Solo en Berlín
Capítulo 7
ROBO EN LA NOCHE
A última hora de la tarde, en realidad ya es de noche y demasiado tarde para lo acordado, el señor Emil Barkhausen ha encontrado a su Enno en el restaurante Los Rezagados. Eso es lo que ha conseguido además la cartera Eva Kluge con su ira sacrosanta. Los caballeros se han sentado a una mesa ubicada en un rincón con un vaso de cerveza y allí han susurrado largo tiempo —con un vaso de cerveza—, hasta que el tabernero les ha recordado que ya ha anunciado tres veces la hora de cierre y va siendo hora de que se marchen de una vez a reunirse con sus mujeres.
En la calle, ambos prosiguen su conversación; primero caminan un trecho hacia la avenida Prenzlauer, y después Enno intenta volver, porque le ha venido a la mente que quizá sería mejor probar con una con la que estuvo enrollado y a la que llaman Tutti. Tutti, el Babuino. Sería mejor que esos asuntos turbios…
Emil Barkhausen casi explota de ira por tanta incomprensión. Le ha asegurado a Enno por décima, por centésima vez, que no cabe hablar de asuntos turbios. Más bien se trata de una incautación —casi legal—, que se lleva a cabo bajo la protección de las SS en casa de una vieja judía por la que nadie se preocupará. Ellos dos harán su agosto para una temporada, la policía y la justicia no tienen nada que ver con eso.
Enno vuelve a contestar: No, no, él nunca se ha metido en asuntos de esa índole, no entiende nada de eso. De mujeres, sí, y de apuestas en las carreras también, pero él jamás ha negociado con pescado podrido. Tutti se había mostrado siempre muy bondadosa y, a pesar de que la llaman «el Babuino», seguro que ya no se acordará de que en su día lo ayudó sin saberlo con algo de dinero y cartillas de racionamiento.
Ya han llegado a la avenida Prenzlauer.
Barkhausen, un hombre que oscila siempre entre el servilismo y la amenaza, dice irritado, tirándose de su bigote ralo y descuidado:
—¿Quién demonios te ha pedido que entiendas algo del asunto? Ya me las apañaré yo solo, por mí puedes quedarte con las manos en los bolsillos. ¡Si quieres, hasta te haré las maletas! Entiéndelo de una vez, Enno: solo te llevo conmigo para protegerme de una jugarreta de las SS, como testigo en cierto modo, de que el reparto se hace correctamente. ¡Piensa en todo lo que se puede sacar a una comerciante judía tan rica, aunque la Gestapo en su día, cuando fue a buscar al marido, también se llevó lo suyo!
De pronto Enno Kluge accede sin más resistencia, sin el menor escrúpulo, sin transición. Ahora se muere de impaciencia por llegar cuanto antes a la calle Jablonski. Pero lo que le ha decidido a superar su miedo y a dar un sí tan incondicional no ha sido la palabrería de Barkhausen, ni la perspectiva de un suculento botín, sino lisa y llanamente el hambre. De repente, sin poderlo evitar, ha pensado en la despensa de la Rosenthal, y de que nada en la vida le ha sabido tan rico como un cuello de ganso relleno al que un día lo invitó un rico ropavejero judío.
Y preso de sus fantasías de hambriento, se le ha metido en la cabeza que en la despensa de la Rosenthal encontrará un cuello de ganso relleno igual. Ha visto con toda claridad ante él la fuente de porcelana con el cuello colocado sobre la salsa con la grasa solidificada, bien relleno y atado en sus dos extremos con un hilo. Cogerá la fuente y lo calentará todo en la llama de gas, el resto le trae sin cuidado. Barkhausen que haga lo que le apetezca, eso carece de interés para él. Mojará pan en la salsa caliente, grasienta, muy especiada, y se comerá el cuello de ganso con la mano mientras la grasa chorrea ruidosamente en todas direcciones.
—Aprieta el paso, Emil, que tengo prisa.
—¿Por qué? —pregunta Barkhausen, pero en realidad le parece bien y, solícito, aprieta el paso.
Él también se alegrará cuando haya concluido el asunto, que tampoco es de su especialidad. No teme a la policía ni a la vieja judía —¿qué podía pasarle por «arianizar» sus propiedades?—, sino a los Persicke. Son una maldita banda de canallas tan traicionera que incluso los cree capaces de la bajeza de jugar una mala pasada a un compinche. Solo por los Persicke se ha llevado con él a ese cretino de Enno, es un testigo al que no conocen, él los frenará.
Luego, en la calle Jablonski todo va como una seda. Serían más o menos las diez y media cuando abren la puerta de la calle con una llave legal. Después, aguzan el oído en la escalera, y al no oír el menor movimiento, encienden la luz y a su resplandor se descalzan, porque:
—Hemos de ser considerados con el descanso nocturno de los inquilinos —dice Barkhausen con una risita sarcástica.
Cuando vuelve a apagarse la luz se deslizan sigilosos y raudos escaleras arriba, y todo transcurre sin contratiempos. No cometen ninguno de esos errores de principiante, como chocar ruidosamente contra algo o perder un zapato con estrépito, no, ascienden con absoluto sigilo los cuatro pisos. O sea, que han hecho una buena parte del trabajo en la escalera, a pesar de que ninguno de los dos es un auténtico malhechor y a pesar de que se encuentran bastante nerviosos, uno por el cuello de ganso relleno y el otro por el botín y los Persicke.
Barkhausen se había imaginado cien veces más difícil lo de la puerta de la Rosenthal, solo está encajado el resbalón, es facilísima de abrir, ni siquiera estaba cerrada con llave. ¡Qué mujer tan imprudente, y eso que debería ser especialmente cuidadosa por su condición de judía! Total, que los dos entran en el piso, no saben ni cómo, tan rápido ha sido.
Después Barkhausen enciende la luz de la entrada y con absoluta desenvoltura dice:
—Si esa vieja cerda judía chilla, sacúdele sin más en la cabeza —proclama, lo mismo que le ha dicho esa mañana a Baldur Persicke.
Pero ella no chilla. Primero revisan con tranquilidad la pequeña entrada, atestada de muebles, maletas y cajas. Claro, los Rosenthal poseían una casa enorme junto a su tienda, y cuando uno tiene que salir de ahí repentinamente y solo consigue dos habitaciones con alcoba y cocina, todo queda bastante amontonado, ¿verdad? Es comprensible.
Sienten un hormigueo en los dedos por empezar ahora mismo a registrar, rebuscar y cargar, pero Barkhausen prefiere buscar primero a la Rosenthal y taparle la boca con un pañuelo para evitar problemas. Una de las habitaciones está tan atestada que casi impide moverse; comprenden entonces que lo que allí hay no conseguirán llevárselo ni en diez noches, deben limitarse a escoger lo mejor. La otra habitación está igual, y también la alcoba. Lo único que no encuentran es a la Rosenthal, la cama está intacta. Por respetar el orden, Barkhausen revisa además la cocina y el cuarto de baño, pero la mujer ha desaparecido, y eso es lo que él llama una chiripa, porque ahorra molestias y facilita mucho el trabajo.
Barkhausen retorna a la primera habitación y empieza a revolver. Ni se da cuenta de que ha perdido a su compinche. Enno está en la despensa, amargamente decepcionado por no encontrar allí un cuello de ganso relleno, sino tan solo unas cebollas y medio pan. Pero empieza a comer, corta las cebollas en rodajas y las coloca sobre el pan, y también eso le sabe bien y aplaca su hambre.
Mientras Enno Kluge mastica, sus ojos caen sobre la parte inferior del estante, y de repente se da cuenta de que los Rosenthal no tienen comida, pero sí bebida. Porque abajo, en el estante, se ven botellas y más botellas, de vino y también de aguardiente. Enno, que a fin de cuentas es una persona morigerada cuando no se trata de apostar en las carreras de caballos, agarra una botella de vino dulce y comienza a regar de vez en cuando sus bocadillos de cebolla. Dios sabe cómo sucede, pero el caso es que de repente ese brebaje insulso repugna a Enno, que habitualmente es capaz de pasarse tres horas con el mismo vaso de cerveza. Ahora abre una botella de coñac y da muy deprisa varios tragos seguidos, en cinco minutos vacía la mitad de la botella. Igual ha sido el hambre o la excitación lo que le ha cambiado tanto. Ha renunciado por completo a la comida.
Después también deja de interesarle el aguardiente, y se marcha a buscar a Barkhausen. Este sigue revolviendo el cuarto grande y, tras abrir los armarios y las maletas, arroja al suelo su contenido en busca siempre de algo mejor.
—¡Chico, chico, esos debieron de llevarse consigo toda su tienda de lencería! — exclama Enno abrumado.
—¡Deja de hablar y echa una mano! —replica Barkhausen—. Seguro que aquí hay todavía joyas escondidas y dinero… estos, los Rosenthal, antes eran gente rica, millonarios… ¡y tú, cenutrio, hablas de asuntos turbios!
Durante un rato trabajan en silencio, arrojando cada vez más cosas al suelo, cubierto ya de prendas de ropa y lencería y trastos, que pisan con sus zapatos. Entonces Enno, completamente mareado por el aguardiente, dice:
—Estoy que no veo. Primero tengo que echar un trago para despejarme. Tráeme un poco de coñac de la despensa, Emil.
Barkhausen obedece sin rechistar y regresa con dos botellas de licor. Acto seguido se sientan juntos en buena armonía encima de la ropa, beben un trago después de otro y discuten el caso con seriedad y detenimiento.
—Barkhausen, está más claro que el agua que no vamos a conseguir llevarnos tan deprisa todos estos trastos, y tampoco podemos quedarnos aquí mucho rato. Creo que cada uno debe coger dos maletas, y para empezar nos largamos con eso. ¡Mañana será otro día!
—Tienes razón, Enno, no quiero quedarme aquí mucho tiempo, aunque solo sea por los Persicke.
—¿Quiénes son esos?
—Pues gente… Pero cuando pienso que me largo de aquí con dos maletas llenas de ropa, dejando una maleta de dinero y joyas, me arrancaría la cabeza de un mordisco. Habría que seguir buscando un rato más. ¡Salud, Enno!
—¡Salud, Emil! ¿Y por qué no buscas un poco más? La noche es larga y nosotros no pagamos la factura de la luz. Pero quería preguntarte una cosa: ¿dónde piensas llevar tus maletas?
—¿Cómo? ¿Qué quieres decir, Enno?
—Que adónde piensas llevarlas. ¿A tu casa?
—¿Qué te figuras, que voy a llevarlas a la oficina de objetos perdidos? Pues claro que me las llevaré a casa, con mi Otti. Y mañana temprano las transportaré a la calle Münz y venderé todo el botín a precio de saldo, para que el pajarito vuelva a trinar.
Enno frota ruidosamente el corcho contra el cuello de la botella.
—¡Escucha mejor cómo trina este pájaro! ¡Salud, Emil! Pero si yo fuera tú, no lo llevaría a casa y menos con tu mujer… ¿qué necesita saber tu mujer de tus ingresos adicionales? No, si yo fuera tú, haría lo que yo, llevar las maletas a la estación Stettiner, a consigna, y enviarme a mí mismo el resguardo, pero a una lista de correo. Así nunca me encontrarían nada ni podrían probar nada.
—No está mal pensado, Enno —replica Barkhausen con tono lisonjero—. ¿Y cuándo volverás a por los trastos?
—¡Pues cuando no haya moros en la costa, Emil, es evidente!
—¿Y de qué vivirás mientras tanto?
—Ya te lo he dicho, me iré a casa de Tutti. En cuanto le cuente el asunto que tengo entre manos, me acogerá cariñosa con una sonrisa de oreja a oreja.
—Bien, muy bien. —Barkhausen asiente—. Y cuando vayas a Stettiner, yo iré a la estación Anhalter. Eso llama menos la atención, ¿sabes?
—¡Tampoco está mal pensado, Emil, tú también tienes muy buena cabeza!
—Uno se relaciona con gente —responde Barkhausen, humilde—. Uno escucha esto y aquello. Las personas son como las vacas, siempre aprenden algo nuevo.
—¡Cuánta razón tienes! ¡Salud, Emil!
—¡Salud, Enno!
Durante un rato se miran en silencio satisfechos, y de vez en cuando echan un trago. Entonces dice Barkhausen:
—Si te vuelves, Enno, aunque no tiene por qué ser ahora, verás detrás de ti una radio que tiene como mínimo diez tubos. Me gustaría mucho llevármela.
—¡Entonces no te lo pienses dos veces, Emil! Una radio siempre es buena, para quedársela y para venderla. Una radio siempre es buena.
—En ese caso intentemos meter ese chisme en una maleta y luego rellenaremos todo alrededor con ropa.
—¿Tiene que ser ahora mismo o echamos antes otro traguito?
—Aún podemos permitírnoslo, Enno. ¡Pero solo uno!
Así que se permiten otro trago, y dos y tres, y después se ponen de pie muy despacio y se esfuerzan por meter un gran aparato de radio de diez tubos en una
maleta apenas apta para un receptor popular[3]. Al cabo de un rato de duro trabajo, Enno exclama:
—¡Que no cabe, que no cabe! Olvídate de esta vieja radio de mierda, Emil, es mejor que te lleves una maleta llena de trajes.
—Pero es que a mi Otti le gusta escuchar la radio.
—Creía que no pensabas contarle nada de este asunto a tu costilla. ¡Estás borracho, Emil!
—¿Y tú y tu Tutti? ¡Vosotros dos sí que estáis borrachos! ¿Dónde tienes a tu Tutti?
—¡Está pimplando! ¡Y de qué manera! —Y vuelve a frotar el gollete con el corcho mojado—. ¡Echemos otro trago!
—¡Salud, Enno!
Beben, y Barkhausen prosigue:
—Pero me gustaría llevarme la radio. Si el maldito cacharro no quiere entrar en la maleta, me colgaré la caja al cuello con una cuerda. Eso me permitirá tener las manos libres.
—¡Hazlo, hombre! Bueno, en ese caso vamos a empaquetarlo todo.
—Eso, manos a la obra. ¡Ya va siendo hora!
Pero se quedan parados con una sonrisa estúpida en la boca.
—Bien pensado —comienza a decir Barkhausen—, la vida es bella. Mira todas estas cosas buenas —asiente con una inclinación de cabeza—, y nosotros podemos coger lo que se nos antoje, y encima hacemos una buena obra quitándoselo a una judía que lo ha conseguido todo robando…
—Qué razón tienes, Emil… hacemos una buena obra, para el pueblo alemán y para nuestro Führer. Son los buenos tiempos que él nos prometió.
—¡Y nuestro Führer cumple su palabra, Enno, vaya si la cumple!
Se miran conmovidos, con lágrimas en los ojos.
—¿Qué estáis haciendo aquí vosotros dos? —inquiere una voz dura desde la puerta.
Los dos hombres se sobresaltan y ven a un muchacho menudo con uniforme pardo.
Entonces Barkhausen hace a Enno una señal de asentimiento lenta y triste.
—Ese es el señor Baldur Persicke, del que ya te hablé, Enno. ¡Ahora empiezan los problemas!