En su nombre
Capítulo 133
Francia
Por los ventanales de la recepción del hotel Sheraton se filtra una luz suave y dorada. Son las siete de la mañana, y hace un día de esos que prometen ser más calurosos de lo que es normal para esa época del año.
Édouard y Ursula pagan la factura mientras Nic aguarda sentado en un sillón contemplando cómo va cobrando vida el hotel. Esta es su última semana de trabajo. Ese pensamiento domina su mente en estos momentos.
El principio del fin. El punto final de su vida de detective y de los horrores personales que la han acompañado.
Anoche, ya tarde, llamó a Mitzi para ponerla al corriente y contarle todo lo que había sucedido en Turín, y ella le prometió que hoy iría directamente a ver a Matthews para explicarle las cosas, entre ellas la razón de que él tuviera que llevarse muestras forenses de la escena del crimen de Sacconi.
Dentro de poco, Broussard y él estarán subidos a un vuelo a Los Ángeles y Ursula se encontrará a salvo en Ginebra. Mañana tomará declaración a Broussard y se lo pasará a alguien que continúe llevando el caso cuando él ya haya abandonado el cuerpo. El martes, con un poco de suerte, ya se habrán examinado y verificado todas las muestras forenses. Cuesta trabajo imaginar la que se va a armar cuando salga a la luz la noticia de que anda por ahí rodando el ADN de Jesucristo. Adam Geagea y los demás capullos de la Oficina de Prensa van a cagarse patas abajo.
Sigue avanzando hasta el jueves; para entonces, el Departamento de Policía de Los Ángeles ya deberá haber obtenido garantías por parte de la policía francesa de que Édouard y Ursula van a recibir protección, y por consiguiente el científico podrá volver a casa. El viernes por la noche él
estará tomándose una cerveza bien fría en un bar lleno de ruido y diciendo adiós con cariño al Departamento de Policía.
El matrimonio Broussard se materializa ante él y lo saca de sus pensamientos. Traen cara de que ocurre algo malo.
—Hay huelga —informa Édouard con un gesto de resignación—. Los controladores aéreos franceses.
—Es una huelga relámpago —explica Ursula—. Todos los vuelos van a permanecer veinticuatro horas en tierra.
Nic hunde la cabeza entre las manos.
—No podemos quedarnos aquí. No podemos quedarnos sentados a esperar un día entero, eso es buscarnos un problema.
—Estoy de acuerdo —dice Édouard, y seguidamente le dice a su mujer—: Vamos a llevarte a ti a Ginebra en coche, y luego nosotros tomaremos un vuelo desde allí.
Nic no tiene idea de la distancia a la que se encuentra Suiza.
—¿Cuánto tiempo se tarda en eso?
Édouard se encoge de hombros.
—Siendo domingo, no habrá mucho tráfico. Yo diría que seis horas, puede que siete, dependiendo de si hacemos paradas o no.
—Yo tengo que parar —advierte Ursula—. Es impensable hacer un viaje así sin parar.
Nic se pone en pie.
—Pues vamos. Cuanto antes salgamos, mejor.
—Voy a pedir que traigan el coche. —Édouard echa a andar hacia el mostrador de recepción—. Podemos esperar fuera.
—No —contesta Nic negando con la cabeza—. Nos quedamos dentro.
Esperaremos hasta el último momento.
Édouard está sorprendido.
—Como usted quiera.
Mientras el científico se dirige al puesto del aparcacoches, Ursula Broussard se acerca a Nic.
—No se encuentra bien. No quiere hablar de ello, pero es la verdad.
—¿Qué le sucede?
Ursula se lleva una mano al pecho.
—El año pasado tuvo un susto con el corazón. Una arritmia.
—Eso es que el corazón late de forma irregular, ¿no?
—Oui. Sufre contracciones ventriculares prematuras. Su médico dice que tiene que ver con el estrés, y puede que también con un ligero exceso de cafeína y de tabaco. Yo le he obligado a que deje de fumar, pero el café no es capaz de dejarlo.
—A mí me pasaría lo mismo —comenta Nic intentando esbozar una sonrisa tranquilizadora—. Señora Broussard, no voy a mentirle, aún no se encuentran libres de peligro. Yo voy a hacer todo lo que pueda para protegerles a usted y a su marido, pero no estoy seguro de poder evitar esta situación de tensión.
—Lo entiendo. Solo quería que supiera usted el problema que sufre mi marido.
Édouard ya regresa hacia ellos.
—Gracias, lo tendré vigilado.
—Merci.
—Ya está aquí el coche —anuncia el científico con una sonrisa tranquila—.
Podemos irnos.
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