Solo en Berlín

Hans Fallada · Capítulo 36 de 82

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Solo en Berlín

Capítulo 36

EL PRIMER AVISO

 

El ataque de Hitler a Rusia había alimentado la cólera de Quangel contra el tirano. Esta vez Quangel había seguido con todo lujo de detalles la génesis de dicho ataque. Nada lo había sorprendido, desde las primeras agrupaciones de tropas en «nuestras fronteras» hasta la invasión. Él sabía de antemano que los Hitler, Goebbels, Fritzsche, mentían, todas sus palabras eran una solemne mentira. No podían dejar a nadie en paz, y con rabiosa indignación había escrito en una de las postales: «¿Qué hacían los soldados rusos cuando Hitler los atacó? ¡Jugar a las cartas, nadie en Rusia pensaba en la guerra!».

Ahora, cuando en el taller se acercaba a un grupo de charlatanes, deseaba que no se dispersaran tan deprisa. Ahora le gustaba escuchar los comentarios ajenos sobre la guerra.

Pero los trabajadores se sumían inmediatamente en un hosco silencio, charlar se había vuelto muy peligroso. El en comparación inofensivo carpintero Dollfuss había sido relevado hacía tiempo; Quangel solo podía sospechar quién era su sucesor. Once de sus trabajadores, entre ellos dos hombres que llevaban más de veinte años en la fábrica de muebles, habían desaparecido sin dejar rastro, sacados en plena jornada de trabajo, o una mañana no acudieron más. Nunca se supo qué había sido de ellos, y eso era una prueba de que en algún momento se les había escapado alguna palabra inconveniente y por eso habían ido a parar al campo de concentración.

Para sustituir a esos once hombres habían aparecido nuevos rostros, y el viejo jefe de taller solía preguntarse si no serían es pías todos ellos, si la mitad de la plantilla no se dedicaría a espiar a la otra mitad. El aire olía a traición. Nadie se fiaba ya del prójimo, y en ese ambiente espantoso la gente parecía cada vez más insensibilizada frente a todo, ya solo eran partes de las máquinas que manejaban.

Pero a veces esa insensibilidad generaba una furia espantosa, como cuando un obrero apretó el brazo contra la sierra gritando:

—¡Muera Hitler! ¡Y morirá! ¡Tan cierto como que me sierro el brazo!

Les costó mucho arrancar a ese demente de la máquina, y como es natural, jamás volvieron a tener noticias suyas. Seguramente llevaba ya mucho tiempo muerto, ¡ojalá lo estuviera! Sí, había que comportarse con extremada cautela, no todos estaban tan libres de sospecha como esa vieja y abúlica mula de carga llamada Otto Quangel, al que ya solo parecía interesar conseguir la cuota diaria de ataúdes. ¡Sí, ataúdes! De las cajas para bombas habían pasado a los ataúdes, objetos miserables de la madera de desecho más barata y delgada, embadurnada de color negro parduzco. ¡Fabricaban millares, decenas de miles de esos ataúdes, trenes de mercancías, una estación llena de trenes de mercancías, muchas estaciones llenas!

Quangel, estirando la cabeza para vigilar todas las máquinas, pensaba con frecuencia en las numerosas vidas que serían conducidas a la tumba dentro de esos ataúdes, vidas asesinadas, muertes inútiles, ya estuvieran destinados esos ataúdes a las víctimas de los ataques aéreos, es decir, fundamentalmente a ancianos, mujeres y niños…, o fuesen a parar a los campos de concentración, varios miles de piezas por semana, para hombres que no habían podido o no habían querido ocultar sus convicciones, varios miles de ataúdes por semana a un único campo de concentración. O también podía ser que esos trenes de mercancías repletos de ataúdes emprendieran el largo camino hacia los diversos frentes… pero en realidad Otto Quangel no creía esto, porque ¡a ellos les importaban un bledo los soldados muertos! Para ellos un soldado muerto valía lo mismo que un topo muerto.

El frío ojo de pájaro parpadea, duro y furioso, bajo la luz eléctrica, la cabeza se mueve a intervalos, la boca de labios finos permanece cerrada con fuerza. Nadie adivina la sublevación, la aversión que habitan en el pecho de este hombre, pero él sabe que aún tiene mucho que hacer, sabe que está llamado a una gran tarea, y ahora ya no escribe solo los domingos. También lo hace los días laborables antes de comenzar el trabajo. Desde la invasión de Rusia de vez en cuando escribe cartas que le cuesta terminar dos días, pero necesita desahogar su cólera.

Quangel reconoce que ya no trabaja con la precaución de antes. Lleva dos años sin sufrir el menor tropiezo, nunca ha recaído sobre él la menor sospecha, se siente completamente a salvo.

El encuentro con Trudel Hergesell fue el primer aviso. En lugar de ella también habría podido verlo en la escalera otra persona, y entonces todo habría acabado para Anna y para él. Pero ellos no importaban; lo único que importaba era llevar a cabo el trabajo ese día y los siguientes. Por esa razón debía incrementar las precauciones. Que Trudel lo hubiera visto dejar la postal en la escalera había sido un descuido deplorable por su parte.

Sin embargo, Otto Quangel no se imaginaba que en ese momento el comisario Escherich había recibido ya una descripción de su persona por dos vías diferentes. Otto Quangel había sido visto dejando las postales en dos ocasiones anteriores, y en ambas por mujeres que después habían recogido las postales por curiosidad, pero no habían dado la voz de alarma con la rapidez suficiente como para atrapar al autor en el edificio.

Sí, el comisario Escherich poseía ya dos descripciones personales del individuo que dejaba las postales. Solo cabía lamentar que esas descripciones diferían en casi todos los puntos. Solo en uno coincidían ambas observadoras: en que el rostro del autor tenía un aspecto muy raro, muy distinto al de otras personas. Pero cuando Escherich solicitó una descripción más minuciosa de esa extraña cara, se puso de manifiesto que ambas mujeres o no sabían observar o no acertaban a expresar con palabras lo que habían visto. Las dos declararon que el autor tenía pinta de verdadero maleante. Preguntadas por lo que en su opinión caracterizaba a un auténtico maleante, se encogieron de hombros comentando que eso debían saberlo ellos mejor que nadie.

Quangel dudó mucho tiempo si debía referir a Anna su encuentro con Trudel o no. Al final optó por contárselo: no quería guardar secretos con ella.

Anna también tenía derecho a saber la verdad. A pesar de que el peligro de que Trudel revelase algo era mínimo, Anna debía conocer incluso el menor peligro. Así que le contó punto por punto lo sucedido, sin silenciar su descuido.

La reacción fue típica de Anna. Trudel, su matrimonio y el hijo que esperaba no le interesaron nada, pero susurró muy asustada:

—¡Ay, Otto, piensa lo que habría ocurrido si hubiera estado allí otra persona, alguien de las SA!

Su marido esbozó una sonrisa de desdén.

—Pero no había nadie más. A partir de ahora volveré a tener cuidado.

Pero esa aseveración no logró tranquilizarla.

—No, no —replicó con vehemencia—. A partir de ahora repartiré yo las postales. Nadie se fija en una vieja. ¡Tú enseguida llamas la atención de la gente, Otto!

—En dos años no he llamado la atención de nadie, mamá. No pienso permitir que te encargues sola de lo más peligroso del asunto. ¡Sería como esconderme detrás de tus faldas!

—¡Sí, claro! —replicó enfadada—. ¡No me vengas ahora con esas pamplinas de hombres! ¡Qué tontería más grande, esconderte detrás de mis faldas! Yo ya sé que eres valiente, pero acabo de enterarme de que también eres imprudente, y actuaré en consecuencia. ¡Digas lo que digas!

—Anna —repuso cogiéndole la mano— no debes echarme siempre en cara la misma falta, como hacen otras mujeres. Te he dicho que seré más precavido, y debes creerme. Si durante dos años no lo he hecho mal… ¿por qué iba a estropearlo en el futuro?

—No comprendo por qué no puedo repartir yo las postales —insistió con terquedad—. Hasta ahora lo he hecho de vez en cuando.

—Y debes seguir haciéndolo. Cuando sean muchas o yo sufra un ataque de reúma.

—Pero tengo más tiempo que tú. Y la verdad es que llamo menos la atención. Mis piernas son más ágiles. No quiero quedarme aquí muerta de miedo día tras día, cuando sé que estás repartiendo.

—¿Y yo, qué? ¿Crees que estoy feliz aquí, en casa, sabiendo que tú andas por ahí fuera? ¿No comprendes que me avergonzaría que arrostraras tú el mayor peligro? ¡No, Anna, no puedes exigirme eso!

—Entonces vayamos juntos. Cuatro ojos ven más que dos, Otto.

—Juntos llamaríamos más la atención, uno solo pasa más desapercibido entre la gente. Y tampoco creo que en este asunto cuatro ojos vean más que dos. Porque uno siempre se fía del otro. Además, Anna, no te enfades conmigo pero me pondría nervioso tenerte a mi lado, y creo que a ti te sucedería lo mismo.

—Ay, Otto. Ya sé que cuando quieres algo, te impones. No puedo oponerme a ti. Pero me moriré de miedo, ahora que sé el peligro que corres.

—El peligro no es mayor que antes, cuando dejé la primera postal en la calle Neue König. Anna, para quien hace lo que hacemos nosotros siempre hay peligro. ¿O prefieres que lo dejemos?

—¡No! —exclamó ella en voz alta—. No, no aguantaría ni dos semanas sin esas postales. ¿Para qué vivimos ya? ¡Esas postales son nuestra vida!

Su marido sonrió, apesadumbrado, y la contempló con un orgullo sombrío.

—Lo ves, Anna —contestó—. Así te quiero. No tenemos miedo. Sabemos lo que nos amenaza, y estamos dispuestos, sí, estamos dispuestos en todo momento… pero ojalá suceda lo más tarde posible.

—No —repuso—. No. Yo siempre pienso que nunca sucederá. Que sobreviviremos a la guerra, y a los nazis y que después…

—¿Después? —inquirió él, porque de pronto, tras la victoria al fin conquistada, los dos vieron ante sí… una vida completamente vacía.

—Bueno —contestó la mujer—, ya encontraremos algo por lo que merezca la pena luchar. A lo mejor algo público y notorio, sin tanto peligro.

—Peligro —repitió Quangel—, siempre hay, Anna, pues de lo contrario no sería lucha. A veces sé que ellos no podrán atraparme, pero después me paso horas y horas tumbado, cavilando dónde hay peligro, qué es lo que quizá he pasado por alto. Cavilo, pero no encuentro nada. Y sin embargo el peligro acecha en alguna parte, lo huelo. ¿Qué podemos haber olvidado, Anna?

—Nada —contestó ella—. Nada. Si eres cuidadoso al repartir las postales…

Él sacudió la cabeza malhumorado.

—No, Anna —dijo—, no me refiero a eso. El peligro no acecha en la escalera, ni al escribir. El peligro está en un lugar diferente que no puedo precisar. De pronto nos despertaremos y sabremos que siempre ha estado ahí, pero no lo hemos visto. Y entonces será demasiado tarde.

Anna seguía sin entenderlo.

—No sé por qué te preocupas de repente, Otto —opinó—. Hemos analizado y comprobado todo cientos de veces. Bastará con ser cuidadosos…

—¡Cuidado! —exclamó, irritado por su falta de comprensión—. ¡Cómo se puede ser cuidadoso con lo que no se ve! ¡Ay, Anna, no me entiendes! ¡En la vida no se puede calcular todo!

—No, no te comprendo —respondió ella meneando la cabeza—. Creo que te preocupas innecesariamente, papá. Deberías dormir más por la noche, Otto. Duermes demasiado poco.

Él calló.

Al cabo de un rato, Anna preguntó:

—¿Sabes cómo se apellida ahora Trudel Baumann y dónde vive?

Él negó con la cabeza.

—Ni lo sé, ni quiero saberlo —contestó.

—Pues a mí me gustaría saberlo —repuso su mujer, tenaz—. Quiero oír con mis propios oídos que dejó la postal sin problemas. ¡No deberías habérselo encomendado, Otto! ¡Qué sabe una cría así lo que tiene que hacer! A lo mejor dejó la postal sin ningún disimulo y la han visto mientras lo hacía. Y cuando tengan en sus garras a una joven como ella, no tardará en salir a relucir el nombre de Quangel.

Él meneó la cabeza:

—Sé que ningún peligro nos amenaza por parte de Trudel.

—¡Pues a mí me gustaría saberlo con certeza! —exclamó la señora Quangel—. Iré a la fábrica y me informaré.

—No lo harás, mamá. Trudel ya no existe para nosotros. No, cállate, tú te quedarás aquí. Y no quiero oír ni una palabra más del asunto. —Después, al verla todavía reacia, añadió—: Créeme, Anna, todo lo que te digo es acertado. No debemos volver a hablar de Trudel. Todo eso ha terminado. Cuando estoy acostado y en vela durante la noche —añadió bajando la voz—, a menudo pienso que no saldremos de esto indemnes, Anna.

Ella lo miraba con los ojos muy abiertos.

—Y entonces me imagino todo lo que sucederá. Es bueno imaginárselo con anterioridad, para que nada te sorprenda luego. ¿Tú también lo piensas a veces?

—No sé bien de qué hablas, Otto —contestó Anna Quangel con cierta reserva.

Su marido tenía la espalda apoyada contra la librería del pequeño Otto, uno de sus hombros rozaba el libro de construcción y reparación de aparatos de radio del chico. Le dirigió una mirada penetrante.

—En cuanto nos detengan nos separarán, Anna. Quizá nos veamos dos o tres veces más, durante el interrogatorio, durante el juicio, y a lo mejor después, media hora antes de la ejecución…

—¡No, no, no! —gritó ella—. ¡No quiero que hables de eso! ¡Saldremos sanos y salvos, Otto, tenemos que salir sanos y salvos!

Para tranquilizarla, Quangel colocó su mano grande, estropeada por el trabajo, sobre la suya, pequeña, cálida, temblorosa.

—¿Y si no es así? ¿Lamentarías algo? ¿Te arrepentirías de algo de lo que hemos hecho?

—No, de nada. Pero no nos descubrirán, Otto, lo presiento.

—Sabes, Anna —dijo sin prestar atención a su última aseveración—. Eso es lo que quería oír. Nunca nos arrepentiremos de nada. ¡Defenderemos lo que hemos hecho por mucho que nos torturen!

Ella lo miró, intentando reprimir un estremecimiento. En vano.

—¡Ay, Otto! —exclamó entre sollozos—. ¿Por qué hablas así? De ese modo atraes la desgracia sobre nosotros. ¡Nunca habías hablado así!

—No sé por qué te digo hoy estas cosas —comentó alejándose de la estantería—. Pero he de hacerlo. Seguramente nunca volveré a hablarte de ello. Al menos una vez tenía que hacerlo. Porque has de saber que estaremos muy solos en nuestras celdas, sin poder decirnos una palabra, después de no haber vivido ni un solo día el uno sin el otro durante más de veinte años. Nos resultará muy duro. Pero necesitamos saber que ninguno de los dos flaqueará, que podemos confiar el uno en el otro, que en la muerte será igual que en la vida. También tendremos que morir solos, Anna.

—Otto, hablas como si hubiera llegado el momento. Sin embargo, gozamos de libertad plena y estamos libres de toda sospecha. Si quisiéramos, podríamos dejarlo cualquier día…

—Pero ¿queremos? ¿Podemos desearlo siquiera?

—No, no digo que deseemos parar. ¡Yo no quiero, tú lo sabes! Pero tampoco me gusta que hables como si ya nos hubieran detenido y nos esperase la muerte. No quiero morir todavía, Otto. ¡Quiero vivir contigo!

—¿Y quién quiere morir? —preguntó él—. Todos quieren vivir, todos, todos… hasta el gusanito más miserable grita pidiendo vivir. También yo quiero vivir. Pero quizá sea bueno, Anna, pensar durante una vida tranquila en una muerte difícil, prepararse para ella. Porque así uno sabe que morirá con dignidad, sin llantos, sin gritos. Eso me repugnaría…

Durante unos instantes reinó el silencio.

Después Anna Quangel musitó:

—Puedes confiar en mí, Otto. No te avergonzaré.