Solo en Berlín
Capítulo 50
LA CONVERSACIÓN CON OTTO QUANGEL
Al comisario Escherich no le había sido muy fácil persuadir al Obergruppenführer Prall de que lo dejara solo con Otto Quangel durante el primer interrogatorio. Pero al final lo consiguió.
Cuando en compañía del jefe de taller subía las escaleras hasta su vivienda, ya había oscurecido. Alumbraba la luz de la escalera. Quangel encendió la luz al entrar en el cuarto de estar. Se dirigió al dormitorio.
—Mi mujer está enferma —murmuró.
—Su mujer ya no está aquí —le comunicó el comisario—. Se la han llevado. Siéntese aquí, a mi lado…
—Mi mujer tiene mucha fiebre… gripe… —murmuró Quangel.
Se le notaba que la noticia de la ausencia de su mujer lo había trastornado mucho. La rígida indiferencia que había mostrado hasta entonces había desaparecido.
—Un médico se encarga de su mujer —dijo tranquilizador el comisario—. Creo que la fiebre habrá desaparecido dentro de dos o tres días. He ordenado que venga una ambulancia para trasladarla.
Por primera vez Quangel examinó con más atención al hombre que tenía delante. Su inmóvil ojo de pájaro se posó largamente en el comisario. Después Quangel inclinó la cabeza, asintiendo.
—Ambulancia —repitió—. Un médico… eso está bien. Se lo agradezco. Es lo correcto. No es usted una mala persona.
El comisario aprovechó su oportunidad.
—No somos tan malos, señor Quangel, como a menudo se dice de nosotros — aseguró—. Hacemos todo lo posible para aliviar la situación de los detenidos. Porque solo queremos averiguar si existe delito. Ese es nuestro negocio, igual que el suyo es fabricar ataúdes…
—Sí —respondió Quangel con voz dura—. Sí, fabricante y suministrador de ataúdes, así es.
—¿Quiere usted decir —inquirió Escherich con ligero tono burlón— que yo suministro el contenido de los ataúdes? ¿Tan negro ve su caso?
—Yo no tengo ningún caso.
—Oh, sí, un poco sí. Observe por ejemplo esta pluma, Quangel. Sí, es la suya. La tinta aún está fresca. ¿Qué ha escrito usted hoy o ayer con esta pluma?
—Tuve que firmar algo.
—¿Qué, señor Quangel?
—Tuve que extender un volante de asistencia médica, para mi mujer. Porque mi mujer está enferma, tiene gripe…
—Su mujer me ha dicho que usted no escribe jamás. Que todo lo que ustedes escriben es obra de ella, eso me ha contado.
—Lo que le ha dicho mi mujer es rigurosamente cierto. Ella lo escribe todo. Pero ayer tuve que hacerlo yo, porque ella tenía fiebre. Ella no lo sabe.
—Vea además, señor Quangel —continuó el comisario—, cómo raspa el plumín. Es una pluma nueva, pero ya raspa. Lo hace porque tiene usted una mano muy pesada, señor Quangel. —Depositó sobre la mesa las dos postales halladas en el taller —. Observe: la primera está escrita con suma facilidad. Pero en la segunda, ¿ve usted?, aquí… y aquí… y también en esta B…, ahí ha arañado el plumín. ¿Qué me dice, señor Quangel?
—Esas son las postales que yacían en el suelo del taller —le comunicó Quangel con indiferencia—. Yo le dije al de la chaqueta azul que las recogiese. Y él obedeció. Eché un vistazo a las postales y después se las entregué inmediatamente al delegado del Frente del Trabajo, que se marchó con las postales. Ya no sé nada más de ellas.
Quangel pronunció esas frases despacio y con voz monótona, con lengua torpe, como un hombre viejo y algo limitado.
El comisario preguntó:
—Pero, señor Quangel, reconocerá que esta segunda postal ha sido escrita al final con un plumín, ¿no?
—Yo no entiendo nada de eso. No soy, por así decirlo, un escriba, como dice la Biblia.
Durante un momento reinó en la estancia absoluto silencio. Quangel miraba la mesa abstraído, con el rostro casi sin expresión.
El comisario escudriñaba al hombre. Estaba firmemente convencido de que no era tan lento ni tan torpe como aparentaba, pero sí tan agudo como su cara y tan rápido como su ojo. El comisario consideró que su primera tarea consistía en sonsacar de ese hombre toda su agudeza a base de astucia. Quería hablar con el sagaz escritor de postales, no con ese viejo jefe de taller embrutecido por el trabajo.
Al cabo de un rato, Escherich preguntó:
—¿Qué libros son los del estante?
Quangel alzó la vista despacio, miró un momento al otro y después giró la cabeza poco a poco, hasta que vio el estante.
—¿Esos? Pues el libro de misa de mi mujer y su Biblia. Los demás deben de ser los libros de mi hijo, el caído. Yo no leo libros, no tengo ninguno. Nunca he sabido leer bien…
—Por favor, deme el cuarto libro por la izquierda, señor Quangel, el de tapas rojas.
Quangel sacó despacio el libro de la fila y lo trasladó a la mesa con sumo cuidado, como si fuera un huevo crudo, depositándolo delante del comisario.
—Fabricación y reparación de aparatos de radio de Otto Runge —leyó en voz alta el comisario—. ¿Qué, Quangel, no se le ocurre nada al ver este libro?
—Es un libro de mi hijo Otto, el caído —contestó Quangel despacio—. Le gustaban las radios. Era conocido, los talleres se peleaban por él, conocía todos los circuitos…
—¿Y no se le ocurre nada más, señor Quangel, al ver este libro?
—Pues no. —Quangel sacudió la cabeza—. Yo no sé nada de nada. No leo libros.
—¿Y si hubiera guardado algo en su interior? ¡Abra el libro, señor Quangel!
El libro se abrió justo en el lugar en el que estaba la postal. Quangel clavó los ojos en las palabras: «Führer, ordena, nosotros te obedeceremos…».
¿Cuándo había escrito eso? Debió de ser hace tiempo, mucho tiempo. Muy al principio. Pero ¿por qué no terminó de escribirla? ¿Por qué la postal estaba dentro del libro de su hijo Otto?
Lentamente fue recordando la primera visita de su cuñado Ulrich Heffke. Entonces ocultaron deprisa la postal, y él siguió tallando la cabeza de su hijo. ¡Escondida y olvidada, tanto por él como por Anna!
¡Ese era el peligro que siempre había percibido! Ese era el enemigo en la oscuridad al que no había conseguido ver, pero siempre había presentido. Ese fue el error que había cometido, que no había podido tener en cuenta…
¡Te han pillado!, dijo una voz en su interior. Te has jugado la cabeza… por tu propia culpa. Estás perdido.
¿Habrá confesado algo Anna? Seguro que le han enseñado la postal. Pero a pesar de todo habrá negado, la conozco, y lo mismo haré yo. Aunque Anna tenía fiebre…
El comisario inquirió:
—Bueno, Quangel, ¿no dice nada? ¿Cuándo escribió esa postal?
—No sé nada de la postal —contestó—. Yo no sé escribir ese tipo de cosas, tengo pocas luces.
—¿Y cómo ha ido a parar la postal al libro de su hijo? ¿Quién la ha metido ahí?
—¡Y yo qué sé! —respondió Quangel con tono casi grosero—. A lo mejor ha sido usted mismo o uno de sus hombres. A menudo se oye que fabrican pruebas donde no las hay.
—La postal se ha encontrado dentro de este libro en presencia de varios testigos intachables. Su esposa también estaba presente.
—¿Y qué dijo mi mujer?
—Cuando encontraron la postal, confesó en el acto que ella dictaba y usted escribía. Vamos, Quangel, no sea testarudo. Simplemente confiese. Si confiesa ahora, no me dirá nada que yo no sepa. Pero aliviará su situación y la de su mujer. Si no confiesa, tendré que llevarlo a la Gestapo, y nuestros calabozos no son muy bonitos…
Al recordar lo que él mismo había vivido en ese sótano, la voz del comisario tembló un poco.
Pero se contuvo y prosiguió.
—Si confiesa, lo entregaré en el acto al juez instructor. Entonces irá a Moabit, allí lo tratarán bien, igual que a todos los demás presos.
Mas a pesar de las palabras del comisario, Quangel persistió en sus mentiras. Porque Escherich acababa de cometer un error que el sagaz Quangel había captado al instante. La torpeza y los informes de sus superiores habían impresionado tanto a Escherich que no consideraba a Quangel el autor de las postales. Él era solo el que las escribía, su mujer se las dictaba…
Pero el hecho de que lo repitiera demostró a Quangel que Anna no había confesado. Ese fulano se lo había inventado.
Siguió negando una y otra vez.
Al final, Escherich interrumpió el infructuoso interrogatorio en la vivienda y se dirigió con Quangel a la calle Prinz-Albrecht. Ahora confiaba que un entorno diferente, con el despliegue de los hombres de las SS, todo ese aparato amenazador intimidaría a ese hombre sencillo, facilitando la labor de persuasión.
Estaban en el despacho del comisario y Escherich situó a Quangel ante el plano de Berlín con sus banderitas rojas.
—Fíjese, señor Quangel. Cada banderita simboliza una postal. Están en el lugar exacto donde fueron halladas. Si observa ahora esos lugares —dio unos golpecitos con el índice— verá banderitas por todas partes, pero ninguna aquí. Porque esta es la calle Jablonski, donde usted vive. Como es natural, en ella no dejó usted ninguna postal, allí es demasiado conocido…
Pero Escherich se dio cuenta de que Quangel ni siquiera lo escuchaba. Al ver el plano de la ciudad, al hombre lo había acometido una extraña e incomprensible agitación. Sus ojos brillaban, sus manos temblaban. Casi con timidez preguntó:
—Son un montón de banderitas, ¿cuántas pueden ser?
—Se lo diré con absoluta precisión —contestó el comisario, que ahora había comprendido lo que perturbaba al hombre—. Son 267 banderitas, 259 postales y 8 cartas. ¿Cuántas escribió usted en total, Quangel?
El hombre callaba, pero ahora su silencio ya no era fruto de la obstinación, sino de la agitación interna.
—Y tenga en cuenta una cosa más, señor Quangel —continuó el comisario, al darse cuenta de su ventaja—, todas estas cartas y postales nos han sido entregadas voluntariamente. Nosotros no hemos encontrado ni una. La gente venía con ellas corriendo, como si les quemasen. Les faltaba tiempo para librarse de ellas, la mayoría ni siquiera las leyó…
Quangel seguía callado, pero su rostro temblaba. En su interior se libraba una lucha formidable; la mirada del ojo inmóvil, perspicaz, ahora llameaba, se desviaba, bajaba hacia el suelo y volvía a alzarse, fascinada, hacia las banderitas.
—Y otra cosa, señor Quangel: ¿ha pensado alguna vez cuánto miedo y problemas causó usted a la gente con esas postales? Porque la gente se moría de miedo, algunas personas fueron detenidas, y me consta con certeza que una se suicidó por culpa de esas postales…
—¡No, no! —gritó Quangel—. ¡Yo nunca quise eso! ¡Nunca se me pasó por la cabeza! Yo deseaba que las cosas mejoraran, que la gente supiera la verdad, que la guerra terminase cuanto antes, que cesara de una vez esta degollina… ¡eso es lo que yo quería! ¡Esa pobre gente… y yo la hice más pobre aún! ¿Quién fue el que se suicidó?
—Bah, un pequeño holgazán, apostador en las carreras de caballos, carece de importancia, no se apene usted por él.
—Todos son importantes. Se me pedirán cuentas por su sangre.
—Ve usted, señor Quangel —dijo el comisario al hombre sombrío que estaba a su lado—. Acaba de confesar su delito sin darse cuenta.
—¿Mi delito? Yo no he cometido ningún delito, al menos no lo que usted dice. Mi delito es haberme considerado demasiado listo, querer hacerlo solo, a pesar de saber que un individuo no es nada. No, yo no he hecho nada de lo que tenga que avergonzarme, pero el método elegido para llevarlo a cabo ha sido equivocado. Por eso merezco el castigo y por eso moriré de buen grado…
—Bueno, la cosa tampoco será tan grave —comentó el comisario consolador.
Quangel no lo escuchaba. Ensimismado, dijo:
—Lo cierto es que nunca he pensado de verdad en las personas, pues de lo contrario lo habría sabido.
—¿Sabe cuántas postales y cartas ha escrito en realidad? —preguntó Escherich.
—276 postales y nueve cartas.
—En ese caso han quedado sin entregar dieciocho.
—Dieciocho escritos, eso es mi trabajo de más de dos años, eso es toda mi esperanza. ¡Dieciocho escritos pagados con la vida, pero dieciocho al fin y al cabo!
—Quangel, no crea que esos dieciocho escritos pasaron de mano en mano —le advirtió el comisario—. No, esos fueron encontrados por personas tan pringadas que no se atrevieron a entregar las postales. También el efecto de esos dieciocho mensajes fue nulo, nosotros jamás oímos una palabra sobre su supuesta influencia en la gente…
—¿Así que no he conseguido nada?
—Pues no, no ha conseguido nada, al menos lo que usted quería. ¡Alégrese, Quangel, seguro que eso se considerará un atenuante! ¡A lo mejor se libra con quince o veinte años de cárcel!
Quangel se estremeció.
—¡No! —clamó—. ¡No!
—Pero en realidad ¿qué se figuraba, Quangel? ¿Pretendía usted, un sencillo obrero, luchar contra el Führer, que tiene el respaldo del Partido, del Ejército, de las SS, de las SA? ¿Contra el Führer, que ha derrotado ya a medio mundo y que dentro de uno o dos años habrá vencido al último de nuestros enemigos? ¡Eso es ridículo! ¡Usted debió decirse de antemano que eso no podía salir bien! Es como si un mosquito quisiera luchar contra un elefante. ¡No puedo comprenderlo, usted es una persona razonable!
—No, usted no lo entenderá nunca. Da igual que solo luche uno o diez mil; cuando alguien se da cuenta de que tiene que luchar, lucha, sea solo o acompañado. Yo tenía que luchar, y siempre volvería a hacerlo. Solo que de un modo distinto, completamente diferente.
Volvió a dirigir hacia el comisario su mirada tranquila.
—Por cierto, mi mujer no ha tenido nada que ver con esto. ¡Tiene que ponerla en libertad!
—Está mintiendo, Quangel. Su mujer dictó las postales, ella misma lo ha confesado.
—¡Ahora es usted el que miente! ¿Tengo pinta de hombre que deja que su mujer le dicte? Seguramente la acusará además de haber urdido todo el asunto. Pero fui yo, yo solo. Se me ocurrió a mí, yo escribí las postales, yo las repartí, yo reclamo el castigo. ¡Ella no! ¡Mi mujer, no!
—Ha confesado…
—Ella no ha confesado nada. ¡No quiero volver a oír semejantes mentiras! No vuelva a hablarme mal de mi mujer.
Durante un instante los dos quedaron frente a frente, el hombre de descarnada cabeza de pájaro y mirada dura y el comisario gris, incoloro, de bigote dorado como un panecillo y ojos claros.
Después Escherich bajó la vista y añadió:
—Ahora haré entrar a alguien, redactaremos un pequeño informe. Espero que mantenga su declaración…
—La mantengo.
—¿Comprende entonces con claridad lo que le espera? ¿Una elevada pena de prisión, quizá la muerte?
—Sí, sé lo que he hecho. Y confío en que también usted sepa lo que hace, señor comisario.
—¿Qué es lo que hago?
—Usted trabaja para un asesino, al que suministra continuamente nuevas presas. Lo hace por dinero, tal vez ni siquiera cree en ese hombre. No, seguro que no cree en él. Solo por dinero…
De nuevo se enfrentaron en silencio, y de nuevo, al cabo de un rato, el comisario bajó los ojos, vencido.
—Entonces me voy —dijo casi cohibido—, y traeré a un escribiente.
Salió.