En su nombre

Sam Christer · Capítulo 6 de 186

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En su nombre

Capítulo 6

Últimas horas de la tarde

Carson, Los Ángeles

El individuo de cabello oscuro, cejas pobladas y tez olivácea se cerciora de haber cerrado con llave la puerta principal y la de atrás, así como las ventanas. No desea ser víctima de un allanamiento de morada, supondría una ironía insoportable.

Entra en la espartana cocina y abre una vieja fresquera que solo contiene tres cosas: leche UHT —de las que duran entre seis y nueve meses—, un cartón de huevos y un paquete de margarina baja en grasas. Cuando tiene hambre de verdad, se prepara unas tortillas; de lo contrario, como esta noche, se limita a beber leche. Pescado y sopa para comer, leche y huevos para cenar. En eso consiste su dieta.

Mientras se mueve por la casa bebiendo directamente del cartón, se siente un tanto extraño. Nervioso. Desequilibrado. Alterado. Aunque nada de eso le sorprende. Siempre se siente así el día después, contradictorio y confuso.

Es un período de emoción y nerviosismo.

Antes, los cambios de humor le desconcertaban, pero ahora no. Ahora tiene más experiencia y comprende que cada asesinato trae aparejada una réplica.

Como el retroceso de un arma de fuego. El doloroso golpe de la culata de un rifle contra el músculo del hombro. Cuando se quita una vida, los músculos psicológicos también sufren. Primero aflora el hematoma morado de la culpa, después el miedo amarillo a ser capturado y por último el rubor rojo de la conquista.

Ha pasado el día como tiene por costumbre, manteniendo un empleo que está por debajo de él, trabajando para personas que no saben apreciarlo ni entenderlo. Claro que eso no lo hace nadie. Así y todo, la rutina es importante; un cambio de hábitos llama la atención si la policía se pone a husmear por ahí. Además, ha aprendido que justo después de matar es bueno estar con gente, permanecer dentro del banco de peces descerebrados que van y vienen del trabajo a casa. Le gusta la distracción, llenar el tiempo.

Y agradece el camuflaje de lo común, el necesario disfraz que le proporciona la monótona vida cotidiana.

Pero ya ha caído la noche. Y la noche es diferente. Él mismo se siente diferente. Es diferente. Son horas de energía y de fuerza. Unas horas durante las cuales es posible saborear los asesinatos. La oscuridad trae consigo una justificación, una validación de lo que él hace y de la persona que es. Pasa el día anhelando que se ponga el sol y que surja la energía bruta que lleva dentro de sí.

La casa alquilada en que vive se sume en la oscuridad. Siempre sucede así.

Las gruesas cortinas permanecen cerradas. En los puntos de luz no hay ninguna bombilla. Tampoco hay electricidad ni gas. En vez de eso, enciende un fuego, tanto para calentarse como para cocinar lo poco que tenga que cocinar.

Su dormitorio está iluminado por el débil resplandor de unas velas. Se desnuda y se prepara para dormir. No hay cama. Ni edredón. Ni almohada.

Sus escasas pertenencias se agrupan en un rincón de la estancia. Abre el pañuelo doblado, retira la sagrada oblea de acero bien afilado y se cruza el pecho con ella. Después se hace varios cortes transversales en los muslos y en los brazos. Antes de que brote la sangre, limpia la hoja, la besa y la sostiene en alto, como hace un sacerdote al mostrar a los fieles la sagrada forma. A medida que el pecho empieza a teñírsele de rojo, regresa a donde está el pañuelo y vuelve a doblarlo con precisos pliegues rectos.

Se tiende de espaldas, apoya los pies contra el rodapié de un lado y el hombro y el brazo izquierdos contra el del otro. Cuidadosamente introduce una única sábana por debajo de los talones y se envuelve con ella, de la cabeza a los pies.

Bien ceñido. Apretado.

Como si estuviera amortajado.

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