Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 58 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 58

LA VIDA EN LA CELDA

 

Se acostumbraron el uno al otro, se hicieron amigos, en la medida en que un hombre duro y seco como Otto Quangel podía convertirse en amigo de un hombre abierto y bondadoso. Su jornada estaba férreamente organizada por Reichhardt. El maestro se levantaba muy temprano, se lavaba todo el cuerpo con agua fría, hacía media hora de ejercicios gimnásticos y luego limpiaba él mismo la celda. Más tarde, después del desayuno, Reichhardt leía durante dos horas y a continuación caminaba una de un lado a otro de la celda, sin olvidar nunca quitarse los zapatos para no poner nerviosos a sus vecinos de las celdas de arriba y de abajo con sus continuas idas y venidas.

Durante ese paseo matinal que duraba de diez a once, el maestro Reichhardt canturreaba entre dientes. Casi siempre se limitaba a tararear en voz muy baja, porque apenas cabía esperar nada bueno de muchos guardianes, y Quangel se había acostumbrado a escuchar ese tarareo. Por poca importancia que atribuyese a la música, se daba cuenta de que ese tarareo le influía. A veces le infundía la valentía y fortaleza suficientes para soportar cualquier destino, y Reichhardt precisaba:

—Beethoven.

Otras le contagiaba una increíble ligereza y alegría que no había sentido hasta entonces, y Reichhardt decía:

—Mozart. —Y Quangel se olvidaba de sus preocupaciones.

En algunas ocasiones de la boca del maestro brotaba algo sombrío y grave, y a veces era como un dolor en el pecho de Quangel y otras como si estuviera sentado de pequeño con su madre en la iglesia: aún tenía toda la vida por delante, y eso era algo grande.

—Johann Sebastian Bach —informaba Reichhardt.

Sí; Quangel, aunque seguía sin valorar demasiado la música, no podía sustraerse del todo a su influjo, por primitivo que fuera el canto y el tarareo del maestro Reichhardt. Se acostumbró a escucharlo con atención sentado en un taburete, mientras él iba y venía, casi siempre con los ojos cerrados, porque los pies conocían el estrecho y corto camino de la celda. Quangel observaba el rostro de ese hombre, un caballero refinado con el que fuera, en el mundo, no habría sabido de qué hablar, y a veces se preguntaba si habría llevado su propia vida de manera correcta, separado de todos los demás, un camino de aislamiento elegido por él mismo.

El maestro Reichhardt también decía a veces:

—No vivimos para nosotros, sino para los demás. Lo que hacemos no lo hacemos para nosotros, sino únicamente para los demás…

Sí, no había duda: con más de cincuenta años, seguro de su próxima muerte, Quangel aún experimentaba cambios. No le gustaba, se resistía a ello y sin embargo, notaba cada vez con más fuerza el cambio, debido no solo a la música, sino sobre todo al ejemplo del hombre que la tarareaba. Él, que había prohibido tantas veces hablar a Anna, que consideraba que el silencio a su alrededor era la situación ideal, se sorprendía a sí mismo deseando que el maestro Reichhardt dejara de una vez el libro y cruzara unas palabras con él.

Ocurría casi siempre tras haberlo deseado. De pronto el maestro levantaba la vista de su lectura y preguntaba sonriente:

—¿Qué hay, Quangel?

—Nada, maestro.

—No debería usted pasar tanto tiempo sentado, cavilando. ¿No quiere probar con la lectura?

—No, es demasiado tarde para mí.

—Quizá tenga razón. ¿Qué otras cosas hacía usted después del trabajo? No es posible que el tiempo que no pasaba en el taller permaneciese inactivo en su casa, ¡un hombre como usted!

—Escribía mis postales.

—¿Y antes, cuando no había guerra?

Quangel tuvo primero que recordar lo que hacía antes.

—Bueno, mucho antes me gustaba tallar la madera.

—Hmm, eso no nos lo permitirán: un cuchillo —dijo el maestro pensativo—. ¡No podemos privar al verdugo de sus derechos, Quangel!

Y este, vacilando:

—¿Por qué siempre juega al ajedrez solo, maestro? También se podrá jugar entre varios, ¿no?

—Sí, entre dos. ¿Le apetecería aprender?

—Creo que soy muy tonto para eso.

—¡Qué disparate! Podemos intentarlo.

Y el maestro Reichhardt cerró su libro.

Así que Quangel aprendió a jugar al ajedrez. Para su sorpresa aprendió deprisa y sin dificultad. Y volvió a experimentar que lo que había pensado antes era radicalmente falso. Había juzgado un poco ridículo e infantil ver en un café a dos hombres moviendo pequeñas piezas de madera, y lo había llamado matar el tiempo, una diversión para críos.

Ahora supo que esos movimientos de las pequeñas piezas de madera podían originar algo parecido a la dicha, claridad mental, profunda, sincera alegría por una hermosa jugada, el descubrimiento de que importaba muy poco ganar o perder, de que la alegría por una partida perdida, pero bien jugada, era mucho mayor que la que deparaba un juego ganado gracias a un error del maestro.

Ahora, cuando el maestro leía, Quangel se sentaba frente a él, con el tablero de ajedrez y las piezas blancas y negras delante, y al lado el libro: Dufresne, Manual de ajedrez, y ensayaba aperturas y finales. Más adelante empezó a repasar partidas de maestros enteras; su mente clara, serena, retenía sin esfuerzo veinte, treinta jugadas, y no tardó en llegar el día en que fue mejor jugador.

—Jaque mate, maestro.

—Vaya, ha vuelto a ganarme, Quangel —dijo Reichhardt inclinando a su rey a modo de saludo ante su adversario—. Tiene usted madera de gran jugador.

—Ahora pienso a veces, maestro, que tengo madera para algunas cosas que antes ignoraba por completo. Pero desde que las conozco, desde que he llegado a este caserón de cemento para morir, descubro la cantidad de cosas que me he perdido en la vida.

—Eso nos sucede a todos. Todo aquel que tiene que morir, y sobre todo aquel que, como nosotros, tiene que morir antes de su hora, se afligirá por cada hora perdida de su existencia.

—Pero en mi caso sucede algo completamente distinto. Yo siempre pensé que bastaba con hacer mi trabajo como es debido y sin estropear nada. Ahora, sin embargo, me entero de que podía haber hecho un montón de cosas más: jugar al ajedrez, ser amable con la gente, escuchar música, ir al teatro. De verdad, maestro, si antes de morir pudiera expresar un deseo, sería verlo a usted con su batuta en uno de esos grandes conciertos sinfónicos que dice. Siento curiosidad por ver cómo es eso y qué efecto provocaría en mí.

—Nadie puede vivirlo todo a la vez, Quangel. La vida es demasiado rica. Se habría dispersado. Usted ha cumplido siempre con su trabajo y se ha sentido siempre un hombre completo. Cuando aún estaba fuera, no le faltaba de nada, Quangel. Escribió sus postales…

—¡Pero no sirvieron para nada, maestro! ¡Cuando el comisario Escherich me comunicó que de las 285 postales escritas por mí 267 fueron a parar a sus manos sentí como un mazazo! ¡Solo 18 no se encontraron! ¡Y esas 18 tampoco surtieron efecto!

—¿Quién sabe? Al menos usted se opuso al mal. Usted no se volvió malo. Usted y yo y los muchos que hay en esta casa y los innumerables de otras prisiones y las decenas de miles ingresados en campos de concentración… todos ellos resisten todavía, hoy, mañana…

—Sí, y después nos quitarán la vida. ¿De qué habrá servido entonces nuestra resistencia?

—A nosotros, de mucho, porque podremos sentirnos personas decentes hasta la muerte. Y al pueblo, que será redimido por los justos, como dice la Biblia, más todavía. Fíjese, Quangel, como es natural habría sido cien veces mejor que hubiéramos tenido un hombre que nos hubiera dicho: Tenéis que actuar así y asá, y este es nuestro plan. Si hubiera existido en Alemania un hombre así, nunca se habría llegado a 1933. Así que todos hemos tenido que actuar por separado, y hemos sido capturados por separado, y cada uno tendrá que morir solo. Pero eso no hará que estemos solos, no por eso moriremos en vano. En este mundo nada acontece en vano, y dado que luchamos contra la fuerza bruta en pro de la justicia, al final venceremos.

—¿Y qué sacaremos de eso, ahí abajo, en nuestras tumbas?

—¡Pero Quangel! ¿Acaso preferiría vivir por una causa injusta a morir por una justa? No hay elección, ni para usted ni para mí. Somos los que somos y por eso hemos de recorrer nuestro camino.

Callaron largo rato.

Luego Quangel inició la conversación.

—Ese juego del ajedrez…

—Sí, Quangel, ¿que pasa con él…?

—A veces pienso que es malo. El ajedrez ocupa mi mente durante muchas horas, y sin embargo tengo una mujer…

—Usted piensa lo suficiente en su mujer. Quiere mantenerse fuerte y valiente; todo lo que lo mantenga fuerte y valiente es bueno, y lo que lo torna débil y dubitativo, como las cavilaciones, es malo. ¿De qué le sirven a su mujer las elucubraciones? A ella le sirve que el pastor Lorenz pueda contarle de nuevo que usted está fuerte y es valiente.

—Pero desde que ella tiene esa compañera de celda, ya no puede hablar francamente con ella. Hasta el pastor considera a esa mujer una espía.

—Ya se encargará el reverendo de dar a entender a su mujer que se encuentra bien y se siente fuerte. Para eso al fin y al cabo, basta una leve inclinación de cabeza, una mirada. El pastor Lorenz sabe cómo hacerlo.

—Me gustaría darle alguna carta para Anna —dijo Quangel pensativo.

—No se lo aconsejo. No se negaría, pero usted pondría su vida en peligro. Ya sabe que desconfían continuamente de él. Sería malo que también nuestro buen amigo fuera a parar a una celda como esta. En realidad ya arriesga su vida a diario.

—Entonces no escribiré ninguna carta —decidió Otto Quangel.

Y lo cumplió, a pesar de que el pastor le trajo al día siguiente una mala noticia, una noticia malísima, sobre todo para Anna Quangel. El jefe de taller solo le pidió que no comunicase todavía a su mujer la mala noticia.

—¡Ahora no, por favor, todavía no, padre!

Y el pastor se lo prometió.

—Bien, de acuerdo; ya me dirá usted cuándo ha llegado el momento, señor Quangel.