Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 8 de 82

Páginas del PDF

Solo en Berlín

Capítulo 8

PEQUEÑAS SORPRESAS

 

Mientras los dos borrachos hablan entre ellos, toda la facción masculina de la familia Persicke se ha congregado en la habitación. Muy cerca de Enno y Emil está el bajo y nervudo Baldur, los ojos echando chispas detrás de las lentes muy pulidas, un poco más atrás los dos hermanos con sus uniformes negros de las SS, pero sin gorras, y cerca de la puerta, como si desconfiase, el viejo extabernero Persicke. También la familia Persicke está alcoholizada, pero en ella el licor ha ejercido un efecto radicalmente distinto que sobre los dos ladrones. Ellos no se han vuelto sentimentales, estúpidos y olvidadizos, sino que su dureza, avidez y brutalidad naturales han aumentado aún más.

Baldur Persicke pregunta con tono rudo:

—¡Vamos, que es para hoy! ¿Qué estáis haciendo aquí vosotros dos? ¿O es que acaso es vuestra vivienda?

—¡Pero, señor Persicke! —exclama Barkhausen con voz atribulada.

Baldur simula no haber reconocido al hombre hasta ese momento.

—¡Caramba, pero si es Barkhausen, el del sótano interior! —exclama muy asombrado dirigiéndose a sus hermanos—. ¿Qué está haciendo aquí, señor Barkhausen? —Su asombro se transforma en burla—. ¿No sería mejor que se ocupara un poco —sobre todo en plena noche— de su mujer, la buena de Otti? He oído que se celebran fiestas con hombres de mucha categoría, y que al parecer sus hijos van haciendo eses por el patio hasta muy entrada la noche. ¡Lleve a sus hijos a la cama, Barkhausen!

—¡Problemas! —murmura este—. Lo supe nada más ver a esta serpiente con gafas: problemas —y vuelve a asentir apesadumbrado mirando a Enno.

Enno Kluge parece un idiota. Se tambalea suavemente sobre sus pies, sostiene la botella de coñac en la mano, que cuelga floja, y no entiende ni una palabra de la conversación.

Barkhausen se dirige de nuevo a Baldur Persicke. Su tono ya no es tan apesadumbrado sino un tanto acusador, de repente se siente muy ofendido.

—Si mi esposa hace algo que no está bien, yo respondo de ello, señor Persicke — afirma—. Soy el marido y padre… según la ley. ¡Y si mis hijos están borrachos, usted también lo está, y usted también es un niño todavía, sí señor, eso es usted, caramba!

Mira enfadado a Baldur, y este le devuelve una mirada relampagueante. Después hace una seña imperceptible a sus hermanos para que estén preparados.

—¿Y qué hace aquí, en el piso de la Rosenthal? —pregunta con voz acerada el Persicke más joven.

—¡Pero si es justo lo que acordamos! —asegura ahora afanoso Barkhausen—. Todo según lo acordado. Yo y mi amigo nos vamos ahora mismo. La verdad es que ya nos íbamos. Él a la estación de Stettin, yo a la de Anhalter. Dos maletas cada uno, queda de sobra para ustedes.

Farfulla las últimas palabras, medio adormilado.

Baldur lo observa con atención. Quizá no sea necesario recurrir a la violencia, pues esos dos tipos están borrachos como cubas. Pero su cautela le previene. Agarra a Barkhausen por el hombro y pregunta sin contemplaciones:

—¿Quién es este hombre? ¿Cómo se llama?

—Enno —contesta Barkhausen con la lengua estropajosa—. Es mi amigo Enno…

—¿Y dónde vive tu amigo Enno?

—No lo sé, señor Persicke. Es solo de la taberna. Un amigo de barra. Del local Los Rezagados.

Baldur ha tomado una decisión. De repente golpea con el puño el pecho de Barkhausen y este cae de espaldas sobre los muebles y la ropa con un leve grito.

—¡Maldito cerdo! —vocifera—. ¿Cómo te atreves a llamarme serpiente con gafas? ¡Yo te enseñaré lo niño que soy!

Pero sus insultos carecen de sentido, esos dos ya no lo oyen. Los hermanos de las SS se han abalanzado sobre ellos y han noqueado a ambos con un golpe brutal.

—Bien —dice Baldur complacido—. Dentro de una horita entregaremos a la policía a estos dos ladrones que hemos pillado con las manos en la masa. Entretanto bajaremos todo lo que podamos necesitar. ¡Pero nada de hacer ruido por la escalera! He estado escuchando, pero no he oído que el viejo Quangel haya regresado a casa después de su turno de tarde.

Los dos hermanos asienten. Baldur observa primero a las víctimas inconscientes y ensangrentadas, después las maletas, la ropa, la radio. De repente sonríe. Se gira hacia su padre:

—¿Qué, padre, cómo he manejado el asunto? ¡Tú y tu eterno miedo! Ves cómo…

Pero se interrumpe. En la puerta no está, como esperaba, su padre, pues ha desaparecido sin dejar rastro. Su lugar lo ocupa el jefe de taller Quangel, ese hombre de perspicaz y fría cara de pájaro, que lo observa en silencio con sus ojos oscuros.

Cuando Otto Quangel volvió a casa de su turno de tarde —a pesar de que se había hecho muy tarde por culpa del retraso, no había cogido el tranvía, podía ahorrarse esos céntimos—, al llegar delante del edificio vio que pese a la orden de oscurecimiento la casa de la señora Rosenthal tenía la luz encendida. Al fijarse con más detenimiento comprobó que también había luz en casa de los Persicke y debajo, en el piso de Fromm, porque brillaba en los bordes de las persianas. En el piso del juez del Tribunal Cameral Fromm, del que no se sabía con exactitud si se había jubilado en 1933 por edad o por los nazis, siempre permanecía la luz encendida durante la mitad de la noche, en él no era raro. Y los Persicke debían de estar celebrando todavía la victoria sobre Francia. Pero el hecho de que la vieja Rosenthal tuviera la luz encendida y además en todas las ventanas, no encajaba. La vieja señora era tan miedosa y estaba tan aterrorizada que jamás iluminaría así su casa.

¡Aquí hay gato encerrado!, pensó Otto Quangel mientras abría con llave la puerta del portal y comenzaba a subir las escaleras despacio. Como de costumbre, no encendió la luz, él no solo era ahorrativo, es decir, cuidadoso, consigo mismo, sino con todos, incluido el casero. ¡Aquí hay gato encerrado! Pero ¿a mí qué me importa? ¡La gente me trae sin cuidado! Vivo para mí solo. Con Anna. Solo nosotros dos. Además, a lo mejor la Gestapo está ahora ahí arriba, registrando el domicilio. ¡Menuda gracia tendría presentarme de improviso! No, me voy a la cama…

Pero su sentido de la precisión, que casi cabría denominar ya sentido de la justicia, tan potenciado por el reproche «tú y tu Hitler», juzgó muy mezquino ese resultado de sus reflexiones. Ahora estaba esperando, llave en mano, delante de la puerta de su casa, la cabeza levantada. La puerta tenía que estar abierta, había una claridad crepuscular allí arriba, también escuchó una voz dura. Una anciana completamente sola, pensó con sorpresa súbita. Sin protección. Sin compasión…

Fue en ese momento cuando una mano de hombre pequeña, pero fuerte, salió de la oscuridad cogiéndolo del pecho y girándolo hacia la escalera. Una voz educada, muy cortés, explicó:

—Por favor, vaya usted delante, señor Quangel. Yo lo seguiré y apareceré en el momento adecuado.

Quangel ascendió por la escalera sin vacilar, tal era la fuerza de convicción que residía en esa mano y en esa voz. Solo puede haber sido el viejo consejero Fromm, pensó. Qué sigiloso. Creo que en todos los años que llevo viviendo aquí no lo he visto de día ni veinte veces, ¡y ahora resulta que le gusta deslizarse por la escalera en plena noche!

Mientras pensaba esto, subió las escaleras sin vacilar y llegó al piso de la Rosenthal. Vio cómo ante su aparición una figura gruesa —con toda seguridad el viejo Persicke— se retiraba precipitadamente a la cocina, también tuvo ocasión de oír las últimas palabras de Baldur sobre el manejo del asunto, y que no se podía tener miedo eternamente… Ahora estaban en silencio frente a frente los dos, Baldur y Quangel.

Durante un instante el propio Baldur Persicke creyó que todo estaba perdido. Pero después recordó uno de sus máximas vitales: el descaro vence, de modo que dijo con tono desafiante:

—Se ha quedado pasmado, ¿eh? Pero ha llegado un poco tarde, señor Quangel, ya hemos pillado y capturado a los ladrones. —Hace una pausa, pero Quangel calla. Algo más débilmente, Baldur prosigue—: Por cierto, parece que uno de los dos cuervos es Barkhausen, el que consiente aquí, en el patio de nuestra casa, un burdel.

La mirada de Quangel sigue el dedo acusador de Baldur.

—Sí —contesta muy seco—, uno de los cuervos es Barkhausen.

—Pero, vamos a ver —inesperadamente se escucha la voz de Adolf Persicke, el hermano de las SS—. ¿Qué hace usted aquí plantado mirando como un pasmarote? Sería mejor que fuese a denunciar el robo en comisaría, Quangel, para que vengan a buscar a estos dos pájaros. Mientras tanto nosotros vigilaremos.

—¡Cállate, Adolf! —sisea Baldur, irritado—. ¡Deja de darle órdenes a Quangel! El señor Quangel sabe de sobra lo que tiene que hacer.

Pero en ese momento Quangel ignora justamente eso. De haber estado solo, habría tomado en el acto una decisión. Pero había notado esa mano en su pecho, esa cortés voz masculina; él no se imaginaba lo que se proponía el antiguo juez del Tribunal Cameral. No quería estropearle su juego. Ojalá supiera…

Pero en ese preciso instante aparece en escena el viejo caballero, no a su lado, como esperaba Quangel, sino procedente del interior de la vivienda. De repente surge entre ellos como una aparición espectral, pegándole a los Persicke otro susto aún mayor.

Dicho sea de paso, el anciano tenía un aspecto de lo más raro. Su figura delicada, de mediana estatura, iba completamente envuelta en una bata de seda negro azulada, con los bordes ribeteados en seda roja y cerrada con grandes botones de madera rojos. El viejo señor lucía una perilla canosa y un bigote blanco muy recortado sobre el labio superior. Su cabello, muy ralo y todavía castaño, estaba cuidadosamente peinado sobre el cráneo pálido aunque no lograba ocultar del todo su desnudez. Detrás de las gafas estrechas con montura de oro, en medio de mil arruguitas, relucían unos ojos satisfechos y burlones.

—No, caballeros —dijo con soltura, pareciendo reanudar una conversación iniciada hacía mucho y muy satisfactoria para todos—. No, caballeros, la señora Rosenthal no está en la vivienda. Pero quizá uno de los jóvenes señores Persicke no tenga inconveniente en acudir al baño. Su padre no parece encontrarse muy bien. Al menos no para de intentar ahorcarse allí con una toalla. No he logrado disuadirle de tal proceder…

El juez del Tribunal Cameral sonríe, pero los dos Persicke mayores abandonan la habitación con tanta precipitación que casi resulta gracioso. El joven Persicke, sin embargo, se ha quedado muy pálido y muy sereno. El anciano que acaba de entrar en la habitación y que se expresa con tal ironía es un hombre cuya superioridad reconoce sin ambages hasta Baldur. No se las da de superior, lo es de verdad. Baldur Persicke dice casi suplicante:

—Comprenda usted, señor juez del Tribunal Cameral, mi padre, reconozcámoslo sin rodeos, está completamente bebido. La capitulación de Francia…

—Lo comprendo, lo comprendo perfectamente —asiente el antiguo juez con un ademán tranquilizador—. Todos somos humanos, solo que no todos nos ahorcamos cuando nos embriagamos. —Calla un instante y con una sonrisa añade—: Como es natural, también ha hablado por los codos, pero ¿quién hace caso de la verborrea de un borracho? —Sonríe de nuevo.

—¡Señor consejero! —exclama suplicante Baldur Persicke—. ¡Se lo ruego, tome este asunto en sus manos! Ha sido usted juez, sabe lo que hay que hacer…

—No, no —rechaza el juez con tono decidido—. Soy un anciano enfermo. — Aunque no lo parece en absoluto. Al contrario: su aspecto es rozagante—. Además, llevo una vida completamente retirada, apenas mantengo relación con el mundo. Pero usted, señor Persicke, y su familia son los que han sorprendido a los dos ladrones. Ustedes los entregarán a la policía y pondrán a buen recaudo los bienes de esta vivienda. En mi rápida ronda me he formado una pequeña idea. Por ejemplo, he contado diecisiete maletas y veintiuna cajas. Y otras cosas más. Y otras cosas más…

Habla cada vez más despacio. Con más lentitud. En ese momento agrega con ligereza:

—No me extrañaría nada que la captura de ambos ladrones les acarrease fama y honor a usted y a su familia.

El consejero calla. Baldur está muy pensativo. Sí, también existe esa posibilidad… ¡menudo viejo zorro está hecho este Fromm! Sin duda lo sabe todo, seguro que su padre se ha ido de la lengua, pero no quiere líos, no quiere saber nada del asunto. No supone el menor peligro. ¿Y Quangel, el viejo jefe de taller? Este no se ha ocupado jamás de ningún vecino de la casa, nunca ha saludado a nadie, jamás ha cruzado una palabra con nadie. Quangel es un auténtico trabajador viejo, extenuado, agotado, ya sin ideas propias en la cabeza. Seguro que no causará molestias innecesarias. Es completamente inofensivo.

Quedan los dos imbéciles borrachos que están ahí tirados. Como es natural, es posible entregarlos a la policía y negar todo lo que Barkhausen pueda contar sobre instigación. Seguro que no le prestarán el menor crédito si declara en contra de miembros del Partido, de las SS, de las Juventudes Hitlerianas. Y después habrá que denunciar el caso a la Gestapo. Entonces acaso les entreguen de manera del todo legal parte de esas cosas de las que sería ilegal y peligroso apoderarse en ese momento. Y encima merecerían reconocimiento.

Un camino tentador. Pero quizá sea preferible dejar correr el asunto por el momento. Poner unos esparadrapos a Barkhausen y al tal Enno y despedirlos con unos marcos. Seguro que no hablarán. Cerrar el piso tal como está, tanto si la Rosenthal regresa como si no. A lo mejor es posible hacer algo más adelante… Tiene la impresión y casi la certeza de que las medidas contra los judíos se endurecerán más todavía. Aguardar y tomarse un té. Dentro de medio año quizá se puedan hacer cosas que hoy son imposibles. Ellos, los Persicke, han mostrado su punto flaco en demasía. No es que vayan a actuar contra ellos, pero en el Partido andarán en boca de todo el mundo. Ya no serán de fiar.

Baldur Persicke dice:

—Estoy por dejar a estos dos tipos que se vayan. Me dan pena, señor juez, no son más que dos pequeños granujas de tres al cuarto.

Mira a su alrededor, está solo. Tanto el juez del Tribunal Cameral como el jefe de taller han desaparecido. Tal como había pensado: no quieren tener nada que ver con el asunto. Es la postura más astuta. Baldur hará lo mismo, por mucho que despotriquen sus hermanos.

Con un profundo suspiro dedicado a todas esas cosas bonitas a las que se ve obligado a renunciar, Baldur se dirige a la cocina para intentar que su padre recupere el juicio y sus hermanos renuncien a lo ya conseguido.

Entretanto, en la escalera, el juez del Tribunal Cameral le dice al jefe de taller Quangel, que lo ha seguido en silencio:

—Y si tiene usted dificultades debido a la señora Rosenthal, señor Quangel, diríjase a mí. Buenas noches.

—¿Qué me importa a mí la señora Rosenthal? ¡No la conozco de nada! —protesta Quangel.

—En ese caso ¡buenas noches, señor Quangel! —Y el consejero desaparece por la escalera abajo.

Otto Quangel abre la puerta de su oscuro piso.