Solo en Berlín
Cuarta Parte
EL DESENLACE
Capítulo 52
EL INTERROGATORIO DE ANNA QUANGEL
Ocurrió catorce días después de la detención: en uno de los primeros interrogatorios a Anna Quangel, ya restablecida, se le escapó que su hijo Otto estuvo prometido con cierta Trudel Baumann. En aquellos momentos Anna aún no había comprendido que la mención de cualquier nombre era peligrosa, para el mencionado, claro. Porque el círculo de amigos y conocidos de todo detenido era investigado con meticulosa exactitud, se seguía cualquier rastro para que «la pústula purulenta fuera cauterizada por completo».
Su interrogador, el comisario Laub, sucesor de Escherich, un hombre bajo, rechoncho, al que le gustaba golpear el rostro del interrogado utilizando sus dedos huesudos a modo de látigo, siguiendo su costumbre, soslayó al principio este dato y no lo tuvo en cuenta. Sometió a Anna Quangel a un interrogatorio largo y mortalmente fatigoso sobre los amigos y patrones de su hijo, preguntó cosas que ella no podía saber, pero debía, preguntó y preguntó, mientras le azotaba el rostro con sus dedos.
El comisario Laub era un maestro en el arte del interrogatorio, aguantaba diez horas sin interrupción, de modo que la interrogada también tenía que aguantar. Anna Quangel oscilaba de cansancio en su taburete. La enfermedad recién superada, el miedo por el destino de Otto, del que no había vuelto a tener noticias, la ignominia de ser golpeada como un escolar despistado, todo esto la dispersaba, la distraía, mientras el comisario Laub le propinaba otro golpe.
Anna Quangel gimió en voz baja y se cubrió la cara con las manos.
—¡Baje las manos! —vociferó el comisario—. ¡Míreme! ¡Vamos, que es para hoy!
Ella obedeció con una mirada que denotaba miedo. Pero no a él, sino a su propia debilidad.
—¿Cuándo vio por última vez a la susodicha novia de su hijo?
—Hace mucho. No lo sé. Desde que escribíamos las postales. Más de dos años… ¡Oh, no vuelva a pegarme! ¡Piense en su madre! A usted no le gustaría que pegasen a su madre.
Dos, tres golpes seguidos la alcanzaron.
—Mi madre no es una cerda acusada de alta traición como usted. Vuelva a mencionar a mi madre y le enseñaré cómo puedo pegar. ¿Dónde vivía esa chica?
—No lo sé. Mi marido me contó en cierta ocasión que se había casado. Seguro que se habrá mudado.
—Vaya, así que su marido la vio. ¿Y cuándo fue eso?
—No lo sé. Entonces ya escribíamos las postales.
—Y ella colaboraba, ¿verdad? ¿Les ayudaba?
—¡No! ¡No! —gritó la señora Quangel al percatarse, aterrada, de lo que había provocado—. Mi marido —agregó presurosa— se encontró a Trudel en la calle. Entonces ella le contó que se había casado y que ya no iba a la fábrica.
—Bueno… ¿y qué más? ¿A qué fábrica iba?
La señora Quangel mencionó el nombre de la fábrica de uniformes.
—¿Y qué más?
—Eso es todo. No sé nada más. Se lo aseguro, señor comisario.
—¿No le parece un poco raro que la novia del hijo no regresara a casa de sus suegros ni siquiera después de la muerte del novio?
—¡Pero es que mi marido era así! Nosotros nunca nos relacionamos con nadie, y desde que escribimos las postales rompió absolutamente con todo el mundo.
—¡Otra mentira más! ¡Iniciaron la relación con los Heffke cuando escribían las postales!
—Sí, eso es cierto. Lo había olvidado. Pero a Otto tampoco le parecía bien, lo permitió por tratarse de mi hermano. ¡Y cómo despotricaba siempre de los parientes! —Miró con tristeza al comisario y añadió con voz tímida—: ¿Puedo preguntar algo, señor comisario?
—¡Pregunte! Quien pregunta mucho, recibe muchas respuestas —gruñó el comisario Laub.
—Es cierto… —Se interrumpió—. Creo que ayer por la mañana vi a mi cuñada abajo en el pasillo… ¿es verdad que los Heffke también están detenidos?
—¡Otra mentira! —Un golpe duro. Y otro más—. La señora Heffke está en un lugar completamente distinto. No puede haberla visto. Eso se lo ha soplado alguien. ¿Quién se lo ha soplado?
La señora Quangel meneó la cabeza.
—Nadie. Vi a mi cuñada a lo lejos. Ni siquiera tuve la certeza de que fuera ella — suspiró—. Así que ahora también los Heffke están detenidos y eso que no han hecho nada ni sabían nada. Pobrecillos.
—Pobrecillos —se burló el comisario Laub—. ¡No sabían nada de nada! Eso es lo que decís todos. Pero sois delincuentes, y tan cierto como que soy el comisario Laub, os arrancaré la piel a tiras hasta que digáis la verdad. ¿Quién comparte la celda con usted?
—Una mujer, no sé su nombre. Yo la llamo sencillamente Berta.
—¿Cuánto tiempo lleva Berta en la misma celda que usted?
—Desde ayer por la noche.
—Así que es ella la que le sopló lo de los Heffke. Confiéselo, señora Quangel, o haré subir a Berta y la golpearé en su presencia hasta que confiese.
Anna Quangel volvió a negar con la cabeza.
—Conteste sí, o conteste no —repuso ella—, usted, señor comisario, hará subir a Berta y la maltratará. Yo solo puedo decir que he visto a la señora Heffke abajo en la entrada…
El comisario Laub se giró deprisa y soltó un pedo ruidoso en la cara de Anna Quangel. Después se volvió de nuevo y la miró a la cara esbozando una sonrisa sardónica.
—Huélalo usted —dijo—, tengo más de esa clase si usted se pasa de lista. —Y de repente aulló—: ¡Sois basura! ¡Todos vosotros sois basura! ¡Sois todos una mierda! Y no descansaré hasta que todos estéis bajo tierra como la basura que sois. ¡Así acabaréis todos! ¡Todos! ¡Ordenanza, suba a Berta Kuppke!
Pasó una hora atemorizando y golpeando a ambas mujeres, a pesar de que Berta Kuppke reconoció enseguida haber hablado a la señora Quangel de la señora Heffke. Hasta entonces había compartido celda con la señora Heffke. Pero al comisario Laub no le bastó. Quería conocer con precisión hasta la última palabra que habían hablado entre ellas, y eso que solo se habían desahogado contándose sus penas, como suelen hacer las mujeres. Pero él olfateaba por doquier conjuras y alta traición y golpeaba sin cesar mientras preguntaba.
Al final la llorosa Kuppke fue conducida de nuevo al sótano y Anna Quangel volvió a ser la única víctima del comisario Laub. Ahora estaba tan cansada que oía su voz como si viniese desde muy lejos, la figura del hombre se desvanecía ante sus ojos, y los golpes ya no le dolían.
—Entonces, ¿qué sucedió para que la susodicha novia de su hijo dejara de visitarlos?
—No sucedió nada. A mi marido no le gustaban las visitas.
—Pero usted ha reconocido que él se mostró de acuerdo con visitar a los Heffke.
—Los Heffke eran una excepción porque Ulrich es mi hermano.
—¿Y por qué no regresó Trudel a su casa?
—Porque mi marido no quería.
—¿Y cuándo se lo dijo a ella?
—¡No lo sé! Señor comisario, no puedo más. Déjeme descansar media hora. ¡Un cuarto de hora!
—Solo cuando me lo hayas contado. ¿Cuándo prohibió su marido la entrada en casa a la chica?
—Cuando cayó mi hijo.
—¿Lo ves? ¿Y dónde sucedió?
—En nuestra casa.
—¿Y qué motivo adujo?
—Que ya no quería relacionarse con ella. Señor comisario, no puedo más, de veras. ¡Solo diez minutos!
—De acuerdo. Dentro de diez minutos haremos una pausa. ¿Qué razón dio su marido para que Trudel no regresara nunca más?
—Que ya no quería tener ningún tipo de trato con ella. Por entonces ya habíamos pensado lo de las postales.
—¿Así que adujo como motivo que ya tenía pensado lo de las postales?
—No, él jamás habló de eso con nadie.
—¿Entonces qué razón le dio?
—Que no quería tener más relación con ella. ¡Oh, señor comisario!
—Si me dice el verdadero motivo, terminaremos por hoy.
—Pero es que ese es el verdadero motivo.
—No, no lo es. Veo que miente. Si no me dice la verdad, la interrogaré diez horas más. Vamos, ¿qué dijo él? Repítame las palabras que le dijo a Trudel Baumann.
—Ya no las recuerdo. Estaba muy furioso.
—¿Por qué?
—Porque dejé a Trudel Baumann dormir conmigo.
—Pero ¿se lo prohibió después, o la echó inmediatamente?
—No, lo hizo por la mañana.
—¿Se lo prohibió entonces?
—Sí.
—¿Por qué estaba tan furioso?
—Se lo contaré, señor comisario —dijo Anna Quangel haciendo de tripas corazón —. No hago daño a nadie con ello. Yo también oculté en mi casa en secreto durante la noche a una vieja judía, la señora Rosenthal, que después se mató tirándose por una ventana. Por eso se enfureció tanto, y entonces de paso también echó de casa a Trudel.
—¿Por qué se escondió la señora Rosenthal en su casa?
—Porque tenía miedo de estar sola en la suya. Vivía en el piso de arriba del nuestro. Se llevaron a su marido. Y ella tenía miedo. Señor comisario, me ha prometido que…
—Enseguida. Enseguida acabamos. ¿Así que Trudel sabía que tenía escondida a una judía?
—Pero eso no estaba prohibido.
—¡Pues claro que lo estaba! Un ario decente no da cobijo a una cerda judía y una chica decente lo denuncia a la policía. ¿Qué dijo Trudel sobre la judía de vuestra casa?
—Señor comisario, no voy a declarar nada más. Tergiversa todas mis palabras. Trudel no cometió delito alguno. ¡Ella no sabía nada de nada!
—Pero sí que una judía durmió en vuestra casa, ¡eso sí que lo sabía!
—¡Eso no era nada malo!
—No comparto su opinión. Mañana le diré cuatro cosas a Trudel.
—¡Ay, Dios mío! ¿Qué he hecho? —La señora Quangel se echó a llorar—. Ahora también he provocado la desgracia de Trudel. Señor comisario, no le haga nada a Trudel, está embarazada.
—¡No me diga, así que de pronto sabe eso cuando por lo visto lleva dos años sin verla! ¿Cómo se ha enterado?
—Ya le he dicho, señor comisario, que mi marido tropezó con ella en la calle.
—¿Cuándo ocurrió eso?
—Debió de ser hace unas semanas. Señor comisario, me prometió un pequeño descanso. Muy pequeño, por favor. De veras, ya no puedo más.
—¡Solo un momento! Enseguida acabamos. ¿Quién empezó a hablar, Trudel o su marido? Porque ambos estaban enfadados.
—No estaban enfadados, señor comisario.
—¡Su marido le había prohibido la entrada en su casa!
—Pero Trudel no se lo tomó a mal, conoce a mi marido.
—¿Y dónde se vieron?
—Creo que en la calle Kleine Alexander.
—¿Y qué hacía su marido en la calle Kleine Alexander? Usted ha dicho que solo iba y venía de la fábrica.
—Y así es.
—¿Qué hacía en la calle Kleine Alexander? ¿Depositar alguna postal, verdad señora Quangel?
—¡No, no! —exclamó asustada, palideciendo de repente—. Las postales siempre las repartí yo. Siempre sola, él nunca.
—¿Por qué acaba de ponerse tan pálida, señora Quangel?
—Yo no me he puesto pálida. Mejor dicho, sí. Porque me siento mal. ¡Usted quería hacer una pausa, señor comisario!
—Enseguida, en cuanto hayamos aclarado el asunto. ¿Así que su marido fue a depositar una postal y se encontró con Trudel Baumann? ¿Qué dijo ella de las postales?
—¡Pero si no sabía ni una palabra!
—¿Cuando su marido vio a Trudel, llevaba la postal en el bolsillo o ya la había depositado?
—Ya la había depositado.
—Lo ve, señora Quangel, ya nos vamos aproximando al meollo de la cuestión. Ahora cuénteme lo que dijo Trudel Baumann de la postal, y habremos terminado por hoy.
—Pero si ella no pudo decir nada; él ya la había dejado.
—¡Piénselo de nuevo! Noto que me está mintiendo. Si se empecina, mañana temprano seguirá aquí sentada. ¿Por qué se atormenta de forma tan innecesaria? Mañana yo le diré a la cara que ella sabía lo de las postales, y lo admitirá enseguida. ¿Por qué quiere meterse en problemas, señora Quangel? ¿Qué dijo Trudel Baumann sobre las postales?
—¡No, no, no! —gritó la señora Quangel, levantándose de un salto, desesperada —. Ya no diré ni una palabra más. No denunciaré a nadie. Puede decir lo que quiera, puede matarme a golpes: no diré una palabra más.
—Vuelva a sentarse y tranquilícese —le advirtió el comisario Laub propinando unos golpes a la desesperada mujer—. Yo decido cuándo puede usted levantarse. Y también cuándo termina el interrogatorio. Ahora acabaremos de discutir el asunto de Trudel Baumann. Después de confesar que ella cometió un delito de alta traición…
—¡Yo no he confesado eso! —exclamó la mujer atormentada, presa de la desesperación.
—Usted ha dicho que no quiere denunciar a Trudel —repuso el comisario con indiferencia—. Y ahora no cejaré hasta que me diga qué es lo que hay que denunciar.
—Nunca lo diré. ¡Nunca!
—¿Acabáramos? ¿Lo ve, señora Quangel? Es usted tonta. Debe reconocer que mañana le sonsacaré a Trudel Baumann con total facilidad lo que deseo saber. Una mujer embarazada no resistirá mucho un interrogatorio. En cuanto le sacuda un par de…
—¡No puede usted pegar a Trudel! ¡No puede hacerlo! ¡Ay, Dios mío, ojalá no hubiera mencionado nunca su nombre!
—Pero lo ha mencionado. Y le facilitará mucho las cosas a su Trudel si lo confiesa todo. Vamos, dígame, señora Quangel: ¿qué dijo Trudel de las postales?
Y más tarde:
—Podría enterarme de todo por Trudel, pero quiero que me lo cuente usted misma. ¡No cejaré hasta que lo haga! Tiene que aprender que no es más que una mierda ante mí. Tiene que aprender que todos sus propósitos de mantener la boca cerrada son inútiles. Tiene que aprender que, a pesar de toda su palabrería sobre la lealtad y su negativa a denunciar, usted no vale nada. ¡Usted no es nada! Bueno, señora Quangel, ¿qué se apuesta a que dentro de una hora oiré de sus labios la relación de Trudel con las postales? ¿Apuesta?
—¡No, no! ¡Nunca!
Por supuesto que el comisario Laub lo supo, y antes de una hora.