En su nombre
Capítulo 97
Walnut Park, Los Ángeles
BEL-LA-PIZZA es un restaurante nuevo que hay a la vuelta de la esquina de donde vive Mitzi. Es el más reciente de la larga lista de locales de Los Ángeles que hacen ese pésimo juego de palabras entre bella y las siglas de dicha ciudad.
Ella y las niñas han acudido a este sitio por varias razones. En primer lugar, porque en casa no hay nada. Segundo, porque nunca han estado aquí, o, dicho de otro modo, nunca han estado con Alfie. Pero la razón más importante es que ofrece un cincuenta por ciento de descuento y una copa de vino gratis hasta final de mes.
La camarera, una adolescente de negra melena y delgada como un lápiz, aguarda junto a la mesa mientras Mitzi pide la comida:
—Dos Cocas light y una copa de vino tinto de la casa. Un pan de ajo. Una sopa Minestrone. Una ración de champiñones rebozados. Y de plato principal, una Neptuno mediana, de pasta fina y sin anchoas. Una crujiente de pepperoni, grande y con un huevo. Y… —Mitzi estudia otra vez el menú para decidir lo que va a tomar ella— una lasaña pequeña con ensalada verde, sin patatas fritas y sin nada más.
Mientras observa a la chica, que se afana frenéticamente en anotarlo todo en su libreta, se da cuenta de que está convirtiéndose en Tyler Carter: nada de cortesías, tan solo datos.
—Gracias —añade apresuradamente al tiempo que la camarera regresa en dirección a la cocina—. Gracias por su ayuda.
Las malas noticias es mejor darlas al principio y soltarlas con rapidez. En cuanto les traen las bebidas a Jade y Amber, Mitzi lanza la bomba:
—Hoy han llevado a juicio a vuestro padre. Lo han mandado a la cárcel.
Treinta días. —Se reprende a sí misma por volver a hablar como Carter.
A Amber se le cae de los labios la pajita del refresco.
—¿Papá está en la cárcel?
—¿Ahora mismo? ¿Ya? —dice Jade, más irritada que sorprendida.
Mitzi las coge a ambas de las manos.
—Sí. Esta tarde ha empezado a cumplir la condena.
Jade retira la mano con brusquedad.
—Dios. Pobre papá.
«¿Pobre papá?». Mitzi tiene que morderse la lengua.
Amber no dice nada. No se mueve. No toca el vaso de Coca. Simplemente, se hunde en sus pensamientos, que a su madre se le antoja que deben de ser horriblemente dolorosos.
—Y entonces, ¿qué es todo esto? —exclama Jade abriendo los brazos y con la cara congestionada de rabia—. ¿Nos has traído aquí para celebrarlo?
—No. —Mitzi se muestra firme, pero serena—. Os he traído aquí para estar con vosotras. Para demostraros que la vida continúa.
—Sin embargo, para papá no. —Jade se levanta y arroja su servilleta sobre la mesa—. No pienso hacer esto. No pienso quedarme sentada en un restaurante mientras mi padre está en la cárcel, probablemente sin tener nada que comer ni beber.
Mitzi se levanta también, frente a ella.
—Sí vas a quedarte. Siéntate.
En las mesas de alrededor se hace el silencio.
Jade mira furiosa a su madre.
—Me voy. Me voy a casa, y tú no vas a impedírmelo.
—Sí voy a impedírtelo. Siéntate, he dicho. —Mitzi le habla en un tono que jamás se desobedece.
Jade, con gesto desafiante, echa a andar en dirección a la puerta.
—¿Qué vas a hacer? ¿Darme una paliza? ¿Llamar a tus amigos los polis?
¿Encerrarme igual que a mi padre?
Mitzi necesita echar mano de toda su fuerza de voluntad para no abofetear a su hija, para no zarandearla y decirle que madure de una vez.
—¡Adelante! —chilla Jade encarándose con su madre—. Sé que tienes ganas de pegarme. —Le planta cara y añade—: Pues venga, si así te sientes mejor.
De pronto surge en el hueco de entre las mesas un individuo de mediana edad trajeado de negro. Detrás de él se encuentra la camarera escuálida, con los abrigos en la mano.
—Lo siento, pero tienen que abandonar el local.
El encargado mira nervioso a Mitzi y a continuación le indica la puerta con ambas manos, como si estuviera espantando a un animal sucio e impresentable.
—Salgan, por favor. Ya.
Mitzi no rechista y coge los abrigos. El encargado le está haciendo un favor.
La confrontación se ha terminado. Aunque las están echando a la calle, siguen estando las tres juntas.
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