Solo en Berlín
Capítulo 35
KARL HERGESELL Y GRIGOLEIT
Karl Hergesell no pudo consumar el trueque del cochecito infantil, lo que le provocó un monumental enfado. El cochecito tenía veinte o veinticinco años de antigüedad, era un modelo antediluviano, seguro que Noé condujo en él a su hijo menor hasta el arca. La anciana pidió a cambio una libra de mantequilla y otra de tocino. Con una tenacidad increíble insistió en que «¡Vosotros en el campo tenéis de todo! ¡Nadáis en la abundancia!».
Era una verdadera desvergüenza lo que la gente exigía. Hergesell aseguró en vano que Erkner era cualquier cosa menos el campo y que allí no recibían ni un gramo de comida más que en Berlín. Además él era un obrero modesto y no estaba en situación de pagar esos precios de estraperlistas.
—¿Se figura usted que yo me separaría de un cochecito en el que he llevado a mis dos hijos si no consiguiera algo bueno a cambio? —había argumentado la mujer—. ¡Usted pretende arreglarlo poniendo unos cochinos marcos encima de la mesa! ¡No, muchas gracias, señor, para eso búsquese a otra más tonta!
Hergesell, que no se habría llevado el cochecito, un cachivache de ruedas altas que se balanceaba sobre sus resortes, por cincuenta marcos, insistió en que era una desvergüenza. Y además, ella estaba cometiendo un delito porque estaba prohibido pedir comida a cambio de mercancía.
—¿Un delito? —La vieja soltó un silbido despectivo por la nariz—. ¿Un delito? ¡Pues intente denunciarme, joven! Mi marido es sargento mayor de la policía, para nosotros no hay delitos que valgan. Y ahora salga ahora mismo de esta casa. ¡No pienso tolerar que me griten en mi propio domicilio! Contaré hasta tres, y si para entonces no se ha ido, será allanamiento de morada, y seré yo quien lo denuncie a usted.
Karl Hergesell volvió a cantarle las cuarenta antes de irse. Le dijo bien claro lo que pensaba de esos explotadores que se aprovechaban de la situación de necesidad de muchos alemanes. Después se marchó, muy enfurecido.
Y poseído por la ira se tropezó con Grigoleit, el hombre de la época en la que luchaban por un futuro mejor.
—¡Hombre, Grigoleit! —dijo Hergesell al cruzarse con esa figura alta de frente amplia y huidiza y cargada con dos maletas y una cartera—. ¿Qué, otra vez en Berlín? —Agarró una maleta—. ¡Demonios, cómo pesa! ¿Vas a la plaza Alexander? Yo también me dirijo hacia allí, te echaré una mano.
Grigoleit esbozó una leve sonrisa.
—Gracias, Hergesell, eres muy amable. Veo que sigues siendo el viejo camarada altruista. ¿Qué es de tu vida? ¿Y qué hace la pequeña y bonita chica de entonces… cómo se llamaba?
—Trudel, Trudel Baumann. Pues me casé con la pequeña y bonita chica de entonces, y ahora estamos esperando un niño.
—Bueno, era previsible. Felicidades.
El cambio de vida de los Hergesell no parecía interesar en demasía a Grigoleit… mientras que para Karl Hergesell era una fuente de la que manaba a borbotones una felicidad incesante y renovada.
—¿Y tú a qué te dedicas, Hergesell? —siguió preguntando Grigoleit.
—¿Yo? ¿Quieres decir en qué trabajo? Otra vez como electrotécnico en una fábrica química de Erkner.
—No, Hergesell, me refiero a qué haces de verdad por nuestro futuro.
—Nada, Grigoleit —contestó el aludido sintiendo de repente una especie de culpabilidad. Y luego explicó—: Mira, Grigoleit, llevamos poco tiempo casados y solo vivimos para nosotros. ¿Qué nos importa el mundo de ahí fuera y su guerra de mierda? Ahora somos felices porque vamos a tener un hijo. Y eso también es algo, Grigoleit. Esforzarnos por seguir siendo decentes y educar a nuestro hijo para que se convierta en una persona decente…
—¡Pues os resultará muy difícil en el mundo que nos preparan los señores pardos! Bah, déjalo, Hergesell, de vosotros nunca se ha podido esperar otra cosa. Siempre habéis pensado más con el bajo vientre que con la cabeza.
Hergesell enrojeció de furia. Grigoleit hablaba con desprecio insuperable. Pero al mismo tiempo, ni siquiera parecía haberlo dicho con intención de ofender, pues sin darse cuenta de la ira del otro, prosiguió con absoluta indiferencia:
—Yo continúo, y Bebé, también. No, aquí, en Berlín, no. Ahora estamos mucho más al oeste, es decir, yo no estoy nunca, viajo sin parar, soy una especie de correo…
—¿Y de verdad esperáis grandes resultados de vuestra actuación? ¿Unos pocos hombrecillos contra esa maquinaria gigantesca…?
—En primer lugar, no somos unos hombrecillos. Todo alemán decente, y todavía quedan dos o tres millones, colaborará con nosotros. Primero han de liberarse de su miedo. Ahora su miedo al futuro que nos deparan los mandamases pardos aún es menor que el miedo a las amenazas del presente. Pero esto cambiará pronto. Hitler triunfará durante cierto tiempo, pero después vendrán los reveses, él sencillamente está engordando para morir. Y los ataques aéreos también serán cada vez más masivos…
—¿Y en segundo? —preguntó Hergesell que se aburría soberanamente con los pronósticos bélicos y las divagaciones de Grigoleit—. En segundo…
—En segundo lugar, amiguito, deberías saber que carece de importancia que muy pocos luchen contra muchos. Lo importante es que cuando has reconocido una causa como verdadera, debes luchar por ella. Y es indiferente que obtengas éxito o lo haga el que te sustituya. Yo no puedo cruzarme de brazos y decir: Son unos cerdos, pero ¿a mí qué me importa?
—Sí, claro —replicó Hergesell—, pero tú tampoco estás casado, no tienes una mujer y un hijo por los que velar…
—¡Maldita sea tu estampa! —gritó Grigoleit, asqueado—. ¡Abandona ya esa maldita cháchara sentimentaloide! ¡Ni tú mismo crees una palabra de lo que balbuceas! ¡Mujer e hijo! ¿Es que no se te ocurre, idiota, que habría podido casarme ya veinte veces si me hubiera interesado fundar una familia? Pero no lo he hecho. Me digo que solo tendré derecho a la felicidad privada cuando haya espacio en este mundo para una felicidad semejante.
—Nos hemos distanciado mucho —murmuró Karl Hergesell con cierto tono de tedio—. Yo no privo a nadie de nada con mi felicidad.
—¡Sí, tú robas! Robas los hijos a sus madres, los maridos a sus mujeres, el novio a las chicas consintiendo que millares de seres humanos sean fusilados a diario sin mover un dedo para detener esos crímenes. Lo sabes de sobra, y me pregunto si no serás casi peor que cualquier nazi pardo hasta la médula. Esos son demasiado estúpidos para saber los crímenes que comenten. ¡Pero tú sí lo sabes y no haces nada para evitarlo! ¿Que no eres peor que los nazis? ¡Pues claro que sí!
—A Dios gracias ya hemos llegado a la estación —dijo Hergesell depositando en el suelo la pesada maleta—. No pienso seguir dejándome insultar más tiempo. Si siguiéramos juntos un rato más, concluirías que la guerra no la inició Hitler, sino yo.
—¡Y así ha sido! En sentido figurado, claro está. Hablando con rigor, tu tibieza es la que ha hecho posible que…
Hergesell se echó a reír, y también el sombrío Grigoleit esbozó una sonrisa al contemplar su expresión risueña.
—¡Bueno, dejémoslo! —exclamó Grigoleit—. Jamás nos entenderemos. —Se pasó la mano por su frente despejada—. Pero la verdad es que podrías hacerme un favor, Hergesell.
—Con mucho gusto, Grigoleit.
—Se trata de esta cochina maleta tan pesada que acabas de cargar hasta aquí. Dentro de una hora tengo que continuar viaje a Königsberg, pero allí no la necesitaré para nada. ¿Podrías guardármela mientras tanto?
—Oye, Grigoleit —contestó Hergesell, mirando con aversión la pesada maleta—, ya te he dicho que ahora vivo en Erkner. Y hasta allí será una carga excesiva. ¿Por qué no dejas la maleta aquí, en consigna?
—¿Que por qué? ¿Por qué es curvo el plátano? Porque no me fío de esta gente. Llevo dentro toda mi ropa, y los zapatos, y los mejores trajes. Y aquí roban a mansalva. Aparte caen bombas, ya sabes que a los Tommy s les encanta bombardear las estaciones… entonces perdería todo lo que poseo. —Y apremiándolo—: Vamos, di que sí, Hergesell.
—Bueno, vale. A mi mujer no le parecerá bien. Pero por ser tú… Aunque, sabes, Grigoleit, preferiría no contarle a mi mujer que me he encontrado contigo. Se pondría nerviosa, y en su estado actual eso no es bueno para ella ni para el niño.
—Vale, vale. Haz lo que quieras. Lo importante es que me la guardes bien. Dentro de una semana más o menos volveré y me llevaré esa maleta que pesa un quintal. Dame tu dirección. Vale, vale. Entonces, hasta pronto, Hergesell.
—¡Adiós, Grigoleit!
Karl Hergesell entró en la sala de espera para reunirse con Trudel. La encontró acurrucada en un rincón oscuro, la cabeza apoyada en el respaldo del banco, profundamente dormida. La contempló durante un instante. Respiraba con suavidad, su pecho turgente subía y bajaba levemente. Tenía la boca entreabierta y el semblante muy pálido. Parecía preocupada, y gotitas de sudor claras se diseminaban por su frente, como si acabara de hacer un tremendo esfuerzo.
Inclinó la vista hacia su amada. De repente, con súbita decisión, agarró la maleta de Grigoleit y se aproximó con ella a la consigna. No, ahora para Karl Hergesell lo más importante del mundo era que a Trudel no le asaltaran pensamientos sombríos, ni se inquietase. Si se llevaba la maleta a Erkner, tendría que hablarle de Grigoleit, y sabía que cualquier recuerdo sobre la «condena a muerte» de entonces le preocupaba sobremanera.
Al regresar a la sala de espera con el resguardo de la consigna de equipajes, Trudel, ya despierta, se está pintando los labios. Le sonríe, un poco pálida, y pregunta:
—¿Cómo es que acarreabas una maleta tan enorme, Karl? ¡Seguro que no contenía un cochecito de bebé!
—¿Maleta enorme? —Finge asombro—. ¡No tengo ninguna maleta enorme! Acabo de llegar, y lo del cochecito ha sido un fracaso, Trudel.
Su esposa lo mira atónita. ¿Le miente su marido? ¿Por qué? ¿Qué secretos oculta? Porque acaba de verlo con toda claridad junto al mostrador con la maleta, y después dar media vuelta y abandonar la sala de espera con ella.
—¡Pero Karl! —exclama un poco ofendida—. Si acabo de verte junto al mostrador con la maleta.
—¿De dónde iba a sacar yo una maleta, mujer? —responde ligeramente irritado —. ¡Lo has soñado, Trudel!
—No entiendo a qué viene esta mentira. ¡No lo habías hecho nunca!
—¡No te estoy mintiendo, no te atrevas a repetirlo! —Él está ahora muy enfadado, su mala conciencia lo pone así. Se contiene y prosigue, algo más tranquilo —: Te he dicho que acabo de llegar. No sé nada de una maleta. ¡Lo has soñado, Trudel!
—Ya, ya —contesta mirándolo fijamente—. Ya, ya. Pues muy bien, Karl. Lo habré soñado. No hablemos más del asunto.
La joven baja la vista. Le duele muchísimo que tenga secretos para ella, y ese hecho es aún más doloroso porque ella también los tiene con él. Le ha prometido a Otto Quangel que no le contará su encuentro a su marido, y mucho menos lo de la postal. Pero no está bien. Los esposos no deben guardarse secretos el uno al otro. Y ahora él también los tiene para ella.
Karl Hergesell siente vergüenza. El cinismo con que ha mentido a su amada lo avergüenza, incluso la ha tratado groseramente por decir la verdad. Se pregunta si no sería preferible contarle el encuentro con Grigoleit. Y al final decide que no: eso la alteraría aún más.
—Perdona, Trudel —dice, apretándole deprisa la mano—. Perdona por haberte soltado un bufido. Pero es que lo del cochecito me ha enfadado mucho. Escucha…