En su nombre

Sam Christer · Capítulo 53 de 186

Páginas del PDF

En su nombre

Capítulo 53

Comisaría de la calle Setenta y siete, Los Ángeles Alfie Fallon está solo en la celda, igual que un perro sin raza abandonado.

La vida que él conocía ha tocado a su fin. Hasta ahí alcanza a comprender.

La chusma variopinta con la que ha pasado la noche ya habrá sido fichada, y él, como si fuera un desdichado al que nadie reclama, es el último que aguarda a que voceen su nombre.

En el aire flota un intenso olor a un desinfectante de proporciones industriales, y el suelo acaba de ser fregado para eliminar los vómitos y las necesidades con que lo han ido ensuciando los presos a lo largo de las horas. Alfie daría cualquier cosa por tomar una ducha caliente, dar un paseo al aire libre e ingerir un desayuno como Dios manda.

A lo lejos se oye un ruido que le hace levantar la cabeza. Cuando se está en chirona, se detecta que viene alguien mucho antes de verlo. La falta de moquetas, cortinas o, ya puestos, cualquier cosa mullida, hace que los sonidos lejanos se deslicen por las duras superficies de los pasillos hasta alcanzar el oído. Al cabo de una hora, aproximadamente, uno se ha convertido en un experto capaz de identificar de todo: desde una cerradura que se abre hasta una furgoneta cargada con una hornada de recién llegados que acaba de detenerse en el patio exterior.

Viene alguien. Y solo puede venir a buscarlo a él.

Suena un timbre y comienzan a correrse unas puertas metálicas para luego cerrarse otra vez. A continuación se oyen unas pisadas sobre un suelo duro.

Le ha llegado el momento. Alfie apoya las manos en las rodillas y vuelve la

cabeza de un lado a otro hasta oír un crujido, a fin de eliminar la rigidez del cuello.

Se abren las puertas exteriores del calabozo. Es Mitzi. Alfie siente renacer sus esperanzas. Y también viene con ella el individuo menudo que anoche le miró con cara de pocos amigos. Los dos traen la expresión seria —dura

—, la expresión de los policías. Mitzi apoya las manos en la puerta de dentro y le dice:

—Van a acusarte de agresión, Alfie. Lo más probable es que dentro de un par de horas te lleven ante el juez. He hablado con mi abogado, y me ha dicho que en cuanto te dejen en libertad te hará llegar los papeles del divorcio.

—Mitzi, escucha…

—No, Alfie. Escucha tú. —Habla en tono calmo y sin mostrar el menor indicio del miedo y la rabia que la devoran por dentro—. Tengo que hacer lo mismo que llevo años diciendo a otras muchas mujeres. Hay que hacer contigo lo que corresponde hacer, y después la vida sigue. Haya lo que haya, y quede el desastre que quede, la vida sigue. —Se gira hacia Bobby Sheen y le toca en el brazo—. Gracias por vigilarlo por mí. Ya me voy.

—¡Mitzi! —Alfie se acerca a los barrotes—. Espera.

Mitzi Fallon, con dos hijas y quince años de matrimonio, endurecida en el Departamento de Policía de Los Ángeles, se encuentra a un paso de seguir adelante con su vida. Sin mirar atrás. Sin arrepentirse de nada.

—¡Mitzi!

Ella se detiene y se vuelve.

—Todavía te quiero. —El rostro de Alfie no miente. Es cierto. Daría cualquier cosa por que no estuviera ocurriendo esto, por que su vida no se hubiera desintegrado de esta forma.

—Y yo también te quiero a ti. —Mitzi tiene los pies pegados al suelo—.

Pero ya no tanto como antes. Y además, quiero demasiado a las niñas para consentir que esto dure más tiempo.

Esta vez sí que se va. Con la cabeza bien alta y el corazón retumbando igual que el tambor que va en primera fila en el desfile del Día de Acción de Gracias. Con un poco de suerte, logrará llegar al cuarto de aseo antes de derrumbarse sin saber cómo va a hacer para aguantar el resto del día, y no digamos ya el resto de su vida.

OceanofPDF.com