En su nombre

Sam Christer · Capítulo 101 de 186

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En su nombre

Capítulo 101

Turín

Un hombre de menor valía ya se habría vuelto loco. La oscuridad de la tumba. La fetidez. El silencio. Los calambres musculares. La claustrofobia.

Cualquiera de esas cosas, o todas ellas, habría quebrado el ánimo de un hombre que careciera de la fuerza de voluntad y el entrenamiento que posee Roberto Craxi.

Él cuenta con experiencia suficiente para saber que si lo mantienen con vida será por alguna razón concreta, que en estos momentos no van a poner fin a su vida de forma intencionada. Pero los captores cometen errores, en ocasiones errores fatales, y a consecuencia de ello los rehenes quedan abandonados y terminan muriendo de asfixia o de hambre.

Se concentra en ralentizar los latidos del corazón. Cuanto más despacio bombee, menos oxígeno empleará y más tiempo vivirá. Es la matemática de la supervivencia. Su concentración es tan intensa, que es capaz de percibir el suave golpeteo del corazón contra el pecho, y casi hasta de oír cómo fluye la sangre por las venas.

Sesenta y nueve.

Cincuenta y dos.

Cuarenta y siete.

Es el mínimo que es capaz de alcanzar. Cuarenta y siete latidos por minuto.

Hace veinte años habría podido bajar otros diez, pero ahora ya no es ni por asomo el atleta de antes.

—Signore Craxi, ¿está despierto?

La voz lo sobresalta, y los latidos de su corazón ascienden de golpe a sesenta. Ha sido una voz educada y extranjera. Hablaba en inglés y con un acento raro. Extrañamente formal.

—Signore Craxi.

Proviene de la nada.

—¿Me oye?

En la oscuridad, en alguna parte, hay un minúsculo altavoz. Pero no tiene ni idea de dónde. Pasa la mano por la fría piedra, pero no encuentra nada.

Guarda silencio. El hecho de que su secuestrador se haya tomado la molestia de poner un altavoz aquí dentro indica que necesita comunicarse con él. Bueno, pues si quiere comunicarse, va a tener que sacarlo de este lugar olvidado de Dios.

—Signore. —Esta vez la voz suena más fuerte, y Craxi detecta un acento.

Es extranjero. No europeo… africano. No, africano tampoco. Árabe.

A través del grosor de la piedra le llega el siseo de un suspiro de aburrimiento, como el que hace un chorro de vapor.

—Signore, existe una buena razón para que yo deje vivir a su mujer. Si no colabora usted conmigo, tengo toda la seguridad de ser capaz de torturarla para que colabore ella.

—¿Qué es lo que quiere? —contesta Craxi con voz débil y tensa—. Estoy dispuesto a darle lo que quiera.

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