Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 38 de 82

Páginas del PDF

Solo en Berlín

Capítulo 38

EL SEGUNDO AVISO

 

Una mañana de domingo, la señora Anna dijo, vacilante:

—Otto, creo que tendríamos que volver a ver a mi hermano Ulrich. Ya sabes que nos toca a nosotros. Hace ocho semanas que no hemos aparecido por casa de los Heffke.

Otto Quangel levantó la vista de su escritura.

—Muy bien, Anna. —Accedió—. Entonces, el próximo domingo. ¿Te parece bien?

—Preferiría que fuera este domingo. Creo que nos esperan.

—A ellos les da igual un domingo que otro. No tienen un trabajo extra como nosotros, esos mosquitas muertas.

Y soltó una risita burlona.

—Pero es que Ulrich cumplió años el viernes. —Objetó la señora Quangel—. Le he preparado una pequeña tarta que me gustaría llevarle. Seguro que nos esperan hoy.

—Pues la verdad es que a mí me apetece escribir otra carta además de esta postal —precisó Quangel de mala gana—. Lo he decidido así, y ya sabes que no me gusta cambiar de planes.

—¡Por favor, Otto!

—Anna, ¿no puedes ir sola y decirles que estoy con reúma? Ya lo hiciste una vez.

—Precisamente por eso no me gustaría repetirlo —adujo Anna—. Hoy que celebra su cumpleaños…

Quangel miró el rostro suplicante de su mujer. Le apetecía hacerle ese favor, pero la idea de abandonar su salita lo ponía de mal humor.

—Hoy quería escribir una carta, Anna. Una carta importante de verdad. Se me ha ocurrido una idea… Seguro que provocará un efecto tremendo. Además, ya me conozco todas vuestras historias infantiles, me las sé de memoria. Me aburro tanto con los Heffke… No tengo nada que hablar con él, y tu cuñada parece siempre petrificada. No tendríamos que haber recuperado la relación con los parientes, los parientes son un horror. ¡Nosotros nos bastamos y nos sobramos!

—De acuerdo, Otto —accedió ella—, la de hoy será nuestra última visita. Te prometo que nunca volveré a pedírtelo. Solo hoy, pues ya he preparado la tarta y Ulrich celebra su cumpleaños. ¡Solo esta única vez! Por favor, Otto.

—Hoy no me apetece nada —comentó.

Pero vencido por sus ojos suplicantes, gruñó finalmente:

—Vale, Anna, lo pensaré. Si de aquí a mediodía consigo escribir dos postales…

Y lo consiguió antes del mediodía, de modo que los Quangel abandonaron su vivienda hacia las tres de la tarde. Pensaban viajar en metro hasta la plaza Nollendorf, pero Quangel propuso a su mujer apearse poco antes de la calle Bülow, quizá pudieran hacer algo allí.

Esta, sabedora de que su marido llevaba las dos postales en el bolsillo, lo entendió al momento y asintió.

Bajaron un trecho por la calle Potsdamer sin hallar un edificio adecuado. Después tuvieron que doblar a la derecha para adentrarse en la calle Winterfeldt, o se habrían desviado mucho de la casa del cuñado. Y de nuevo buscaron.

—Esta zona no es tan buena como la nuestra —dijo Quangel descontento.

—Y hoy es domingo —precisó ella—. ¡Ten mucho cuidado!

—Siempre lo tengo —contestó, y añadió—: Voy a entrar ahí.

Y antes de que su mujer pudiera decir algo, desapareció en el interior del edificio.

Para Anna comenzaron entonces unos minutos de espera, esos minutos siempre nuevos y torturadores en los que temía por Otto y sin embargo no podía hacer nada más que esperar.

¡Dios mío, esta casa tiene muy mala pinta!, pensaba al contemplar el edificio. Ojalá vaya todo como la seda. Quizá no habría debido convencerlo para venir aquí. No le apetecía nada, se lo he notado. Y no era solo por la carta que quería escribir. ¡Si hoy le sucede algo, me lo reprocharé toda la vida! Ahí viene Otto…

Pero no era Otto quien salía del edificio, sino una señora que pasó junto a Anna mirándola fijamente.

¿Me ha mirado con desconfianza? Casi me lo ha parecido. ¿Habrá sucedido algo dentro del edificio? ¡Otto lleva ahí un buen rato, por lo menos diez minutos! Qué va, si esto ya lo sé por otras veces: cuando estás esperando delante de un edificio, el tiempo se te hace eterno. ¡Gracias a Dios, ahí está Otto!

Quiso ir hacia él… pero se detuvo.

Porque Otto no había salido solo del edificio, pues iba acompañado de un hombre muy alto que vestía un abrigo negro con cuello de terciopelo y tenía la mitad del rostro deformada por un gigantesco angioma con protuberantes cicatrices. Ese hombre portaba en la mano una gruesa cartera negra. Sin cruzar palabra entre ellos, ambos pasaron junto a Anna, a la que del susto se le había parado el corazón, en dirección a la plaza Winterfeldt. Ella los siguió temblando como un flan.

Pero ¿qué ha sucedido? Se preguntaba muerta de miedo. ¿Quién es ese hombre que va con Otto? ¿Será de la Gestapo? ¡Tiene un aspecto espantoso con ese angioma! No hablan ni una palabra entre ellos… ¡ay, Dios, ojalá no hubiera convencido a Otto! ¡Ha fingido no conocerme, así que debe de estar en peligro! ¡Esa desdichada postal!

De pronto Anna ya no aguantó más. No soportaba más tiempo esa torturante incertidumbre. Con una decisión inusual en ella, adelantó a los dos hombres y se detuvo.

—¡Señor Berndt! —exclamó tendiendo la mano a Otto—. ¡Cuánto me alegro de encontrarlo! Tiene que venir ahora mismo a nuestra casa. Tenemos una tubería rota en la conducción de agua, toda la cocina está inundada… —Se interrumpió, le pareció que el hombre del angioma le dedicaba una mirada muy rara, muy sarcástica, muy despectiva.

Pero Otto repuso:

—Enseguida acudiré a su casa. Solo quiero acompañar al doctor a ver a mi mujer.

—Yo puedo adelantarme solo —dijo el hombre del angioma. Calle Von Einem, 17, ha dicho usted, ¿verdad? Bien. Confío en que no tarde mucho en alcanzarme.

—Dentro de un cuarto de hora, doctor, dentro de un cuarto de hora como mucho estaré allí. Primero iré a cerrar la llave de paso.

Y diez pasos más allá apretó el brazo de Anna contra su pecho en una muestra de ternura completamente inusual.

—¡Lo has hecho de maravilla, Anna! No sabía cómo librarme de ese tipo. ¿Cómo se te ha ocurrido esa idea?

—¿Quién era? ¿Un médico? Creí que pertenecía a la Gestapo y ya no he podido soportar más tiempo la incertidumbre. Camina más despacio, Otto, ahora me tiemblan todos los miembros. Antes no temblaba, ¡pero ahora! ¿Qué ha pasado? ¿Sabe algo?

—Ni gota. Estate tranquila. No sabe nada de nada. Tampoco ha sucedido nada. Pero desde esta mañana temprano, desde que me dijiste que teníamos que visitar a tu hermano, no me he librado de un mal pálpito. Pensaba que era por la carta que me había propuesto escribir. Y por el aburrimiento en casa de los Heffke. Pero ahora sé que se debía a que siempre he tenido la impresión de que hoy sucedería algo. Hoy era preferible no salir de la madriguera…

—Entonces ¿ha ocurrido algo, Otto?

—No, nada en absoluto. Ya te he dicho que no ha sucedido nada, Anna. Yo iba subiendo por la escalera y estaba a punto de dejar mi postal, la tenía en la mano, cuando ese hombre ha salido corriendo de su casa. Te digo, Anna, que corría de tal modo que ha estado a punto de derribarme. No he tenido tiempo de volver a guardar la postal. «¿Qué está haciendo en este edificio?», me ha gritado a las primeras de cambio. Ya sabes que tengo la costumbre de fijarme siempre en el nombre de algún ocupante del edificio que figure en los rótulos de la entrada. «Voy a ver al doctor Boll», le dije. «Soy yo, respondió él. ¿Qué ocurre? ¿Hay alguien enfermo en el edificio?». No me quedaba más remedio que mentir. Así que le conté que estabas enferma, que se pasara por nuestra casa. Menos mal que me acordaba del nombre de la calle Von Einem. Pensé que me contestaría que vendría por la tarde o mañana por la mañana, pero exclamó inmediatamente: «¡Me viene de perlas porque me pilla justo de camino! Acompáñeme, señor Schmidt». Porque le he dicho que me llamo Schmidt, ¿comprendes? Hay mucha gente que lleva ese apellido de verdad.

—Sí, y resulta que yo te he llamado delante de él «señor Berndt» —reconoció Anna asustada—. Seguro que se ha dado cuenta.

Quangel se detuvo, consternado.

—Así es —convino—. Todavía no he pensado en eso. Pero por lo visto no se ha dado cuenta. La calle está vacía. Nadie nos sigue. Como es lógico, buscará en vano en la calle Von Einem, pues para entonces llevaremos un buen rato en casa de los Heffke.

Anna se detuvo.

—Sabes una cosa, Otto —dijo—, ahora soy yo quien lo dice: no vayamos a ver a Ulrich. Presiento que es un mal día. Regresemos a casa. Mañana llevaré yo las postales.

Pero él sacudió la cabeza riendo.

—No, no, Anna, llegados a este punto, efectuaremos nuestra visita. Ya hemos acordado que será la última. Además, no quisiera ir justo ahora a la plaza Nollendorf. ¡Vete a saber si volvemos a toparnos con el médico!

—Entonces, dame al menos las postales. No quiero que deambules por ahí con ellas en el bolsillo.

Tras una breve resistencia le entregó las dos postales.

—La verdad es que no es un buen domingo, Otto…