Solo en Berlín
Capítulo 10
LO QUE SUCEDIÓ EL MIÉRCOLES POR LA MAÑANA
Todos los acontecimientos antes referidos ocurrieron un martes. La mañana del miércoles siguiente, muy temprano, entre las cinco y las seis, la señora Rosenthal, acompañada por Trudel Baumann, abandonó la vivienda de los Quangel. Otto Quangel aún dormía profundamente. Trudel condujo a la desvalida y aterrada señora Rosenthal con la estrella amarilla en el pecho casi hasta la puerta del piso de Fromm. Después se retiró un tramo de escaleras más arriba, firmemente decidida a defender a la mujer, aunque fuera con su propia vida y su propio honor, contra cualquier Persicke que bajara.
Trudel observó cómo la señora Rosenthal tocaba el timbre. La puerta se abrió casi en el acto, como si alguien estuviera esperando al otro lado. Tras cruzar unas palabras en voz baja, la señora Rosenthal entró, la puerta se cerró y Trudel pasó ante ella en dirección a la calle. El edificio ya estaba abierto.
Las dos mujeres habían tenido suerte. Por temprano que fuera y por más que el madrugar contraviniese las costumbres de los Persicke, los dos hombres de las SS habían bajado por la escalera apenas cinco minutos antes. Por cinco minutos se había evitado un encuentro que con la terca estupidez y brutalidad de ambos jóvenes habría tenido un desenlace funesto, al menos para la señora Rosenthal.
Tampoco los dos SS iban solos. Su hermano Baldur les había ordenado sacar del edificio a Barkhausen y Enno Kluge y llevarlos con sus mujeres (Baldur había revisado entretanto su documentación). Los dos ladrones aficionados seguían casi completamente obnubilados por el exceso de alcohol consumido y los golpes recibidos. No obstante, Baldur Persicke había logrado hacerles comprender que se habían comportado como unos cerdos y debían agradecer a la inmensa caridad de los Persicke no haber sido entregados en el acto a la policía, pero cualquier chismorreo los conduciría de forma inevitable allí. Además, no tenían que dejarse ver nunca más en casa de los Persicke ni reconocer jamás a ninguno de ellos. Pero si tenían la osadía de regresar alguna vez a la vivienda de la Rosenthal, serían entregados sin remisión a la Gestapo.
Baldur repitió todo esto tantas veces y con tantas amenazas e insultos que quedó grabado a fuego en sus cerebros embrutecidos. Habían estado sentados uno frente a otro en la mesa de los Persicke, en penumbra, con Baldur en medio hablando, amenazando y echando pestes sin parar. Los dos SS se habían repanchingado en el sofá, unas figuras amenazadoras y siniestras a pesar de su fumeteo constante. Tenían la sensación incierta de estar ante un tribunal esperando la sentencia, de que les amenazaba la muerte. Se tambaleaban de un lado a otro en sus sillas intentando entender. Mientras tanto se adormilaban hasta que un doloroso puñetazo de Baldur los arrancaba del sueño. Todo lo que habían planeado, hecho, padecido, les parecía un sueño irreal, solo anhelaban dormir y olvidar.
Finalmente Baldur les ordenó marcharse con sus hermanos. En los bolsillos, tanto Barkhausen como Kluge llevaban, sin saberlo, unos cincuenta marcos en billetes pequeños. Baldur había decidido ese nuevo y doloroso sacrificio que por el momento convertía a la empresa Rosenthal en un negocio deficitario para los Persicke. Pero se dijo que si los hombres regresaban junto a sus mujeres sin blanca, molidos a golpes e imposibilitados para el trabajo, estas provocarían mucho más griterío y preguntas que si esos borrachos les llevaban algo de dinero. Y daban por sentado que ellas, dado el estado de los hombres, encontrarían el dinero.
El primogénito de los Persicke, que tenía que llevar a casa a Barkhausen, terminó su tarea en diez minutos, período en el que la señora Rosenthal llegó al piso de Fromm y Trudel Baumann salió a la calle. Tras agarrar por el cuello a Barkhausen, casi incapaz de andar, lo había arrastrado por el patio, depositándolo en el suelo ante su vivienda y despertando a su mujer con fuertes puñetazos en la puerta. Cuando ella retrocedió asustada ante la siniestra figura amenazadora, gritó:
—¡Aquí te traigo a tu hombre, vieja cerda! ¡Echa al cliente que tienes en la cama y mete en ella a tu hombre! ¡Mira que estar tirado borracho en nuestra escalera y ponerlo todo perdido de vómitos…!
Dicho esto se fue dejando al otro a cargo de Otti. A esta le costó lo suyo desnudar a Emil y llevarlo a la cama; al distinguido caballero entrado en años que aún estaba convidado en su casa no le quedó más remedio que echar una mano. Después se lo quitó de encima a pesar de lo temprano de la hora. Además, le prohibió el regreso, a lo mejor podían encontrarse alguna vez en un café, pero allí no, nunca más.
Porque a Otti le había sobrevenido un ataque de pánico al divisar al Persicke de las SS junto a su puerta. Conocía a alguna colega que había sido utilizada por esos caballeros negros, pero en lugar de recibir un pago había sido enviada a un campo de concentración por asocial y holgazana. Pensaba que llevaba una existencia totalmente discreta en su sótano oscuro, pero ahora se había percatado de que la espiaban sin cesar —como a todos en esos tiempos—. ¡Si Persicke hasta sabía que tenía a un desconocido en la cama! No, por el momento Ottita no quería volver a relacionarse con caballeros desconocidos. Por enésima vez en su vida prometió seriamente enmendarse.
Los cuarenta y ocho marcos que encontró en el bolsillo de Emil facilitaron esa decisión. Tras guardarse el dinero en la media, decidió esperar a que Emil le relatase su experiencia, ¡ella desde luego no sabría nada del dinero!
La tarea del segundo Persicke fue notablemente más difícil, sobre todo porque el camino que debía recorrer era mucho más largo, pues los Kluge vivían más allá del distrito berlinés de Friedrichshain. Enno, al igual que Barkhausen, tampoco podía andar, pero el joven Persicke no podía arrastrarlo por la calle cogido del cuello o del brazo. Además, le resultaba penoso que lo vieran en compañía de ese hombre apaleado, borracho, pues cuanto menos pensaba en su propio honor y en el de sus semejantes, más valoraba el honor de su uniforme.
También era inútil ordenar a Kluge que caminara delante de él, pues tenía tendencia a sentarse en el suelo, a tropezar, a agarrarse a los árboles y paredes o a rozar a los transeúntes. Cualquier puñetazo, cualquier orden, por dura que fuese, serían inútiles: el cuerpo sencillamente se negaba a colaborar y las calles estaban ya demasiado animadas para propinarle una soberana paliza que quizá le hubiera devuelto la sobriedad. Persicke tenía la frente cubierta de sudor, los músculos de sus mandíbulas se movían convulsivamente debido a la ira y se juró a sí mismo que algún día le contaría con detalle a esa pequeña víbora venenosa de Baldur lo que pensaba de sus encargos.
Tenía que evitar las calles principales, dar rodeos por calles laterales más tranquilas. Entonces agarraba a Kluge por debajo del brazo y lo arrastraba dos o tres esquinas más allá, hasta que no podía más. Durante un rato también le molestó bastante un policía que había reparado en ese traslado violento y tempranero y que lo siguió por todo el distrito, obligando a Persicke a mostrarse suave y solícito.
Cuando al fin llegaron a Friedrichshain, se tomó cumplida venganza. Sentó a Kluge en un banco detrás de unos arbustos y le propinó tal paliza que el hombre se quedó tirado inconsciente durante diez minutos. Ese pequeño apostador a las carreras, para el que todo en el mundo carecía de interés salvo los caballos, que por cierto durante toda su vida solo había visto en los periódicos, esa criatura incapaz de sentir ni amor ni odio, ese holgazán que había dedicado todas las circunvoluciones de su penoso cerebro a pensar cómo librarse del verdadero esfuerzo, ese hombre, Enno Kluge, pálido, insulso, de pocas pretensiones, conservó de ese encuentro con los Persicke un pánico, cerval tal a cualquier uniforme del Partido que en lo sucesivo paralizaría su alma y su espíritu apenas entraba en contacto con ellos, como más adelante volvería a ponerse de manifiesto.
Unas patadas en las costillas lo despertaron de su desmayo, unos golpes en la espalda lo pusieron en marcha y de esa manera, con la cobardía de un perro apaleado, trotó delante de su torturador hasta llegar a la vivienda de su mujer. La puerta, sin embargo, estaba cerrada: la cartera Eva Kluge, que por la noche se había desesperado por su hijo y por su vida, había reemprendido su trajín cotidiano, la carta para su hijo Max en el bolsillo, pero con muy poca esperanza y fe en el corazón. Repartió el correo como lo había hecho desde hacía años, siempre era mucho mejor que quedarse en casa cruzada de brazos y torturada por pensamientos tristes.
Después de haberse convencido de que la mujer no estaba en casa, Persicke llamó al timbre de la puerta vecina, casualmente la de la señora Gesch, la misma que la noche anterior, con una mentira, había ayudado a Enno a entrar en el piso de su mujer. Persicke se limitó a echarle a ese eccehomo en los brazos diciendo:
—¡Aquí tiene! Ocúpese de este tipo, por lo visto vive aquí.
Y se marchó.
La señora Gesch estaba firmemente decidida a no meterse nunca más en los asuntos de los Kluge. Pero el poder de un miembro de las SS y el miedo de cualquier compatriota ante él eran tan grandes que recibió en su casa a Kluge sin oponerse, lo sentó a la mesa de la cocina y le sirvió café y pan. Su marido ya había salido a trabajar. La señora Gesch se percató de lo extenuado que estaba el menudo Kluge y vio en su cara, en la camisa rota, en el abrigo manchado, las huellas de un maltrato prolongado. Pero como Kluge había sido entregado por un hombre de las SS, se guardó de hacer preguntas. Más aún, antes lo habría echado a la calle que escuchar una descripción de lo que le había sucedido. No quería saber nada. Si no sabía nada, tampoco podría contar nada, irse de la lengua, chismorrear, es decir, tampoco se pondría en peligro.
Kluge comió el pan masticando despacio y bebió el café. Mientras tanto, gruesas lágrimas de dolor y agotamiento corrían por su cara. La señora Gesch de vez en cuando lo escrutaba con la mirada. Luego, cuando terminó, le preguntó:
—¿Y ‘ónde piensa ir ahora? Porque su mujer no vuelve a meterlo en casa, garantizao.
Él no contestó, se limitaba a mirar abstraído.
—Y en mi casa tampoco se pue quedar. Primero, no lo consentirá el Gustav y además, no me apetece tener que cerrarlo todo con llave. Así que ¿dónde piensa ir?
Kluge siguió mudo.
La señora Gesch exclamó muy acalorada:
—¡Entonces ya lo estoy poniendo de patitas en la calle! ¡Ahora mismito! ¿O qué?
—Tutti… una vieja amiga… —articuló con esfuerzo antes de echarse de nuevo a llorar.
—Válgame Dios, está usté hecho un guiñapo —dijo despectiva la señora Gesch —. ¡Si yo me derrumbase en cuanto me fueran mal las cosas…! Bueno, ¿cómo se llama de verdad la tal Tutti y dónde vive?
Tras muchas preguntas y amenazas, se enteró de que Enno Kluge no conocía el verdadero nombre de Tutti, pero confiaba en encontrar su vivienda.
—¡Entonces no se hable más! —zanjó la señora Gesch—. Pero no pue usté irse solo, lo detendrá cualquier policía. Yo lo acompañaré. Pero como la casa esté equivocada, le dejaré plantao en la calle. No tengo tiempo pa búsquedas, tengo que trabajar.
Kluge suplicó:
—Déjeme dormir solo un ratito.
Tras una breve vacilación, ella se decidió.
—Pero solo una hora. Dentro de una hora hay que largarse. Ande, échese en el sofá, yo lo taparé.
Antes de llegar con la manta a su lado, el hombre ya se había quedado profundamente dormido.
Fromm, el antiguo juez del Tribunal Cameral, abrió en persona la puerta a la señora Rosenthal. La condujo a su despacho, cuyas paredes estaban cubiertas de libros de arriba abajo, y la invitó a tomar asiento en un sillón. Estaba encendida una lámpara de lectura, un libro reposaba abierto sobre la mesa. El anciano caballero trajo una bandeja con una tetera y una taza, azúcar y dos finas rebanadas de pan, y dijo a la atemorizada mujer:
—Primero desayune, señora Rosenthal, ya hablaremos después.
Y cuando ella intentó pronunciar al menos una palabra de gratitud, Fromm comentó con amabilidad:
—No, por favor, primero desayune. ¡Espero que se sienta como en su casa, al menos ese es mi deseo!
Y tomando de nuevo el libro situado bajo la lámpara, comenzó a leer, mientras su mano izquierda libre acariciaba una y otra vez de arriba abajo su perilla canosa con gesto mecánico. Parecía haberse olvidado por completo de su visitante.
La anciana y aterrorizada judía recuperó poco a poco parte de su confianza. Desde hacía meses había vivido sumida en el temor y en el desorden, entre objetos empaquetados, aguardando de continuo el asalto más brutal. Desde hacía meses no conocía hogar, ni tranquilidad, ni paz, ni contento. Y ahora estaba allí en casa de un señor anciano al que apenas había visto antes en la escalera; en las paredes destacaban las encuadernaciones en piel de color marrón claro y oscuro de numerosos libros, junto a la ventana un gran escritorio de caoba, muebles como los que ella misma había poseído en la primera época de su matrimonio, en el suelo una alfombra de Zwickau, algo desgastada por el uso. Ese anciano caballero que leía se acariciaba sin cesar su barbita de chivo, una barbita igual que las que llevaban, complacidos, muchos judíos, a lo que había que añadir esa larga bata que guardaba una ligera semejanza con el caftán de su padre.
Era como si por arte de magia hubiera desaparecido del mundo la suciedad, la sangre y las lágrimas, y ella viviera de nuevo en la época en que ellos eran todavía personas consideradas, respetadas, no sabandijas acosadas a las que hay que exterminar.
Sin darse cuenta se acarició el cabello, de manera espontánea su rostro adoptó otra expresión. Así que aún había paz en el mundo, incluso allí, en Berlín.
—Le estoy muy agradecida, señor juez del Tribunal Cameral —dijo. Hasta su voz sonaba diferente, más segura.
Él alzó los ojos de su libro.
—Por favor, bébase el té antes de que se le enfríe y cómase el pan. Tenemos mucho tiempo, no nos perdemos nada.
Y se enfrascó de nuevo en la lectura. La mujer, obediente, se bebió el té y se comió el pan, a pesar de que hubiera preferido con creces hablar con el anciano caballero. Pero quería obedecerlo en todo, no quería perturbar la paz de su domicilio. Volvió a mirar a su alrededor. No, todo esto tenía que permanecer como hasta ahora. No lo pondría en peligro. (Tres años después una mina explosiva reduciría ese hogar a escombros y el refinado anciano moriría en el sótano, tras una lenta y dolorosa agonía…).
Depositando de nuevo la taza vacía sobre la bandeja, añadió:
—Es usted muy bondadoso conmigo, señor consejero, y muy valiente. Pero no quiero ponerlo inútilmente en peligro a usted ni su hogar. Todo esto no sirve de nada. Regresaré a mi casa.
El anciano caballero la observó con atención mientras hablaba, ahora conducía de nuevo hacia su sillón a la mujer, que ya se había levantado.
—Por favor, siéntese un momento, señora Rosenthal.
La anciana obedeció a regañadientes.
—De veras, señor consejero, se lo digo en serio.
—Escúcheme, se lo ruego. Lo que voy a decirle también se lo digo en serio. Primero, en lo tocante al peligro en que usted me pone, sepa que durante toda mi vida, desde que me dedico a mi profesión, he estado en peligro. Siempre he sido juez, y en ciertos círculos me llamaban el sangriento Fromm o el verdugo Fromm. — Sonrió al ver el estremecimiento de ella—. Siempre he sido una persona tranquila y apacible, pero el destino me ha impuesto que a lo largo de mi carrera tuviera que pronunciar o confirmar veintiún penas de muerte. Tengo una señora a la que he de obedecer, que me gobierna a mí y al mundo, incluso al mundo actual de ahí fuera, y esa señora es la justicia. En ella he creído siempre y sigo creyendo todavía hoy, la justicia es la pauta que guía mis actos…
Mientras hablaba, recorría sigiloso la habitación de acá para allá, las manos a la espalda, sin salir del campo visual de la señora Rosenthal. Las palabras brotaban serenas y desapasionadas de sus labios, hablaba de sí mismo como de un hombre desaparecido, que en realidad ya no existía. La señora Rosenthal lo escuchaba expectante.
—Mas —prosiguió el consejero—, hablo de mí en lugar de hablar de usted, una mala costumbre de todos lo que llevamos una vida muy solitaria. Perdóneme, dediquemos unas palabras al peligro. Durante diez, veinte, treinta años recibí cartas amenazadoras, me han atacado por sorpresa, me han disparado… Pues bien, señora Rosenthal, aquí estoy leyendo a mi Plutarco, soy un hombre que ha alcanzado la vejez. El peligro no significa nada para mí, no me asusta, no invade jamás mi cerebro ni mi corazón. No me hable de peligros, señora Rosenthal…
—Pero las de hoy son personas distintas —rebatió la señora Rosenthal.
—¿Y si le digo que esas amenazas procedían de malhechores y sus cómplices? ¡Dejémoslo! —sonrió levemente—. No son personas distintas. Son algo más numerosas y los demás se han vuelto más cobardes, pero la justicia sigue siendo la misma, y yo confío en que ambos lleguemos a presenciar su victoria. —Durante un instante se mantuvo inmóvil, muy erguido, a continuación reanudó sus paseos—. Y la victoria de la justicia no será la victoria de este pueblo alemán —añadió en voz baja.
Calló unos instantes antes de comenzar de nuevo en un tono más ligero:
—No, no puede usted regresar a su casa. Los Persicke han estado allí esta noche, esa gente del Partido que vive en el piso encima del mío, ya sabe. Poseen las llaves de la vivienda y ahora someterán a su hogar a vigilancia continua. Allí sí que se expondría usted a un peligro del todo inútil.
—Pero debo estar allí cuando regrese mi marido —suplicó la señora Rosenthal.
—Su marido… no puede visitarla por el momento —precisó el juez Fromm tranquilizándola con amabilidad—. Se encuentra en prisión preventiva en Moabit, acusado de haber ocultado cierta cantidad de moneda extranjera. Así que mientras se mantenga despierto el interés de la fiscalía y de hacienda en este procedimiento, estará a salvo.
El viejo consejero esbozó una leve sonrisa, dirigió una mirada de ánimo a la señora Rosenthal y reanudó sus paseos.
—¿Y usted cómo lo sabe? —inquirió la mujer.
El anciano hizo un ademán tranquilizador.
—Un viejo juez siempre escucha esto y aquello aunque ya no desempeñe el cargo —explicó—. También le interesará saber que su marido tiene un abogado eficiente y que lo tratan relativamente bien. No le diré el nombre ni la dirección del abogado, él no desea visitas sobre este particular…
—¡Pero a lo mejor puedo visitar a mi marido en la cárcel de Moabit! —exclamó la señora Rosenthal excitada—. Podría llevarle ropa limpia… ¿quién se ocupa allí de su ropa? Y útiles de aseo, y quizá algo de comida…
—Querida señora Rosenthal —dijo el consejero retirado colocando con firmeza sobre los hombros de ella su mano manchada por la edad y con gruesas venas azules —, no puede usted visitar a su marido ni él a usted. Esa visita no le serviría de nada, pues no llegaría hasta él y solo le perjudicaría a usted.
La miró.
De pronto sus ojos dejaron de sonreír y su voz se tornó severa. Ella comprendió que ese hombre bajo, suave, bondadoso había sido llamado un día el sangriento Fromm, el verdugo Fromm, que obedecía a una ley inexorable, seguramente a esa justicia de la que había hablado.
—Señora Rosenthal —agregó en voz baja ese sangriento Fromm—, es usted mi huésped… mientras respete las leyes de la hospitalidad sobre las que voy a decirle unas palabras: en cuanto usted actúe de manera arbitraria, en cuanto se cierre detrás de usted una vez, una sola vez, la puerta de esta casa, jamás volverá a abrirse y su nombre y el de su marido se borrarán para siempre de mi mente. ¿Me ha comprendido?
Él se rozaba la frente con suavidad mientras le dirigía una mirada penetrante.
La mujer susurró muy bajo «sí».
Solo entonces retiró él la mano de sus hombros. Sus ojos, que se habían oscurecido con las serias palabras que había pronunciado, volvieron a aclararse y lentamente reanudó sus paseos.
—Le ruego —continuó con más ligereza— que no abandone durante el día el cuarto que voy a enseñarle, y que una vez en él tampoco se acerque a la ventana. Mi sirvienta es de confianza, pero… —Se interrumpió malhumorado, echó un vistazo al libro situado bajo la lámpara, y prosiguió—: Intente, al igual que yo, convertir la noche en día. Le mandaré a diario un somnífero. Le daré de comer durante la noche. ¿Quiere seguirme, por favor?
La anciana obedeció, saliendo al pasillo. Ahora volvía a sentir cierta confusión y temor, su anfitrión había cambiado por completo. Pero se dijo muy certeramente que el anciano amaba su tranquilidad por encima de todo y estaba poco acostumbrado a tratar con personas. Ahora se había cansado de ella, añoraba volver a su Plutarco, fuera quien fuera este.
El consejero abrió una puerta precediéndola, encendió la luz.
—Las persianas están cerradas —informó—. La habitación también está en penumbra, déjelo así, pues podría verla alguien de los pisos traseros. Creo que aquí hallará todo lo que necesite.
La dejó contemplar un momento esa habitación clara y alegre con muebles de madera de abedul, un tocador de patas altas completamente ocupado y una cama con dosel de cretona. Él examinaba la habitación como si llevara mucho tiempo sin verla y acabase de reconocerla. Después dijo con honda seriedad:
—Es la habitación de mi hija. Murió en 1933, ¡no, aquí no, aquí no! ¡No se asuste!
Le tendió la mano deprisa.
—No cerraré la puerta con llave, señora Rosenthal —le comunicó—, pero le ruego que eche el pestillo de inmediato. ¿Tiene reloj? ¡Bien! A las diez de la noche llamaré a la puerta. Buenas noches.
Se marchó. En la puerta se volvió de nuevo.
—En los próximos días estará usted muy sola, señora Rosenthal. Intente acostumbrarse. La soledad puede ser muy buena. Y no lo olvide: ¡cada superviviente importa, incluyéndola a usted, precisamente a usted! No olvide echar el pestillo.
Se fue de manera tan silenciosa, cerró con tal sigilo la puerta que ella se dio cuenta demasiado tarde de que no le había dado las gracias ni las buenas noches. Se acercó rápidamente a la puerta, pero mientras caminaba lo recordó. Se limitó a echar el pestillo, después se dejó caer en la silla más próxima, le temblaban las piernas. Desde el espejo del tocador la miraba una cara pálida, hinchada por las lágrimas y la vigilia. Saludó a esa cara con una inclinación de cabeza.
Esa eres tú, Sara, dijo en su interior. Lore, ahora llamada Sara. Fuiste una excelente comerciante, siempre activa. Has tenido cinco hijos, uno vive en Dinamarca, otro en Inglaterra, dos en Estados Unidos y uno yace aquí en el cementerio judío de la avenida Schönhauser. No me enfado cuando me llaman Sara. Lore se ha convertido cada vez más en Sara; sin quererlo ellos, me han convertido en una hija de mi pueblo, solo en su hija. Él es un caballero bueno y refinado, pero tan extraño, tan raro… Nunca podré hablar a gusto con él, como lo hacía con Siegfried. Creo que es frío. A pesar de su bondad, es frío. Hasta su bondad es fría. Eso es fruto de la ley a la que obedece, la de esa justicia. Yo he obedecido siempre a una sola ley: amar a mis hijos y a mi marido, y ayudarlos a progresar en la vida. Y ahora estoy aquí, en casa de este anciano, y todo lo que soy me ha abandonado. Esta es la soledad de la que él hablaba. Apenas son las seis y media de la mañana y no volveré a verlo hasta las diez de la noche. Quince horas y media de absoluta soledad… ¿qué averiguaré de mí que todavía no sepa? ¡Tengo miedo, mucho miedo! Creo que gritaré, que incluso dormida gritaré de miedo. ¡Quince horas y media! La media hora bien podría haberla pasado conmigo. Pero estaba empeñado en continuar la lectura de su viejo libro. Pese a su bondad, las personas no significan nada para él, solo le importa su justicia. Lo hace porque ella se lo exige, no por mí. Yo solo valoraría eso si lo hiciera por mí.
La anciana asiente despacio hacia ese rostro de Sara deformado por la pesadumbre que ve en el espejo. Mira a su alrededor buscando la cama. La habitación de mi hija. Murió en 1933. ¡Aquí no! ¡Aquí no!, le pasa por la cabeza. Se estremece. De qué modo lo ha dicho. Seguro que la hija también murió por culpa de ellos, pero jamás hablará de eso y yo tampoco osaré preguntar. No, yo no puedo dormir en esta habitación, es espantoso, inhumano. Que me dé el cuarto de su sirvienta, una cama todavía caliente por el cuerpo de la persona de carne y hueso que ha dormido en ella. Nunca podré dormir aquí. Solo podré gritar…
Toca con la punta de los dedos los botecitos y las cajitas del tocador. Cremas resecas, polvos desmigajados, barras de labios mohosas… y ella lleva muerta desde 1933. Siete años. Tengo que hacer algo. Me siento acosada por dentro, eso es el miedo. Ahora que he llegado a esta isla de paz, aparece el miedo. Tengo que hacer algo. No debo estar tan sola conmigo misma.
Rebuscó en su bolso. Encontró papel y lápiz. Escribiré a los niños, a Gerda en Copenhague, a Eva en Ilford, a Bernhard y Stefan en Brooklyn. Pero no tiene sentido, ya no hay correo, estamos en guerra. Escribiré a Siegfried, ya conseguiré de un modo u otro pasar a escondidas la carta a Moabit. Si esa vieja sirvienta es realmente de confianza. El consejero no tiene por qué enterarse, y yo puedo darle a ella dinero o joyas. Aún poseo bastante…
Lo sacó de su bolso, colocando delante de ella el dinero en fajos y las joyas. Tomó una pulsera en la mano. Me la regaló Siegfried cuando tuve a Eva. Fue mi primer parto, sufrí mucho. ¡Cómo se rio al ver a la nena! Le temblaba la barriga de la risa. Todos se reían cuando veían al bebé con sus rizos negros por toda la cabeza y sus labios gruesos. Es una negrita blanca, decían. A mí Eva me parecía guapa. Entonces me regaló la pulsera. Costó una gran suma; dio por ella todo el dinero que había ganado en la Semana Blanca. Yo me sentía muy orgullosa de ser madre. La pulsera no me importaba nada. Ahora Eva ya tiene tres niñas, y su Harriet ha cumplido nueve años. Cuantas veces pensará en mí, allá en Ilford. Pero piense lo que piense, nunca se imaginará a su madre metida aquí, en la habitación de una muerta en casa del sangriento Fromm, que solo obedece a la justicia. Completamente a solas consigo misma…
Dejó la pulsera y tomó un anillo. Se pasó el día entero sentada delante de sus cosas, murmurando, aferrándose a su pasado, no quería pensar en quién era hoy.
Entremedias se sucedían estallidos de terror salvaje. Una vez llegó junto a la puerta y se dijo: Si tan solo supiera que no te atormentan mucho tiempo, que lo hacen deprisa y sin dolor, me iría con ellos. Ya no soporto esta espera, a buen seguro del todo inútil. Un buen día me pillarán. ¿Qué es eso de que importa cada superviviente, qué es eso de que precisamente yo? Los niños pensarán poco en mí, y los nietos nada. No comprendo qué quiso decir con eso el juez del Tribunal Cameral, tengo que preguntárselo esta noche. Pero seguro que se limitará a sonreír y a decir algo que no me servirá de nada, porque yo soy una persona de verdad, de carne y hueso, incluso hoy, una Sara envejecida.
Con la mano apoyada sobre el tocador, contempló su rostro sombrío cubierto por una red de arruguitas. Arruguitas producidas por la preocupación, el miedo, el odio y el amor. Después regresó a su mesa, junto a sus joyas. Para pasar el rato contó y recontó los billetes; más tarde intentó ordenarlos por series y números. De vez en cuando escribía una frase en la carta a su marido. Pero esta no se convirtió en una misiva sino en una colección de preguntas: ¿Cómo estaba instalado? ¿Qué le daban de comer? ¿No podría ella encargarse de su ropa? Preguntas insignificantes y triviales. Y: Ella se encontraba bien. Estaba a salvo.
No, no era una carta, sino palabrería absurda, innecesaria, y encima insincera. No estaba a salvo. Nunca en esos últimos y espantosos meses se había sentido tan en peligro como en esa habitación silenciosa. Sabía que allí tenía que cambiar, que no podría escaparse. Y le aterrorizaba pensar en qué podía convertirse. A lo mejor entonces aún tendría que sufrir y soportar algo más terrible todavía, ella, que sin quererlo había pasado a convertirse de Lore en Sara. Ella no quería, tenía miedo.
Pero más tarde se tumbó en la cama, y cuando su anfitrión llamó a su puerta a eso de las diez, dormía tan profundamente que ni siquiera lo oyó. El juez abrió con cuidado la puerta con una llave que descorrió el cerrojo y al divisar a la durmiente, sonrió asintiendo con una inclinación de cabeza. Trajo una bandeja con comida, la depositó sobre la mesa y cuando al hacerlo apartó las joyas y el dinero, volvió a inclinar la cabeza asintiendo mientras sonreía. Abandonó la habitación sin hacer ruido, volvió a cerrar el pestillo, dejándola dormir…
Así fue como la señora Rosenthal no vio a una sola persona en los tres primeros días de su «prisión preventiva». Siempre se pasaba la noche durmiendo, para despertar a un día espantoso, atormentado por el miedo. Luego, el cuarto día, medio enloquecida, hizo algo…