Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 33 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 33

ESCHERICH Y KLUGE SALEN DE PASEO

 

Había oscurecido por completo cuando el comisario Escherich abandonó con Enno Kluge el edificio interior de la calle Ansbach. No, el comisario no podía juzgar anodino el caso de la señorita Anna Schönlein, a pesar de sus pulmones. Porque esa vieja solterona parecía acoger en su casa al buen tuntún a cualquier delincuente, sin conocer siquiera su historia. A Enno Kluge, por ejemplo, no le había preguntado ni su nombre, lo había escondido únicamente porque una amiga lo había traído a su casa.

También investigaría con más detenimiento a la tal señora Häberle. ¡Ese pueblo era un dolor! Ahora que se estaba librando la mayor guerra por un futuro feliz, incluso ahora seguía siendo rebelde. Por dondequiera que olías, apestaba. El comisario Escherich estaba firmemente convencido de que casi en cada casa alemana hallaría un montón similar de secretos y mentiras. Casi nadie tenía la conciencia limpia… excepto los camaradas del Partido, por supuesto. Por otra parte él se guardaría muy mucho de efectuar en casa de los camaradas del Partido una inspección como la que acababa de realizar en el domicilio de la Schönlein.

Bien, de todos modos había encomendado al portero la vigilancia de la vivienda. Parecía un tipo de absoluta confianza, además de miembro del Partido; había que intentar facilitarle algún puestecillo bien remunerado. Eso alegraba a ese tipo de gente y aguzaba su vista y su oído. Premiar y castigar, esa era la mejor forma de gobernar.

El comisario, con Enno Kluge cogido del brazo, se dirige hacia la columna anunciadora detrás de la que se encuentra Barkhausen. A este no le apetece nada ver a su antiguo compinche; para evitar verlo, rodea la columna. Pero el comisario, que ha dado media vuelta, lo sorprende y Emil y Enno se encuentran frente a frente.

—¡Buenas, Enno! —saluda Barkhausen alargando la mano.

Pero Kluge no se la estrecha. Incluso esa criatura lastimosa manifiesta ahora cierto enfado. Odia a Barkhausen, que lo convenció para llevar a cabo un robo donde solo hubo golpes y que esta mañana ha obtenido mediante chantaje miles de marcos, a pesar de lo cual lo ha traicionado.

—Señor comisario —dice Kluge vehemente—, ¿no le ha contado Barkhausen que esta mañana temprano ha chantajeado a mi novia, la señora Häberle, y le ha sacado dos mil quinientos marcos? Después iba a dejarme marchar, y ahora me ha…

El comisario solo había ido a buscar a Barkhausen para darle su dinero y mandarlo a casa. Pero ahora suelta el paquetito de dinero dentro de su bolsillo y escucha, divertido, cómo Barkhausen contesta con voz grosera:

—¿Y acaso no te he dejado marchar, Enno? Yo no tengo la culpa de que seas un cenutrio y te dejes atrapar al momento. Yo he cumplido mi promesa.

El comisario dice:

—Bueno, ya volveremos a hablar de eso, Barkhausen. Ahora, váyase a su casa.

—Pero antes quiero mi dinero, señor comisario —exige Barkhausen—. Me prometió usted quinientos si le entregaba a Enno. Ya lo lleva del brazo, así que, afloje la mosca.

—¡No se le pagará dos veces por lo mismo, Barkhausen! —Rechaza el comisario —. ¡Ya ha recibido usted dos mil quinientos!

—¡Pero es que todavía no tengo ese dinero! —protesta casi a gritos el nuevamente decepcionado Barkhausen—. Ella lo ha enviado a Múnich a lista de Correos para que yo no me encontrase aquí con usted.

—Una mujer inteligente —alaba el comisario—. ¿O fue idea suya, señor Kluge?

—Está mintiendo otra vez —grita Enno furioso—. A Múnich solo se enviaron dos mil. Quinientos, y más incluso, los recibió en metálico. Registre sus bolsillos, señor comisario.

—¡Me los han robado! Una banda de gamberros me ha asaltado y robado todo el dinero. Puede usted registrarme de arriba abajo, señor comisario, solo llevo encima unos marcos que guardaba por casualidad en el chaleco.

—Barkhausen, a usted no se le puede confiar dinero —advierte el comisario meneando la cabeza—. No sabe qué hacer con él. Mira que dejarse robar por unos gamberros, ¡un hombre hecho y derecho!

Barkhausen empieza de nuevo a suplicar, a exigir, a persuadir, pero el comisario, apenas han llegado a la plaza Viktoria Luise, ordena:

—Ahora mismito se irá a casa, Barkhausen.

—Señor comisario, me prometió solemnemente…

—Como no entre ahora mismo en el metro, lo entregaré a ese policía de ahí. ¡Y lo detendrá por extorsión!

Dicho esto, el comisario se dirige al agente de policía y Barkhausen, el iracundo Barkhausen, ese delincuente de tres al cuarto al que siempre arrebatan las ganancias justo antes de la victoria, se apresura a desaparecer de la plaza Viktoria Luise. (¡Espera a que llegue a casa, Kuno-Dieter!).

El comisario habla, en efecto, con el policía, se identifica y le encarga que detenga a la señorita Anna Schönlein y la retenga en comisaría.

—Por el momento, digamos que por escuchar emisoras enemigas —arguye—. Nada de interrogatorios, se lo advierto. Mañana irá uno de los nuestros a llevarse a esa mujer. Buenas noches, agente.

—¡Heil Hitler, señor comisario!

—Bien —dice el comisario reanudando la marcha por la calle Motz en dirección a la plaza Nollendorf—, ¿qué hacemos ahora? Tengo hambre, es mi hora de cenar. ¿Sabe una cosa?, lo invito a cenar. Supongo que no tendrá demasiada prisa por venir a visitarnos a la Gestapo. Me temo que nuestra comida deja mucho que desear y la gente es tan olvidadiza, a veces durante dos o tres días no reciben nada. Ni siquiera agua. Mala organización. Bueno, ¿qué me dice, señor Kluge?

Con esta conversación u otra parecida, el comisario conduce al desconcertado Kluge a una pequeña tasca donde parecen conocerlo. El comisario come opíparamente, la comida es excelente y abundante, con vino y copitas de aguardiente, amén de café, tarta y cigarrillos. Al mismo tiempo, Escherich explica sin ningún pudor:

—¡No crea que pago yo, Kluge! Todo esto es por cuenta de Barkhausen. Porque lo pagaré con el dinero que habría debido recibir él. Me agrada que usted se llene la panza con el premio fijado por su captura. Justicia distributiva…

El comisario habla y habla, pero a lo mejor no se siente tan superior como aparenta. Ha comido muy deprisa y ha bebido mucho. Acaso sienta cierta inquietud, pues manifiesta un nerviosismo desacostumbrado en él. A veces juega con bolitas de pan y luego se lleva de repente la mano al bolsillo trasero del pantalón, en el que lleva la pistola ligera, mientras dirige una rápida ojeada a Kluge.

Enno presencia todo esto con bastante apatía. Ha comido mucho, pero apenas ha bebido. Sigue totalmente desconcertado, no sabe qué pensar del comisario. ¿Está detenido o no lo está? No entiende una palabra.

Escherich se lo explica en ese preciso instante.

—Ahí está usted, señor Kluge —le dice— asombrándose de mí. Desde luego, he mentido, no tenía tanta hambre, solo quiero matar el tiempo hasta después de las diez. Porque tenemos que dar un paseíto, y entonces verá lo que quiero hacer con usted. Sí… entonces… verá…

El comisario ha hablado cada vez más bajo, meditabundo y lento, y Enno Kluge le dirige una mirada recelosa. Sin duda ese paseíto después de las diez de la noche obedece a alguna idea diabólica oculta. Pero ¿cuál? ¿Cómo puede escapar? Escherich vigila como un demonio, Kluge ni siquiera puede ir solo al baño.

El comisario prosigue.

—El asunto es que no me reuniré con mi hombre hasta después de las diez. Vive en las afueras, en Schlachtensee, ¿comprende, señor Kluge? Eso es lo que yo llamo un paseíto.

—¿Y yo qué tengo que ver con eso? ¿Conozco a ese hombre? ¡No conozco a nadie en Schlachtensee! Siempre he vivido en los alrededores de Friedrichshain…

—Tal vez lo conozca. Me gustaría que lo viera.

—Y cuando lo haya visto y compruebe que no lo conozco, ¿qué? ¿Qué pasará conmigo?

El comisario esboza un gesto de indiferencia.

—Ya veremos. Creo que conocerá a ese hombre.

Ambos callan. De repente Enno Kluge pregunta:

—¿Tiene esto algo que ver con la maldita historia de las postales? Desearía no haber firmado jamás esa declaración. No debí hacerle ese favor, comisario.

—¿De veras? Casi creo que tiene razón, habría sido mejor para usted y para mí. ¡Ojalá no hubiera firmado, señor Kluge! —Y dirige a su interlocutor una mirada tan sombría que Enno Kluge se lleva un nuevo susto. El comisario se percata de ello—. Vamos, vamos —agrega tranquilizador—, eso ya se verá. Creo que tomaremos otro aguardiente y nos marcharemos. Me gustaría llegar a tiempo de tomar el último tren de regreso a la ciudad.

Kluge lo mira horrorizado.

—¿Y yo? —pregunta con labios temblorosos—. ¿Tengo que quedarme allí fuera?

—¿Usted? —El comisario ríe—. Como es natural viajará conmigo, señor Kluge. ¿Por qué me mira tan horrorizado? No he dicho nada que pueda asustarlo. Por supuesto que regresaremos juntos a la ciudad. Ahí viene el camarero con nuestro aguardiente. Camarero, espere un momento, le daremos las copas para cambiarlas.

Poco después caminaban hacia la estación de Zoo. Viajaron en el ferrocarril metropolitano, y cuando se apearon en Schlachtensee la noche era tan oscura que en un primer momento se quedaron en la plaza de la estación sin saber qué hacer. Debido al oscurecimiento para prevenir los ataques aéreos no se veía luz por ninguna parte.

—Con esta oscuridad jamás encontraremos el camino —se quejó Kluge muerto de miedo—. Señor comisario, por favor, regresemos. ¡Se lo ruego! Prefiero pasar la noche con usted en la Gestapo a…

—¡Déjese de estupideces, Kluge! —lo interrumpió brutalmente el comisario, agarrando con fuerza el brazo del alfeñique—. ¿Se figura que vengo aquí a pasear con usted en plena noche para dar media vuelta un cuarto de hora antes de llegar a mi destino? —Y prosiguió con tono más suave—: Yo veo muy bien. Si tomamos ese camino lateral, llegaremos antes al lago…

Echaron a andar en silencio, tanteando con cuidado con los pies en busca de obstáculos invisibles.

Tras recorrer un tramo del camino, el aire ante ellos pareció aclararse.

—Lo ve, Kluge —dijo el comisario—, ya sabía yo que podía fiarme de mi sentido de la orientación. Ahí está el lago.

Kluge calló, y continuaron andando en silencio.

Era una noche sin un soplo de viento, todo estaba tranquilo. No se toparon con persona alguna. El agua lisa del lago, que más que ver intuían, parecía exhalar una claridad gris, como si devolviera el debilísimo resplandor luminoso captado durante el día.

El comisario carraspeó como si fuese a hablar, pero siguió callado.

De repente, Enno Kluge se detuvo. De un tirón liberó su brazo del de su acompañante.

—¡No pienso dar un paso más! —exclamó casi a gritos—. Si quiere hacerme algo, es tan buen momento ahora como dentro de un cuarto de hora. Nadie acudirá en mi ayuda. Debe de ser medianoche.

Como para confirmar esas palabras un reloj comenzó de pronto a dar la hora. El sonido resonaba sorprendentemente cercano y fuerte en la noche oscura. Los hombres contaron las campanadas sin darse cuenta.

—¡Once! —exclamó el comisario—. Son las once. Todavía falta una hora hasta medianoche. Vamos, Kluge, aún nos quedan cinco minutos de trayecto. —Y agarró de nuevo al otro por el brazo.

Kluge, sin embargo, se soltó con una energía sorprendente.

—He dicho que no daré ni un paso más, y así lo haré.

Se le escapó un gallo por el miedo, tan fuerte gritaba. Un pájaro acuático alzó el vuelo, asustado, entre los juncos y se alejó volando con torpeza.

—¡No grite de ese modo! —le ordenó, irritado, el comisario—. ¡Va a sublevar usted a todo el lago!

Después cambió de opinión.

—De acuerdo, descanse un momento. Ya entrará en razón. ¿Quiere que nos sentemos aquí? —Y alargó nuevamente la mano hacia el brazo de Kluge.

Enno golpeó la mano que lo agarraba.

—¡No permitiré que me toque! Haga conmigo lo que quiera, pero no me toque.

El comisario repuso con dureza:

—¡No me hable en ese tono, Kluge! ¿Quién demonios se ha creído que es? ¡Un perro cobarde, pequeño y mugriento!

También el comisario comenzaba a perder los nervios.

—¿Y usted, qué? —volvió a gritar Kluge—. ¿Qué es usted? ¡Un asesino traicionero!

Él mismo se asustó de sus propias palabras.

—Ay, perdone, señor comisario, no quería decir eso… —murmuró.

—Son los nervios —se disculpó el comisario—. Tendría que cambiar de vida, Kluge, sus nervios no soportan la existencia que lleva. Vamos, sentémonos ahí, en el embarcadero. No tema, no volveré a agarrarlo, ya que me tiene tanto miedo.

Se encaminaron hacia el embarcadero. La madera crujió al pisarla.

—Unos metros más —lo animó Escherich—. Lo mejor será que nos sentemos en la punta. Me gusta acomodarme en uno de estos chismes, solo rodeado de agua.

Kluge volvió a negarse. De improviso, él, que un momento antes había mostrado un asomo de resolución y de valor, comenzó a lloriquear.

—No quiero seguir. ¡Oh, tenga piedad de mí, señor comisario! ¡No me ahogue! No sé nadar, se lo digo sin rodeos. Siempre he tenido un pánico terrible al agua. Le firmaré todas las declaraciones que desee. ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Soc…!

El comisario agarró al hombrecillo y lo arrastró pataleando hasta el final del embarcadero. Apretaba con fuerza el rostro de Enno contra su pecho, con tanta fuerza que le impidió continuar sus gritos. Así lo condujo hasta el final del embarcadero y una vez allí lo mantuvo muy cerca del agua.

—¡Perro, como vuelvas a gritar otra vez, te tiro dentro!

Un profundo sollozo brotó de la garganta de Enno.

—No gritaré —repuso en susurros—. ¡Bah, ya estoy muerto, tíreme de una vez! Ya no aguanto más…

El comisario lo depositó sobre el embarcadero y tomó asiento a su lado.

—Bueno —comenzó—. Después de haber comprobado que podía haberte tirado al lago y no lo he hecho, ¿comprendes al fin que no soy un asesino, Kluge?

Este murmuró algo incomprensible. Sus dientes castañeteaban ruidosamente.

—Y ahora, escucha. Tengo algo que decirte. Lo del hombre al que tenías que identificar aquí en Schlachtensee es una mentira, por supuesto.

—Entonces ¿por qué…?

—Aguarda. Sé que no tienes nada que ver con el autor de las postales; creí que lo de la declaración era una buena idea, pues al menos tendría una pista para mis superiores hasta capturar al verdadero autor. Pero no fue buena. Ahora los jefazos de las SS te quieren a ti, Kluge, y desean interrogarte a su manera. Creen en tu declaración, te consideran el autor o al menos el distribuidor. Y te exprimirán a fondo, te exprimirán todo lo que quieran en sus interrogatorios, te exprimirán como un limón y después te matarán a golpes o te llevarán ante el Tribunal del Pueblo, y el final será el mismo, solo que el tormento se prolongará durante unas semanas más.

El comisario hizo una pausa y Enno, completamente aterrorizado, se arrimaba ahora mucho al que acababa de llamar «asesino», como si le pidiera ayuda.

—¡Usted sabe que no he sido yo! —balbució—. ¡Es la pura verdad! No puede llevarme con ellos, no lo resistiré, gritaré…

—Seguro que gritarás —corroboró el comisario con indiferencia—. Claro que lo harás. Pero eso a ellos no les preocupa, solo les divierte. Sabes, Kluge, te sentarán en un taburete y colocarán justo delante de tu cara un foco muy intenso, y tú tendrás que mirar continuamente la luz y te morirás de calor y de claridad. Mientras tanto te interrogarán, hora tras hora, ellos se relevarán, pero a ti no te relevará nadie, por exhausto que estés. Y cuando te desplomes de agotamiento, te obligarán a levantarte a patadas y a latigazos, y te darán de beber agua salada, y cuando todo eso ya no sirva de nada, te retorcerán una a una las articulaciones de los dedos. Verterán ácido sobre tus pies…

—¡Basta, por favor, basta, no puedo escucharlo…!

—No solo lo escucharás, tendrás que soportarlo, Kluge, un día, dos, tres, cinco… siempre, día y noche, y además te harán pasar hambre hasta que tu estómago se contraiga como una habichuela, hasta que te creas al borde de la tumba por dentro y por fuera debido a los dolores. Pero no perecerás; ellos no sueltan tan fácilmente al que cae en sus garras. Sino que te…

—No, no, no —gritó el menudo Enno tapándose los oídos—. ¡No quiero oír nada más! ¡Ni una palabra más! ¡Prefiero morirme ahora mismo!

—Estoy de acuerdo —confirmó el comisario—. Yo preferiría morir ahora mismo.

Durante un rato reinó un profundo silencio entre ambos. De repente el pequeño Enno Kluge dijo estremeciéndose:

—Pero no quiero ir al agua…

—No, no —repuso el comisario con afecto tratando de convencerlo—. Eso tampoco debe hacerlo, Kluge. Fíjese, he traído otra cosa, observe qué bonita y pequeña pistola. Basta con apretarla contra la frente, no tema, yo sostendré su mano para que no tiemble, y a continuación doblar el dedo un poquito… No sentirá dolor, de repente todos estos tormentos y persecuciones habrán desaparecido y hallará por fin paz y descanso…

—¡Y la libertad! —exclamó, meditabundo, el pequeño Enno Kluge—. Esto es exactamente igual, señor comisario, que cuando me convenció de lo de la declaración, también entonces me prometió la libertad. ¿Será verdad esta vez? ¿Tú que crees?

—Claro que sí, Kluge. Esta es la única libertad verdadera que existe para nosotros, los humanos. Entonces no podrán volver a capturarte y atemorizarte y torturarte de nuevo. Nadie más podrá hacerlo. Te reirás de todos nosotros…

—¿Y qué vendrá luego, después de la calma y la libertad? ¿Habrá algo más detrás? ¿Tú qué crees?

—No creo que después haya nada más, ni tribunales ni infierno. Solo tranquilidad y libertad.

—¿Y para qué he vivido? ¿Para qué he tenido que soportar tanto aquí? No he hecho nada, no he vivido para satisfacción de nadie, nunca he querido de verdad a nadie.

—Psé, no has sido un gran héroe, Kluge —comentó el comisario—. Y en cierto modo tampoco has sido útil. Pero ¿por qué se te ocurre meditar ahora sobre esto? En cualquier caso, ya es demasiado tarde, tanto si haces lo que te propongo, como si me acompañas a la Gestapo. Te aseguro, Kluge, que en la primera media hora caerás de rodillas suplicando una bala. Pero la tortura durará muchas muchas horas hasta que mueras…

—No, no —rechazó Enno Kluge—. Yo con esos no voy. Ponme la pistola en la mano… ¿la estoy sujetando bien así?

—Sí.

—¿Y dónde tengo que apoyarla? ¿Aquí, junto a la sien?

—Sí.

—Y ahora, colocar el dedo en el gatillo… Lo haré con cuidado, todavía no ha llegado el momento… Me gustaría charlar un rato contigo…

—No temas, la pistola aún tiene el seguro puesto.

—¿Te das cuenta, Escherich, de que eres la última persona con la que hablo? Después ya solo habrá paz, nunca más podré volver a hablar con nadie —se estremeció—. Hace un momento, cuando me he puesto la pistola en la sien, estaba fría. Así de helados deben de ser el descanso y la libertad que me esperan después.

Se inclinó acercándose al comisario y susurró:

—¿Me prometes solemnemente una cosa, Escherich?

—Sí. ¿De qué se trata?

—Pero tienes que mantener tu promesa.

—Si puedo, lo haré.

—Cuando esté muerto, no me dejes caer al agua. El agua me da miedo. Déjame aquí arriba, sobre el embarcadero seco.

—Claro que sí. Te lo prometo.

—Bien, entonces dame la mano, Escherich.

—Aquí la tienes.

—¿No me engañarás, Escherich? Ya ves que no soy más que un pequeño y miserable canalla, no importa mucho que me engañen o no. Pero tú no lo harás, ¿verdad?

—Te lo garantizo, Kluge.

—Dame otra vez la pistola, Escherich… ¿le has quitado el seguro?

—No, todavía no. Lo haré cuando tú quieras.

—¿He apuntado bien así? Ahora apenas noto la frialdad del cañón, estoy tan frío como el cañón. ¿Sabes que tengo mujer e hijos?

—He hablado con tu mujer, Kluge.

—¡Oh! —El hombrecillo estaba tan interesado, que apartó la pistola en el acto—. ¿Está aquí, en Berlín? Me gustaría volver a hablar con ella.

—No, no está en Berlín —contestó el comisario maldiciéndose por haber infringido su máxima de no proporcionar información—. Sigue en Ruppin con sus parientes. Y es mejor que no hables con ella, Kluge.

—¿Me guarda rencor?

—No, qué va, solo está enfadada contigo.

—Lástima —repuso el pequeño—. Lástima. La verdad es que es curioso, Escherich. Soy una auténtica nulidad y nadie puede amarme. Pero odiarme, eso sí que lo hacen muchos.

—No sé si lo de tu mujer es odio, creo que únicamente desea disfrutar de un poco de tranquilidad. Tú la molestas…

—¿La pistola tiene el seguro puesto, comisario?

—Sí —contestó el policía, asombrado de que Kluge, que la última media hora se había tranquilizado del todo, volviese a preguntar impelido por un súbito nerviosismo —. Sí, lo tiene… ¿Qué demonios?

El fogonazo de la pistola pasó tan cerca de sus ojos, que cayó de espaldas en el embarcadero gimiendo; se apretaba las manos delante de los ojos con la sensación de haberse quedado ciego.

Kluge le susurraba al oído:

—¡Sabía que no tenía puesto el seguro! ¡Otra vez querías engañarme! Y ahora estás en mis manos, ahora puedo proporcionarte tranquilidad y libertad… —Colocó el cañón de la pistola contra la frente del quejumbroso policía, soltó una risita—: ¿Notas lo fría que está? Esto es la tranquilidad y la paz, es el hielo en el que estaremos enterrados por los siglos de los siglos…

El comisario se incorporó, quejándose.

—¿Lo has hecho a propósito, Kluge? —preguntó con tono severo y se levantó de golpe los párpados escocidos de sus ojos doloridos. El otro, a su lado, le parecía una masa más negra en medio de la oscuridad de la noche.

—Pues claro. —El pequeño rio.

—¡Ha sido un intento de asesinato! —exclamó el comisario.

—¡Pero tú has dicho que el arma tenía el seguro puesto!

Ahora el comisario tenía la certeza plena de que a sus ojos no les había ocurrido nada.

—¡Voy a tirarte al agua, cabrón! ¡Y habrá sido en defensa propia! —Y agarró al hombrecillo por el hombro.

—¡No, no, por favor, no! ¡Eso no, por favor! ¡Te aseguro que haré lo que quieras! ¡Pero al agua, no! Me lo has prometido…

El comisario lo había agarrado por el hombro.

—¡Ni hablar! ¡Deja de lloriquear! ¡Nunca tendrás valor para hacerlo! ¡Al agua…!

Se oyeron dos disparos muy seguidos. El comisario notó cómo el hombre que tenía entre sus manos se desplomaba y caía sin remedio. Por un momento, Escherich se movilizó al ver al muerto deslizándose al agua por encima del borde del embarcadero. Intentó sujetarlo con las manos.

El comisario, encogiéndose de hombros, contempló cómo el pesado cuerpo chocaba con el agua y al instante desaparecía.

¡Mejor así!, se dijo, humedeciéndose los labios secos. Un sospechoso menos.

Durante unos instantes vaciló, pensando si tirar o no al agua la pistola caída en el embarcadero. Al final la dejó allí. Se alejó despacio del embarcadero, subió la pendiente de la orilla y se encaminó hacia la estación.

Estaba cerrada, el último tren ya había partido. El comisario se dispuso a emprender con indiferencia la larga caminata hasta Berlín.

En ese momento comenzaron a sonar de nuevo las campanadas del reloj.

Medianoche, pensó el comisario. Lo ha conseguido. Medianoche. Siento curiosidad por saber qué le parecerá su paz, verdadera curiosidad. ¿Volverá a sentirse engañado? ¡Canalla, pequeño canalla llorica!