivo del Partido. Tras situarse al lado de Quangel, grita en medio del estruendo de las máquinas:
—¡Que todos los trabajadores presten atención!
Todos los rostros se vuelven hacia él con curiosidad, expectación, pesadumbre, rechazo, indiferencia.
—Por motivos especiales el personal continuará trabajando por el momento. ¡Se pagarán horas extraordinarias!
Se detiene y todos clavan los ojos en él. ¿Eso es todo? ¿Por motivos especiales? ¡Ellos esperan más!
Pero se limita a gritar:
—Que todo el personal continúe trabajando.
Y dirigiéndose a Quangel:
—Jefe, encárguese de que reinen un silencio y una laboriosidad absolutos. ¿Quién ha recogido esas postales?
—Yo he sido el primero que las ha visto, creo.
—Ya lo sé. Entonces, ¿fue ese de ahí? Bien, sabrá usted su nombre, ¿no?
—No. No pertenece a mi personal.
—Ya lo sé. Ah, informe además al personal de que por el momento queda prohibido ir a los lavabos y abandonar el taller. Detrás de cada puerta hay dos guardias…
El hombre del pantalón perfectamente planchado saluda a Quangel con una ligera inclinación de cabeza y se marcha.
Quangel pasa de un puesto de trabajo a otro. Durante un instante observa la labor y las manos del trabajador. Después repite:
—Por el momento queda prohibido ir a los lavabos y abandonar el taller. Detrás de cada puerta hay dos guardias…
Y antes de que ellos puedan preguntar más, ya se encuentra en el siguiente puesto de trabajo, donde repite el mensaje.
No, ahora ya no necesita prohibirles hablar ni espolearlos. Todos trabajan en silencio y con ahínco. Todos perciben el peligro que se cierne sobre ellos. Porque entre esos ochenta no hay nadie que no haya faltado al respeto al Estado actual de algún modo y en algún momento, aunque solo sea con una palabra. Todos se sienten amenazados. La vida de cada uno de ellos está en peligro. Todos tienen miedo…
Pero entretanto construyen ataúdes. Apilan en un rincón del taller los que no pueden ser trasladados al exterior. Al principio solo son un par, pero con el correr de las horas comienzan a apilarse unos encima de otros, crecen hasta el techo, y apilan los nuevos a su lado. ¡Ataúdes y más ataúdes, para cada miembro del personal, para cada integrante del pueblo alemán! Todavía viven, pero ya están fabricando sus ataúdes.
Quangel está entre ellos. Continúa moviendo la cabeza a intervalos. Él también ventea el peligro, pero se ríe de él. A él no lo atraparán nunca. Se ha permitido una broma, ha enloquecido a todo el aparato, pero él es Quangel, el viejo tonto poseído por la avaricia. Jamás sospecharán de él. Y proseguirá su lucha sin desmayo.
Hasta que la puerta se abre de nuevo y aparece el caballero de los pantalones impecablemente planchados. Le sigue otro hombre, alto y bamboleante, con un bigote de color arena que se acaricia con ternura.
Inmediatamente cesa el trabajo en todos los puestos.
El hombre de las oficinas grita:
—¡A todo el personal! ¡Fin del trabajo!
Los hombres, liberados y sin embargo incrédulos, abandonan sus herramientas…
Mientras, lentamente, la luz reaparece en sus ojos embotados…
El hombre alto de bigote claro dice:
—Jefe de taller Quangel, queda detenido por sospecha fundada de alta traición a la patria. Camine delante de mí sin llamar la atención.
Pobre Anna, piensa Quangel, y camina despacio, la cabeza de perfil de pájaro muy alta, precediendo al comisario Escherich para salir del taller.