Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 4 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 4

TRUDEL BAUMANN REVELA UN SECRETO

 

A Otto Quangel le costó conseguir que avisasen a Trudel Baumann para que saliera a reunirse con él; en cambio, le resultó fácil entrar en la fábrica. Porque allí —dicho sea de paso, igual que en la fábrica de Quangel— no solo trabajan a destajo, sino que cada equipo tiene que conseguir un determinado cupo de trabajo, así que a menudo cada minuto es importante.

Otto Quangel tiene éxito, al fin y al cabo el otro es jefe de taller, como él mismo. Es difícil denegar algo así a un colega, sobre todo cuando su hijo acaba de caer. Porque Quangel ha tenido que contarlo para poder ver a Trudel. En consecuencia, también tendrá que decírselo a ella, en contra del ruego de su mujer, pues de lo contrario se enteraría por el jefe de taller. Ojalá no haya gritos ni desmayos. En realidad el comportamiento de Anna ha sido milagroso… en fin, Trudel también es una mujer fuerte.

Ahí llega por fin y Quangel, que jamás ha mantenido otra relación salvo con su mujer, tiene que reconocer que la joven, con su cabeza de cabellos oscuros rizados, alborotados, su rostro redondo al que ningún trabajo fabril ha podido arrebatar sus frescos colores, sus ojos risueños y el pecho erguido, es una preciosidad. Incluso ahora que, debido al trabajo, viste largos pantalones azules y un viejo suéter muy remendado cubierto de restos de hilo, resulta atractiva. Pero lo más bonito en ella es quizá su forma de moverse, llena de vida, parece complacerse en cada paso: rebosa alegría de vivir.

En realidad, parece un milagro, piensa de pasada Otto Quangel, que un soseras como Otto, un hijito tan mimado por su mamá, consiguiera una chica tan maravillosa. Pero, se corrige al instante, ¿qué sé yo de Otto? Nunca me fijé mucho en él. Tiene que haber sido completamente distinto a lo que yo pensaba. Y de radios la verdad es que sabía un montón, todos los jefes se lo disputaban.

—Hola, Trudel —saluda tendiéndole la mano en la que ella, con un ademán rápido y vigoroso, desliza la suya, cálida y suave.

—Hola, padre —contesta—. Bueno, ¿qué es lo que pasa? ¿Es que mamá tiene otra vez nostalgia de mí o ha escrito Otto? Procuraré ir a veros lo antes posible.

—Tiene que ser esta misma tarde, Trudel —precisa Otto Quangel—. La verdad es que…

Pero no acaba la frase. Con rapidez, a su modo, Trudel mete la mano en el bolsillo del pantalón azul y saca una agenda de bolsillo que hojea. Solo escucha a medias, no es el momento adecuado para decírselo. Así que Quangel espera, impaciente, a que ella haya encontrado lo que busca.

El encuentro entre ambos se desarrolla en un largo pasillo con corrientes de aire y paredes enlucidas completamente cubiertas de carteles. Sin darse cuenta, la mirada de Quangel cae sobre uno que cuelga torcido detrás de Trudel. Lee unas palabras, el titular impreso en letras muy gordas: «En nombre del pueblo alemán», después tres nombres y: «Han sido condenados a la horca por crimen de alta traición y sedición. La ejecución se ha llevado a cabo esta mañana en la prisión de Plötzensee».

Sin darse cuenta, agarra a Trudel con las dos manos y la aparta hasta que ya no está delante del cartel.

—¿Qué pasa? —pregunta, sorprendida.

Después sus ojos siguen la dirección de su mirada y también ella lee el cartel. Hace un ruido que puede significar cualquier cosa: protesta contra lo leído, rechazo al comportamiento de Quangel, indiferencia, pero de todos modos no regresa a su posición anterior. Mientras se guarda de nuevo la agenda en el bolsillo, dice:

—Esta tarde es imposible, padre, pero mañana a eso de las ocho me pasaré por vuestra casa.

—¡Tiene que ser esta tarde, Trudel! —insiste Otto Quangel—. Han llegado noticias de Otto. —Su mirada se vuelve más penetrante todavía, ve cómo la sonrisa desaparece del rostro de la joven—. Otto ha caído, Trudel.

Es extraño: del pecho de Trudel se escapa ahora el mismo sonido que profirió Otto Quangel al recibir la noticia, un profundo «¡Oh…!». Durante un instante mira al hombre con los ojos llenos de lágrimas y los labios temblorosos; después gira la cara hacia la pared, apoya la frente contra ella. Llora en silencio. Quangel ve el temblor de sus hombros, pero no oye sonido alguno.

¡Muchacha valiente!, piensa. ¡Hay que ver lo que quería a Otto! Este también fue valiente a su modo, jamás colaboró con esos mierdas, no dejó que las Juventudes Hitlerianas lo azuzaran contra sus padres, siempre se opuso a jugar a soldados y a la guerra. ¡Esta maldita guerra!

Se detiene, asustado por lo que acaba de pensar. ¿Será que también está cambiando él? Porque eso ha sido casi igual que lo de «tú y tu Hitler» de Anna.

Entonces ve que Trudel apoya la frente en el cartel del que acaba de apartarla hace un momento. Por encima de su cabeza se lee en negrita: «En nombre del pueblo alemán», su frente tapa los nombres de los tres ahorcados…

Y en su fuero interno surge una visión: un día podría colgar en las paredes un cartel parecido con los nombres de Anna, Trudel y el suyo. Sacude la cabeza, disgustado. Él es un simple obrero que únicamente desea tranquilidad, que no quiere saber nada de política, Anna solo se ocupa de su casa y una chica tan preciosa como Trudel seguro que no tardará en encontrar otro novio…

La visión, sin embargo, es tenaz, persistente. Nuestros nombres en la pared, piensa él completamente confundido. ¿Y por qué no? Colgar de la horca tampoco es peor que caer destrozado por una granada o reventar de un tiro en la barriga. Todo eso carece de importancia. Lo único importante es: Tengo que averiguar qué ocurre con Hitler. Un momento antes todo parecía ser bueno, y ahora de repente todo es malo. De repente solo veo represión y odio y coacción y dolor, tanto dolor… Unos miles, dijo ese espía cobarde, el tal Barkhausen. ¡Como si el número fuera lo principal! Si una sola persona sufre injustamente y yo, pudiendo evitarlo, no lo hago por cobardía y porque amo demasiado mi tranquilidad, entonces…

Llegado a este punto ya no se atreve a seguir pensando. Le da miedo, auténtico miedo, adónde puede conducirlo esa idea. ¡Tendría que cambiar toda su vida!

En lugar de eso vuelve a mirar a la chica encima de cuya cabeza se lee: «En nombre del pueblo alemán». No debería llorar apoyada precisamente en ese cartel, gira sus hombros para alejarla de la pared y dice lo más suavemente que puede:

—Vamos, Trudel, apoyada en ese cartel no…

Durante un instante ella observa las palabras impresas sin comprender. Sus ojos están secos de nuevo, sus hombros ya no tiemblan. La vida retorna a su mirada, la cual ya no despide el antiguo brillo alegre con el que ha entrado en el pasillo, sino un fulgor oscuro. Coloca su mano con firmeza y también con ternura sobre la palabra «ahorcados».

—Jamás olvidaré, padre —dice—, que he llorado por Otto justo delante de un cartel así. A lo mejor… no me gustaría… pero tal vez algún día también figure mi nombre en un papelucho de estos.

Lo mira de hito en hito. Él tiene la impresión de que no sabe bien lo que dice.

—¡Muchacha! —exclama asustado—. ¡Vuelve en ti! ¿Cómo vas tú, y en semejante cartel…? Eres joven, tienes toda la vida por delante. Volverás a reír, tendrás hijos…

Ella niega, tozuda, con la cabeza.

—No tendré hijos mientras no sepa con seguridad que no me los van a matar de un tiro. Mientras cualquier general pueda decir: ¡Marcha y revienta! Padre — continúa mientras estrecha con fuerza la mano de él entre las suyas—, padre, ¿de verdad puedes seguir viviendo igual que hasta hoy ahora que han matado a tiros a tu Otto?

La muchacha le dirige una mirada penetrante, y de nuevo intenta resistirse contra ese algo desconocido que se va infiltrando en él.

—Los franceses… —murmura.

—¡Los franceses! —exclama ella furiosa—. ¿Es que vas a recurrir a una disculpa así? ¿Y quién invadió a los franceses? ¿Quién fue, padre? ¡Responde!

—Pero ¿qué podemos hacer nosotros? —Otto Quangel se defiende, desesperado, de esa presión—. Nosotros apenas somos unos pocos y ellos tienen muchos millones a su favor, y ahora, después de la victoria contra Francia, todavía más. ¡No podemos hacer absolutamente nada!

—Podemos hacer mucho —susurra—. Podemos sabotear las máquinas, podemos trabajar despacio y mal, podemos arrancar sus carteles y pegar otros en los que digamos a la gente cómo la engañan y le mienten —baja aún más la voz—. Pero lo principal es que nosotros seamos distintos a ellos, que nunca consintamos en ser como ellos, en pensar como ellos. ¡Nosotros no seremos nazis aunque ellos pongan el mundo entero a sus pies!

—¿Y qué conseguiremos con eso, Trudel? —pregunta Otto Quangel en voz baja —. No veo qué vamos a conseguir con eso.

—Padre —replica la joven—, al principio yo tampoco lo entendía, y aún sigo sin entenderlo del todo. Pero, sabes, aquí, en la fábrica, hemos formado en secreto una célula comunista, muy pequeña, tres hombres y yo. Con nosotros hay uno que ha intentado explicármelo. Somos, dice él, como la buena semilla en un sembrado lleno de mala hierba. Si no fuera por la buena semilla todo el sembrado estaría invadido por la mala hierba. Pero la buena semilla puede extenderse…

Se detiene bruscamente, como si acabaran de darle un susto de muerte.

—¿Qué ocurre, Trudel? —le pregunta—. Lo de la buena semilla no es una mala idea. Meditaré sobre el asunto, tengo tanto que meditar en los próximos tiempos.

Ella dice, llena de vergüenza y arrepentimiento:

—Es que se me ha escapado lo de la célula y había jurado solemnemente no revelárselo a nadie.

—No te preocupes por eso, Trudel —contesta Otto Quangel, y sin querer contagia su serenidad a esa criatura atormentada. A Otto Quangel esas cosas le entran por un oído y le salen por el otro—. Ya lo he olvidado. —Dirige una mirada decidida y enconada al cartel—. Aunque viniera toda la Gestapo, no recordaría nada. Y si quieres y te tranquiliza —añade—, a partir de este momento tú ya no nos conoces de nada. Tampoco tienes que venir esta tarde a ver a Anna, ya se lo explicaré yo de algún modo, sin necesidad de palabras.

—No —responde Trudel, recuperando la seguridad—. No, esta tarde me pasaré a ver a madre. Pero tendré que decirles a los demás que me he ido de la lengua, y a lo mejor alguno intenta sonsacarte para comprobar si tú también eres de confianza.

—¡Que vengan si se atreven! —replica Otto Quangel con tono amenazador—. Yo no sé nada. Nunca he tenido nada que ver con la política, en toda mi vida. Adiós, Trudel. Hoy ya no te veré, porque casi nunca regreso del trabajo antes de las doce.

Ella le da la mano y regresa por el corredor al interior de la fábrica. Ya no rebosa de vida, pero sigue pletórica de fuerza. ¡Buena chica!, piensa Quangel. ¡Muchacha valiente!

Después Quangel se queda solo en el corredor con sus carteles, que crujen suavemente por la continua corriente de aire. Se dispone a marcharse. Pero antes hace algo que lo sorprende a él mismo: saluda con una inclinación de cabeza al cartel contra el que ha llorado Trudel… con una resolución enconada.

Momentos después se avergüenza de su acción. ¡Es una arrogancia estúpida! Luego se apresura a regresar a casa. El tiempo apremia, tendrá incluso que coger el tranvía, cosa que aborrece por su sentido del ahorro, rayano a veces en la avaricia.