Solo en Berlín
Capítulo 2
LO QUE BALDUR PERSICKE TENÍA QUE DECIR
Cuando Otto Quangel pasó frente a la vivienda de los Persicke, brotaban de ella clamorosos aplausos mezclados con gritos de «Sieg Heil». Quangel apresuró el paso para no tener que toparse con ninguno de ellos. Llevaban diez años viviendo en el mismo edificio, pero Quangel había procurado desde siempre no coincidir jamás con los Persicke, incluso cuando este era todavía un modesto tabernero sin blanca. Ahora se habían convertido en gente importante, el viejo tenía un sinfín de cargos en el Partido y los dos hijos mayores pertenecían a las SS; al dinero parecían no darle la menor importancia.
Mayor motivo para mostrarse precavido con ellos, porque todos los que estaban en la misma situación tenían que conservar sus simpatías en el Partido, y eso solo era posible trabajando para el Partido. Pero trabajar significaba delatar a otros, por ejemplo comunicar: Fulano o Mengano ha escuchado una emisora extranjera. Por eso Quangel habría preferido embalar hace mucho las radios del cuarto de Otto y depositarlas en el sótano. En estos tiempos en que todos se espiaban, cualquier precaución era poca, la Gestapo mantenía su mano encima de todos, el campo de concentración de Sachsenhausen cada vez era más grande y la guillotina de la prisión de Plötzensee tenía trabajo todos los días. Quangel no necesitaba radio, pero su mujer se opuso a retirarla. Opinaba que aún tenía validez el viejo dicho: una conciencia limpia es la mejor almohada. Todo eso hacía ya mucho que carecía de valor, si es que alguna vez lo había tenido.
Así pues, Quangel, sumido en estos pensamientos, bajó más deprisa las escaleras y, tras cruzar el patio, salió a la calle.
En casa de los Persicke gritaban tanto porque Baldur, la lumbrera de la familia, que ahora iba al instituto y que, si su padre lo conseguía con sus relaciones, incluso
ingresaría en una Napola[2], ha encontrado una foto en el Völkischer Beobachter. En ella aparecen el Führer y Göring, el mariscal del Reich, y debajo se lee: «Recibiendo la noticia de la capitulación de Francia». Y así es como se ve a los dos en la foto: Göring exhibe una sonrisa de oreja a oreja en su cara obesa, y el Führer se palmea los muslos de satisfacción.
Los Persicke también se alegran y ríen como los de la imagen, pero Baldur, el lumbreras, pregunta:
—¿Es que no veis nada especial en esa fotografía?
Los demás lo miran expectantes, tan convencidos están de la superioridad intelectual de ese chico de dieciséis años que ninguno se atreve a aventurar la menor suposición.
—¡Vamos! —exclama Baldur—. ¡Pensad un poquito! La foto la ha hecho un fotógrafo de prensa. ¿Acaso él estaba presente cuando llegó la noticia de la capitulación? Esta debió de llegar por teléfono o por un correo o quizá incluso a través de un general francés, y la imagen no trasluce nada de eso. Los dos están completamente solos en el jardín muy alegres…
Los padres y los hermanos de Baldur siguen sentados en silencio, mirándolo fijamente. Sus rostros casi parecen alelados por la atención tensa. Lo que más le gustaría ahora al viejo Persicke es echar otro trago de aguardiente, pero mientras Baldur esté hablando no se atreve. Sabe por experiencia que Baldur puede volverse muy desagradable cuando no se brinda la debida atención a sus disertaciones políticas.
El hijo, entretanto, continúa:
—Así que la foto está preparada, no se ha tomado cuando llegó la noticia de la capitulación, sino unas horas antes o quizá incluso el día siguiente. Y ahora, fijaos en la alegría del Führer, hasta se palmea los muslos de alegría. ¿Creéis que un gran hombre como el Führer seguiría alegrándose tanto de una noticia así al día siguiente? Ese lleva ya mucho tiempo pensando en Inglaterra y en cómo engañar a los Tommy s. Noo, la foto es una pantomima de principio a fin, empezando por la toma hasta las palmadas. ¡Es decir, ha engañado a los tontos con falsas apariencias!
Ahora los suyos miran a Baldur como si ellos fueran los tontos y los engañados. De no haberlo hecho Baldur, habrían denunciado ante la Gestapo a cualquiera por ese comentario.
Pero Baldur prosigue:
—¿Lo veis? Esto es lo grande de nuestro Führer: no deja que nadie adivine sus planes. Ahora todos piensan que se alegra de su victoria en Francia y, sin embargo, quizá ya está reuniendo los barcos para invadir la isla. ¿Lo veis? Eso es lo que tenemos que aprender de nuestro Führer: ¡no necesitamos revelar a todo el mundo quiénes somos y qué nos proponemos! —Los demás asienten con vehemencia con la cabeza; por fin creen haber comprendido adónde quiere llegar Baldur—. Sí, sí, vosotros asentís —continúa Baldur irritado—, pero os comportáis de manera completamente distinta. No hace ni media hora he oído decir a papá delante de la cartera que la vieja Rosenthal, la que vive arriba, nos tendrá que invitar a café y pastel…
—¡Y qué, esa vieja cerda judía! —replica su padre, pero con un tono de disculpa en la voz.
—Bueno, sí —reconoce el hijo—, si alguna vez le sucede algo, no harán mucho ruido por ella. Pero ¿para qué contárselo a la gente? La seguridad es la seguridad. Fíjate en el hombre que vive encima de nosotros, ese tal Quangel. A él no le sacarás una sola palabra y, sin embargo, estoy seguro de que ve y oye todo, y de que tendrá un lugar donde notificarlo. Como ese denuncie algún día que los Persicke no pueden mantener la boca cerrada, que no te puedes fiar de ellos, que no son de confianza, estamos perdidos. Tú al menos, padre, seguro, y yo no moveré un dedo para sacarte del campo de concentración, de las cárceles de Moabit o de Plötze o de dondequiera que estés.
Todos callan, y hasta una persona tan engreída como Baldur se percata de que ese silencio no significa aprobación unánime. Así que añade rápidamente para ganarse al menos a sus hermanos:
—Todos queremos llegar un poco más alto que papá, y ¿cómo lo conseguiremos? ¡Gracias al Partido! Por eso tenemos que comportarnos igual que el Führer: engañar a los tontos con falsas apariencias, simular que somos amables y después, en secreto, cuando nadie sospeche nada, asunto liquidado y a esfumarse. En el Partido tienen que decir: ¡Con los Persicke se puede contar para todo, para todo!
Contempla de nuevo la foto con Göring y Hitler riendo, hace una breve inclinación de cabeza y sirve aguardiente, en señal de que su disertación política ha terminado.
—No te pongas de morros, papá, solo porque te haya dicho cuatro verdades — arguye.
—Solo tienes dieciséis años y eres mi hijo —empieza a decir el viejo, todavía ofendido.
—Y tú eres mi viejo, te he visto borracho demasiadas veces como para que sigas infundiéndome respeto —contesta deprisa Baldur Persicke ganándose con ello a todos, incluso a su madre, continuamente atemorizada—. Nooo, papá, déjalo, algún día viajaremos en coche propio y tú podrás beber champán a diario hasta que revientes.
El padre intenta replicar, esta vez contra el champán, que no aprecia tanto como su aguardiente de trigo. Pero Baldur baja la voz y continúa deprisa:
—Tú no tienes tan malas ideas, padre, aunque no deberías discutirlas con nadie, salvo con nosotros. Con la Rosenthal quizá se pueda hacer algo, y más que café y pastel. Déjame pensarlo, hay que manejar el asunto con cuidado. A lo mejor también otros se huelen la tostada, y puede que gocen de más simpatías que nosotros.
Su voz baja de tono hasta volverse casi inaudible. Baldur Persicke ha vuelto a conseguirlo, se ha ganado a todos, incluso al padre, que al principio estaba amoscado. Así que exclama:
—¡Brindo por la capitulación de Francia! —Y como al mismo tiempo ríe y se palmea los muslos, los demás se dan cuenta de que en realidad se refiere a algo muy distinto, concretamente a la vieja Rosenthal.
Todos alborotan a la vez y brindan y trasiegan bastantes copas de aguardiente, una detrás de otra. Pero el viejo tabernero y sus hijos también resisten lo suyo.