En su nombre

Sam Christer · Capítulo 164 de 186

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En su nombre

Capítulo 164

Aeropuerto JFK, Nueva York

Durante el transbordo para subir al avión de Los Ángeles, Nic engatusa al personal del mostrador para que les den mejores asientos a Broussard y a él.

Además, solicita ver un manifiesto actualizado y detalles de las reservas que se hayan hecho a última hora en Ginebra. En las pantallas de los terminales no aparecen pasajeros incorporados en el último minuto, ni siquiera Broussard y él. Por lo visto, en todo el mundo los sistemas de datos lo dejan a uno tirado cuando más se los necesita.

Para cuando despega el avión, Nic ya ha conocido al nuevo sobrecargo y al nuevo agente de seguridad, este último un antiguo soldado de aspecto duro llamado Ike, que se ha acomodado en un asiento situado frente a Édouard y él, al otro lado del pasillo. Esta vez el científico está más relajado. Cuando se apaga la señal de abrochar los cinturones, Nic se levanta para efectuar otra ronda.

Glenda, la azafata del primer vuelo, tenía razón antes y también la tiene ahora: hay gente por todas partes. Hay ocasiones en las que nadie parece concordar con lo que indica el manifiesto. Las mujeres van sentadas en los asientos de los hombres. Los niños no están. Hay cola en todos los cuartos de baño y en las áreas de cocina. Para cuando Nic consigue volver a su asiento, está convencido de que hay más de una docena de nombres masculinos que no ha podido asociar con ningún rostro, es decir, el doble que en el vuelo procedente de Ginebra. Mientras él medita acerca de los hombres que le faltan, Broussard se levanta para salir al pasillo.

—Necesito ir al toilette —explica, leyendo la mirada crítica de su compañero de viaje.

Nic esquiva la mirada del científico. Se dice a sí mismo que está siendo idiota, que debería relajarse. Todo lo que podía resultar una amenaza lo han dejado atrás, en la autopista de Ginebra. Sin embargo, cuesta quitarse las antiguas costumbres de policía, y no puede evitar vigilar la puerta del aseo y esperar a que reaparezca el científico. Se le ponen los nervios en tensión al ver llegar a un joven con camiseta color crema y vaqueros azules, venido desde el otro lado del avión, que intenta abrir la puerta del cubículo. Es delgado, bronceado, en forma, y medirá algo menos de un metro ochenta.

En la parte posterior de los brazos tiene varios hematomas y rasguños. Y un corte en la mandíbula, por debajo de la oreja izquierda, que está cicatrizando.

Intenta por segunda vez abrir la puerta. A Nic no le suena su cara, ni de Ginebra ni de la última ronda que ha realizado en el avión. Se levanta del asiento y le hace un gesto con la cabeza a Ike. El corpulento agente de seguridad deja el libro y se va a cubrir el otro extremo del pasillo. Nic escruta al desconocido buscando indicios de que porte un arma, y reza para que no vaya a desenfundarse una aquí, en mitad del cielo. Una azafata le indica al pasajero otro cuarto de aseo que hay más adelante, cerca de la cortina del fondo.

Nic va tras él. Lo escudriña de cabo a rabo. Se fija en la caída de los vaqueros, estudia cualquier posibilidad de que lleve un arma oculta, o explosivos, en un calcetín o en una correa sujeta a la pantorrilla. El desconocido se detiene y prueba la puerta del cuarto de baño. En los nudillos de la mano derecha tiene varios arañazos y una cierta hinchazón, como si hubiera propinado un puñetazo en estos últimos días. Nic verifica que Ike se encuentra en una posición paralela a la suya al otro lado del pasillo y, entonces, finge tropezar y cae sobre el desconocido, al cual tiene delante.

El desconocido se vuelve y empuja a Nic con ambas manos.

—Oiga, mire por donde va.

—Perdone. Es que estaba intentando cambiar la hora del reloj y no le he visto. ¿Cuántas horas de diferencia ha dicho la azafata que había entre Nueva York y Suiza?

El otro lo mira de arriba abajo.

—Seis.

—Gracias. —Nic ajusta las manecillas—. ¿Va usted a Los Ángeles por trabajo o por placer?

—Por placer. Y este preciso momento usted me lo está estropeando —

replica, y da media vuelta.

En ese momento Ike sale de la cortina y se acerca hacia Nic, de tal forma que el desconocido queda atrapado entre los dos.

Nic se vuelve de nuevo. Su expresión indica que no teme las posibles repercusiones.

—No he terminado de hablar con usted.

El otro lo mira con cara de pocos amigos.

—¿Qué pasa, es usted policía?

—De hecho, sí. —Nic saca su identificación—. ¿Cómo se llama y cuál es su asiento?

El agente de seguridad se apoya contra una pared, se lleva una mano a la parte posterior del cinturón y palpa la pistola eléctrica que tiene escondida detrás de la chaqueta.

—Manton. Jimmy D. —El desconocido rebusca en su bolsillo y extrae una cartulina cortada del billete.

Nic la coge y la comprara con el manifiesto. Encaja. Se la devuelve al desconocido y a continuación le señala los rasguños de la mano.

—¿Se ha peleado con alguien hace poco?

El otro se toca los nudillos.

—Nada de eso. No me he pegado con nadie desde el instituto. Me caí con el monopatín. A eso me dedico. Trabajo y placer. Patino y hago surf. Y

además me pagan bastante bien. ¿Hay alguna ley que prohíba eso?

—Todavía no. Sé un poco de surf, pero ilústreme, señor Manton, ¿quiénes son, en su opinión, los mejores del oficio?

Al otro se le iluminan los ojos.

—Para mí, Mick Fanning, con mucho. Aunque también me gusta ese hawaiano, Torrey Meister. Mi estilo se parece más al suyo.

Nic vuelve a mirar el manifiesto. Está convencido de que este tipo es quien dice ser: otro idiota engreído capaz de ganarse la vida consiguiendo patrocinadores en Malibú.

Pasillo adelante aparece Édouard saliendo del cuarto de baño y regresando a su asiento. Ike cruza la mirada con Nic y se aleja para cubrir la retirada del científico.

Nic decide no hacer más preguntas.

—Que disfrute de California, Jimmy D., y cuídese.

Le propina un puñetazo amistoso en el brazo y regresa de nuevo con Broussard.

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