En su nombre

Sam Christer · Capítulo 87 de 186

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En su nombre

Capítulo 87

Centro de Los Ángeles

A JJ no le sorprende encontrar a Jenny Harrison en la fábrica sin hacer nada después de que el resto de la chusma se haya perdido en la negrura de la noche del viernes para comenzar el fin de semana.

Harrison, paseando entre las máquinas, mira a su jefe esperanzada.

—¿Ha conseguido averiguar lo que le ha pasado a Kim?

El semblante de JJ le dice que no.

—Ha ocurrido lo que tú dijiste, Jenny. En la comisaría, nadie tiene constancia de que la hayan detenido.

Harrison, nerviosa, se mordisquea una uña.

—¿Con quién ha hablado?

La pregunta lo pilla por sorpresa. No ha hablado con nadie, ni tiene intención de hablar.

—Lo siento, no recuerdo cómo se llamaban. Estaba la mujer que atendió el teléfono, una persona que vigilaba a los detenidos y otra de la unidad de Investigaciones. Y no es que fueran demasiado amables ni serviciales, la verdad.

Harrison deja escapar un bufido sarcástico.

—Los policías nunca son amables. ¿Ha llamado a la comisaría de la Primera Este? ¿Había un tal agente Reed?

—Es posible. No anoté el nombre. No quise preguntar mucho, para no causar problemas a tu amiga.

Ese comentario hace callar a Harrison. Kim Bass ya tiene un montón de problemas en todas las facetas de su vida. Seguro que no le hace ninguna falta que alguien como Cara de Besugo levante la liebre preguntando lo que no debe a quien no debe. Harrison se echa el bolso al hombro y se sube la cremallera de la cazadora.

—Gracias.

JJ la sigue con la mirada mientras se dirige hacia la puerta. Va a causarle problemas, no le cabe duda. Es lo que hacen las mujeres como ella.

—Jenny, espera.

Harrison se vuelve.

—Esta noche haré unas cuantas llamadas más. Dame tu número de móvil.

Si averiguo algo, te llamo.

Harrison titubea.

—Como usted dice, tal vez sea mejor no hurgar demasiado.

—Está bien, pero dame tu móvil por si acaso me devuelve alguien la llamada y me dice que Kim está retenida en algún sito.

Harrison se quita el bolso, busca un bolígrafo y garabatea el número en una cajetilla de tabaco.

—Llámeme a la hora que sea, no me importa que sea tarde.

—Así lo haré. —JJ está a punto de dejarlo tal cual, pero de pronto recuerda que esa no es la manera correcta de actuar—. Tú también apunta mi

teléfono. Si te enteras de algo, llámame. —Introduce la mano en el bolsillo de atrás y saca una tarjeta de visita.

—Gracias. —Harrison mira la tarjeta un momento y después da media vuelta.

Esta vez JJ la deja marchar. Dios le ha ayudado. Tener su número de teléfono es una sorpresa providencial. Si la llama estando él mismo dentro de esa casa grande y vieja en la que vive ella, sabrá exactamente dónde se encuentra. Una sola llamada, eso es lo único que va a hacer falta para que Jenny Harrison deje de ser un problema.

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