En su nombre

Sam Christer · Capítulo 99 de 186

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En su nombre

Capítulo 99

En medio de la oscuridad húmeda y maloliente, Roberto Craxi da gracias a Dios por su misericordia.

Está vivo. Y bien sabe cuán fácilmente podría estar muerto.

No le han atado las manos ni los pies, y tampoco le han puesto ninguna mordaza en la boca. Quienquiera que lo tiene prisionero lo ha encerrado en un lugar apartado, un sitio en el que sabe con toda seguridad que nadie va a oír sus gritos de socorro. Un lugar situado fuera de Turín.

Craxi se frota las muñecas. Se nota una protuberancia en la piel, en el sitio en el que le apretaba la cuerda. A continuación se palpa los tobillos.

Exactamente lo mismo. El que lo ha agredido venía preparado para atarlo de pies y manos. Si era un único individuo, también era lo bastante fuerte para cargar con su cuerpo inconsciente hasta un vehículo y trasladarlo a otro lugar. Esa idea es ciertamente preocupante. Preferiría no pensar en enfrentarse a un único enemigo dotado de semejante fuerza.

Se pasa una mano por la boca. La nota pegajosa. Restos de pegamento.

Señal de que le han tapado los labios con cinta adhesiva. Otra señal más de que su enemigo es un profesional y está bien preparado para cualquier eventualidad. Por último se toca la garganta. Ahí el dolor es intenso. Se palpa una hinchazón en el punto en que el alambre le ha penetrado en la piel. El que lo estaba estrangulando sabía exactamente cómo debía tirar; entendía bien cómo hacer para controlar la vida y la muerte. Era un hombre como él mismo.

El sitio en el que se encuentra prisionero está negro como boca de lobo, no se aprecia ni un solo resquicio de luz. Y además hace frío. Craxi apoya las palmas de las manos en el suelo en que está sentado. Es duro y liso. No es tierra, sino alguna clase de piedra pulida. Sabe de sobra que no debe

intentar incorporarse, porque existen muchas probabilidades de que se dé un golpe que lo deje inconsciente o de que se caiga de una cornisa invisible.

Levanta las manos por encima de la cabeza. O por lo menos lo intenta.

Estando sentado, dispone de un espacio libre de unos treinta centímetros.

Explora el techo con los dedos. Tiene el mismo tacto que el suelo: frío y liso. También es de piedra. El corazón le da un vuelco a modo de protesta.

Luego acerca las manos a los costados y descubre que ahí tampoco queda mucho espacio, si acaso treinta centímetros a un lado y algo más al otro. Y

las superficies también son de piedra.

Con cautela, se desliza hacia abajo hasta quedar tumbado, convertido en una sombra de menos de un metro ochenta, sin tocar ninguna pared con la cabeza ni con los pies. Acto seguido levanta una mano por detrás y rasca la pared con los dedos… piedra. Apenas a quince centímetros de distancia.

Intenta adelantar los pies, pero enseguida se ve frenado en su movimiento.

Más piedra. Y entonces lo entiende. Está encerrado en un nicho de piedra, sin ventilación, de dos metros de largo por uno y medio de ancho. O, para emplear una descripción más conocida, una tumba.

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